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Descuida, yo te cuido: la corrupción del sueño americano

Por Juli Fantini

Esta reseña contiene leves spoilers.

La conexión entre el estreno de Netflix del fin de semana pasado —I Care a Lot, en inglés— y el documental Framing Britney Spears —Hulu, disponible en plataformas alternativas— es evidente. 

Mientras el relato del movimiento Free Britney que formaron los fans de la cantante en contra de la tutela legal que hace 14 años la tiene “presa” de un sistema en el cual su padre vigila cada aspecto de su vida, en la película, las víctimas son adultos mayores los abusados por el sistema. 

Este thriller con tonalidades de comedia negra es también un comentario social que se torna demasiado sentencioso en su tercer acto, aborda tanto el viejo cuento del gato y el ratón como la institucionalización de una práctica de despojo de quienes son considerados incapaces y, por lo tanto, encerrados en casas de cuidado, despojados de sus bienes y alejados de sus aparentemente inconvenientes familias. 

Además, es un cuento de cómo se triunfa en Estados Unidos: la concreción del sueño americano se visualiza bajo un manto de corrupción, aunque a través de lo que el sistema permite, sus vulnerabilidades y puntos flacos. ¿Les suena?

Marla Grayson –Rosamund Pike, Perdida– es la sociópata a quien se retrata y en cuyas manos, a través de un aceitado sistema –legal, con bemoles–, recae la tutela de esos adultos; mientras que el personaje de Peter Dinklage –Tyrion Lannister en Game Of Thrones– es el gato que la persigue luego de que Marla se mete con la anciana equivocada –Dianne Wiest, la estupenda actriz de la que hubiera sido esperable un poco más de tiempo de pantalla–. 

En el casting también se destacan las breves apariciones de Chris Messina como el abogado del personaje de Dinklage, una especie de Fernando Burlando de allá, que deslumbra.

Entre la oscuridad y la comicidad, se ve, tras un primer acto en el cual nos muestran quién es Marla y cómo trabaja, el conflicto que pone en jaque el aceitado sistema de la estafadora. 

Así, arranca un cuerpo a cuerpo entre dos malos malísimos que no son precisamente antihéroes, sino personas detestables: una delincuente de guante blanco que les succiona la vida a los adultos mayores y un capo de la mafia que tampoco tiene escrúpulos. 

La sátira se impone porque se dan situaciones de muertes seguras a las que, de manera sorprendente, sobreviven. Así y todo, la conclusión deja gusto a poco, por lo moralizante de la propuesta.

Si la naturaleza corrupta del tutelaje y de otras prácticas aceptadas por las instituciones del Estado es el eje de la crítica social; la humanidad que el director les da a sus villanos es aún más incómoda para quien mira. Porque llega un punto en el cual la protagonista usa válidos argumentos sexistas para defenderse mientras que el gánster se presenta como un hijo extremadamente preocupado por su madre.  “¿Con quién te quedás?”, interroga la película. 

“No existen las buenas personas”, dice Marla en su monólogo de presentación. Y se define como “una maldita leona”. Sus caracteres distintivos quedan en claro desde ese momento inicial. Y se sostienen hasta el final. Es decir, es una sociópata —tal como define a su madre— que recuerda al Patrick Bateman de la adaptación de la novela de Bret Easton Ellis, American Psycho, con la diferencia de que aquí se mide contra alguien de su tamaño moral, o inmoral.

Sobra durante el segundo acto una subtrama referida a unos diamantes que Marla encuentra entre las pertenencias del personaje de Dianne Wiest, así como puede reprocharse el tono aleccionador del final. Aunque, al poner el ojo en las injusticias sistémicas del capitalismo, Descuida, yo te cuido hace un buen trabajo desde el humor negro. Cuando se pone melodramática pierde potencia, pero no defrauda en entretenimiento.  

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El colapso: un apocalipsis realista

Por Juli Fantini

Esta reseña no contiene spoilers.

En Flow —emitida por el canal AMC desde el lunes 8 de febrero de 2021, disponible on demand desde el martes 9 — estará disponible El Colapso, una serie francesa creada por el colectivo de cineastas franceses Les Parasites. No se parece a nada: ni a Black Mirror ni Years And Years —dos series distópicas muy populares en los últimos tiempos— y mucho menos a alguna de las decenas de películas de Hollywood que se meten con el fin de la humanidad. 

La peculiaridad de la creación es su formato de antología: cada capítulo se ocupa de una historia en particular. Su brevedad, ocho capítulos de entre 15 y 20 minutos filmados en planos secuencia, permite adoptar con realismo el punto de vista de cada una de las personas que transitan el colapso del sistema, nada más y nada menos.

El conflicto que aúna las historias contadas y fragmentadas es el caos generado, porque se cayó literalmente el abastecimiento de todos los bienes y servicios en Francia —y se supone también en el mundo—, lo que genera distintas variantes de la supervivencia en un contexto por demás hostil. 

Creada en 2019, puede evocar algo del clima de época de la pandemia, pero se diferencia porque no hay un virus que promueva la disolución del orden social, sino que estamos ante el cumplimiento de las profecías de ecologistas y ambientalistas respecto a las consecuencias del mal —y desmedido— uso de los recursos, no solo naturales, del planeta; en ese marco, las necesidades básicas desaparecen o se vuelven inalcanzables para la mayoría de las personas.

Con la duración de una película —aproximadamente 160 minutos en total—, la miniserie se inspira en la teoría de la colapsología. Básicamente, lo que dice es que la sociedad industrial tal como la conocemos se destruirá por una conjunción de circunstancias políticas, sanitarias, medioambientales y energéticas. 

Con esa premisa hecha realidad, en el primer capítulo asistimos a lo que sucede en un supermercado cuando el desabastecimiento empieza a sentirse. En los episodios que le siguen, los lazos sociales tensados entre sobrevivir o ayudar se muestran a través de otros escenarios y con distintos protagonistas; y, en la mayoría de los casos, El Colapso adopta un tono misántropo: Les Parasites no parecen tener demasiada fe en la humanidad. 

Los capítulos son, como se dijo, autoconclusivos, pero coherentes y cohesionados. Algunos, por supuesto, son mejores que otros, y el final —explicativo— sobra. Cada uno de ellos hace referencia al lugar donde sucede la acción dramática y a una fecha específica desde que ha llegado el colapso. Del mencionado súper (día dos), pasan a una estación de servicio (día cinco), le sigue el inquietante capítulo, “El aeródromo” (día seis). Luego llega “La aldea” (día 25) y “La central” (día 45). El más humanista, “La residencia” (día 50). “La isla” es el penúltimo, en conexión directa con el segundo (día 170), y concluye con un capítulo ambientado cinco días antes de la debacle titulado “La emisión”. 

Para quienes esperen encontrar una serie que se anticipó a la pandemia, no tendrán suerte. Más bien, El Colapso es un alegato antisistema que recrea algunas circunstancias miserables que vivimos durante la crisis provocada por el coronavirus, donde la supervivencia del más fuerte y el más rico se impone en un apocalipsis que se insinúa día a día en los títulos de los medios de comunicación.

Pesimista en su mensaje y técnicamente impecable, es una serie que no dejará indiferente a quien se sumerja en el visionado de esta tragedia moderna, lejana a la ciencia ficción y carente de propuestas o soluciones, porque, en ese mundo sin recursos, lo único que vale, parecen decir Les Parasites, es sobrevivir.

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Promising Young Woman: algo más que la historia de una venganza

Por Juli Fantini

Esta reseña contiene spoilers de la totalidad de la trama de la película.

Lo central, Mujer joven prometedora aún no se estrenó ni en plataformas ni en el cable, solo puede verse a través de métodos alternativos. Una vez superada esta cuestión de acceso al contenido, la recomendación es no perderse esta audaz apuesta que abre tantas preguntas vinculadas tanto a los debates en torno al punitivismo, como a la violencia de género. Lo que difícilmente deje indiferente a quien la mire. 

Antes de contar de qué se trata, el protagónico de Carey Mulligan merece unos párrafos dada su dilatada carrera, sus puntos altos y este papel, Casandra, que la consagra como lo que ya había insinuado con vehemencia años atrás. 

La actriz británica descolló con su interpretación en An Education, la película de 2009 en la que le daba vida a una joven de 16 años que se involucra con un hombre de 35. Le valió varias nominaciones como mejor actriz, incluida el Oscar, en una estupenda película sobre las relaciones de poder entre géneros. Otro rol que colocó a Mulligan en lo más alto fue una serie emitida en Netflix llamada Collateral (2018). En esta miniserie, la actriz es una detective embarazada que investiga un extraño tiroteo que resultó en la muerte de un repartidor de pizza, quien esconde varios dramas personales, pero también da cuenta de la problemática vida de los inmigrantes en el Londres contemporáneo. Por último, el 29 llega a la misma plataforma La Excavación que protagoniza junto a Ralph Fiennes y Lily James, y se mete con un hecho histórico: la excavación de Sutton Hoo en 1938, cuando el mundo se preparaba para la guerra. 

En el mientras tanto, aparece esta película audaz e inquietante que puede vincularse de manera directa con I May Destroy You —la serie de HBO— pero toma un camino claramente distinto. Carey Mulligan es Casandra, y no es casual el nombre, la homónima del mito griego es una sacerdotisa con el don de la predicción quien, cuando se niega a entregarse a Apolo, este no le quita la habilidad, pero la maldice con que nadie le crea lo que predice.

La directora de Promising Young Woman es la británica Emerald Fennell, y seguramente muchos la identificarán por su papel de Camila Shand en The Crown o como la showrunner de la segunda temporada de Killing Eve. Fennell, en su debut detrás de cámaras para el cine, le dijo a la revista Vogue que su propósito con PYW es contar un cuento de hadas cómico y oscuro: “Quería escribir una película sobre una venganza de una mujer real”, contrariamente a lo que pasa en general con este subgénero. Para ello, se basa en un estilismo muy particular tanto en la paleta de colores pasteles usada, como la casa rococó y extravagante de los padres de Casandra (Cassie, en la película) donde aún vive, así como en el vestuario del personaje de Mulligan, quien de día parece una angelical maestra de pre jardín mientras que de noche va mutando en personajes que puedan disparar las fantasías de sus “víctimas”.

Sucede que PYW cuenta, en principio, la historia de una mujer que en sus 30 se ha transformado en una vengadora de la memoria de su amiga, violada durante el tiempo en que cursaron juntas medicina, luego se suicidó. Estos hechos ponen en pausa la vida de Cassie que se embarca en un plan que arranca por potenciales abusadores cazados de manera random hasta llegar a quienes fueron parte de la violación y desestimación de la denuncia de su amiga.

Los tres momentos de la película: planteo del conflicto y comedia romántica, abandono del plan y decepción, y venganza final, de este “cuento de hadas del #MeToo” como dijo su directora también, la acercan a Hard Candy, film donde Ellen Page emprende una represalia similar, aunque con un pedófilo. Sin embargo, la empresa de Cassie es mucho más grande. El cuaderno en el que anota a sus vendettas nocturnas tiene muchísimos “palitos”, y nunca sabemos qué le hace a quienes intentan abusar de ella mientras finge una borrachera irremontable, aunque se puede intuir dado el final. 

Así y todo, más allá de la empatía que genera Cassie y el final redentor, PYW abre muchas preguntas sobre el punitivismo, la justicia por mano propia, los escraches o las amenazas de, y, fundamentalmente, cuestiona el funcionamiento de la justicia, tanto en las instituciones escolares como del estado. En este último caso, el dinero la oculta, la culpa la expone y el arrepentimiento hace que llegue con un costo demasiado alto: la muerte de las dos amigas.

Impresiona la recreación de los lugares comunes de quienes fueron partícipes o cómplices por lo verosímil: las excusas van desde el “éramos muy jóvenes”, pasando por “la acusación, si era falsa, le arruinaba la vida a un chico con todo por delante”, hasta “pasaba todo el tiempo, era parte del descontrol universitario”. 

Más allá del extremo en el que se apoya esta enseñanza moral, la oscuridad de Promising Young Woman y su coqueteo con la comedia, por más que sea un dramón, construye —gracias a Mulligan— un retrato conmovedor de los dolores que nunca ceden. 

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Las series del año, tres favoritas y tres decepciones

Por Juli Fantini

Sepan disculpar las y los lectores de esta columna porque se repetirán conceptos que ya leyeron, pero así son los balances del año. En este caso, haremos una breve jerarquización que parte del universo de lo visto –por cierto, no fue todo lo que se emitió, es imposible– y evitaremos caer en los conceptos de mejores y peores. Optamos por la idea de favorito, es decir, léase esta lista en torno a las preferencias de quien escribe, con la posibilidad de que ustedes sumen las suyas y, así, estimulemos la conversación en un 2020 en el que vimos mucho más que antes. 

En ese contexto, LA serie del año es una producción de HBO que se metió con un tema difícil de contar: el abuso sexual y el después. Se trata de I May Destroy You. Escrita, dirigida y protagonizada por Michaela Coel –basada en su experiencia, fue abusada–, el relato y la interpretación son un verdadero tour de force de las emociones y trabas burocráticas tras una violación, que la protagonista en principio no recuerda y de la que, a través de los capítulos, va descubriendo detalles, exponiendo su subjetividad dañada, tratando de reconstruir lo ocurrido y reconstruirse, junto a su círculo de amigos, quienes también experimentan otras variantes del abuso sexual. Ni complaciente ni dispuesta a deificar a las y los sobrevivientes, el uso del humor como catarsis aparece en I May Destroy you como el componente que te distrae para luego volverte a atrapar, en una narración que, sin dudas, se suma a otras características innovadoras para contar este tipo de historias y consagrar a esta actriz como una de las voces más originales del año. 

FAVORITAS

  1. Normal People 

El drama romántico no es un terreno habitual de la TV de prestigio. En general, prima el abordaje en clave telenovelesco. En este caso, los doce capítulos de Normal People construyen, en varios actos, la complejidad de un romance, y evitan los clichés del género. Es una para llorar y para recordar el primer amor, pero también una profunda reflexión sobre la intimidad y los vínculos. De haber estado en Netflix, no se hubiera hablado de otra cosa. 

Así hablamos de Normal People:

Normal People (Starz Play) es la gran serie romántica de la pandemia. Con potencial de clásico, con seguridad será recordada porque es un retrato íntimo del amor adolescente y sus idas y vueltas posibles de universalizar. Pero también es una serie sobre lo que significa ese paso gigante entre el secundario y la universidad o el trabajo, y quiénes acompañan ese proceso. El vínculo entre Marianne y Connell llena la pantalla y sirve de excusa para mostrar cómo el mundo adulto recibe a estos jóvenes que experimentan el sexo de manera intensa. La ternura y la empatía también son parte de lo que se pone en primer plano en Normal People, y se disfruta de principio a fin, a pesar de las pequeñas y grandes tragedias que atraviesan a la pareja. 

  1. High Fidelity

Esta es otra serie que, de haber estado en una plataforma más popular, hubiera estimulado la conversación social por fuera de los seguidores de Nick Hornby y Zoe Kravitz. Y la pésima noticia es que no tendrá segunda temporada. Si no la vieron, la encuentran en Movistar Play y, por supuesto, en alguna plataforma alternativa. 

El desafío de la serie es contar la misma historia –del libro y la película homónima–, una oportunidad ganada de darle una nueva lectura al libro de los 90, que se cumple con creces. Además, que Rob sea una mujer negra, sin caer en el panfleto de lo políticamente correcto, hace de esta comedia romántica-melómana una experiencia de enorme disfrute.  

Así hablamos de High Fidelity:

High Fidelity (Hulu) hizo lo imposible: le cambió el género al histórico personaje de la novela homónima de Nick Hornby que ya había sido llevada al cine con eficacia con John Cusack como protagonista y, contra todo pronóstico, generó algo encantador. Sobre todo, porque para interpretar a Rob está la carismática Zoë Kravitz, también productora ejecutiva de la serie. En el camino de la comedia romántica, la melomanía atraviesa todos los aspectos de la vida de la dueña de una disquería quien, tras su última ruptura amorosa, repasa viejas relaciones también frustradas para encontrar una respuesta al porqué del fracaso. Esta adaptación es aún más fiel al libro original porque la serialidad permite lo que el cine no: contar la historia en muchos más minutos. La banda sonora es incomparable. Se recomienda la escucha.

  1. Raised By Wolves

El prestigioso Ridley Scott, productor y director del piloto de Criados por Lobos, que regresó a la televisión tras 50 años, le dijo al diario inglés The Guardian que a la serie hay que mirarla con tres botellas de vino encima. La recomendación tiene que ver con la trama, pero también con el momento que aún vive, o padece, la humanidad. 

La serie en sí es una exploración sobre los temas que Scott ha desarrollado en sus películas. No es novedosa: la ciencia ficción clásica es su anclaje, pero para quienes aman el género será una experiencia evocativa. Capítulo tras capítulo las referencias abundan. 

La historia sigue a una pareja de robots cuya misión es procrear y criar a unos niños y niñas en un planeta desconocido, tras un desastre ocurrido en el suyo. De fondo, un enfrentamiento religioso que trae a colación las guerras santas, no muy sutil pero sí efectivo. 

Anoten el nombre de Amanda Collin, quien interpreta a “Madre” una de las androides, porque su actuación merece ser celebrada. 

NO TAN FAVORITAS

  1. Dark (tercera temporada) 

La serie alemana que ganó el mundial que organizó Netflix en Latinoamérica tuvo un desenlace indigno para sus comienzos. Esa trama complejísima que te exigía, como Cien años de soledad –salvando las distancias narrativas–, mirarla con un mapa de las familias en las tres temporalidades, terminó traicionando su original camino de thriller doméstico de ciencia ficción. 

Al desenlace se lo devoró su propia ambición de contarlo todo, con, por ejemplo, la introducción de las realidades alternativas, priorizando la acción y los rulos narrativos por sobre el drama familiar. Las ramificaciones en tiempo, espacio y mundos no hicieron otra cosa que aturdir, también en su afán de dar cuenta de varios conceptos filosóficos que sobraron.

  1. Run

Esta comedia romántica de acción tenía todo para ser algo para recordar: los protagonistas Merritt Wever y Domhnall Gleeson son grandes actores, la creó Vicky Jones, socia creativa de Phoebe Waller-Bridge (Fleabag) –quien tiene un pequeño papel en Run– y cuenta con el sello de HBO. Sin embargo, se va a la banquina. 

La premisa de arranque es atractiva: dos exnovios que pactaron huir de sus vidas si las cosas se complicaban, finalmente hacen contacto 17 años después de finalizada la relación y se embarcan en un viaje en tren por EE. UU. 

El pacto de huida, lo que dejan atrás, y el reencuentro ya eran material suficiente para contar una buena historia hasta que un crimen transforma lo divertido y riesgoso de la trama inicial en una tragedia de proporciones, nada interesante. 

  1. Little Fires Everywhere

La serie protagonizada por Kerry Washington (Scandal) y Reese Witherspoon (Big Little Lies) que llegó este año a Amazon Prime Video tenía todas para ganar: ambientada en los 90, con dos grandes actrices protagónicas embarcadas en un duelo sobre dos formas de maternar y de vivir, se fue de eje rápidamente con sus trazos gruesos al plantear las diferencias de clase y género entre las dos. Son ocho capítulos en los que se presenta un flashback que da cuenta de quién pudo haber prendido los pequeños fuegos que terminan con la casa fabulosa del personaje de Witherspoon en llamas y que vemos en la primera escena.

El potencial que tenía revisar la última década del siglo pasado se reduce a referencias directas a consumos culturales y guiños cómicos, cuando tenían todo para profundizar en la moral de esos tiempos: la era Clinton en EE. UU. 

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Industry, la meritocracia al palo

Por Juli Fantini

Esta reseña no contiene spoilers.

Desde el viernes en HBO Latinoamérica están disponibles los ocho capítulos de esta serie que pasó algo desapercibida. La cadena emitió durante un mes cuatro capítulos y apostó a emitir los restantes todos juntos que ya están disponibles para maratonear.

Industry se mete con un grupo de jóvenes que aspiran a ocupar un lugar en un banco de inversiones inglés tras la crisis de 2008 y podría definirse como una Secretaria Ejecutiva –aquella película de los 80 protagonizada por Melanie Griffith– en versión ni comedia ni romántica. La protagonista es Harper, una joven estadounidense que llega floja de papeles –académicos– a Londres para sumarse a la competencia por un lugar entre las y los traders más voraces del mercado. Pero Harper y sus compañeros están lejos de aquel retrato de la mujer trabajadora de Mike Nichols: el ambiente tóxico de Pierpoint & Co inunda hasta las conciencias que, en principio, se muestran algo naïves e incorruptibles.

Los ocho episodios de la serie aciertan al combinar en el relato el descontrol –sexo y drogas por doquier– del grupo de veinteañeros y la persecución del sueño de ser contratados. Al mismo tiempo, advierte de manera certera en la descripción de una cultura de la meritocracia voraz en ese tipo de ambientes hípercompetitivos, donde las traiciones son la moneda de cambio para sumar un punto en la carrera hacia la contratación.  

Sin embargo, la narración de las ambiciones y el hambre de triunfo expuestas se toma su tiempo para plantear ambigüedades en los vínculos, dolores y traumas que explican determinadas elecciones de carrera, así como el enorme sacrificio para ser parte, que lleva, por ejemplo, a que uno de los aspirantes muera por exceso de trabajo.

A diferencia de Billions, otra serie que se mete con el complejo y extraño mundo de las finanzas –inentendible para una parte importante del gran público, pero no excluyente para disfrutar las historias–, Industry no cuenta una historia de consagrados, sino que se muestra desde el punto de vista de los que quieren llegar. Y allí es donde los vínculos se vuelven más complicados: competencia y floreciente amistad parecen no ser una buena combinación y, sin embargo, este se convierte en uno de los ejes del relato: todo lo que sucede entre Harper y Yasmin, dos personajes cautivantes, cuya relación pasa por todos los estadíos posibles entre la sororidad y la rivalidad.

La serie aborda, a pesar de su tono por momentos adolescente, el planteo de una moralidad atravesada por el pragmatismo, donde el sexo y el poder juegan permanentemente en la carrera hacia el puesto que cada uno de los candidatos transita de maneras bien distintas. Aunque sí coinciden en sus historias de origen algo penosas: niños ricos con tristeza y niños pobres con grandes ambiciones cuyos vínculos son un desastre. Este rasgo los humaniza y “explica” la voracidad de ciertos comportamientos por llegar. 

Así, el factor emocional atraviesa los números que vemos en los monitores del predio del banco, donde las buenas formas y los modales no son lo habitual. La mala educación en Industry es el código de comportamiento de esta pequeña muestra ficcional de una meritocracia triste que, hacia el final, se transforma en una crítica ácida y amarga de la manera en la que ese mundo del trabajo premia y castiga a los jóvenes que buscan un lugar. Como espectadores, terminamos sintiendo cierta compasión por ellas y ellos, aunque sus comportamientos estén reñidos con la ética y lo aceptable. 

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Carmel: Nadie mató a María Marta

Por Juli Fantini

La primera impresión, de las decenas que causa la reconstrucción del caso, es que opera de antesala al juicio que se le seguirá a Pachelo y los vigiladores del country donde mataron hace 18 años a María Marta García Belsunce.

Esta idea se introduce en el tramo final en el cual se dispone por escrito la situación de cada uno de los protagonistas de la docuserie, y sirve de clave de lectura que cambia todo lo visto durante las casi cuatro horas que dura la producción de Netflix. 

Porque ese juego de reforzamiento de prejuicios y revelaciones, pero, sobre todo, de minuciosa reconstrucción con pretensiones de distancia objetiva de un femicidio que tuvo la atención de un país –literal– durante varios meses, tiene una noción de actualidad que suma, una vez más, la especulación respecto a las intenciones.

El devenir de los procesos judiciales puso a los integrantes del clan y a sus allegados en una obvia posición defensiva, construida desde la victimización. Mataron a María Marta, su vida y sus relaciones son poco abordadas por la prensa del momento, por lo que se muestra de los expedientes judiciales, y por la mayoría de los testigos-protagonistas. Los elementos que podrían dar cuenta del móvil y, como se introduce al final, la posibilidad de que haya sido asesinada por su condición de mujer. Esto es inquietante, leído al calor de cómo ahora sabemos qué significa la perspectiva de género y cómo se incorpora a las investigaciones y decisiones judiciales.

El título “Nadie mató a María Marta” de Clarín funciona como síntesis de lo que vemos, porque, de manera cínica, advierte que la narrativa construida –tanto por las apariciones mediáticas de los involucrados como por las decisiones de edición del documental– no se ocupa de responder la pregunta del título de Carmel (¿Quién mató a María Marta?) e, insistimos, abre las puertas del nuevo juicio, ¿el definitivo?

Otro crimen irresuelto –el del fiscal Alberto Nisman– fue motivo de la producción de Netflix El fiscal, la presidenta y el espía y, en ese caso, sí abre los interrogantes sobre los posibles móviles e hipótesis. Estas dos producciones que se meten con la historia criminal reciente argentina y la inminente llegada de otro que se ocupará del femicidio de Nora Dalmasso se enmarcan en un fenómeno televisivo que saltó de los pódcasts a las exitosas series apodadas “true crime stories”. Historias de crímenes reales que, en clave documental, revisan casos con ciertas marcas que ya son un subgénero con los recursos de la TV de prestigio, pero en la misma senda de Memoria, de Chiche Gelblung: sacarle el jugo a lo que la justicia no alcanzó a hacer. 

Algunos de los true crime vistos han logrado cambiar el destino de las causas, otros solo sirvieron a fines propagandísticos, y también conectaron a las audiencias con la memoria histórica, dándoles una perspectiva que, tras el paso de los años, ponen a quienes miran en su posición favorita: la del detective.

El punto de vista del true crime es el de un narrador en segunda persona que coloca los elementos, recrea ficcionalmente ciertos momentos como en del propio crimen, indaga en la información de los expedientes y la muestra, además de ostentar unos niveles de producción donde el dinero y la pericia hacen que aparezcan en cámara aquellos que durante años guardaron silencio (Stiuso en el caso Nisman, Molina Pico en el caso María Marta).

A propósito del uso de una actriz que representa al cuerpo de María Marta tirado entre el baño y el cuarto –recordemos, Chiche y otros usaban muñecos–, hay un detalle hacia el final de la serie que dura unos segundos, pero que es relevante. En el desenlace, la actriz se levanta y es asistida por personas de la producción, mientras la cámara se aleja y muestra, efectivamente, que no es la casa de los Carrascosa, sino un set. 

La ruptura de la reconstrucción ficcional en esa pequeña escena puede leerse como una decisión de incorporarse como autores del relato, así como de un diseño narrativo que es consciente de que no todo lo que se mostró da punto final a esta historia delirante de injusticias en ese gueto de ricos que parecen no pedir permiso y hacen las cosas a su manera, gracias a las profundas conexiones con el poder.

El alto estándar de producción es un valor añadido porque, básicamente, no abunda esta cantidad de dinero y tiempo en la Argentina. Pero no debería considerarse más que eso: una pátina del poder del dinero, que recubre a Carmel de una noción de verdad cuando, en realidad, no nos deja nada más que vacío, desde un disfrute emocional asociado al morbo y a la posibilidad de volver a ver algo que nos cautivó como espectadores de TV abierta, ahora enganchados con el streaming.

Así, el volver a contar de Carmel, desde un diseño y estética probadísima, aporta decenas de tuits, mensajes, posteos a la conversación cotidiana de las y los argentinos que vieron en vivo y en directo el show mediático asociado al asesinato, aún irresuelto. Pero no hace justicia con la víctima, solo refuerza los elementos extravagantes de una familia de dinero, las condiciones de vida del country, y los insoportables vericuetos y errores judiciales que desembocaron en que lo que podría haberse hecho pasar por un simple accidente doméstico resultó en una mujer asesinada con saña. Seis balas disparadas en una casona de Pilar que aún resuenan por la impunidad que, a pesar de los procesos seguidos contra muchos, solo demuestra que los secretos están muy bien guardados. 

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The Undoing: Deberías haberlo sabido

Por Juli Fantini

Esta reseña no contiene spoilers

Los dos capítulos emitidos dejaron planteado el conflicto principal de esta miniserie de HBO que repite varias fórmulas probadas, y cuyo título, de la novela que adapta, anticipa prácticamente todo. Si bien acumula críticas malas o regulares, lo cierto es que, en su ley, funciona, justamente por ser una serie “de fórmula”.

The Undoing hace espejo en otra serie de David Kelley también protagonizada por Nicole Kidman: Big Little Lies. Y, como aquella, sigue el molde de TV de prestigio que tiene varios antecedentes de Kelley en su forma de hacer las cosas. No debería sorprender, entonces, que The Undoing tome los caminos mostrados en los dos episodios vistos.

Entre sus precedentes, se encuentran las series de los 90: Chicago Hope (1994) y Ally Mcbeal (1997). Más acá en el tiempo hizo Justicia Ciega (2004). Si las vieron y las recuerdan, hay una marca de autor que se nota, y se repite. 

La alianza de Kelley con Susanne Bier en la dirección le suma una pátina de buena reputación que toda serie de HBO debe tener. Bier es una directora danesa, quien ganó un Oscar en 2010 por En un mundo mejor. Más acá en el tiempo, estuvo al frente de la película de Netflix Bird Box: A Ciegas (2018) y de la excelente serie The Night Manager (2016).

A lo anterior se suma el protagónico absoluto de Nicole Kidman (también productora y encargada de poner su voz en la canción de la apertura), bien rodeada por Hugh Grant, Edgar Ramírez y Donald Sutherland.

Otro elemento que se agrega al modelo probado es el formato de miniserie: son solo 7 capítulos. Muy atrás quedaron aquellas series de 24, 30 episodios imposibles de ver en un fin de semana.

Que se base en un libro es otro elemento de valoración positiva al momento de juzgar una producción de TV. The Undoing es una adaptación de la novela de Jean Hanff Korelitz, llamada Deberías haberlo sabido. Puro spoiler para quienes tienen aversión a cualquier adelanto de trama. 

Lo que cuenta The Undoing es el “despertar” de una mujer blanca privilegiada. Grace (Kidman) es una psicóloga de parejas que vive en Manhattan junto a su marido, Jonathan (Hugh Grant), un oncólogo pediatra, y su hijo que asiste a un prestigioso colegio de Nueva York. Más del 1 % no viene en una muestra tan cabal de aquellos que aparentan no tener ningún tipo de problema en la vida. 

El drama legal arranca en el capítulo tres (que se emite esta noche), mientras que en lo visto hasta ahora plantea una pregunta que podrá no ser original pero sí clave para la historia en sí: ¿cuánto sabés de tu pareja? ¿La conocés realmente? Y si bien The Undoing no descolla, el solo hecho de verla a Kidman en compañía de Hugh Grant afrontando esas preguntas suma varios puntos a favor.

La serie comienza con un jovencito que descubre que su mamá ha sido asesinada. Ese niño está becado en la misma escuela que el hijo del personaje de Kidman. La víctima tuvo algunos acercamientos a las mamis del colegio, sobre todo a Grace, que sugirieron un secreto que luego será revelado. 

Claramente, como en Big Little Lies y en Little Fires Everywhere, la serie se propone exponer las diferencias de clase entre los becados y los afortunados. Sin embargo, en lugar de hacer un ida y vuelta entre los menos y más favorecidos, The Undoing se cuenta desde el punto de vista de Grace. 

Lo que vemos son los pesares de esta mujer, mientras que la víctima y su familia aparecen, en el comienzo, algo desdibujados y estereotipados. No explora, por ejemplo, el dolor del niño al encontrar el cuerpo de su madre de una manera tan brutal, y esa insensibilidad se nota.

En el capítulo 2, ya queda todo establecido: el drama de los Frasers y los secretos revelados. Como en The Night Of –otra serie de HBO que vale la pena ver– la pregunta es si el sospechoso de matar a la joven madre artista lo hizo o no. Y el acusado goza de la suficiente dualidad como para que como espectadores vayamos y volvamos sobre su culpabilidad, un elemento que completa la fórmula mencionada. ¿Convencional? Sí, ¿Disfrutable? También. The Undoing es fiel a su propósito; el pecado, tal vez, son las altas expectativas puestas en un producto que, en su andar genérico, no defrauda: y que te cuenta que los ricos también lloran, y ¿matan? 

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Gambito de Dama: Bobby Fischer es una mujer blanca

Por Juli Fantini

Coinciden los aficionados al ajedrez que mucho de lo que sucede en la vida de la protagonista de Gambito de Dama (Netflix) se inspira en los sucesos de un referente absoluto de ese deporte: Bobby Fischer, el héroe nacional de Estados Unidos por su performance en los 70 y después.

Sin embargo, la historia de Beth Harmon (Anya Taylor-Joy, brillante, ya vista en The Witch, Peaky Blinders, entre otras series y películas) no es una biografía de una ajedrecista precoz que haya existido, sino la adaptación de un libro de título homónimo de Walter Tevis publicado en 1983, también autor de otras obras que dieron lugar a las películas El hombre que cayó a la Tierra y El color del dinero).

La década contada en la serie va de fines de los 50 a fines de los 60, mientras vemos cómo estalla el flower power y se evidencia el cambio de época y generacional, con el nacimiento de la juventud como un hecho político. 

Beth es una huérfana criada en un frío orfanato católico, donde toma contacto con dos cosas que le cambian la vida y la acompañarán para siempre: un tablero de ajedrez (de la mano del conserje que la introduce en el juego) y las pastillas tranquilizantes que les daban a las pequeñas para mantenerlas “dóciles”. 

A medida que pasan los años, Beth deja el orfanato y llega a la casa de una familia algo mayor que la adopta. La relación entre ese matrimonio se rompe, él se va, y empieza una nueva etapa en la que descubre que puede ingresar al mundo de las competencias deportivas, mientras su madre adoptiva advierte que con eso se puede hacer dinero.

Así, avanzan los campeonatos y las copas, y la relación entre las dos se fortalece, a pesar de la evidente depresión y alcoholismo de Alma, interpretada por la cineasta Marielle Heller en un rol entre patético y conmovedor.

El asunto de la irrupción de una mujer bella y joven en un mundo de hombres no es el centro del relato, pero sí el eje del enojo de Beth, quien se manifiesta en contra de que las notas periodísticas que le hacen subrayen el hecho de que es una chica: su único objetivo es llegar a lo más alto del mundo del ajedrez, más allá de que le guste la ropa y de su evidente belleza.

Así, la serie de Netflix combina dos subgéneros: el del drama deportivo, donde la competencia es el motor de la historia, y el coming on age o historia de crecimiento, donde el traspaso de la niñez a la adultez transforma al personaje principal.  

Con esos dos esquemas narrativos, los creadores –quienes contaron con el asesoramiento del ajedrecista ruso Gari Kaspárov– resuelven de manera eficiente y entretenida las múltiples partidas que vemos en los siete capítulos. Quienes manejan pocos conceptos del deporte, el montaje entre tablero, piezas, miradas y espectadores, no necesitarán esforzarse demasiado para saber cuál es la instancia de la partida en la que se encuentran, ¡y se recrean más de 300! 

Ese tránsito entre los pequeños torneos zonales al máximo nivel del ajedrez sería poco para hacer de Gambito de Dama algo más que un drama convencional si no coincidiera con los años preadolescentes y adolescentes de Beth, y su historia de abandonos, pérdidas, adicciones y, en algún punto, un ego y una psiquis descontrolados. 

Así y todo, no buscan convertirla en una heroína. Por el contrario, vemos sus miserias, asistimos a sus puntos bajos –aunque no tan patéticos como para que luego metan la típica historia de redención–, y malos tratos desde y hacia sus rivales (hombres) que, por la magia de la ficción, terminan convirtiéndose en sus parejas sexuales y amigos. 

Ese, tal vez, es el punto menos verosímil de Gambito de Dama, dado el alto nivel de la competencia. Sin embargo, la actuación de Anya Taylor-Joy todo lo llena: sus ojos, su manera de moverse, los cambios físicos sugeridos por el maquillaje, cortes de pelo y vestuario recrean perfectamente esos años, que son difíciles para todos y todas, mucho más si sos una huérfana prodigio del ajedrez.

El concepto de genio que maneja la serie es también particular, porque insiste en ciertos costados autodestructivos, pero no desdeña el trabajo obstinado, la profunda creatividad y la dedicación casi absoluta a la meta. 

Las secuencias en las que Beth imagina las partidas en el techo de los cuartos que habita dan cuenta de cómo su mente está completamente absorbida por el juego y, de una manera similar, la historia absorbe al espectador que esté dispuesto a ver cómo alguien elude el dolor al encontrarse con una pasión que, al mismo tiempo, le potencia y le consume la vida, pero con un final feliz.  

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Estreno de Patria, el terrorismo desde lo doméstico

Por Juli Fantini

Esta reseña no contiene spoilers.

Lo visto en el debut de la esperada serie Patria fue un capítulo de presentación: quién es quién en las dos familias que encarnan el enfrentamiento que hace espejo, “el conflicto”, y la empatía inmediata hacia las dos madres que protagonizan esta historia, basada en la novela bestseller de Fernando Aramburu.

Patria (HBO, domingos a las 21) es una apuesta que se mete con el terrorismo de ETA en el país vasco desde lo doméstico. Su creador –showrunner– es Aitor Gabilondo, el guión corre por su cuenta y también del autor de la novela, Aramburu.

El desafío es doble: adaptar una novela de casi 650 páginas a ocho capítulos y, al mismo tiempo, dar cuenta de cómo dos familias experimentaron el accionar de la banda terrorista durante décadas. La novela lo logra, la serie –al menos en su primer capítulo–, pensada para un público internacional, aplica cierto didactismo en los hechos históricos en los que se basa. Es que el fenómeno literario, que vendió millones de copias en todo el mundo desde que fue publicado en 2016, fue traducido a 32 idiomas. 

Como con La Amiga Estupenda (la serie basada en las novelas de Elena Ferrante), esos son motivos más que válidos para que HBO decida su traslado al mundo de las series, sin adaptar la narrativa, sino con equipos, actores y locaciones que respetan rigurosamente la historia original. 

Patria es una historia, la del terrorismo en el País Vasco, pero también –con todos los peros posibles– la de otras divisiones y enfrentamientos entre familias y amigos por cuestiones políticas en épocas de hiperpolarización. 

El caso concreto de la organización terrorista ETA, que dejó el trágico saldo de más de 800 muertos, lleva dos años disuelta y casi una década de renuncia a la lucha armada por la independencia, pero las heridas –dados los debates que suscitó en España– persisten. Tal vez, no hay una cronología ni una lógica que determine cómo o cuándo la muerte deja de doler. 

Es, justamente, con el anuncio del adiós a las armas como comienza Patria, la serie. En los primeros minutos, se ve el anuncio televisivo del alto de fuego en 2011, y las inmediatas lecturas disímiles que hacen la viuda de un hombre asesinado por ETA y la madre de un terrorista aún encarcelado. Ellas son Bittori (Elena Irureta) y Miren (Ane Gabarain). Sus dolores serán el arco a través del cual Gabilondo contará la historia, la de cómo el terrorismo les cambia la vida. 

Tras el alto del fuego, Bittori vuelve al pueblo para saber quién mató a su marido, y los 30 años del conflicto se traducen en cada interacción entre las protagonistas de la historia y sus círculos familiares y de amigos. 

El arranque en seco, del asesinato de Txato, y la imagen de Bittori sola en el medio de la calle pidiendo por una ayuda que nunca llega exponen de manera contundente los códigos del miedo enraizados en la sociedad de esa época. 

La serie tiene varios aciertos en el planteo narrativo: los flashbacks están bien utilizados: el permanente ida y vuelta no confunde, por el contrario, posiciona al espectador frente al drama. La ruptura de los lazos sociales que supieron unir a las mujeres también sirve para profundizar sus características personales a través de lo que hacen o dejan de hacer. 

También dan perfectamente con el clima de época a través de una reconstrucción de los dos momentos históricos que no estiliza por demás. Hay una decisión clara de ir por el tono y los recursos del documental, que acentúan el hecho de que ETA fue una realidad en el País Vasco, a pesar de que la historia que se cuenta es de ficción. Suma a la verosimilitud el hecho de que casi todos los actores son oriundos de la región.

Así y todo, Patria no cae en el maniqueísmo de querer “contar los dos lados de la historia”. Tanto la novela como al menos el primer capítulo de la serie se proponen la descripción de un viaje que es político pero profundamente personal: las emociones indigeribles de los protagonistas y coprotagonistas de esta historia de violencia la hacen universal. Frente al horror y al terror, Patria puede pecar de ahondar en el registro del melodrama, pero se justifica en la dimensión doméstica que eligieron para contar el drama. Un último apunte al respecto. El 30 de octubre, Amazon Prime Video estrena los 8 capítulos de la serie El Desafío: ETA, un documental que reconstruye la historia del grupo terrorista vasco y que incluye hasta entrevistas con cuatro expresidentes españoles: Felipe González, José María Aznar, José Luis Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy.

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Emmys: un mapa de qué vale la pena ver (incluso entre los perdedores) y dónde

Por Juli Fantini

El domingo se entregaron los Emmys, un premio que destaca lo mejor de la televisión en Estados Unidos, concepto cada vez más laxo dado el crecimiento de las plataformas de contenidos audiovisuales. Y, más allá de los ganadores, cuya extensa lista se replicó en la semana en los sitios de noticias sin parar, sirven estos subrayados de la Academia para valorar algunos y algunas que quedaron fuera de los ganadores, y también para ver alguna que otra producción que pasó desapercibida en la era de los estrenos permanentes.

A modo de resumen, Watchmen (HBO) se llevó once estatuillas, entre las que destaca a la de mejor serie limitada; basada en una novela gráfica, es una especie de secuela de la historia original. Acá la pregunta es quién vigila a los vigilantes. Asistimos a un mundo en el que Robert Redford es el presidente de los Watchmen, unos superhéroes enmascarados que trabajan para la policía y el combate del delito borra la línea entre los buenos y los malos, con un claro mensaje antirracista y una profunda reflexión sobre el racismo institucionalizado en los Estados Unidos.

Quedó segunda Succession (HBO), con siete, incluido el premio a la mejor serie dramática; la historia de un magnate de los medios y sus hijos con relaciones tóxicas y disfuncionales por doquier, además de una carrera por el poder que no conoce límites. 

Y la sorpresa para el público argentino fue Schitt ‘s Creek, con nueve premios. La serie canadiense que lleva 6 temporadas emitidas acaparó toda la categoría comedia, y aún no se puede ver por los canales convencionales en Argentina. Algunos críticos explican el fenómeno de esta serie del montón por la cuarentena: fue la comedia con la que enganchó al público estadounidense durante el aislamiento. 

Ahora, sí, de las categorías principales, va un pequeño mapa de visualizaciones recomendadas y dónde ver tanto las ganadoras como las que fueron nominadas y tal vez hubieran merecido un premio. 


CATEGORÍA 

Actriz principal en una serie de comedia

Ganó: Catherine O’Hara, Schitt’s Creek

Debería haber ganado: Rachel Brosnahan, The Marvelous Mrs. Maisel (Amazon Prime Video)

¿Por qué?

La actriz que interpretó a Rachel en House of Cards, viene recibiendo reconocimientos de manera permanente desde que estrenó La Maravillosa Señorita Maisel en 2017, y su trabajo en la última temporada ameritaba un premio más. En un momento en el que el drama se impone sobre las buenas comedias, que no abundan, Rachel Brosnahan logró, de nuevo, no perder el pulso cómico y nostálgico gracias a un guion y dirección excepcionales, y aun así darle a su personaje una profundidad dramática notable al contar la historia de una mujer que sale al mundo del trabajo, nada más y nada menos que el del stand up en Nueva York. 


CATEGORÍA 

Actor principal en una serie de comedia

Ganó: Eugene Levy, Schitt’s Creek 

Deberían haber ganado: Ted Danson, The Good Place (Netflix) y Michael Douglas, The Kominsky Method (Netflix)

¿Por qué?

Era necesario rescatar a los dos veteranos incluidos en la categoría porque tanto Ted Danson como Michael Douglas, a pesar de que la consagración les llegó hace rato, ponen todo su esfuerzo y talento en hacer reír. 

Danson, por su parte, protagonizó durante años Cheers, luego se sumó a la franquicia CSI y la comedia lo extrañaba. Su papel en The Good Place es una delicia y la dinámica con Kristen Bell debería generar otra categoría en los premios: la de la buena química; una serie sobrevalorada, extremadamente cómica, pero también una reflexión sobre la ética. 

Por su parte, Douglas, una megaestrella de Hollywood, en El Método Kominsky (de Chuck Lorre, el creador de The Big Bang Theory) en principio, se burla de sí mismo y de los actores de su generación que perdieron el brillo que los hizo célebres. En el rol de un actor mayor que trabaja como coach de actuación, aborda con mucha sensibilidad y compromiso las problemáticas del paso del tiempo y de cómo la sociedad suele descartar a los mayores, que viven, se ríen, tienen sexo y, en muchos casos, no tienen vidas resueltas y deben seguir batallándola. 


CATEGORÍA

Mejor guion de comedia

Ganó: Daniel Levy, Schitt’s Creek 

Podría haber ganado: What We Do in the Shadows (Fox Premium)

¿Por qué?

El principal motivo por el cual esta serie merece la pena ser vista, y debería haber sido reconocida, es porque sus protagonistas son dos de los creadores de Flight Of The Conchords: Jemaine Clement –uno de los integrantes del dúo cómico detrás de la serie neozelandesa– y de su director y guionista Taika Waititi, recientemente reconocido por Jojo Rabbit, la película que se llevó un Oscar a mejor guion adaptado. 

Con el formato de falso documental, sigue la historia de un grupo de vampiros que viven en Nueva York y cuentan su experiencia de una vida que lleva cientos de años y que merece ser narrada, en clave cómica, por supuesto. 


CATEGORÍA 

Mejor dirección para una serie de comedia

Ganó: Andrew Cividino and Daniel Levy, Schitt’s Creek 

Debería haber ganado: Amy Sherman-Palladino, The Marvelous Mrs. Maisel (Amazon Prime Video)

¿Por qué?

Porque la creadora de Gilmore Girls es la reina de la screwball-comedy moderna: una traducción forzada define a este subgénero como “comedia loca”. Se caracteriza, en la versión de Sherman-Palladino, por tener diálogos donde prima el sarcasmo dichos a toda velocidad, con una impresionante cantidad de referencias, al tiempo que los actores interactúan con total naturalidad como si se tratara de una conversación común y corriente.  


CATEGORÍA 

Actor de reparto en una serie de comedia

Ganó: Daniel Levy, Schitt’s Creek

Debería haber ganado: Sterling K. Brown, The Marvelous Mrs. Maisel (Amazon Prime Video)

¿Por qué?

Porque cualquiera que se haya enganchado con This Is Us podrá ver el amplio registro actoral de Brown, aunque su participación en la serie sea breve. Reggie es tan distinto a Randall Pearson que cuesta reconocerlo en su primera aparición. Interpreta al mánager de un cantante al que Midge Maisel acompañará en su gira por los Estados Unidos, un tipo extremadamente serio y comprometido con su trabajo, en una relación de protección extrema con Shy, la estrella que no sería nadie sin él, aunque el reconocimiento público nunca llega. 


CATEGORÍA

Actriz de reparto en una serie de comedia

Ganó: Annie Murphy, Schitt’s Creek

Podría haber ganado: Yvonne Orji, Insecure (HBO)

¿Por qué?

Porque su rol de Molly en Insecure le llegó sin ningún tipo de experiencia actoral, y eso se evidencia en el registro naturalista de su actuación, como la amiga de la protagonista, Issa Rae, con quien establece una relación de amistad tan intensa como amorosa. La evolución de ese vínculo, así como el del personaje de Orji, son un retrato de la amistad entre mujeres y sus altos y bajos. 


CATEGORÍA

Mejor serie de comedia

Ganó: Schitt’s Creek

Podría haber ganado: The Marvelous Mrs. Maisel (Amazon Prime Video)

¿Por qué?

Porque, si bien es difícil sostener en el tiempo una comedia de estas características –lleva tres temporadas y renovó para una cuarta–, el viaje personal de Midge (de las labores domésticas al mundo del espectáculo del stand up), a medida que descubre el mundo más allá de la parte más rica de Manhattan es tan rico en detalles como en el vestuario y la ambientación de la serie.   


CATEGORÍA

Serie sobresaliente de variedades

Ganó: Last Week Tonight with John Oliver (HBO) 

Podría haber ganado ninguna de las otras, es la mejor. 

La mayor virtud de Last Week Tonight es, además de inscribirse en la prestigiosa tradición de los talk shows nocturnos, su producción periodística y la libertad con la que trabajan para meterse, literalmente, con casi todas las corporaciones. John Oliver es un inglés sin demasiado carisma y con una voz estridente que, en un raro movimiento, usa esas características para sumar sátira y credibilidad a los informes periodísticos que se emiten cada domingo.  


CATEGORÍA

Actriz principal en una miniserie/película para televisión

Ganó: Regina King, Watchmen (HBO)

Podrían haber ganado: Shira Haas, Unorthodox (Netflix)

Esta categoría era dificilísima, y hubiera sido un gesto osado premiar a Haas. Si bien Poco Ortodoxa no es una serie que esté a la altura de Watchmen, la interpretación de la actriz israelí es descomunal: el retrato de liberación de esa joven judía ortodoxa que decide escapar de su comunidad tiene todos los elementos de esos famosos tour de force que suele elogiarse en actores consagrados. Tal vez es el cuerpo menudo de la actriz y su carencia de estridencias lo que infravaloró una de las mejores interpretaciones vistas en Netflix este año. Su Esther es conmovedora e inspiradora; con solo prestarle atención a sus ojos, no hace falta nada más.


CATEGORÍA 

Actor principal en una miniserie/película para televisión

Ganó: Mark Ruffalo, I Know This Much Is True (HBO)

Deberían haber ganado: Paul Mescal, Normal People (Starz Play)

¿Por qué? 

Porque el debut de Mescal, de tan solo 24 años, es una de las más gratas sorpresas en un contexto en el que faltan galanes con pasta de los clásicos de mediados del siglo pasado, y también con talento. Su composición del atribulado Connell es delicada y verosímil. Sin dudas, el descenso del personaje cuando atraviesa una depresión tiene un realismo pocas veces visto en TV. Pocas palabras, pocos gestos, poca acción, y, sin embargo, el peso del conflicto se evidencia hasta por los poros del actor. Colaboró muchísimo la química con Daisy Edgar-Jones (Marianne), su pareja en la ficción. 


CATEGORÍA

Mejor guion en una miniserie o película 

Ganó: Damon Lindelof and Cord Jefferson, Watchmen (HBO)

Podría haber ganado: Sally Rooney y Alice Birch, Normal People (Starz Play)

¿Por qué?

La novela de Sally Rooney fue un fenómeno literario en los países de habla anglosajona, por lo que su adaptación fue vista de cerca por el fandom. En ella participó la propia autora y Alice Birch. Esa colaboración fue más que exitosa, porque la novela está plagada de monólogos internos y la serie carece del viejo recurso de la voz en off, típico en algunas adaptaciones cinematográficas. El traspaso a 12 capítulos de media hora de los viajes emocionales de los protagonistas funciona, porque justamente dejan de lado los recursos literarios y adaptan la historia al código audiovisual.    


CATEGORÍA

Mejor dirección para una serie limitada o una película

Ganó: Maria Schrader, Unorthodox

Debería haber ganado: Lenny Abrahamson, Normal People (Starz Play)

¿Por qué?

El director de Room, Lenny Abrahamson, logra en los capítulos que le toca dirigir de Normal People captar la química entre los protagonistas y los vaivenes entre la intimidad y la distancia que se dan a lo largo del tiempo y espacio con una atención por los detalles de cómo evoluciona la relación entre Connel y Marianne de una forma exquisita y romántica. La intimidad se sostiene sin exaltaciones ni mal gusto, como si la cámara no estuviera ahí, mientras la historia sucede.  


CATEGORÍA

Actor de reparto en miniserie

Ganó: Yahya Abdul-Matteen II, Watchmen 

Debería haber ganado: Tituss Burgess, Unbreakable Kimmy Schmidt (Netflix)

¿Por qué?

Porque Titus se roba todas las escenas de la serie. El guion está puesto a disposición del actor, ladero de la protagonista, para que este personaje gay explote en comicidad, pero no desde un punto de vista estereotipado. Desde su aparente distancia emocional, Titus traduce lo mejor de las ideas sobre qué es la comedia de Tina Fey, a través de su cuerpo y corazón enormes. 


CATEGORÍA

Actriz de reparto en una serie limitada

Ganó: Uzo Aduba, Mrs. America (Fox Premium)

Debería haber ganado: Toni Collette, Unbelievable (Netflix)

¿Por qué?

Tanto Toni Collette como Merrit Weaver tienen la tarea de interpretar a dos detectives que investigan un crimen en el que no hay un muerto, sino delitos sexuales, con un gran compromiso por la historia real que se retrata. En el caso de la actriz australiana, que siempre brilla en todos los géneros, su detective tiene las características de otras recias y ultraprofesionales investigadoras que se ven en la serie, con la diferencia de que las complejidades derivan de la lucha contra la misma fuerza que integran. El arco narrativo del personaje pasa de una mujer consumida por el trabajo que está acostumbrada a trabajar sola a la inevitable necesidad de trabajar en equipo. 


CATEGORÍA

Película de televisión 

Ganó: Bad Education (HBO)

Podría haber ganado: Ninguna de las otras. Fue la mejor. 

¿Por qué?

Porque la historia sobre la administración de un colegio público y las maniobras corruptas, basada en hechos reales, encuentra un escenario inesperado, y atractivo, para dar cuenta de una intriga propia del mejor cuento policial. 

Conecta con esa carrera frenética de muchos padres por conseguir el mejor colegio para sus hijos, con la corrupción extendida en todas las capas de la sociedad y, al mismo tiempo, la ambición desmedida y la necesidad de hacer lo mejor para la comunidad liderada, a cualquier precio. 

Esa presión en ámbitos escolares, en momentos de discusión sobre la meritocracia, tanto para directivos como para alumnos, es el subtexto destacado de esta excelente película que ganó, y se lo merecía. 


CATEGORÍA

Miniserie

Ganó: Watchmen (HBO)

Podrían haber ganado: Cualquiera de las nominadas, pero sin dudas el premio a Watchmen hizo justicia. 

No quedan dudas de que además de sus virtudes estéticas y de producción, Watchmen gana porque dialoga de manera directa con el conflicto sobre el odio racial que persiste en Estados Unidos. 

La serie es una especie de continuidad de la novela gráfica de Alan Moore, fundacional, que se toma ciertas licencias para contar desde el mismo universo alternativo y con la estética y las reglas de los cómics un profundo planteo sobre la seguridad, la justicia por mano propia, la identidad y la espantosa historia de violencia racial que llega al presente de la serie a través del concepto de trauma transgeneracional: de la esclavitud a la segregación y a la actual discriminación sistémica. 

Al mismo tiempo, no deja de contar qué fue de la vida de los protagonistas de la historia original, esos extravagantes superhéroes en un mundo atípico pero cercano, dados los sucesos que nos tocan vivir. 


CATEGORÍA

Actor principal en una serie de drama

Ganó: Jeremy Strong, Succession (HBO)

Podría haber ganado: Steve Carell, The Morning Show (Apple TV)

¿Por qué?

The Morning Show recibió críticas por dedicarle demasiado tiempo a los argumentos del personaje de Carrel, el conductor acusado de abuso y acoso por sus compañeras de trabajo. Sin embargo, esa decisión sirve para que el Mitch de Carrel, en representación de tantos, exponga los argumentos por los cuales se desestiman las denuncias y cómo las conductas en ámbitos laborales ejercidas desde la asimetría del poder no son consideradas reprochables, ni siquiera delito. El asunto del consentimiento lleva a Mitch a ni siquiera considerar una violación como tal, y sus micromachismos son valorados por él mismo como “poco graves”, en relación, por ejemplo, con lo hecho por Harvey Weinstein. Carrell logra darle a su Mitch la cuota exacta de repulsión y despecho justas. Él no entiende, hasta que lo acorralan y lo dejan solo.  


CATEGORÍA

Actriz principal en una serie de drama

Ganó: Zendaya, Euphoria (HBO)

Debería haber ganado: Jennifer Aniston, The Morning Show (Apple TV)

¿Por qué?

Porque Jennifer Aniston, en The Morning Show demuestra que, a pesar de las coincidencias entre su persona y el personaje, es una increíble actriz dramática. El peso de su Rachel de Friends se diluye para volver a sacar a la luz las características que demostró en algunas películas “independientes”, al tiempo que logra transmitir la desesperación de un inminente punto final en su carrera. Se ve a través de Alex el peso de una supuesta traición de su histórico compañero de trabajo, cuyos crímenes y transgresiones ella tal vez haya propiciado. Pero es una escena en particular, el enfrentamiento con su hija demandante, la que la termina de consagrar como la merecedora de este premio.  


CATEGORÍA

Mejor guion en una serie dramática

Ganó: Jesse Armstrong, Succession (HBO) 

Podría haber ganado: Peter Morgan, The Crown (Netflix)

¿Por qué?

El principal mérito del creador y guionista de The Crown es que muestra a la monarquía británica desde un punto de vista profundamente documentado que expone muchos de los sucesos más importantes del siglo XX, pero que, al mismo tiempo, cuenta una historia sobre cómo se ejerce el poder. Con un presupuesto descomunal, Morgan hace un retrato que no es antimonárquico ni satírico, sino que saca al reinado de Isabel del terreno de la fantasía y lo conecta con los hechos de su país y algunos del mundo, y también con sus propios escándalos privados. Así y todo, la “verdad histórica” le sirve para contar una buena historia, tragicómica, ostentosa, y de cómo la autoridad y el dominio de uno sobre otros se imponen sobre los deseos y expectativas personales. 


CATEGORÍA

Mejor dirección para una serie dramática

Ganó: Andrij Parekh, Succession (HBO)

Podría haber ganado: Mimi Leder, The Morning Show (Apple TV)

¿Por qué?

En The Morning Show se nota la experiencia de Mimi Leder como directora habitual de ER Emergencias, una serie que rompió varios moldes en los 90, incorporando desde una cadena como la NBC al darle una impronta de cine a un no tan clásico drama sobre médicos. Ese estilo se potencia más de 20 años después en el trabajo que hace en The Morning Show, con el desafío de, según sus propias palabras, filmar a las mujeres como los hombres fueron filmados desde siempre. El desafío –cumplido– en esta serie está en mostrar de manera verosímil qué pasa cuando la cortina de estos importantes programas de TV se corre. La decisión de filmar en un formato más grande dice que le posibilitó dar cuenta de lo íntimo de lo que sucede –el detrás de escena–, en contraposición con la extrema exposición de los personajes famosos de la TV.


CATEGORÍA

Actor de reparto en una serie dramática

Ganó: Billy Crudup, The Morning Show

Podría haber ganado: Bradley Whitford, The Handmaid’s Tale (Flow, DirectvGo)

El personaje de Crudup en The Morning Show confirma lo que ya sabíamos: es un gran actor y hace lo que quiere con dos líneas de texto. Pero el comandante Joseph Lawrence que interpreta Whitford en El Cuento de la Criada lo hacía merecedor nuevamente de un Emmy. Es la cuota de humanidad que necesitaba el lado de los malos. Sus contradicciones, su solapado sufrimiento (¿arrepentimiento?) y su manejo del poder fluyen en la interpretación del actor que puede dar cuenta, hasta a través de pequeños gestos, de la dualidad entre ser un villano –arquitecto de Gilead, ideólogo de las colonias– y un héroe controvertido, motivado por su ego y remordimientos más que por la genuina intención de ayudar a June. 


CATEGORÍA

Actriz de reparto en una serie dramática

Ganó: Julia Garner, Ozark (Netflix)

Debería haber ganado: Fiona Shaw, Killing Eve (Paramount)

Lo más interesante de la tercera temporada de Killing Eve es cómo el personaje de Shaw, Carol, asume algo así como el tercer protagónico de la serie. Se transforma en el eje que nos saca de la desquiciada relación entre Eve y Villannellle, sumergiéndonos en sus propias oscuridades. La mujer del MI6 que parecía invulnerable atraviesa una pérdida que la saca de sus deberes y la enfrenta a su antítesis, su hija, por demás emocional. La forma en la que la actriz muestra cómo Carol baja las defensas, en su particular manera, le da la dimensión humana que, por momentos, la serie pierde en su totalidad. Es la grata sorpresa de la última emisión, porque traslada el relato a un terreno poco abordado: las distintas crisis de una mujer madura con poder, cuyo estatus depende de mantenerse siempre en control, hasta que no da más, y Shaw lo hace de una manera maravillosa: con la elegancia y toda la flema británica que pueda entrar en una persona, o personaje.   


CATEGORÍA

Mejor serie dramática 

Ganó: Succession (HBO)

Debería haber ganado: The Mandalorian (Disney+, llega a Argentina en noviembre)

The Mandalorian no tuvo la popularidad merecida en este lado del mundo porque su plataforma de emisión original aún no llegó, pero la serie sí circuló por plataformas alternativas con la velocidad que alcanzan las naves del universo Star Wars

Y más que contraponerse a Succession (las series no tienen ningún punto de comparación), su mérito más importante es haber superado en narrativa a la última, y final, trilogía de La Guerra de las Galaxias

El problema con The Mandalorian es la histórica injusticia que sufren las ficciones de aventuras: no son ni dramas ni comedias –las dos categorías estanco de los premios–, sino que atraviesan varios géneros, incluyendo la acción, siempre mal considerada en los rubros no técnicos.

Las virtudes de The Mandalorian pasan por su fidelidad a lo mejor del mundo creado por George Lucas y, en particular, por la inclusión de un personaje muy peculiar, llamado The Child y su relación con el protagonista –una especie de matón a sueldo– en clave de western espacial. 

The Child fue bautizado en redes sociales como Baby Yoda, porque el personaje pertenece a la misma especie que el maestro jedi. Su ternura y su capacidad para usar la fuerza hicieron del personaje el mayor atractivo de la serie, y al mandalorian su protector, convirtiéndose esta en la trama principal de la producción que elevó la franquicia a sus niveles iniciales.