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The boys, superhéroes de los malos

Por Julieta Fantini

Esta reseña no contiene spoilers.

A propósito del estreno de la segunda temporada de The Boys en Amazon Prime Video el viernes 4 de septiembre, un crítico se preguntaba quién puede necesitar o demandar sutilezas en la ficción cuando Donald Trump es el presidente de los Estados Unidos.

Es que la serie, basada en un celebrado cómic, no ahorra en sangre derramada, cuerpos que explotan y una figuración bastante directa del universo que Marvel y DC –las dos compañías hegemónicas en esto de llevar historietas y novelas gráficas al cine y a la televisión– que apela a la parodia y da cuenta, también, de cómo la cultura del espectáculo lo fagocita todo. De entrada, para los creadores de The Boys, la fama es mala, muy mala. 

Hay un contexto de producción particular: hace 20 años que Marvel domina la taquilla mundial con Avengers/Los Vengadores y sus derivados; DC hace lo propio resucitando a Batman cada dos por tres y al resto de sus personajes. Sin embargo, la tradición del mundo del cómic es vasta y variada, y en los últimos años ha llegado al alcance del público masivo –por fuera de los cultores de las historietas– una serie de personajes que se alejan de la glorificación de estas personas con superpoderes, que ahondan en la profundidad psicológica que algunos del canon sí mostraron a partir de los 80 y que, por sobre todo, son narraciones que buscan deconstruir la imagen de lo superheroico. 

En ese camino se ubica The Boys, creada por Eric Kripke y basada en la historieta homónima de Garth Ennis y Darick Robertson.

Por lo pronto, hay una temporada completa disponible y tres capítulos de la dos, ya que Amazon decidió estrenar uno nuevo cada viernes. 

En la historia, “los chicos” son un grupito de parias de diferentes extracciones y con una motivación en común que, por supuesto, terminan convirtiéndose en los héroes de la serie. Su objetivo es desenmascarar a los Seven, los siete superhéroes principales que trabajan para una compañía justamente como eso, héroes y heroínas del mundo moderno, pero con características desdeñables: son corruptos, vanidosos, sádicos y totalmente integrados al sistema de celebridades del entretenimiento, con lo burdo en primer plano. 

Esos superhéroes, integrados a la vida y a las instituciones a través de una megacorporación que los administra como productos, no reparan en abusar de sus poderes porque tienen por detrás un equipo de relaciones públicas que limpia sus malos hábitos y acciones. Y no son solamente Los Siete, sino que, como si se tratara de un sistema de franquicias, hay “súpers” diseminados por todo el mundo, con distintas posiciones en el sistema de castas diseñado por la empresa que, por supuesto, tiene vínculos muy estrechos con el gobierno. 

En el camino de Deadpool (para alquilar en Google), The Boys recurre también al humor (negro) que debe tener cualquier parodia que se precie de tal. Es más, la serie parece darle la razón a Martin Scorsese cuando el año pasado publicó una controvertida columna en el New York Times en la que argumentaba por qué las películas de Marvel no son cine. 

La tesis principal del director de Taxi Driver es que el universo cinematográfico de Capitán América y Spiderman no es una forma artística, sino un producto de marketing. En ese sentido, las similitudes entre Disney y Vaught, la empresa que maneja a Los Siete, son evidentes.

Otras del tipo

Así y todo, la incorrección política de The Boys no va más allá de burlarse del poderoso, con el mismo tono cínico y oscuro que se vio en otra serie, The Preacher (Prime Video) aún más amplificado. Se trata de una adaptación de una novela gráfica detrás de la que también están Evan Goldberg y Seth Rogen en la que el héroe –antihéroe, en realidad– es un sacerdote tejano que descubre que Dios ha dejado su puesto y desatado una serie de desastres en el mundo. 

En la misma sintonía está The Umbrella Academy. Con un tono delirante, la serie de Netflix que lleva dos temporadas emitidas, reúne a un grupo de “hermanos” con superpoderes inusuales, quienes fueron criados por un excéntrico millonario y cuya misión es evitar el apocalipsis y tolerarse en sus diferencias. También aquí el recurso metanarrativo se propone ridiculizar la solemnidad de los universos de Batman, Superman o Los Vengadores.  

Por último, y solo para mencionar una reciente, Doom Patrol (HBO) –un cómic que surgió en los años 60 y que tuvo varias etapas y evoluciones– completa esta lista, porque propone la misma premisa: otra serie paródica de La Liga de la Justicia, pero en un tono más existencialista, ya que los protagonistas reniegan de sus poderes y anhelan lo que tantos hoy: una vida normal.