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Cultura Dron

Por Nano Barbieri

A algunos de mi generación, cuando éramos chicos, nos explicaban los amaneceres de la sexualidad con un libro que se llamaba ¿Qué me está pasando?. A pesar de la confusión que aportaba la combinación de unos gráficos que alternaban caricaturas de bebés y padres con cuerpos desnudos dibujados casi como identikits policiales, era un libro que te ponía en tema. Esa era su mayor virtud para un texto que hoy sabemos no tiene perspectiva de género, ni contempla diversidades sexuales, por ejemplo. Pero la hipótesis central del autor, además del intento de resolver la inevitable incomodidad de hablar estos temas con tus padres, era que la adolescencia era el periodo más desconcertante de la biografía de las personas y que había que darse lugar para preguntar y contestar. Pero sobre todo para preguntar. Ahí empieza todo. Le agradezco eso a aquel viejo libro.

Más acá, Saskia Sassen, una socióloga holandesa crecida en Argentina, nos viene a decir que lo peor de esta época pandémica es que no nos pusimos a pensar, con suficiente seriedad, qué es lo que realmente nos está pasando. Hay una pregunta vacía, una especie de propensión al olvido que trabaja incluso con antelación a la superación de la tragedia. ¿Se puede olvidar lo que todavía no sucedió? Sassen sostiene que lo más llamativo de este momento histórico es nuestra propia incapacidad de reconocer que nosotros también contribuimos a lo que está pasando. ¿Cómo llegamos a esto?

Saskia Sassen es reconocida mundialmente por la introducción del concepto de Ciudad Global, algo así como el nombre que llevan esas grandes ciudades dentro de un territorio nacional, pero desde dónde se implanta una cultura globalizada, estandarizada a nivel mundial. 

El tema predilecto de Sassen es la tensión que existe entre las localidades y las globalidades y, en este marco, reconoce como una de las causas de la aparición del virus a las sucesivas destrucciones de nuestros espacios reales, nuestras tierras muertas, aguas sucias y el aire profundamente contaminado. A priori, claro que esto no es una novedad. El hecho es que Sassen no lo mira desde una perspectiva –solamente- biológica, sino acaso como una consecuencia del distanciamiento de nuestros modos de vida con nuestro entorno inmediato. ¿Quiénes emiten y quiénes padecen las consecuencias de nuestra cultura hegemónica? Casi nunca son las mismas. 

Sassen habla de la modernidad global para describir un proceso histórico que me parece muy interesante, al tiempo que bastante aterrador. Tiene que ver con un cambio conceptual en el modo del desarrollo global de la economía y, por ende, de la organización de la vida misma. Un cambio de paradigma, ese concepto tan utilizado. Dice Sassen que, hacia finales del siglo pasado, la función económica principal, su razón de ser, digamos, era incluir a la mayor parte del planeta como consumidores y trabajadores. Primero como trabajadores, para luego ser consumidores. Una perspectiva clásica de crecimiento e inclusión. Hoy la lógica no es esa, dice la autora. Vivimos, en cambio, un proceso de expulsión propio de la financiarización de la economía mundial que ya no necesita del crecimiento del consumo porque las posibilidades de generar plusvalía ya no dependen, en esa misma medida, del crecimiento del consumo. En síntesis: el mundo de las finanzas no tiene tierra, no tiene rostros.  

Al comienzo de la pandemia –ese presente inmediato que parece sin embargo tan lejano- recuerdo que nos reíamos sobre el reencuentro con la vecindad, con las limitaciones y las virtudes de vivir con lo cercano. Al poco tiempo, fuimos más receptivos, en algunos casos, y más proactivos, en otros, a la vinculación con el entorno inmediato: las calles, las veredas, la recolección de los residuos, el cuidado de los paisajes. Fuimos obligados a co-habitar, supimos que cerca nuestro había respuestas que desconocíamos a algunas de nuestras necesidades o inquietudes. Es mucho más difícil la empatía con lo que no se ve, lo que no se siente. 

La globalidad propicia el distanciamiento de las acciones y las consecuencias, la disociación entre la naturaleza y la cultura. No significa esto una romantización de lo mínimo o necesariamente el regreso a la vida comunitaria. Más bien, imagino con cierto optimismo que la pandemia develó, entre otras cosas, un modo de “Cultura Dron”, por así llamarlo, en el que vivíamos disociados de las consecuencias de nuestras acciones. Tal vez este sea, al menos a modo de disparador, un momento de preguntarnos qué nos está pasando. Aun si tan solo fuera un ejercicio reflexivo para encontrar las mismas respuestas de siempre. O quizás, ojalá, para concluir en que algunas de las cosas que nos importaban tanto, o nos parecían imprescindibles, tal vez no nos eran tan necesarias. 

Y viceversa.  

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Nos bombardean con imágenes. ¿Cuáles seleccionamos?

Por Gonzalo Marull

Vivimos en un bombardeo constante de imágenes que, con la pandemia, se ha agravado notablemente. Contemplamos pantallas durante horas y somos mirados a través de ellas. El panóptico, los mecanismos de control, la sociedad de la transparencia, son conceptos que se revitalizan. En medio de todo este maremoto invasivo y desjerarquizado, ¿qué imágenes seleccionamos? ¿Cuáles mostramos? ¿Cuáles son las que verdaderamente nos llegan? ¿Con qué imágenes trabajamos? ¿Estamos ante el agotamiento de la imagen?

El extraordinario cineasta alemán Werner Herzog una vez dijo que, si fundara una escuela de cine, los aspirantes solo tendrían permitido llenar el formulario de inscripción después de haber recorrido solos a pie una distancia de unos 5000 kilómetros y, mientras caminan, tendrían que escribir. Escribir sobre sus experiencias y, luego, entregar sus cuadernos y libretas de anotaciones para saber quiénes caminaron realmente esa distancia y quiénes no. Como si durante ese viaje uno pudiera aprender cine, aprender sobre las imágenes, su profundidad, aprender sobre el futuro (la espera) y por qué no también sobre el pasado (el recuerdo). Finalmente, dice Herzog, una escuela de cine no debe producir técnicos, sino personas de mente agitada. Personas con espíritu, con una llama ardiendo en su interior. 

Con ese espíritu crítico, podríamos descubrir que las imágenes que hoy nos rodean están gastadas, como si hubiésemos abusado de ellas y hubiesen quedado inútiles, exhaustas. Diría Herzog: “Renguean y se arrastran detrás del resto de nuestra evolución cultural”, advirtiéndonos sobre la peligrosidad de este bombardeo de imágenes vacías que nació en la televisión y terminó desembocando en las redes sociales. La velocidad con la que las producimos y la velocidad con la que las olvidamos generan una especie de crimen a nuestra imaginación y a la memoria. 

En una entrevista para una revista chilena, Lucrecia Martel, la gran cineasta salteña, se pregunta: “¿Dónde se constituyen las ideas que luego serán imágenes? ¿Cuándo se constituyen? ¿Cómo llegamos a irnos a dormir cuando sabemos que la mitad de la humanidad está padeciendo? ¿Cuándo nos acostumbramos a eso? En un mundo lleno de comunicación, de circulación de imágenes, ¿en qué minuto lo hicimos? Entonces, si somos una civilización capaz de anular la empatía con el otro que está sufriendo, si tenemos esa habilidad cultural de dejar de ver el sufrimiento de las otras personas, estamos obligados a poner en cuestión las bases mismas de nuestra percepción”. Lucrecia se pregunta cómo mirar, cómo percibir ante todos los horrores que pasan en el mundo. Nos propone descifrar el mundo, un mundo casualmente demasiado preocupado por las cifras. 

En el siglo XX nació una obsesión en los seres humanos, una necesidad de ver, de mostrar, de que todo sea visto, la época de la transparencia. Todo esto nos parceló el ojo. Nos fragmentó la percepción. Peter Handke decía: “Vivo de aquello que los otros no saben de mí”, advirtiéndonos que el alma humana necesita esferas en las que pueda estar en sí misma sin la mirada del otro. Pero, bueno, estamos en plena pandemia mundial, encerrados, y establecimos un vínculo estrecho con las pantallas, casi como un acto de supervivencia. Entonces qué hacemos. ¿Qué miramos?

En diciembre del 2012, apareció en YouTube una pequeña joya audiovisual, un resumen de acontecimientos semanales uruguayos que utilizaba con inteligencia y humor todo el universo documental y ficcional que YouTube le regalaba: lo más cotidiano, lo más simple, lo más tierno. Con la computadora como sala de montaje, Agustín Ferrando, el gran artista creador, trabajaba con materiales ajenos. El programa se llamaba, se llama, Tiranos Temblad (nombre del himno uruguayo) y revolucionó, para mi gusto, las imágenes que nos brindaba Internet hasta ese momento. En un mundo saturado de imágenes, no era necesario producir contenidos originales para aunar relevancia temática y excelencia formal, sino que se podía encontrar, en ese mar de imágenes, algunas que tal vez ni siquiera habían nacido con una voluntad formal de composición pero que podían generarnos algo, podían hacernos sentir esa punzada de dolor que produce la belleza o el reflejo de lujo de la risa ante el acto creativo.

En ese primer capítulo, Agustín capturaba imágenes en plena navidad de su país. Ironizaba sobre la iluminación de los videos, mostraba personas en su cotidianeidad más pura, con mucha altura y humor, mientras poetizaba constantemente sobre su propio país, como si Ferrando hubiera decidido estar atento al maremoto de Internet, pero no para reproducir su ruido, sino su poesía. En uno de los grandes momentos de ese primer capítulo, un señor desde la ventana de su departamento filma a una mujer cortando flores de un cantero mientras dice: “Miren el espíritu navideño, una mujer robando flores del cantero central de Bv. Artigas, muy ufanamente con una tijera arrancó dieciséis flores del ornato público, y allá va, tranquila, como si nada hubiera hecho. Ojalá tenga Facebook porque ahora voy a colgar esto para que vean hasta qué punto de mezquindad llega la gente”.

Al mejor estilo de García Lorca, Agustín encontró algo que lo movilizaba y quiso compartirlo; para eso, debía generar un dispositivo que permitiera hacerlo con profundidad y simpleza, como decía el dramaturgo francés Jean-Marie Koltés: “Quisiera decir las cosas más complejas de la manera más simple”. Ante el avance en Internet, de los trolls, los memes, las noticias falsas o los influencers y youtubers miméticos, merece la pena valorar y reivindicar la creatividad inteligente de Tiranos Temblad que comentaba imaginativa y críticamente la actualidad o el pasado reciente, al tiempo que los iluminó con una luz inesperada.

Con el último documental que vi de Herzog, Nómada: tras los pasos de Bruce Chatwin, me pasó algo similar. Chatwin viajaba hasta donde hiciera falta para encontrar a esos seres alucinados que pueblan sus libros, personas de las que no hubiéramos tenido noticia de no haber sido por el caminante que recorrió trechos extensos de la Patagonia y Australia. En un momento, Herzog dice que Chatwin fue el Internet de la época, aunque aclara que Internet y el turismo masivo han enterrado en alguna medida la idea del viajero explorador y la del escritor nómada. Y selecciona un momento para nosotros: una tribu de Australia que se ubicaba geográficamente a través de melodías, de canciones. Como una especie de GPS de melodías que fueron pasando de generación en generación y a las que su tribu cuida con mucho recelo, no las exponen gratuitamente a la cámara de Herzog. Las distancias eran medidas así. Tanto tiempo cantando para llegar a tal lugar. Y con respeto y amor a su método, lo resguardan.

Toda la maravilla poética que se despliega en el documental de Herzog me recordó a mi maestro Sergio Blanco, que siempre me dijo: “¿Sabés qué imágenes selecciono? Las que pueden despertar el lenguaje”. Imágenes que puedan despertar la palabra, que puedan llegar a la lengua, que podamos saborearlas. Jugando un poco con que las palabras saber y sabor comparten raíz. Las palabras son fundamentales para activar la imaginación. Las palabras son capaces de crear mundos. Las palabras son, de algún modo, una extraordinaria Arca de Noé de la experiencia.

Más palabras es más vida y más capacidad de resistir. Al contrario, la dominación del ser humano, su empequeñecimiento y acoso, siempre comienzan por la reducción de la palabra.

Entonces tal vez una imagen fresca, una imagen nueva, una imagen que no esté gastada, sea aquella que proponga un misterio cuya belleza nos duela, que nos deje pasmados, que nos ubique frente a un espejo, que nos deje algo, que no podamos olvidarla fácilmente y a la cual finalmente queramos apasionadamente nombrar.

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La fiesta teatral. Una vigilia atenta.

Por Gonzalo Marull

Las personas que se dedican a la actividad teatral tienen una certeza: necesitan imperiosamente poder volver a la actividad, por razones económicas, creativas, pasionales, humanas. Pero ante esta necesidad urgente surgen varias preguntas: ¿se puede volver a cualquier costo?, ¿cómo se lleva el teatro con los protocolos y las normas?, ¿es posible disfrutar si sabemos que corre riesgo la salud de artistas y espectadores?, ¿se puede estar de fiesta teatral en medio de una pandemia mundial?

La historia del teatro está íntimamente unida a la historia del fasto, de la fiesta, tanto en su vertiente pública como privada, religiosa como profana, ligada al calendario litúrgico, o fruto de circunstancias y acontecimientos diversos. El gusto por lo asombroso, por lo maravilloso, por el artificio, encuentra en la fiesta un lugar privilegiado de expresión, que se manifiesta en la necesidad de “suspender” al público, dejarlo absorto con lo nunca visto.

La fiesta, por su carácter presencial y efímero, invita a desatar la imaginación, y contribuye a crear la ilusión de una realidad mejorada, de una ciudad transformada ante los ojos de los ciudadanos; de un lugar que, durante unos días, pretende dejar de ser centro de fatigas cotidianas para convertirse en el espacio profano de la diversión y la creatividad. Con ironía, y un sabor amargo en la boca, lo expresaba muy bien un poeta: “Bien son menester estos divertimentos para poder llevar tantas adversidades”. La fiesta nos comuna, nos iguala, nos libera, nos pone en juego, más allá del tiempo y del espacio, manifestando las injusticias, develando los miedos y dándoles espacio a las diferentes expresiones. 

“Las sociedades tendrán el teatro que puedan soñar”, escuché decir alguna vez esta frase en una clase. Entonces, en medio de todo este descalabro sanitario, ¿qué teatro podemos soñar?, ¿qué fiestas podemos tener?

Nuestro país es un país que necesita ávidamente fiestas. Necesitamos recordar las fiestas, volver a las fiestas y hasta crear nuevas fiestas. Vivimos el deporte como una fiesta, vivimos el teatro como fiesta, salimos a la calle, a las plazas, como fiesta. Somos realmente muy festivos. Las fiestas reorganizan a los pueblos, los liberan de sus convenciones, los desnudan para enfrentar sus valores humanos, fraternales, de convivencia, de empatía, de igualdad. Podemos soñar con un teatro que vuelve a sus orígenes, en la ladera de la montaña, al aire libre, bajo la luz del sol, en espacios amplios y verdes, con bullicio, tumulto y, al mismo tiempo, una gran expectación. 

Pero también, paradojalmente, la espera es un valor que entrenamos mucho en el teatro, como nos enseñó hace un tiempo la brillante Arianne Mnouchkine: “El teatro es esperar para poder encontrar lo inesperado. Tenemos que tener paciencia, tranquilidad, confianza en la espera. Pero no de modo pasivo. Es un estado de vigilia, de atención, pero que no pretende la inmediatez. Una vigilia atenta en donde lo más importante es no ceder. No abdicar”. Este estado de espera atenta, del que habla Mnouchkine, ¿cómo se lleva con los protocolos y las normas? ¿Qué nos pasa a las y los artistas con el disciplinamiento?

Dice el dramaturgo franco-uruguayo Sergio Blanco: “El teatro es un espacio de rebelión, desobediencia, impertinencia; pero de pronto tiene que volverse un lugar disciplinado sin perder esa rebelión e impertinencia. Y esto es muy bueno para este espacio dionisíaco, de lo ebrio, la revuelta, la rebelión, que sin perder nada de sus orígenes sabe acatar normas de seguridad que nos protejan. Se levanta como espacio protector. Se puede proteger con la disciplina y también con la rebelión. El teatro no es un espacio que ponga en riesgo a la sociedad. La hace crecer y enfrentarse a lo que somos y no”.

Veo imágenes de la Alerta Roja en España, una protesta de lxs agentes culturales ante la crisis profunda que está viviendo el sector y, al tener que respetar el distanciamiento, las imágenes que nos llegan son muy ordenadas, similares a una marcha militar, cada persona en su lugar, equidistantes y geométricos. Las imágenes más impactantes son las tomadas con drones, realmente parecen ejércitos en fila… esperando disciplinadamente. Por supuesto, es una protesta respetuosa con la salud de lxs demás, pero no deja de llamarme la atención esta nueva modalidad de “marcha protesta” que aflora. Me recordó al óleo sobre lienzo: Fiestas en el Ommeganck o Papagayo, en Bruselas. Procesión de los Gremios en la Gran Plaza (del año 1616), que muestra las fiestas de corte, su protocolo, y el lujo en carrozas y número de lacayos. 

A diferencia de las fiestas cortesanas, que eran ofrecidas por gracia del soberano, que cumplían una determinada función social, política y religiosa, y quedaban circunscritas al criterio de la etiqueta y el decoro, las fiestas populares y los carnavales conmemoraban tradiciones y creencias de ritmo más lento y duradero en las que participaban por igual todos y todas de una manera más espontánea y comunitaria. En los tres días de carnestolendas previos al miércoles de ceniza, el tiempo de carnaval se distinguía porque era el momento en que el orden social y espiritual ordinario podía invertirse en un mundo al revés que ensalzaba al pobre y humilde, y ridiculizaba o satirizaba al poderoso.

He aquí un valor fundamental. A la hora en que se necesitan imperiosamente las fiestas populares, las artes escénicas y los carnavales, se extraña su impronta rebelde y desbordada. En el carnaval nadie es nadie, o todxs somos otrxs; por eso, las máscaras son liberadoras, no esconden, muestran aún más. El placer inaudito de esa libertad desfachatada que nos da el jugar tras la máscara, el dejar por unas horas el peso de la propia historia, la propia cara, para vivir tras la careta una mímesis más “des-carada” aún, incluso más liberadora. 

Las prohibiciones nos quitan la calle. Y la comunidad y la democracia se construyen en las calles, tomando las calles, habitando las calles. El teatro nos enseña la importancia de lo grupal, de lo colectivo, de lo solidario, de que las preocupaciones de las otras personas pasen a ser nuestra preocupación, nos enseña a escuchar. Por eso estamos en un gran brete, deseamos fervientemente encontrarnos y abrazarnos, pero no queremos poner en riesgo a las demás personas. Y todo se torna contradictorio y difícil. Tal vez estamos esperando disciplinadamente que la fiesta teatral pueda tener una vital razón de ser. 

Mauricio Kartún recuerda que, en su origen, el carnaval nació de un pueblo que habiendo vencido a una peste salió a festejar con máscaras de calavera; literalmente: burlando a la muerte. Ahora entiendo por qué en mi familia adoptamos como himno de resistencia en aislamiento la canción El tiempo está después, del gran poeta y músico uruguayo Fernando Cabrera. Cada vez que llegamos al estribillo, cantamos con toda la fuerza, peleando contra la peste, peleando para burlar a la muerte: 

“Un día nos encontraremos en otro carnaval 
Tendremos suerte si aprendemos
Que no hay ningún rincón
Que no hay ningún atracadero
Que pueda disolver
En su escondite lo que fuimos
El tiempo está después…” 

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La pandemia nos revela

Por Gonzalo Marull

Imaginemos que nos azota una pandemia mundial. Imaginemos que para combatir al virus hay que distanciarse socialmente y encerrarse en las casas. Imaginemos que la salud es la prioridad principal. Imaginemos que a los médicos y a las médicas se los acompaña con aplausos todas las noches. Imaginemos que los médicos y las médicas se empiezan a contagiar, entonces ahora se los evita, se los discrimina y se los escracha. Imaginemos que alimentarse es esencial. Imaginemos que en vez de incentivar a los pequeños comerciantes de alimentos se habilita a funcionar desde el primer día a los grandes hipermercados. Imaginemos que la ciudadanía hace largas colas para comprar la mayor cantidad de papel higiénico que pueda cargar en sus autos. Imaginemos que les pedimos que se queden en sus casas a personas que viven hacinadas en cuartos pequeños, casillas de chapa o conventillos y en condiciones de extrema pobreza. Imaginemos que parte de la ciudadanía rompe el aislamiento, pone en riesgo su salud y la salud pública, para marchar a favor de una multinacional corrupta o del terraplanismo o del patriarcado. Imaginemos que cierran las escuelas, pero que las clases se dan con un gran esfuerzo a través de la intermediación tecnológica. Imaginemos que para gran parte de la ciudadanía las clases no se dieron nunca porque han perdido el respeto por el aprendizaje. Imaginemos que la crisis se agrava profundamente y nos cuesta ver una salida.

Las pandemias, las pestes, las plagas, las crisis traen consigo habitualmente una epifanía: revelan aquellas fisuras profundas del sistema en el que habitamos. Nos dan acceso a una verdad secreta u oculta. Muestran, desnudan. Aparece en la superficie algo que debía o quería permanecer guardado.

Cuántas veces vimos en las tragedias griegas esa arrogancia del ser humano, que es contestada por una peste o por una caída terrible, algo así como si los dioses o la naturaleza estuvieran recordándonos una y otra vez que somos frágiles, que somos pequeños, para intentar llevarnos a una ética de la responsabilidad, a una ética del cuidado.

Pero la revelación siempre produce desastres, porque la mayoría de las veces descubrimos eso que ya sabíamos pero que no queríamos mirar.

Esta pandemia que nos azota no ha hecho más que evidenciar la voracidad del sistema económico neoliberal y su voluntad depredatoria de todo lo que está vivo. Esto ha revelado muchas cosas sobre nuestra sociedad. Ha revelado fundamentalmente brechas sociales que estaban más o menos camufladas, nos damos cuenta de que la suspensión de la escuela está pudiendo ser mejor sobrellevada por los niños y las niñas de unas clases sociales, mientras que los de otras clases sociales están recibiendo un segundo castigo (y ni hablar de aquellxs con algún tipo de discapacidad). Desafortunadamente, las escuelas que pueden ofrecer una experiencia académica virtual completa, con estudiantes que cuentan con dispositivos electrónicos, profesores que saben cómo diseñar lecciones en línea funcionales y una cultura basada en el aprendizaje tecnológico, no son muchas. La realidad es que la mayoría de las escuelas no está preparada para este cambio que permite reconocer que el acceso desigual a internet es tan solo uno de los muchos problemas que enfrenta nuestro sistema educativo a nivel global.

Las pandemias revelan rápidamente las contradicciones, problemas y amenazas que están en el corazón de nuestra sociedad y que, claramente, no son nuevas, son estructurales y muy difíciles de transformar.

Vivimos hablando de salud, educación y cultura; pero apenas se produce una crisis nos damos cuenta de que ninguna de las tres ha sido ni será prioridad de nuestros proyectos políticos y ciudadanos. Que ninguna de las tres es considerada esencial ni durante una crisis ni mucho menos fuera de ella.

¿Qué hicimos de nuestra salud pública?, ¿qué lugar ocupa la educación en el debate político?, ¿qué entendemos por educación?, ¿en qué se diferencia la cultura del arte?, ¿de qué viven las y los artistas?, ¿podemos sobrevivir sin acceso a la cultura, a la educación y sin un sistema de salud público?

Es verdad, ocurrió lo impensable. Lo que está pasando con el coronavirus no fue previsto y lo interesante de lo impensable que sucede es, precisamente, que te obliga a pensar. Esta convulsión extraordinaria nos obliga a pensarlo todo de nuevo. Creíamos que pisábamos un suelo estable, que teníamos un marco conceptual estable, clarísimo, asegurado, y de pronto parece que todo se resquebraja.

Hay cuestiones fundamentales que emergen: ¿qué es lo esencial?, ¿cuáles son las prioridades?

Luego de varios días de cuarentena abrieron los shoppings, los comercios, los bares, las iglesias, en algunos lugares los aeropuertos y el fútbol/básquet show, en la televisión la gente se junta a jugar y a comer, la timba financiera sigue inamovible; pero los teatros, los museos, los cines y los colegios permanecen cerrados.

Vivimos en una situación de desigualdad absoluta, de inequidades históricas. Y esto nos lleva a preguntarnos qué podemos sacrificar y qué no deberíamos sacrificar en absoluto a futuro.

Ojalá esto nos recuerde que lo que nos constituye como seres humanos es, antes que cualquier otra cosa, nuestra común fragilidad, y esa fragilidad debería llevarnos a unas políticas de auxilio, de cuidado entre las personas, de recordar que cada uno es responsable de los demás.

La cultura y la educación son esenciales, de primera necesidad, porque nos permiten imaginar, nos permiten criticar y nos permiten resistir. Una sociedad con un sistema cultural y educativo fuerte es una sociedad capaz de resistir mucho más, es una sociedad capaz de proteger su medio ambiente y de pensar modelos de ciudadanía solidarios y colaborativos.

Pero lo que está pasando nos está mostrando otra cara. No estamos resistiendo. Al final de la novela La peste de Albert Camus aparece esta afirmación: “Algo que se aprende en medio de las plagas: que hay en los hombres más cosas dignas de admiración que de desprecio”. Circula por las redes sociales, a manera de fake, una frase que se le atribuye a Camus y que lo intenta contradecir: “Lo peor de la peste no es que mata los cuerpos, sino que desnuda las almas y ese espectáculo suele ser horroroso”. En esta disputa de frases y sentidos, en esta disputa por el valor del documento y del conocimiento, se encuentra una gran respuesta a muchas preguntas.

La profunda crisis que ha provocado la pandemia sobre el sector cultural no tiene precedentes. El daño producido por el coronavirus es una hecatombe silenciosa que ha calado hondo en miles de agentes culturales y creadores. Aún no sabemos cuánto tiempo pasará para que este sector recupere su vigor, pero lo más probable es que no sea rápido.

Hay que entender que el arco que abarca a la cultura es tremendamente diverso en todas las direcciones. Puede ir desde artistas callejerxs o artesanxs, hasta cantantes de cuarteto o realizadorxs audiovisuales. Sin contar a muchas organizaciones y colectivos independientes que no reciben financiamiento del Estado en forma permanente y que deben enfrentar el día a día de una manera única y desgarradora.

Creo que lo propio del arte es la limitación y la conversión de la limitación en ocasión poética a través de la complicidad imaginativa. Probablemente estamos ante el mayor desafío que haya tenido el arte nunca, porque ahora no es que tengamos poco, es que nos han despojado de la asamblea misma y hasta peligra nuestro ecosistema. Pero precisamente eso nos va a obligar a pensar y tal vez algo aparecerá, una conversión, por qué no. Nunca será suficiente si no hay un cambio estructural en la manera de pensar a la cultura, la educación y la salud al interior de nuestra sociedad. Son claramente esenciales para que la epifanía, la revelación no nos tomen desprevenidos, las podamos enfrentar con la memoria activa y, así, no volvamos a repetir la misma tragedia, una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez.

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The Quarentenials

En el medio de la cuarentena, nos surgieron algunas preguntas y la generación que está transitando este momento, nos respondió desde sus casas.

The Quarentenials, 10 preguntas para pasar la pandemia.