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Mil platos

Por Nano Barbieri

Gritalo más fuerte porque con cada gol que conviertan en la Copa, DirecTV dona mil platos de comida para toda América Latina. Palabras más, eufemismos menos, el relator de la Copa arenga con esta consigna en cada uno de los juegos. La letra chica avisa que incluye los goles por tiros desde el punto de penal, que presumimos serán muchos. Más goles, más platos de comida. Lo escuché decenas de veces en los primeros partidos del torneo, sin sorpresa, casi con indiferencia, mientras miraba jugar a Argentina. Porque jugamos bien, tenemos la pelota, y cuando no, defendemos aguerridos. Me identifica el equipo, es humilde en su presentación. Gritalo más fuerte, repetía la publicidad. ¿Doble cinco? Y sí, a veces sí. Doble cinco y qué. Mil platos por cada gol, para alguien que lo necesite en Latinoamérica. Parecen muchos, mil platos. Contra Bolivia fueron cinco mil platos de comida. Cuatro mil fueron nuestros.

Fue esa noche, jugando contra Bolivia, mientras Messi caminaba sobre una alfombra hecha a su medida, que me llegó un mensaje de N.: ¿Estás viendo el partido? ¿Escuchaste lo de los platos de comida? No se hace una promo con eso. Fue un baldazo. No sabría decir si me incomodó más la certeza de la banalización de la pobreza o mi propia desconexión con esa evidencia. ¿Cómo no me había dado cuenta? ¿En qué lugar de la cabeza entraba y salía esa información sin filtrar? ¿Cómo no me había hecho el ruido suficiente esa descarada promoción de un circo romano del hambre? 

En el mundial 2018 y la Copa América de 2019, DirecTV -a través de su ONG Generación DirectTV- donó a American Powerchair Football Confederation 100 dólares por cada gol convertido. Pero para este año, ese difuso concepto de solidaridad llamado Responsabilidad Social Empresaria, trastocó los aportes de modo de volverlos más visibles y efectivos en función de su retribución simbólica. Ya no van a ser los dólares impersonales, sino que ahora la compañía aportará 1000 platos de comida a la Red Global de Banco de Alimentos para distribuir en Latinoamérica. Un plato para cada persona hambreada, aunque condicionada al hecho de que los futbolistas consigan romper las redes de los arcos. ¿Qué pasaba con los platos de comida si el partido empataba en cero? ¿Debemos suponer que, si el partido terminaba en cero, aquellos cinco mil platos de comidas quedaban guardados por acción del azar? ¿Era necesario el giro lúdico para una actividad enfocada nada menos que en el hambre?  

No es la acción solidaria, sino la propia retórica de la colecta lo que la invalida. No ya la falta de referencia o de reflexión sobre causas del hambre ni de la desigualdad, o de la pobreza como creación humana, en palabras del multicitado Mandela. No hay expectativas en ese sentido durante un partido de fútbol. Pero la lotería de la vida, esa figura estática de las condiciones de vida en las que se nace, se vive y muere según la suerte de origen, no hace más que inactivar toda idea de transformación. Ojalá tengan la suerte de “ganar” un plato de comida. 

La socióloga Alicia Gutierrez sostenía que los acercamientos a la pobreza con frecuencia responden más a lo que los pobres tienen para dar que a aquellas cosas que tienen en falta. En este caso, no hay dudas: un juego, una publicidad y la impalpable mercancía de la banalidad del bien.

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Elogio de la decadencia

Por Nano Barbieri

“Todos son una generación perdida”. Con esta cita de Gertrude Stein empieza la Fiesta de Hemingway. Recordé la frase mirando el capítulo de reencuentro de Friends, la comedia que capturó la atención de al menos un par de generaciones. Pero, a diferencia de la connotación primera de aquella cita, y lejos de verlo como algo frustrante, sugiere, por el contrario, algo así como una experiencia de reconciliación. 

Cuentan que Stein vio desde su casa el modo en que el dueño de una cochera despedía a un tipo desganado, un empleado joven algo desentendido de su trabajo al grito de “¡Todos ustedes son una generación perdida!”. ¿Quién no recibió en su adolescencia o en su juventud el mensaje de formar parte de una generación perdida, o desencontrada al menos con los valores predominantes? Acaso fuera eso, también, un elogio. ¿Por qué no? El sentimiento –no siempre impostado– de que ya no habrá otro tiempo igual, ni otro actor u otro futbolista al que nosotros pudimos conocer congela el tiempo en un lugar de sinsentido para las generaciones venideras y garantiza, a modo tal vez de consuelo, que hemos vivido aquel momento único que lleva décadas o siglos en repetirse. Una generación: nuestro cometa Halley.  

La serie Friends fue el retrato quirúrgico de un modo de juventud, una especie de paréntesis experimental de amistades, relaciones afectivas y trabajos aleatorios entre la primera juventud y la edad adulta. Magistralmente caracterizado, ese margen permitido antes de “sentar cabeza” es el marco en el que los seis personajes ocupan dos departamentos y una cafetería hablando sobre nada y todo a la vez.  Muchos nos sentimos muy identificados con ellos, con ese tipo de humor y con esa idea de compañía incondicional de los amigos. El carácter universal y, en cierto sentido, atemporal de esta identificación tiene al menos dos explicaciones. Una, la genialidad de sus creadores. Dos, una impresionante homogeneización cultural. 

Pero hay una idea de decadencia que me resulta particularmente atractiva y fue el disparador de este comentario. Cuando, casi treinta años después de aquel primer capítulo, se juntaron los protagonistas de la serie, ahora en su condición de personas y no ya de personajes, es imposible disociar la actualidad de ellos con lo que hubiera sido una continuidad de sus vidas como los personajes de la tira. Y parecen, o lo son, una parodia de sí mismos. Lógicamente avejentados, algunos con mayor naturalidad, otros menos, pero apegados, casi como una fatalidad, a los personajes que interpretaron en su juventud. Como un encuentro con viejos amigos del colegio. ¿Están realmente ahí? ¿Son ellos mismos? Y de repente una mueca, una forma de toser o el modo de acomodarse la ropa los trae de vuelta, como una aparición, en toda su dimensión. Es un momento de una dignidad inmensa y, también, la manifestación de cierta decadencia.

El tiempo es la democracia de cualquier mortal, dice Florencia Angiletta hablando, también, de Friends, de las sensaciones que arrojó al mundo este ansiado reencuentro. ¿Qué nos queda cerca, qué nos queda lejos? Tal vez esa sea una manera de ver el tiempo, una cuestión de distancias sobre el punto en el que nos vemos. Y ahí estaban ellos, los seis, sentados sobre sus nostalgias, a una distancia asombrosa de aquella época, evidenciando modos tal vez demasiado higiénicos de vida, pero anclados, como una promesa, sobre aquella manera de sentir la vida. La nostalgia es nuestra, y la decadencia también. Y el futuro es definitivamente encandilante hasta que estamos, finalmente, parados sobre él. 

Tal vez el destino de cada generación sea el de ser, por mérito propio, una generación perdida. Irrepetible. Como un juego con reglas autodestructivas. ¿Se pueden enviar promesas hacia el pasado?, se preguntaba John Berger en El Cuaderno de Bento: el camino anverso de la botella en el mar. Y, si se pudiera hacer, prometería, tal vez, llevar intacta como un alambre de acero a la cuerda que tensa el resplandor de las primeras promesas con las consecuencias de todos los esfuerzos por mantenerla encendida. Porque ahí, en eso que se llama con cierta malicia La Decadencia, justo ahí está el orgullo de haber pertenecido, como tantos, a otra generación perdida. Una más. Única también. La nuestra. 

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Esa estática

Por Nano Barbieri

Llega mi cumpleaños y J. me regala una biografía de quinientas páginas. Soy incapaz de enfrentarme a un libro de ese tamaño, no puedo entender que alguien necesite tantas palabras para contar algo, cualquier cosa: una vida, la historia de la humanidad, lo que sea. Normalmente los descarto de plano. Pero J. me insiste en leerlo. Somos amigos hace casi treinta años. Le hago caso, lo leo. Y no puedo dejarlo. 

Es la historia del extenista Andre Agassi. Como toda biografía, intercala historias de infancia, amistades, familia, grandes batallas, ilusiones y decepciones. Incluye, por supuesto, relatos de partidos épicos, casi punto por punto, game a game. Me encanta porque las competencias son como vidas en miniatura. Hay momentos de reconocimiento, de impulso, ratos de madurez, caídas, recuperaciones. Es como una mamushka de vidas. Pero, sobre todas las cosas, la biografía encuentra su eje en la historia de una gran contradicción, la madre tal vez de todas las contradicciones: lo que hacemos con nuestras vidas versus lo que queremos hacer. 

Agassi odia al tenis. Siempre lo odió. Desde sus días sin lenguaje, se dormía mirando un móvil hecho con pelotas de tenis que colgaban sobre él. Sus zapatillas rotas se reforzaban con el reverso de pelotas gastadas. Su padre lo entrenaba en el fondo de su casa con una máquina que él mismo había construido para que su hijo golpeara millones de pelotas al año. Primero el mandato, luego el talento y, por último, la inercia: tal vez una de las personas más exitosas del mundo en términos de reconocimiento, no pudo nunca tener el control sobre su propia vida. Cada hombre es lo que hace con lo que hicieron de él, es imposible no recordar esa cita, tan vapuleada que ya no tiene autor. Quien sea que la haya escrito, bueno, gracias. ¿Sartre? Gracias.

Open, la biografía que es la excusa de este texto, no es un libro con grandes frases y eso vuelve al relato en primera persona casi como una especie de confesión y eso es algo hermoso también: la liberación que parece sentir desmontar un mito, su propio mito. (Pregunta para los escritores: ¿es necesario mostrarse inteligente para escribir un gran libro?). Todo transcurre en la estática que separa al deseo de estar al mando de su vida y la sucesión de acontecimientos que van marcando su destino. Puede verse esa electricidad, es ahí donde habita todo lo que acontece. ¿Es acaso posible no sentirse representado por esta tensión? 

Es ese planeta, tan híper poblado, el que más me interesa, o el que el libro nos dispara. ¿Por qué nunca nadie nos habló de este lugar? ¿Qué cosas son la vocación y todas esas chorradas? (la biografía está tristemente traducida al español de España). ¿Por qué no hablamos de las cosas que nos pasan a todos, o a casi todos? Vivimos bajo una regla que la marca la excepción. 

Hay un cuento de príncipes y princesas de la edad madura que tiene dos protagonistas: la vocación y la independencia. El filósofo coreano Byung-Chul Han define a nuestra cultura occidental como a “la sociedad del rendimiento”. Y es interesante porque une estas dos deidades que mencionábamos recién. Suprime la violencia frontal de la coacción por una invisible, acaso ligada a la vocación y a la libertad: cada uno debe ser el señor de sí mismo. La historia de la violencia, dice el filósofo, culmina en esta unidad entre víctima y verdugo, amo y esclavo, libertad y violencia. La violencia se traslada hacia adentro. 

Agassi lleva más de veinte años de carrera y no suprime la pregunta: ¿qué hago acá? ¿Por qué no lo abandono? Rompe trofeos, consume drogas, pierde intencionalmente partidos importantes, se emborracha o pasa días durmiendo. Y en un momento frena todo y cree comprenderlo de una vez. Dice: ¿cuántas veces más tendrán que mostrármelo? Es por eso por lo que estamos aquí. Para luchar entre el dolor y, siempre que sea posible, para aliviar el dolor de los demás. Así de simple. Y tan difícil de ver. 

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La gran Sala de Espera

Por Nano Barbieri

Todos lo sabemos: hay una distancia entre lo que deseamos o necesitamos y el lapso que nos lleva conseguirlo. Lo que sucede en el medio es el tiempo perdido porque, como dice la canción, la vida es una gran sala de espera. 

Volver a tu casa después del trabajo, acceder a la justicia, subirte a un avión o pagar una cuenta en el banco: todo lleva tiempo, todo conduce a una espera y la espera, como todo, o casi todo en este planeta, es desigual. Esperar el colectivo o volver manejando tu auto, llamar a un abogado amigo o hacer la fila en un juzgado, ser propietario de un pase prioritario en aeropuertos, en bares; los accesos a los medicamentos según las obras sociales, la atención médica, los peajes, la velocidad de internet, de tu celular; el ingreso a un estadio o un espectáculo, la obtención de un documento de identidad o un pasaporte, las cajas del supermercado, el pago por tu trabajo, la actualización del salario; conseguir un banco en una escuela; un turno en un dentista. Todo conduce a la espera, todas las actividades están mediadas por un tiempo improductivo pero que sin embargo podemos calcular o estimar según el estrato social y simbólico en el que nos ubiquemos. Si enfrentamos dos orígenes opuestos y preguntamos por las mismas esperas, las expectativas serán diametralmente disímiles. Y este conocimiento, sedimentado y preciso, se aprende con la experiencia de la vida dentro del mundo social: no todos tenemos derecho a una misma celeridad. 

La espera es un padecimiento y el hacer esperar, como demuestra el sociólogo Javier Auyero, es un mecanismo de dominación. Las esperas generan subjetividades y disciplinan entre quienes deben esperar y quienes no están señalados como sujetos de espera. En su libro llamado Pacientes del Estado, Auyero analiza al Estado, la espera y la dominación política en los sectores populares. “Es una estrategia sin un estratega”, dice el autor, “no es que hay alguien que, a propósito, intencionalmente, hace esperar a los subordinados o desposeídos: así funciona la dominación política”. 

Sin embargo, el uso de la espera como mecanismo disciplinador, no es patrimonio exclusivo de las prácticas políticas, sino que forma parte del más amplio sentido común. Nadie imagina siquiera encontrarse con algún personaje poderoso o reconocido en la cola de un hospital, en un bar, en la entrada de espectáculo o en la parada del colectivo. Hay sencillamente ciertos estratos sociales que no esperan. Para todos los demás, el tiempo muerto. 

Hace pocos días se desenmascaró una serie de vacunaciones de privilegio de dirigentes políticos, empresarios y personalidades de los medios de comunicación, que derivó en el justo despido del ministro de salud de la nación. Las denuncias se replicaron en distintas provincias y localidades, con lógicas más o menos similares. Funcionarios habían decidido de modo más o menos espontáneo que había ciertas personas que debían razonablemente ser vacunadas sin mediar espera. Algunos parecieron incluso sorprendidos por las denuncias de anomalías. Una de las principales dirigentes de la oposición, en un gesto de sorprendente honestidad, dijo: “Nosotros hubiéramos hecho lo mismo”. 

Dice Auyero que lo más complicado para un sociólogo es mirar relaciones: “Lo difícil es no mirar tanto a los actores, sino a las relaciones que los unen y los separan”. La naturalización de las relaciones de poder desenmascara acaso la condición elitista de la dirigencia política y la cercanía química con los estratos económicos y simbólicos más altos de las sociedades. Ahí arriba, la cosa fluye. La gran Sala de Espera, en cambio, deberá tener bien apretado su boleto y esperar que se lea, por fin, su nombre en la pantalla. 

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Epidermis

Por Nano Barbieri

Quisiera dar un punto de vista sobre la corrección política, principalmente porque pienso que hay un sentido de la ofensa demasiado desarrollado y, por sobre todas las cosas, fingido y sobreactuado. ¿Por el uso de las redes sociales? No necesariamente, no siempre es culpa de la disponibilidad del medio. 

Dice el sociólogo Randall Collins: Si podemos pensar en las palabras que vamos a decir es porque al hablar adoptamos el punto de vista de otras personas y evaluamos su reacción a lo que hemos dicho hasta ese momento. Decimos con relación al otro. Esto no es nuevo, ni tampoco reprochable: es el resultado de la convivencia y de la necesidad de sostener una audiencia para no hablar como los locos. Pero lo cierto es que al hablar se desata, diría Goffman, un mecanismo de ajustes en el que la persona actúa en función de la expectativa del otro, buscando siempre armonizar con los demás evitando una abierta contradicción.

Esa armonización no es gratuita y varía según las posibilidades que nos demos de discutir los temas por fuera de sus empaquetamientos. Por ejemplo. En una nota publicada poco tiempo antes de las elecciones de Brasil que consagraron a Bolsonaro como presidente, el antropólogo Nicolás Viotti se preguntaba: ¿Cómo llegamos a esto? ¿Siempre fuimos conservadores y no lo sabíamos? Miren la precariedad y sin embargo la profundidad de esa pregunta: ¿siempre fuimos conservadores y no lo sabíamos? ¿Dónde estaba guardado todo eso? ¿Acaso detrás de una corrección política que, epidérmicamente suspendida, tuvo un desarrollo subterráneo? Por supuesto, esto es una hipótesis. Yo creo que sí es así.

Incluso las ideas más descabelladas instaladas, supongamos, por los medios o por referentes del deporte, la cultura o la política, necesitan de una base de sentido para poder ser eficaces. Digamos, no necesariamente lo que digan mañana Messi, Ginobili o Daniel Baremboim tendrá repercusión. La eficacia, dice Viotti, depende de condiciones cotidianas, de un magma mucho más amplio de fondo que está encarnado en objetos, afectos y deseos colectivos, incluso los más terribles. ¿Existe suelo fértil para todo tipo de afirmaciones? Claro que no. Pero la pregunta subsiguiente también es incómoda: ¿estamos generando, innecesariamente, condiciones para que emerjan este tipo de reacciones? Pienso que degrada las afirmaciones la necesidad de combinarlas siempre con una denuncia. Acaso incluso ponga en duda, también, la certeza misma de aquella afirmación. ¿Era verdaderamente importante, por ejemplo, condenar a quienes no homenajearon a Maradona?

¿Cuál es la eficacia de la sanción? ¿Cuántos de ustedes recuerdan haber sido escrachados, avergonzados o repudiados y tomaron aquello como un antecedente para volverse mejores? No conviene generar los escenarios para que estas discusiones afloren. ¿Cuáles son las condiciones que permiten que broten, en todo caso, con tanta intensidad nuevos modos de manifestaciones anti populares, o contrarias a las ampliaciones de derechos? 

Estamos ante una colección de verdades a medias, diría el griego Castoriadis, que probablemente defendamos con un énfasis que no merecen. Pienso, para decirlo con mayor claridad, que es mayor el riesgo de quedar presos de nuestras propias imposiciones que de ser un ejemplo multiplicador. 

Creo que equivocamos el rumbo haciendo hincapié en un mundo moral. Sobre todas las cosas cuando la preocupación no consiste en el problema moral de cumplir con esas normas, sino en el problema amoral de construir la impresión convincente de que satisfacen dichas normas. Como actuantes, diría Ervin Goffman, no somos otra cosa que mercaderes de la moralidad.

Yo estoy al derecho, dado vuelta estás vos. Dice una canción. 

Lo que te da terror te define mejor. Dice otra. 

Hoy me quedo cantando la segunda. 

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Comunidades imaginadas

Por Nano Barbieri

La discusión del aporte extraordinario de las grandes fortunas fue un laboratorio de discursos, como cada vez que el parlamento trata temas medulares. Cada uno de ustedes tendrá una mirada sobre el tema, pero el espectáculo que brinda la representación política de los argentinos pone de manifiesto una paleta de colores bastante acotada y sobre todas las cosas desprovista de grandes sorpresas. La discusión vuela bajo, pero no por falta de formación o esas cosas que solo les interesan a los portadores de papeles. Vuela bajo porque falta imaginación. Vuela bajo porque viaja sobre las aguas estancadas de la repetición. 

Una estrategia recurrente de quienes se oponían a la retención era la de describir a los que hacen o hicieron la patria, o aquellos que, como dijo uno de los referentes de la oposición, “están trabajando hace 200 años”. Es interesante la referencia a los dos siglos porque subraya el componente aristocrático de las grandes fortunas y destruye, seguramente sin proponérselo, cualquier idea meritócrata de la acumulación de capital. 

Por otra parte, la referencia a los grandes millonarios (es importante recordar que son personas y no empresas) como motores de la economía, o como “aquellas personas que generan empleo”, presenta la discusión en términos patronales, ¿no? Presenta la pregunta del siguiente modo: ¿cómo vamos a ser tan desagradecidos de pedirles un esfuerzo extraordinario a quienes nos dan trabajo? Dar trabajo, qué expresión horrible. Lleva una tintura de filantropía que pocas veces o nunca se pone en cuestión. Olvida, en el mejor de los casos, que se trata de una relación.

Pero me voy a quedar con el concepto de patria, esa idea difusa que genera consensos masivos. Los contextos de emergencia, tumultuosos, las grandes crisis, inevitablemente recurren a la épica de la patria, esa especie de fin último que justifica los medios. Pero ¿qué es la patria? Comunidades Imaginadas, había dicho el historiador Benedict Anderson: una nación es una comunidad construida socialmente, imaginada por grupos de personas que se perciben a sí mismas como parte de otro gran grupo, una nación.

¡Qué insana envidia me provoca esa síntesis conceptual! La patria, una nación cualquiera, un país, son esencialmente propuestas de homogeneidad como vínculo político y cultural. La idea de patria resuelve la tensión entre lo universal y lo particular. Pero lo hace en un acto de imaginación y con un interés particular, de más está decirlo. ¿Qué patrias, cuántas patrias estaban en juego en ese parlamento? ¿Es acaso la hegemonía sobre la idea de patria el resultado último de las disputas políticas? Hay gente –mucha gente– que murió creyendo que lo hacía por la patria. 

La patria es también una identidad geográfica. Pero, para que esto suceda, fue necesario que quienes habitan dentro de un determinado territorio consideren que tienen más cosas en común entre ellos que con aquellos que no viven dentro de los límites de la nación. De acá para allá, hermanos. De acá para allá, amenaza. ¿Habrá en las reiteradas menciones a la patria, nuestras patrias, una idea cabal de federalismo?

Por último y retomando la cita de los 200 años, la patria tiene esa enorme capacidad, como la religión, de transformar la tragedia de una vida miserable en hermosa continuidad. Nuestra Comunidad Imaginada cuenta con un pasado inmemorial y un futuro ilimitado que permite la conexión de los muertos con aquellos que no han ni siquiera nacido aún y con los hijos de ellos también. Del esperma a las cenizas, todos llevamos la misma bandera. El revisionismo histórico se sostiene bajo esta premisa. La importancia política de delimitar aquel origen impacta en el presente como un trasplante genético. Ojo, no somos aquello que creíamos que éramos, sino esto otro que traigo acá. 

En medio del hastío que significaron muchos de los discursos que escuchamos, pienso que las reiteraciones tienen ese fundamento: consolidar una idea de patria narrada como un cuento de nunca acabar. Hay una discusión más larga y transversal a todos estos debates y es la resultante de poder desarmar los laberintos que nos llevan siempre hacia la misma puerta cerrada. En ciencias sociales eso tuvo un nombre y se llamó poscolonialismo. Como aprender a hablar otro idioma.

Luego, claro, será necesario hacer algo con ese asombro. 

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Hachas y verdugos

Por Nano Barbieri

En su libro Vigilancia Líquida, Zygmunt Bauman tira una frase casi a la pasada. Lo dice como un comentario entre amigos, con un dejo de enojo o de desencanto. Dice: ya no desarrollamos técnicas para hacer lo que queremos hacer, sino que seleccionamos cosas para hacer solo porque existe la tecnología para hacerlas

La recordé viendo un partido de fútbol en el que una docena de cámaras intentaban encontrar una infracción donde nadie más la vio. Detrás, el juego seguía, pero el foco era el error, cualquier error que pudiera habérsele traspapelado al árbitro, al relator o al hincha desprevenido. Había tantas cámaras para verlo que era un desperdicio no hacerlo. Y no encontramos nada. 

La hipótesis del autor polaco es mucho menos la idea de una sociedad aborrecida por el excesivo uso de la tecnología que la existencia de una sociedad que descuida o se desentiende de los fines, cualesquiera sean esos fines. No solo los propios, sino incluso aquellos contrarios a su propia cosmovisión. Una especie de sucesión de acciones irreflexivas en donde la distinción de medios y fines es bastante insignificante. 

Hubo una guerra, dice Bauman, y la ganaron las hachas a los verdugos

Es una frase escalofriante que introduce, por el rabillo de la mirada, a la clásica discusión de las formas y el contenido en la política. ¿Qué nos molesta y que nos atrae de la política? ¿Dónde se resuelven las tensiones y las contradicciones culturales? ¿En el concepto o en su presentación? Las cadenas de equivalencias que nos permiten asociar significados sin mayores esfuerzos resuelven cada vez con mayor velocidad la vieja batalla cultural en una sucesión de eslóganes que explican, entre otras cosas, el éxito de los formatos cada vez más acotados de las redes sociales virtuales. ¿Cuánto nos interesa esa discusión por fuera del juego de las plataformas? ¿Acaso tan solo discutimos porque están ahí? Las hachas. ¿Dónde se expresarían hoy los 700 millones de tweets que se publican cada día?

En otro orden, la socióloga marroquí Eva Illouz tuvo una idea desconcertante. Se propuso escribir un libro para explicar por qué el amor duele, pero también, y sobre todas las cosas, por qué el amor no es un sentimiento individual, sino una experiencia social. En ese recorrido, también recoge el guante para hablar de algo similar a lo que hoy conocemos como la idea de responsabilidad afectiva. En el abandono de grandes relatos que supone la modernidad, dice la autora, el amor resulta uno de ellos. En el camino, Illouz cuestiona, por ejemplo, que la ética haya quedado, en medio de la revolución sexual, fuera del ámbito del sexo. El proyecto de la autoexpresión por medio de la sexualidad, explica, no puede quedar separado de la pregunta por nuestros deberes frente a las otras personas y sus emociones. ¿Cuál es el sentido de nuestras relaciones, si es que acaso tiene alguno? ¿Puede aislarse como un elemento de independencia a la búsqueda de la satisfacción personal? En este sentido, una nueva cita inquietante de la autora marroquí. Dice: Si consideramos que el culto a la libertad en la esfera económica puede producir consecuencias devastadoras y que, de hecho, las produce. Entonces, como mínimo, debemos preguntarnos por sus consecuencias en la esfera de las relaciones personales, emocionales y sexuales

¿Es una característica de nuestra época el desapego de los fundamentos? ¿Por qué hacemos las cosas que hacemos? La más maravillosa cuenta de Twitter –ya que hablamos de los medios– se llama The tweet of God. Ahí, en la cuenta de la Dios, el señor reflexionó en sus restringidos caracteres y dijo, desde el más allá: Nunca antes hubo un tiempo mejor que este para no tener pruebas sobre algo. Esta columna se inscribe hoy en esa dirección. Haciendo uso de un puñado de señales y, tal vez, alguna coincidencia, me animo a decir que los días se parecen entre sí, no tanto por su similitud, sino más bien por su liviandad. 

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Cultura Dron

Por Nano Barbieri

A algunos de mi generación, cuando éramos chicos, nos explicaban los amaneceres de la sexualidad con un libro que se llamaba ¿Qué me está pasando?. A pesar de la confusión que aportaba la combinación de unos gráficos que alternaban caricaturas de bebés y padres con cuerpos desnudos dibujados casi como identikits policiales, era un libro que te ponía en tema. Esa era su mayor virtud para un texto que hoy sabemos no tiene perspectiva de género, ni contempla diversidades sexuales, por ejemplo. Pero la hipótesis central del autor, además del intento de resolver la inevitable incomodidad de hablar estos temas con tus padres, era que la adolescencia era el periodo más desconcertante de la biografía de las personas y que había que darse lugar para preguntar y contestar. Pero sobre todo para preguntar. Ahí empieza todo. Le agradezco eso a aquel viejo libro.

Más acá, Saskia Sassen, una socióloga holandesa crecida en Argentina, nos viene a decir que lo peor de esta época pandémica es que no nos pusimos a pensar, con suficiente seriedad, qué es lo que realmente nos está pasando. Hay una pregunta vacía, una especie de propensión al olvido que trabaja incluso con antelación a la superación de la tragedia. ¿Se puede olvidar lo que todavía no sucedió? Sassen sostiene que lo más llamativo de este momento histórico es nuestra propia incapacidad de reconocer que nosotros también contribuimos a lo que está pasando. ¿Cómo llegamos a esto?

Saskia Sassen es reconocida mundialmente por la introducción del concepto de Ciudad Global, algo así como el nombre que llevan esas grandes ciudades dentro de un territorio nacional, pero desde dónde se implanta una cultura globalizada, estandarizada a nivel mundial. 

El tema predilecto de Sassen es la tensión que existe entre las localidades y las globalidades y, en este marco, reconoce como una de las causas de la aparición del virus a las sucesivas destrucciones de nuestros espacios reales, nuestras tierras muertas, aguas sucias y el aire profundamente contaminado. A priori, claro que esto no es una novedad. El hecho es que Sassen no lo mira desde una perspectiva –solamente- biológica, sino acaso como una consecuencia del distanciamiento de nuestros modos de vida con nuestro entorno inmediato. ¿Quiénes emiten y quiénes padecen las consecuencias de nuestra cultura hegemónica? Casi nunca son las mismas. 

Sassen habla de la modernidad global para describir un proceso histórico que me parece muy interesante, al tiempo que bastante aterrador. Tiene que ver con un cambio conceptual en el modo del desarrollo global de la economía y, por ende, de la organización de la vida misma. Un cambio de paradigma, ese concepto tan utilizado. Dice Sassen que, hacia finales del siglo pasado, la función económica principal, su razón de ser, digamos, era incluir a la mayor parte del planeta como consumidores y trabajadores. Primero como trabajadores, para luego ser consumidores. Una perspectiva clásica de crecimiento e inclusión. Hoy la lógica no es esa, dice la autora. Vivimos, en cambio, un proceso de expulsión propio de la financiarización de la economía mundial que ya no necesita del crecimiento del consumo porque las posibilidades de generar plusvalía ya no dependen, en esa misma medida, del crecimiento del consumo. En síntesis: el mundo de las finanzas no tiene tierra, no tiene rostros.  

Al comienzo de la pandemia –ese presente inmediato que parece sin embargo tan lejano- recuerdo que nos reíamos sobre el reencuentro con la vecindad, con las limitaciones y las virtudes de vivir con lo cercano. Al poco tiempo, fuimos más receptivos, en algunos casos, y más proactivos, en otros, a la vinculación con el entorno inmediato: las calles, las veredas, la recolección de los residuos, el cuidado de los paisajes. Fuimos obligados a co-habitar, supimos que cerca nuestro había respuestas que desconocíamos a algunas de nuestras necesidades o inquietudes. Es mucho más difícil la empatía con lo que no se ve, lo que no se siente. 

La globalidad propicia el distanciamiento de las acciones y las consecuencias, la disociación entre la naturaleza y la cultura. No significa esto una romantización de lo mínimo o necesariamente el regreso a la vida comunitaria. Más bien, imagino con cierto optimismo que la pandemia develó, entre otras cosas, un modo de “Cultura Dron”, por así llamarlo, en el que vivíamos disociados de las consecuencias de nuestras acciones. Tal vez este sea, al menos a modo de disparador, un momento de preguntarnos qué nos está pasando. Aun si tan solo fuera un ejercicio reflexivo para encontrar las mismas respuestas de siempre. O quizás, ojalá, para concluir en que algunas de las cosas que nos importaban tanto, o nos parecían imprescindibles, tal vez no nos eran tan necesarias. 

Y viceversa.  

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Carteles

Por Nano Barbieri

No es la primera vez que recuerdo esta imagen, pero vuelve una y otra vez. 

En el año 2002 leí un cartel en pleno centro de La Paz, en Bolivia, que me pareció obsceno, casi pornográfico. Se veía de espaldas a un hombre en mameluco limpiando los vidrios de un edificio espejado, muy moderno. Al costado de la imagen, había una leyenda que preguntaba: “¿De qué lado quiere que trabaje su hijo?”. Lo firmaba la Universidad del Valle: una excelente formación significa más y mejores oportunidades

Me acuerdo también de que tuve la sensación de que los límites de la tolerancia a la violencia se habían estirado al infinito. El legado colonial estaba intacto, imperturbable, a la vista de todo el que levantara la mirada.  

Un cartel –explican los publicistas– necesita de dos certezas: atracción y síntesis conceptual. Y los carteles reflejan de alguna manera los puntos de sutura de las sociedades, las fronteras. Es muy raro que un cartel genere repudio, son muy pocos los casos en que producen un rechazo manifiesto: ese sería un fracaso imperdonable de la publicidad. Digo esto porque podría afirmar, sin correr demasiados riesgos, que todos los carteles de la vía pública comparten una idea de lo predecible, de todo aquello que está socialmente aceptado como una realidad compartida. Bien o mal, de acuerdo con ellos o no, los carteles evocan, demuestran, sugieren, pero siempre dentro del universo de lo socialmente compartido. Y, en este sentido, son un verdadero síntoma.

En aquel 2002, el presidente de Bolivia era Gonzalo Sánchez de Lozada. Goni. Probablemente uno de los personajes latinoamericanos que mejor encarnan la idea del cipayo: un empresario al servicio de los intereses de extranjeros para América Latina que no podía hablar el español sin acento norteamericano. Parecía una humorada, un chiste de mal gusto. Era la imagen del desprecio por lo latinoamericano y de la subordinación absoluta de los pueblos originarios. Basta con ver segundos de algún video en YouTube para entender la dimensión de esa extranjerización. Si lo viéramos en una serie de Netflix, diríamos que su personaje está sobreactuado. ¿Cómo no iba a ser posible colgar un cartel como aquel?

No quisiera extenderme demasiado en esto, pero este es el contexto en el que Evo Morales se transformó en el primer presidente indígena de la historia en un país con más del 60 % de población originaria. Sucedió casi 180 años después de la declaración de la independencia. 

El ejemplo boliviano desafía la mirada estática de la histórica, sin lugar a dudas, pero también pone énfasis en un tema muy contemporáneo de discusión que es la profesionalización de la política. ¿Qué características debe tener un presidente? El clásico sociólogo Max Weber reconocía en el siglo XIX a tres tipos de liderazgos puros, en un sentido analítico. A grandes rasgos: el legítimo, al que la ley le otorga el poder; el tradicional, aquel que hereda ese espacio de autoridad; y, por último, el líder carismático, cuya característica principal es la capacidad de generar simpatía, entusiasmo y credibilidad en su figura. En general, los referentes surgen de la combinación de estos tres tipos de liderazgos, pero en América Latina se banalizó especialmente la condición carismática de algunos líderes relegando la importancia de esa característica inseparable de la política. ¿Puede aprenderse el carisma? ¿Puede acaso ser impostado y efectivo a la vez? ¿Qué tipo comunicación es carismática?

La falsa dicotomía de lo racional frente a lo popular tiene una extensa historia de desprecio, tal vez llevada al extremo en el binomio civilización o barbarie. La política como un lugar de expertos occidentales había relegado por siglos a la voluntad popular boliviana a fuerza de violencia física y política, con una perspectiva insoportablemente racista. Hasta que un día no. Y otro día, tampoco. Y ya no pareciera haber retorno. 

Todo es presencia, todos los siglos son este presente, decía el mexicano Octavio Paz. Toda actualidad está densamente cargada por los acontecimientos anteriores. ¿Cuántas luchas, o cuántas batallas en apariencia marginales estarán hoy gestando una nueva realidad? ¿Cuántas naturalidades serán insoportablemente trágicas en el futuro? 

Aquel mismo 2002, el año del cartel, el del malo de Goni en la presidencia, escuchamos a Evo Morales en un aula de la Universidad Nacional de Buenos Aires. Había viajado a dar una charla. Tal vez éramos doscientos, trescientos, no más. Era un hombre bajo, tranquilo, claro. Carismático. Muy carismático. 

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Nostalgias

Por Nano Barbieri

Las situaciones límite nos obligan a cuestionar la construcción social de la realidad: por lo menos a agarrar el manual. Si esto no sucede, si esa mínima reacción no toma cuerpo, entonces estamos demasiado mal, tenemos un frío increíble en el pecho, o simplemente estamos, como dice la canción de Pink Floyd, plácidamente paralizados.

No podemos, nos cuesta demasiado o no queremos. Lo cierto es que no sabemos revertir los principios de nuestra relación con el mundo. Nos lo dice la evidencia, tal vez hoy más que nunca. Nos cuesta cambiar, o darle importancia a la necesidad de un cambio. Hay una derrota subjetiva, quizás, que consiste, diría Badiou, en el desarraigo de la idea misma de otro camino posible. O peor aún, de la existencia de esa idea, pero en un territorio dominado por la nostalgia: no hay sentimiento colectivo más paralizante que la nostalgia. Es un estado contemplativo, como de espectador privilegiado. Matizado, para colmo de males, por el tibio goce de volver a pasar por nuestros cuerpos una sensación plácida, editada por el más romántico de nuestros editores. 

Pareciera que no sabemos vivir de otro modo. Con la religión y con los objetos sucede algo muy similar. Tanto las cosas como los dioses son creaciones humanas que se vuelven, tarde o temprano, en contra de sus propios creadores. La famosa historia de Frankenstein. Se intercambian, de un momento a otro, los papeles del creador y de la criatura. Marx, que había tomado esta lectura de Feuerbach, sostenía que la culminación del proceso de dominación del capital sobre el trabajo se materializaba, se sentía Real, en el momento en el que el objeto se volvía en contra de su creador. El hombre creó a Dios, y sin embargo se somete a él. Las personas crearon, también, el mismo sistema que le impide realizarse. O peor aún, que no conoce ni encuentra cómo desactivar. 

Puestos a conversar y a pensar sobre nuestra existencia, cuesta encontrar voces que no identifiquen una contradicción colosal en el modo en que habitamos el planeta y cualquier idea de sustentabilidad, tanto del orden de la naturaleza, como del orden político y social: eso que llaman gobernabilidad. ¿Cuál es el límite de lo tolerable? ¿Cuánta elasticidad le cabe a ese concepto? Los equilibrios ponen a prueba sus fronteras, en todos los frentes. Pero ¿qué es la gobernabilidad? Siempre me pareció un concepto tremendo enmascarado en un tecnicismo. Es una idea de frontera definida por el clima social, por las normas no escritas de convivencia. Es un límite que más o menos todos podemos identificar, pero que objetivamente no existe. ¿Dónde queda esa frontera? Pareciera que todo acercamiento real a la modificación del estado de las cosas es puesto en el cajón del pensamiento utópico. El poder, decía Michel Foucault, ya no reprime, sino que normaliza. Nos vuelve predecibles, nos marca los límites del pensamiento. Así es evidente la pérdida de un horizonte novedoso. Volvamos a la evidencia: hoy la utopía pareciera ser recuperar el mundo que teníamos seis o siete meses atrás.

En un texto especialmente lúcido, el sociólogo François Dubet se pregunta: ¿qué podría hacer que nos sintiéramos lo bastante semejantes para querer realmente la igualdad social, y no solo una igualdad abstracta? Es una pregunta madre, orientadora, propia de las crisis. La hipótesis que el autor francés sostiene es que, aunque hayamos tomado como propios y casi indiscutibles a los valores de la igualdad y la libertad, es la crisis de la solidaridad lo que los vuelve irrealizables. Todas las luchas contra las desigualdades, dice Dubet, requieren un lazo de fraternidad previo, que el aislamiento y la distancia de los grupos sociales impide. Reconocer al otro como par. 

La brillante Chantal Mouffe coincide en el diagnóstico: la principal experiencia de los individuos en la actualidad es la propia destrucción de las condiciones de solidaridad colectiva. Y no es la pandemia, ni la cuarentena, ni el uso del barbijo. El filósofo rockstar, Darío Zeta, lo resume con mucha claridad: el individualismo es también una forma de confinamiento.

Los modos –aunque parciales- de modificar la desigualdad entre las personas han generado muchas veces mayor resistencia que la ausencia absoluta de la voluntad de hacerlo. La desigualdad es una zona de confort: es lo que hemos vivido siempre. ¿Cómo se explica, de lo contrario, que genere mayor resistencia un plan de ayuda social que la multiplicación de la riqueza de los ricos? 

A nuestro tiempo le cabe una paradoja inaceptable: a pesar del supuesto acortamiento de las distancias físicas a través del uso de la tecnología, las sociedades se han vuelto cada vez más cortas, con un umbral de solidaridad que rara vez excede al ámbito familiar y de las amistades. Las redes, los teléfonos, las velocidades de mensajería, de traslados físicos, la disponibilidad de objetos cada vez más maravillosos. Todo lo que vino a acercar trajo también nuevos temores y distanciamientos. Cosas que pasan, tal vez, cuando ocupamos el tiempo hablando de los instrumentos y demasiado poco de la instrumentalidad: ¿para qué?