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Y ahora, ¿cómo miramos?

Por Gonzalo Marull

Mi abuela desparramaba instrumentos musicales por toda la casa. Su teoría era que, si estaban a la vista, algún día un nieto o nieta los tocaría. Efectivamente, el tiempo le dio la razón a mi abuela, ya que en casa, todos y todas tocan algún instrumento musical, no de manera profesional, pero tocan. Las veladas musicales en casa siempre fueron un gran acontecimiento. Yo a los tres años ya tocaba el bombo y, así, en las noches familiares me convertía en el centro de la escena, todas las miradas estaban puestas en mi performance. También lo fueron mi abuela con su piano, mi abuelo con su acordeón, mi madre con su guitarra, mi padre con su zapateo. Creo que mi primera experiencia como espectador fue allí. Una vivencia colectiva con lugar a la imaginación. Mirando a mi abuela tocar una zamba, sintiendo la música, aprendiendo esa letra, reflexionando sobre esa letra.

Teatro, etimológicamente, significa “el lugar de la mirada”. Y, desde siglos, la mirada ha sido el eje central de la actividad teatral. Pero no cualquier mirada, una mirada que necesita un “dos” para existir. Pero ¿qué pasa cuando ese dos no puede vincularse desde el mismo espacio físico, y tiene que estar intermediatizado por algún aparato tecnológico, ya que el encuentro lo pondría en peligro?

Lxs espectadores no solo completan, sino transforman las obras de teatro, resignificando la escena de forma imprevisible. No es retórica decir que cada función de teatro es distinta. Cuando alguien nos pregunta por una obra a la que acabamos de asistir, no solo hablamos del texto, de lxs actores/actrices y de la puesta en escena, sino también de las reacciones de lxs espectadores: se durmieron dos, no sé de qué se reía la gente, tosieron toda la función, lxs hicieron saludar dos veces…

Curvar la mirada es una actividad esencial del teatro: mirar a la escena y al mismo tiempo mirar al interior de uno mismo, para finalmente darle sentido a ese sentir. Pero también surgen otras posibilidades en la mirada: mirar sin ser mirado, mirar siendo mirado, mirar al que actúa, actuar mirando al que mira… Mirar de a dos en un mismo espacio.

El teatro es una forma de pensar colectivamente, es decir, la gente que se encierra en una sala por una hora y media a experimentar la puesta en escena no mira la obra en soledad, sino que la mira grupalmente, entonces la reacción de las otras personas, la risa, el silencio, el aburrimiento permiten que uno se emocione, se enoje o reflexione en conjunto. Eso crea una forma distinta, porque al mundo ahora lo experimentamos desde el aislamiento, desde la soledad, desde la pantalla, mientras que experimentarlo colectivamente en el teatro, con actores y actrices sobre el escenario, crea un espacio que es antiguo, tradicional, pero que permite tener una lucidez colectiva, hacer descubrimientos colectivos, y ese es un espacio único en la cultura, que hay que cuidar y hay que nutrir. Por eso la mirada muta cuando se imposibilita el encuentro, la interacción corporal. ¿Qué pasa con la mirada ahora, en plena pandemia mundial? ¿Qué miramos?

El cinematógrafo es un aparato que nació para ayudarnos a conducir la mirada. Y lleva en sí mismo toda esa belleza y peligrosidad. Una mirada puede ser conducida a través de esa intermediación tecnológica. Cuando miramos a través de pantallas, hay una conducción de la mirada y no hay necesidad de encuentro físico. Quedamos encerrados al interior de las pantallas. Quedamos encapsulados.

Me llamó mucho la atención la aparición en las canchas de fútbol europeas de unos ploteos de los hinchas en las plateas, de una especie de avatar personalizado que los hinchas pagan para que sean colocados en las tribunas. El hincha se mira a sí mismo mirando el partido. “Aunque sea quiero que me miren mirando”, parecen decir.

Me pasó también ver obras de teatro filmadas, desde la computadora, al lado de actores o actrices participantes de la misma obra. Miré a la actriz o al actor que se miraban a sí mismxs actuando. “Me mirás mientras me miro actuando”, me dijo una actriz, “qué sensación tan extraña”. También surgieron otros comentarios como: “Justo en esa función no estuve bien, y quedó grabado para siempre, y cada persona que la mire se quedará con eso” o “esto no se compara a lo que realmente pasa en el aire en las salas de teatro”.

El nunca buscado distanciamiento social nos obliga a repensar la mirada. Si no están los cuerpos, ¿qué pasa? No podemos alinear la mirada con el otrx, tenemos un abismo imaginario entre lxs que estamos en una pantalla y lxs que creemos que nos están mirando o escuchando. Se rompe la cenestesia, esa sensación común que ocurre cuando dos cuerpos están cerca. Con la cenestesia miramos, pero lo que acaricia la mirada no es solo la piel, sino también el aire.

El teatro puede ayudarnos a modificar la mirada, podemos en él mirar el mundo de una manera diferente a la que se nos pide que usemos para mirar el mundo, podemos también mirar de cerca lo que es aceptado como indiscutible y verdadero, hasta sagrado, y descubrir en ello un grosero simulacro. Pero la pandemia, y su correspondiente aislamiento, nos han dejado sin teatro. Al menos por un tiempo.

Estamos pasando de una sociedad escrita y orgánica a una digital, aparecen nuevos mecanismos de control disciplinario cibernéticos. Es un poco aterrador todo lo que ocurre. Como una distopía, que es la anti-utopía, que produce un pesimismo profundo con respecto a lo que vendrá: un mundo asolado por nubes sombrías. Todo lo contrario a lo que produce el teatro cuando activa la imaginación.

Me pregunto qué diría mi abuela ante este contexto que estamos viviendo. Ella fue maestra y una gran artista, y tenía la capacidad poética de transformar una cosa en otra. Eso que se denominó, gracias a la genialidad de Cervantes, “quijotismo”, que consiste en ver gigantes donde hay molinos; eso tenía mi abuela. El solo ejercicio de su mirada operaba un cambio en lo real. Creo que ella me abrazaría y me diría: “El teatro es inmortal, porque es un acto de resistencia a la muerte y a la soledad”. Y en ese abrazo infinito yo le daría rienda suelta a la fantasía.

Fantasear que podremos ser más conscientes de que los problemas son globales y que la desgracia de otra persona termina provocando la propia. Fantasear con una sociedad que sea capaz de redistribuir la energía, la soberanía y la sensibilidad. Fantasear con que salgo de casa y me encuentro con otras personas, respiro junto a otras personas y siento que desde el escenario nos regalan algo, nos lanzan flechas directas al corazón.

La mirada colectiva es inmortal, es eterna.

Tenemos que ensayar urgentemente los abrazos.

2 replies
  1. Eduardo
    Eduardo says:

    Estos días, pensaba las relaciones sociales que nos ofrecen los dispositivos tecnológicos. Esas formas de participar de alguna manera porque estamos encerrados. Me peleaba con ellas, tocar un corazón, un pulgar hacia arriba, hacer un comentario si tengo tengo tiempo, eso es relacionarse?, Es participar? Nos dirigen y encorcetan la comunicación que da pena. Nos dirigen la mirada, nos generan un recorte de miradas. También la tegnologia nos ofrece salir de la observación y ser creador, pero siempre en esta dupla mirame-te miro. Bastante engañosa y tramposa la participación, ya que las relaciones sociales no son sostenidas por un tejido social auténtico. Agradezco a la tecnología, una pandemia hace 100 años seguro que fue de soledad plena. 0orvlo pronto es la relación y participación posible. Aunque desde esta mirada le pido a los jeques de la tecnología que generen más espacios de relaciones sociales. Hoy yo escuché tu palabra aunque este medio no me deja que te responda con mi palabra. Leo tú palabra esperando que leas la mía. Aquí hay una relación de poder en esta comunicación . Aunque los humanos somos creativos y vamos tomando conciencia. Y parafraseando a la abuela, está ésta página la dejaste allí y alguien la utilizará, se cumplió. Espero que ayudes a qué para mí se cumpla lo que dice tu abuela, que me leas. Saludos. eduardo.atos.rel@gmail.com

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