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Tres para tres

Por Nano Barbieri

Quiero hacer un esfuerzo banal.

Una historia mal contada de la sociología contemporánea diría algo así. Hasta mediados del siglo pasado, había dos grandes interpretaciones –clásicas– de la configuración social, de cómo se hacen las sociedades. Una estructuralista y otra microsocial.

La primera entendía que las sociedades son tan rígidas que sencillamente determinan a los individuos y la segunda, la microsociológica, sostenía que la sociedad se conformaba como el resultado de la suma de las acciones individuales.

Sociedad versus individuo, maravillosa grieta.

Escribo y me soplan la nuca los sociólogos del mundo para marcarme errores, ausencias, malas interpretaciones: pocas cosas me provocan un placer semejante. Lo cierto es que este enfrentamiento entre individuo y sociedad partió las aguas de los cráneos de la época. No me quiero extender –y no podría–, pero a mediados de los sesenta aparecieron las que se denominaron teorías síntesis. Es decir, la tercera vía –esto es verdad–, Corea del Centro, o la post-grieta.

Muchos lo intentaron, pero tres se destacaron fuerte en teorizar sobre la síntesis entre estructura y acción, una puesta en valor de cada una de las corrientes clásicas. El inglés Anthony Giddens, uno de esos tres, describió la dualidad de la estructura y concluyó en que las personas producen y reproducen estructuras.

Suena como algo mecánico, pero básicamente llega a la idea de que hay una estructura –en forma de ciertas normas, digamos– que yo aprendo y reproduzco. Punto ahí, casi desde la cuna. Pero también, mientras la reproduzco, yo mismo estoy creando sociedad a través de mis acciones. Lindo empate. Así, todos nosotros hacemos sociedad a través de las consecuencias directas de nuestras acciones, pero también, y acá lo ma-ra-vi-llo-so, de las consecuencias no deseadas de esos actos. Es decir, del error, del olvido, de la falta de cálculo, de la sucesión de acciones irreflexivas.

Antes de que la belleza desaparezca por completo del mundo, escribía Milan Kundera, existirá aún durante un tiempo por error. El error nos sobrevive.

Pero ahora usemos estos años de inteligencia ajena para desarmar y contrastar con tres grandes relatos vigentes y tan ricos en simplificación como las pastas en carbohidratos, pero que dominan, a su modo, tres tercios bien consolidados del sentido común. Vamos.

Uno, el universo. Cuando nos enfrentamos a la muerte, o a la vida en contexto de muerte, como lo es la época pandémica, escuchamos hablar del destino, de la correlación de hechos que nos trajo inevitablemente hacia algún lugar: de supervivencia, de muerte, de lucha, de felicidad o de intrascendencia. Lo más cercano comprobable al destino es ese porcentaje de sociedad que la vida genera a través de las acciones fuera de cálculo. El error, lo impensado, lo que nadie entiende por qué pasó. Por lo demás, hay una sucesión de acciones y de inercia –estructura social– que tiene una vida propia bastante predecible y controlada. Entonces, el universo –y sus interpretaciones energéticas– es dueño, siendo optimistas, del primer tercio. Con luna en acuario.

Dos, la fatalidad. La historia de los pueblos: una mirada sobre la repetición anclada en identidades fijas. ¿Cuántas veces escuchamos esto? Los argentinos somos, los brasileros son, los suecos siempre. Es un discurso atractivo, en tanto que basta con aprender algunas máximas. Consiste en una especie de soldadura entre identidad y geografía que olvida por completo las posibilidades habilitantes de la estructura. ¿Acaso nadie vive ahí? Entiendo que la complejidad es aburrida –yo no me la banco–, pero esta mirada atenta contra la vida. ¿Qué hacemos entonces? Acá se va el segundo tercio. A mi gusto, el peor de los tres. Por muerto.

Tres, el yoyó, o la auto-referencia. Todo lo que existe vive dentro nuestro. Es la negación de toda colectividad, posmoderno, individualista, pajero. La exacerbación de la historia propia, de las capacidades individuales de realización más allá de toda estructura. Concentrate, esforzate, superate: es la filosofía del mérito. Es el tercio de mayor vigencia y convive con la incoherencia de ser egoísta y haber generado una gran comunidad de sentido. Es el pensamiento hegemónico y, de los tres tercios, sabelo: es al que menos le importás vos.

Así, las sociedades y los hechos sociales, podemos concluir en medio de una cerrada silbatina, se configuran en las complejas combinaciones de esos tres tercios. A falta de manual: hay algo de estructura, otro poco de acción y un cacho de azar.

Vivir sólo cuesta vida y vivir crea, siempre, sociedad.

Tres para tres, como dice la canción.

¿O no?

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