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Paco Giménez no es un robot, es un Dios de vinilo.

Por Gonzalo Marull

El teatro es una experiencia irreemplazable para las y los que lo amamos. Por eso, volver a entrar a una sala es como volver a entrar a tu casa de la infancia, a la confitería donde te enamoraste por primera vez, a tus sueños, o a un templo sagrado. 

Irónicamente volví a un teatro el 1 de mayo, el día de los trabajadores y las trabajadoras; y digo irónicamente porque la emergencia cultural debería haberse declarado hace mucho tiempo en nuestro país, y aún así las y los artistas estaban allí, entregando todo, un día en donde, en realidad, deberían estar descansando. 

Volver al teatro La Cochera es, entonces, volver a encontrarse con la familia. 

Los cuidados de la sala son extremos, sentí que el único virus que podés contagiarte allí es el del arte. Llenás una ficha, te repiten todo el tiempo que mantengas la distancia, que no te saques el barbijo, que seamos amorosos con las personas que nos rodean. 

El ambiente es amplio y ventilado. 

Siento lo mismo que he sentido durante veinticinco años en esa platea, un deseo profundo de vivir la experiencia teatral “cocheril”. Imagen, desenfado, azar, despliegue físico, histrionismo. 

Comienza la obra. 

El iluminador, Pablo Chiaretta, coloca unos spots de pie y otros de piso en su lugar. Luego esos artefactos bien visibles para lxs espectadores crearán una alquimia lumínica única, con unos momentos de sombras que son increíbles. 

Entra a escena un adolescente con un buzo GAP con capucha puesta y un barbijo negro que impide que veamos su rostro. La música ya nos eriza la piel. Los movimientos del adolescente son únicos, sensuales, vitales, indescifrables. Ya te hace sentir bien. Tomaste la decisión correcta. La obra te va a clavar una flecha en el corazón. Cuando termina la música, y se saca el barbijo y la capucha, descubrimos que el adolescente es Paco Giménez. 

Me sorprendo. Me pregunto: ¿qué edad tiene Paco? 

Él, luego, evocando a Walt Whitman dirá: “Flor de vejez es esta, superior a la flor de la juventud”. 

A esta altura creo que Paco no tiene edad, es un highlander en la tierra del teatro o un Dios del Olimpo cordobés. Es ese espíritu inquieto que practicaba pasos de comedia con su madre, todos los días, a la hora del almuerzo. Es el niño que se crió con tres madres más: la Universidad, la Chispa y la Cochera. 

“Me celebro y me canto a mí mismo.
Y lo que yo diga ahora de mí, lo digo de ti,
porque lo que yo tengo lo tienes tú
y cada átomo de mi cuerpo es tuyo también”.

Paco nos explica que GAP es una sigla que significa: Giménez Alias Paco. Nos reímos. Una espectadora comienza a abrir un caramelo muy lentamente, se hace interminable su movimiento y el sonido latoso. Paco la mira. Hace una pausa. Espera. Y lo que hace un año podía haber sido algo tremendamente molesto hoy se transforma en una señal. El teatro es eso. Una espectadora modificando la escena para hacer de esa función algo único e irrepetible. 

Paco canta “Demais” de Tom Jobin y captura nuestras almas. Es un médium, un hechicero, un brujo. 

“Todo el mundo piensa que hablo demasiado
y que he estado bebiendo demasiado.
Que esta vida agitada
no sirve de nada.
Incluso dicen que me he estado riendo demasiado
y que cuento demasiadas anécdotas.
Nadie sabe que esto sucede porque
pasaré toda mi vida olvidándote.
Y la razón por la que vivo estos días banales
es porque estoy triste, estoy demasiado triste.

Y es por eso que hablo demasiado,
por eso bebo demasiado.
Y la razón por la que vivo esta vida
demasiado agitada
es porque mi amor por ti es demasiado inmenso”.

La belleza trepa por las paredes azules. 

En la guitarra acompaña con maestría Rubén Cirigliano y danza sobre una silla de computadora con rueditas. 

“Me permito ser otro”, nos dice Paco. Y a mí se me viene a la mente una frase que dice el personaje del Profesor en la obra teatral Clase de Guillermo Calderón:

“Me gusta María, porque canta. Y no se puede cantar y mentir al mismo tiempo”.

“¿Quieren que les cuente un secreto?”, susurra Paco: 

“No puedo ser feliz, no te puedo olvidar”. 

Un robot no podría nunca hacer lo que Paco hace. Nunca. Y la metáfora me hace sonreír. Por primera vez en una pandemia intermediatizada por la tecnología, sonrío al sentir esta epifanía. 

“Soy un LP, un disco con un lado A y un lado B, un lado muy triste y un lado algo alegre. Un lado sufriente y otro más relajado”.  

Paco es un disco de vinilo. Es el Dios del vinilo. 

Paula Lombardelli es la partenaire ideal para Paco. Mientras ella muda su vestuario muchas veces a lo largo de la obra, Paco se mantiene estoico con su buzo GAP. Paula canta (el momento en donde canta “Libre de mí”, mientras Paco y Rubén toman té, es precioso), hace percusión (con todo) y maneja los tiempos de la escena con maestría. Paco, Paula y Rubén son el trío perfecto. 

“Tú no sabes nada de la vida, 

tú no sabes nada del amor, 

eres como una nave a la deriva, 

tú vas por el mundo sin razón. 

¿Qué sabes tú lo que es estar enamorado? 

¿Qué sabes tú lo que es vivir ilusionado? 

¿Qué sabes tú lo que es sufrir por un cariño?”.

A esta altura de la obra nos damos cuenta de que Paco les canta a sus ex amores. Y en ellos se representan los nuestros. Y tenemos ganas de cantar y desgarrarnos y emborracharnos con tanta melancolía. 

Le siguen en el extraordinario repertorio Quiéreme y verás, Me vuelves loco y Hay que vivir el momento de José Antonio Mendez, Pienso en vos de Mogol y Lucio Battisti, Si me enamoro de Horacio Molina y Sergio Mihanovich, Vivir así, morir de amor de Camilo Sesto, De lo que te has perdido de Dino Ramos, A Tua presença de Caetano Veloso, y más. Mucho más. Su apetito musical es insaciable. 

Paco nos cuenta finalmente otro secreto:

“En la Antigüedad, las silenas, unas pequeñas cajitas de madera, tenían motivos pintados, muy chistosos, en la tapa, como chanchos con joyas, liebres con flores. Temas grotescos. Cuando las abrían, adentro había drogas. Bueno, así soy yo ridículo por fuera, de apariencia graciosa, desdichado en el amor, pero por dentro tengo otras cosas, muchas cosas”. 

Cosas que no voy a contar, porque es hermoso escucharlas de la voz de Paco. 

Y salta, se tira al piso, baila, habla en inglés, en portugués. Hace silencios que son manantiales solares. 

Y logra traspasar esa barrera tan difícil que es el barbijo ocultando los rostros y el público distanciado entre sí. Quedan solo las miradas sensibles. Y Paco va directamente allí. 

Me volví a casa lleno. Con el pecho caliente. Intentando dar sentido a todas las emociones que viví en una hora que se me pasó volando, como si hubieran sido unos minutos, esos minutos en donde mi madre me acariciaba el pelo cuando yo estaba “chinchudo” y finalmente me dejaba atrapar por la ternura del sueño. 

Háganse un favor y regálense una noche en la Cochera, vayan a ver “No soy un robot”. Paco te va arrancar el corazón directamente con su boca, mientras Paula, Rubén y Pablo van a robarles el fuego a los Dioses para entregárselo al teatro, que tanto lo necesita en estos días tan aciagos. 

No soy un robot. Con Paco Giménez (voz y dirección), Paula Lombardelli (percusión) y Rubén Cirigliano (guitarra). Iluminación (Pablo Chiaretta). 

Funciones: sábados de mayo a las 21.30 en La Cochera, Fructuoso Rivera 541. 

Para adultos. 55 minutos.

Entrada: $500; estudiantes y jubilados, $400. 

Reservas por teléfono: 351-6698946 y 351-3870750

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La fiesta teatral. Una vigilia atenta.

Por Gonzalo Marull

Las personas que se dedican a la actividad teatral tienen una certeza: necesitan imperiosamente poder volver a la actividad, por razones económicas, creativas, pasionales, humanas. Pero ante esta necesidad urgente surgen varias preguntas: ¿se puede volver a cualquier costo?, ¿cómo se lleva el teatro con los protocolos y las normas?, ¿es posible disfrutar si sabemos que corre riesgo la salud de artistas y espectadores?, ¿se puede estar de fiesta teatral en medio de una pandemia mundial?

La historia del teatro está íntimamente unida a la historia del fasto, de la fiesta, tanto en su vertiente pública como privada, religiosa como profana, ligada al calendario litúrgico, o fruto de circunstancias y acontecimientos diversos. El gusto por lo asombroso, por lo maravilloso, por el artificio, encuentra en la fiesta un lugar privilegiado de expresión, que se manifiesta en la necesidad de “suspender” al público, dejarlo absorto con lo nunca visto.

La fiesta, por su carácter presencial y efímero, invita a desatar la imaginación, y contribuye a crear la ilusión de una realidad mejorada, de una ciudad transformada ante los ojos de los ciudadanos; de un lugar que, durante unos días, pretende dejar de ser centro de fatigas cotidianas para convertirse en el espacio profano de la diversión y la creatividad. Con ironía, y un sabor amargo en la boca, lo expresaba muy bien un poeta: “Bien son menester estos divertimentos para poder llevar tantas adversidades”. La fiesta nos comuna, nos iguala, nos libera, nos pone en juego, más allá del tiempo y del espacio, manifestando las injusticias, develando los miedos y dándoles espacio a las diferentes expresiones. 

“Las sociedades tendrán el teatro que puedan soñar”, escuché decir alguna vez esta frase en una clase. Entonces, en medio de todo este descalabro sanitario, ¿qué teatro podemos soñar?, ¿qué fiestas podemos tener?

Nuestro país es un país que necesita ávidamente fiestas. Necesitamos recordar las fiestas, volver a las fiestas y hasta crear nuevas fiestas. Vivimos el deporte como una fiesta, vivimos el teatro como fiesta, salimos a la calle, a las plazas, como fiesta. Somos realmente muy festivos. Las fiestas reorganizan a los pueblos, los liberan de sus convenciones, los desnudan para enfrentar sus valores humanos, fraternales, de convivencia, de empatía, de igualdad. Podemos soñar con un teatro que vuelve a sus orígenes, en la ladera de la montaña, al aire libre, bajo la luz del sol, en espacios amplios y verdes, con bullicio, tumulto y, al mismo tiempo, una gran expectación. 

Pero también, paradojalmente, la espera es un valor que entrenamos mucho en el teatro, como nos enseñó hace un tiempo la brillante Arianne Mnouchkine: “El teatro es esperar para poder encontrar lo inesperado. Tenemos que tener paciencia, tranquilidad, confianza en la espera. Pero no de modo pasivo. Es un estado de vigilia, de atención, pero que no pretende la inmediatez. Una vigilia atenta en donde lo más importante es no ceder. No abdicar”. Este estado de espera atenta, del que habla Mnouchkine, ¿cómo se lleva con los protocolos y las normas? ¿Qué nos pasa a las y los artistas con el disciplinamiento?

Dice el dramaturgo franco-uruguayo Sergio Blanco: “El teatro es un espacio de rebelión, desobediencia, impertinencia; pero de pronto tiene que volverse un lugar disciplinado sin perder esa rebelión e impertinencia. Y esto es muy bueno para este espacio dionisíaco, de lo ebrio, la revuelta, la rebelión, que sin perder nada de sus orígenes sabe acatar normas de seguridad que nos protejan. Se levanta como espacio protector. Se puede proteger con la disciplina y también con la rebelión. El teatro no es un espacio que ponga en riesgo a la sociedad. La hace crecer y enfrentarse a lo que somos y no”.

Veo imágenes de la Alerta Roja en España, una protesta de lxs agentes culturales ante la crisis profunda que está viviendo el sector y, al tener que respetar el distanciamiento, las imágenes que nos llegan son muy ordenadas, similares a una marcha militar, cada persona en su lugar, equidistantes y geométricos. Las imágenes más impactantes son las tomadas con drones, realmente parecen ejércitos en fila… esperando disciplinadamente. Por supuesto, es una protesta respetuosa con la salud de lxs demás, pero no deja de llamarme la atención esta nueva modalidad de “marcha protesta” que aflora. Me recordó al óleo sobre lienzo: Fiestas en el Ommeganck o Papagayo, en Bruselas. Procesión de los Gremios en la Gran Plaza (del año 1616), que muestra las fiestas de corte, su protocolo, y el lujo en carrozas y número de lacayos. 

A diferencia de las fiestas cortesanas, que eran ofrecidas por gracia del soberano, que cumplían una determinada función social, política y religiosa, y quedaban circunscritas al criterio de la etiqueta y el decoro, las fiestas populares y los carnavales conmemoraban tradiciones y creencias de ritmo más lento y duradero en las que participaban por igual todos y todas de una manera más espontánea y comunitaria. En los tres días de carnestolendas previos al miércoles de ceniza, el tiempo de carnaval se distinguía porque era el momento en que el orden social y espiritual ordinario podía invertirse en un mundo al revés que ensalzaba al pobre y humilde, y ridiculizaba o satirizaba al poderoso.

He aquí un valor fundamental. A la hora en que se necesitan imperiosamente las fiestas populares, las artes escénicas y los carnavales, se extraña su impronta rebelde y desbordada. En el carnaval nadie es nadie, o todxs somos otrxs; por eso, las máscaras son liberadoras, no esconden, muestran aún más. El placer inaudito de esa libertad desfachatada que nos da el jugar tras la máscara, el dejar por unas horas el peso de la propia historia, la propia cara, para vivir tras la careta una mímesis más “des-carada” aún, incluso más liberadora. 

Las prohibiciones nos quitan la calle. Y la comunidad y la democracia se construyen en las calles, tomando las calles, habitando las calles. El teatro nos enseña la importancia de lo grupal, de lo colectivo, de lo solidario, de que las preocupaciones de las otras personas pasen a ser nuestra preocupación, nos enseña a escuchar. Por eso estamos en un gran brete, deseamos fervientemente encontrarnos y abrazarnos, pero no queremos poner en riesgo a las demás personas. Y todo se torna contradictorio y difícil. Tal vez estamos esperando disciplinadamente que la fiesta teatral pueda tener una vital razón de ser. 

Mauricio Kartún recuerda que, en su origen, el carnaval nació de un pueblo que habiendo vencido a una peste salió a festejar con máscaras de calavera; literalmente: burlando a la muerte. Ahora entiendo por qué en mi familia adoptamos como himno de resistencia en aislamiento la canción El tiempo está después, del gran poeta y músico uruguayo Fernando Cabrera. Cada vez que llegamos al estribillo, cantamos con toda la fuerza, peleando contra la peste, peleando para burlar a la muerte: 

“Un día nos encontraremos en otro carnaval 
Tendremos suerte si aprendemos
Que no hay ningún rincón
Que no hay ningún atracadero
Que pueda disolver
En su escondite lo que fuimos
El tiempo está después…” 

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Teatro con protocolos. La emoción de volver a entrar a un teatro.

Entrevista a los dramaturgos Sergio Blanco y Gabriel Calderón.
Por Gonzalo Marull

El año 2020 arrancó con una pandemia mundial. Se produjeron aislamientos obligatorios y cerraron los teatros, pero no solo en una región o un país, en todo el mundo. Esto para los amantes del teatro se tornó desesperante, porque hemos vivido cierres de teatros en nuestros países, pero nunca en todo el planeta al mismo tiempo. Por eso, si nos enteramos que en algún lugar del mundo un teatro reabre, lo vemos como una luz de esperanza y acompañamos ese movimiento como si fuera propio. En julio, en Barcelona, se produjo un estreno teatral, y en agosto, en Montevideo, otro. Da la casualidad que en los dos participaron como dramaturgos y directores dos artistas a quienes admiro profundamente y considero amigos del alma: Sergio Blanco (franco-uruguayo) y Gabriel Calderón (uruguayo). Así es que saqué provecho de mi carnet de amigo y les pregunté sobre las sensaciones vividas en esos estrenos. 

¿Por qué creen que, en el orden de prioridades a la hora de flexibilizar los aislamientos y reabrir, el teatro llega siempre casi en último lugar?

Sergio Blanco: Para la sociedad de consumo en la cual estamos inmersos, no somos una prioridad. Y creo que está bien que así sea. El teatro no entra –por suerte–, en ningún circuito ni comercial ni mercantil ni industrial ni económico de prioridades en nuestras sociedades de consumo. Eso en cierta manera es un elogio para todo el movimiento teatral. La sociedad de consumo que encuentra su aliado en la sociedad del espectáculo –y que no tiene nada que ver con el teatro– puede prescindir perfectamente de nosotros y nosotros de ella. No nos necesitamos. Es hermoso y redentor poder prescindir, es el comienzo mismo de la libertad. 

Gabriel Calderón: La razón es que no somos prioritarios. No es una prioridad para el gobierno y para mucha gente. Para las masas, para las mayorías, evidentemente, el teatro no es prioridad. Entonces somos grupos de presión limitados. Y lo que pasa muchas veces es que la cultura de la industria no está desarrollada en Latinoamérica, entonces en muchos países de Europa las industrias vinculadas al teatro presionan para abrir los teatros, para que la gente trabaje, para que los artistas puedan hacer, pero en nuestros países eso está más desconectado y es incipiente, por ende, ahí no hay posibilidad de grandes presiones para poder retomar el trabajo. 

¿Qué les pasó el día que estrenaron en plena pandemia? ¿Qué protocolo tuvieron que seguir?

Sergio Blanco: Para mí fue muy emocionante poder volver a entrar a un teatro. En mi caso fue en el Teatro Lliure de Barcelona. Recuerdo que el primer día que entramos a ensayar, ni bien pusimos un pie en el escenario, todo el equipo hizo una especie de silencio. Estábamos todos profundamente conmovidos. No nos decíamos nada. Mirábamos el lugar. El teatro estaba ahí. Esperándonos. El teatro finalmente es muy paciente. Por esos días me sentí muy dichoso y afortunado de poder estar retomando mi trabajo en un teatro, pero permanentemente pensaba en todos aquellos colegas que no lo estaban pudiendo hacer. Así que se trató de una mezcla de felicidad y tristeza al mismo tiempo, porque la felicidad para mí no tiene sentido cuando no es compartida. Los protocolos de ensayo que tuvimos que seguir eran muy severos y eficientes: mascarillas, lavado permanente de manos, distanciación de un metro y medio, diferenciación de puertas de acceso, etc., etc. Me impresionó la manera rigurosa en que todo el mundo los respetaba. Luego, el día del estreno hubo una emoción particular, pero debo confesar que finalmente fue un poco similar a la emoción que siempre siento cuando entran los espectadores a la sala, siempre me digo lo mismo recordando a Pirandello: “Ahí llegan los gigantes de la montaña”.

Gabriel Calderón: En particular a mí me pasó, cuando estrenamos “Ana contra la muerte” en el Auditorio Nacional del Sodre –el auditorio es un teatro gigante, en realidad son dos teatros, una sala para dos mil personas, y otra sala más pequeña que es para trescientas personas–, nosotros estrenamos en la sala pequeña con un aforo reducido de unas sesenta personas y, la verdad, era como, yo no diría triste, pero había algo de frío, de que un teatro tan gigante que siempre está lleno de gente, que siempre tiene las dos salas a full de su capacidad, de repente, en la única función que tenía, solo pudieran estar sesenta personas. Los espectadores iban llegando de a uno, los hacían entrar, los acompañaban hasta su butaca, todo muy sanitario, muy limpio, pero también muy frío y el espectáculo tuvo que atravesar eso para poder llegar a la gente. 

¿Creen que los espectadores cargaban un plus emocional a la hora de mirar? Ustedes son artistas escénicos con muchas funciones encima, estas que hicieron en plena pandemia ¿tuvieron algo en particular que nunca les había pasado?

Sergio Blanco: Sí, había una atmósfera especial. La gente volvía al teatro después de mucho tiempo sin poder ir, entonces se sentía una cierta emoción. Además, en Barcelona por esos días habían detectado unos rebrotes y las autoridades estaban empezando a cerrar de nuevo algunas salas. Hasta dos horas antes del estreno, no sabíamos si teníamos la habilitación o no. Nadie lo sabía, ni nosotros, ni el público. Eso creó un clima muy particular que hizo que, cuando llegó la habilitación, todos fuéramos a la sala del teatro como quien va a una manifestación política o a festejar algo. 

Gabriel Calderón: Como director y dramaturgo viví el contexto, pero en las funciones que se están haciendo no estoy arriba del escenario; pero sí, por ejemplo, hablo con las actrices, que me dicen: “Hay que rearmar a este público, no es un público, no es una platea llena o concentrada en un lugar, sino que está diseminada, con espacios”. Entonces no es que le hablás a un público, sino que les hablas a muchos aislados y eso genera una particularidad. En el estreno, los espectadores estaban separados a cinco metros y ahora a dos metros porque se flexibilizó un poco más, y así poco a poco se va pareciendo más a lo que era antes.

¿Qué es lo que más extrañaron los días en los que permanecieron encerrados en cuarentena?

Gabriel Calderón: A mí me gusta mucho mi casa, me gusta mi familia; pero cuando a uno lo obligan a estar todo el tiempo en ese lugar con esas mismas personas comienza a extrañar todo lo que no es ese lugar y esas personas. Yo debo decir que, como caso particular, estuve muy cómodo los dos meses que tuvimos en Montevideo de cuarentena, creo que los niños –yo vivo con mis dos hijos–, ellos sí lo empezaron a sentir al final de los dos meses. Me cuesta pensar en lugares como Argentina u otros países en los que la pandemia hizo que la cuarentena se extendiera a cuatro, cinco y hasta seis meses. Yo no lo viví, entonces extrañaba salir y dar vueltas sin ninguna razón, y eso fue lo primero que hicimos cuando se abrió: dar vueltas a la manzana. Recuerdo el primer día que les dije a los niños que íbamos a ir a dar una vuelta a manzana y ellos festejaron como si les dijera que íbamos a ir de viaje o les iba a regalar todos los juguetes del mundo. Dijeron: “¡bien, vuelta a manzana!”, los dos saltaban por toda la casa diciendo: “¡Vuelta a manzana, vuelta a manzana!”. Y, durante varios días, las primeras semanas que salíamos era solo a dar una o dos vueltas a manzana y ellos lo disfrutaban muchísimo. Así es que esa fue un poco mi experiencia. 

Sergio Blanco: Yo extrañaba la otredad en carne y hueso. Los abrazos. Las caricias. Los besos. Y por lo tanto también extrañaba mucho el teatro que es el lugar por excelencia en donde la palabra busca la carne y en donde finalmente siempre la termina encontrando. Si hay algo que me ha confirmado esta pandemia y los confinamientos que tuvimos que vivir, es justamente la necesidad del otro: lo necesario que es el rostro del otro, es decir, aquel que no soy yo, y que en su otredad me construye. 

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La pandemia nos revela

Por Gonzalo Marull

Imaginemos que nos azota una pandemia mundial. Imaginemos que para combatir al virus hay que distanciarse socialmente y encerrarse en las casas. Imaginemos que la salud es la prioridad principal. Imaginemos que a los médicos y a las médicas se los acompaña con aplausos todas las noches. Imaginemos que los médicos y las médicas se empiezan a contagiar, entonces ahora se los evita, se los discrimina y se los escracha. Imaginemos que alimentarse es esencial. Imaginemos que en vez de incentivar a los pequeños comerciantes de alimentos se habilita a funcionar desde el primer día a los grandes hipermercados. Imaginemos que la ciudadanía hace largas colas para comprar la mayor cantidad de papel higiénico que pueda cargar en sus autos. Imaginemos que les pedimos que se queden en sus casas a personas que viven hacinadas en cuartos pequeños, casillas de chapa o conventillos y en condiciones de extrema pobreza. Imaginemos que parte de la ciudadanía rompe el aislamiento, pone en riesgo su salud y la salud pública, para marchar a favor de una multinacional corrupta o del terraplanismo o del patriarcado. Imaginemos que cierran las escuelas, pero que las clases se dan con un gran esfuerzo a través de la intermediación tecnológica. Imaginemos que para gran parte de la ciudadanía las clases no se dieron nunca porque han perdido el respeto por el aprendizaje. Imaginemos que la crisis se agrava profundamente y nos cuesta ver una salida.

Las pandemias, las pestes, las plagas, las crisis traen consigo habitualmente una epifanía: revelan aquellas fisuras profundas del sistema en el que habitamos. Nos dan acceso a una verdad secreta u oculta. Muestran, desnudan. Aparece en la superficie algo que debía o quería permanecer guardado.

Cuántas veces vimos en las tragedias griegas esa arrogancia del ser humano, que es contestada por una peste o por una caída terrible, algo así como si los dioses o la naturaleza estuvieran recordándonos una y otra vez que somos frágiles, que somos pequeños, para intentar llevarnos a una ética de la responsabilidad, a una ética del cuidado.

Pero la revelación siempre produce desastres, porque la mayoría de las veces descubrimos eso que ya sabíamos pero que no queríamos mirar.

Esta pandemia que nos azota no ha hecho más que evidenciar la voracidad del sistema económico neoliberal y su voluntad depredatoria de todo lo que está vivo. Esto ha revelado muchas cosas sobre nuestra sociedad. Ha revelado fundamentalmente brechas sociales que estaban más o menos camufladas, nos damos cuenta de que la suspensión de la escuela está pudiendo ser mejor sobrellevada por los niños y las niñas de unas clases sociales, mientras que los de otras clases sociales están recibiendo un segundo castigo (y ni hablar de aquellxs con algún tipo de discapacidad). Desafortunadamente, las escuelas que pueden ofrecer una experiencia académica virtual completa, con estudiantes que cuentan con dispositivos electrónicos, profesores que saben cómo diseñar lecciones en línea funcionales y una cultura basada en el aprendizaje tecnológico, no son muchas. La realidad es que la mayoría de las escuelas no está preparada para este cambio que permite reconocer que el acceso desigual a internet es tan solo uno de los muchos problemas que enfrenta nuestro sistema educativo a nivel global.

Las pandemias revelan rápidamente las contradicciones, problemas y amenazas que están en el corazón de nuestra sociedad y que, claramente, no son nuevas, son estructurales y muy difíciles de transformar.

Vivimos hablando de salud, educación y cultura; pero apenas se produce una crisis nos damos cuenta de que ninguna de las tres ha sido ni será prioridad de nuestros proyectos políticos y ciudadanos. Que ninguna de las tres es considerada esencial ni durante una crisis ni mucho menos fuera de ella.

¿Qué hicimos de nuestra salud pública?, ¿qué lugar ocupa la educación en el debate político?, ¿qué entendemos por educación?, ¿en qué se diferencia la cultura del arte?, ¿de qué viven las y los artistas?, ¿podemos sobrevivir sin acceso a la cultura, a la educación y sin un sistema de salud público?

Es verdad, ocurrió lo impensable. Lo que está pasando con el coronavirus no fue previsto y lo interesante de lo impensable que sucede es, precisamente, que te obliga a pensar. Esta convulsión extraordinaria nos obliga a pensarlo todo de nuevo. Creíamos que pisábamos un suelo estable, que teníamos un marco conceptual estable, clarísimo, asegurado, y de pronto parece que todo se resquebraja.

Hay cuestiones fundamentales que emergen: ¿qué es lo esencial?, ¿cuáles son las prioridades?

Luego de varios días de cuarentena abrieron los shoppings, los comercios, los bares, las iglesias, en algunos lugares los aeropuertos y el fútbol/básquet show, en la televisión la gente se junta a jugar y a comer, la timba financiera sigue inamovible; pero los teatros, los museos, los cines y los colegios permanecen cerrados.

Vivimos en una situación de desigualdad absoluta, de inequidades históricas. Y esto nos lleva a preguntarnos qué podemos sacrificar y qué no deberíamos sacrificar en absoluto a futuro.

Ojalá esto nos recuerde que lo que nos constituye como seres humanos es, antes que cualquier otra cosa, nuestra común fragilidad, y esa fragilidad debería llevarnos a unas políticas de auxilio, de cuidado entre las personas, de recordar que cada uno es responsable de los demás.

La cultura y la educación son esenciales, de primera necesidad, porque nos permiten imaginar, nos permiten criticar y nos permiten resistir. Una sociedad con un sistema cultural y educativo fuerte es una sociedad capaz de resistir mucho más, es una sociedad capaz de proteger su medio ambiente y de pensar modelos de ciudadanía solidarios y colaborativos.

Pero lo que está pasando nos está mostrando otra cara. No estamos resistiendo. Al final de la novela La peste de Albert Camus aparece esta afirmación: “Algo que se aprende en medio de las plagas: que hay en los hombres más cosas dignas de admiración que de desprecio”. Circula por las redes sociales, a manera de fake, una frase que se le atribuye a Camus y que lo intenta contradecir: “Lo peor de la peste no es que mata los cuerpos, sino que desnuda las almas y ese espectáculo suele ser horroroso”. En esta disputa de frases y sentidos, en esta disputa por el valor del documento y del conocimiento, se encuentra una gran respuesta a muchas preguntas.

La profunda crisis que ha provocado la pandemia sobre el sector cultural no tiene precedentes. El daño producido por el coronavirus es una hecatombe silenciosa que ha calado hondo en miles de agentes culturales y creadores. Aún no sabemos cuánto tiempo pasará para que este sector recupere su vigor, pero lo más probable es que no sea rápido.

Hay que entender que el arco que abarca a la cultura es tremendamente diverso en todas las direcciones. Puede ir desde artistas callejerxs o artesanxs, hasta cantantes de cuarteto o realizadorxs audiovisuales. Sin contar a muchas organizaciones y colectivos independientes que no reciben financiamiento del Estado en forma permanente y que deben enfrentar el día a día de una manera única y desgarradora.

Creo que lo propio del arte es la limitación y la conversión de la limitación en ocasión poética a través de la complicidad imaginativa. Probablemente estamos ante el mayor desafío que haya tenido el arte nunca, porque ahora no es que tengamos poco, es que nos han despojado de la asamblea misma y hasta peligra nuestro ecosistema. Pero precisamente eso nos va a obligar a pensar y tal vez algo aparecerá, una conversión, por qué no. Nunca será suficiente si no hay un cambio estructural en la manera de pensar a la cultura, la educación y la salud al interior de nuestra sociedad. Son claramente esenciales para que la epifanía, la revelación no nos tomen desprevenidos, las podamos enfrentar con la memoria activa y, así, no volvamos a repetir la misma tragedia, una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez.

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Y ahora, ¿cómo miramos?

Por Gonzalo Marull

Mi abuela desparramaba instrumentos musicales por toda la casa. Su teoría era que, si estaban a la vista, algún día un nieto o nieta los tocaría. Efectivamente, el tiempo le dio la razón a mi abuela, ya que en casa, todos y todas tocan algún instrumento musical, no de manera profesional, pero tocan. Las veladas musicales en casa siempre fueron un gran acontecimiento. Yo a los tres años ya tocaba el bombo y, así, en las noches familiares me convertía en el centro de la escena, todas las miradas estaban puestas en mi performance. También lo fueron mi abuela con su piano, mi abuelo con su acordeón, mi madre con su guitarra, mi padre con su zapateo. Creo que mi primera experiencia como espectador fue allí. Una vivencia colectiva con lugar a la imaginación. Mirando a mi abuela tocar una zamba, sintiendo la música, aprendiendo esa letra, reflexionando sobre esa letra.

Teatro, etimológicamente, significa “el lugar de la mirada”. Y, desde siglos, la mirada ha sido el eje central de la actividad teatral. Pero no cualquier mirada, una mirada que necesita un “dos” para existir. Pero ¿qué pasa cuando ese dos no puede vincularse desde el mismo espacio físico, y tiene que estar intermediatizado por algún aparato tecnológico, ya que el encuentro lo pondría en peligro?

Lxs espectadores no solo completan, sino transforman las obras de teatro, resignificando la escena de forma imprevisible. No es retórica decir que cada función de teatro es distinta. Cuando alguien nos pregunta por una obra a la que acabamos de asistir, no solo hablamos del texto, de lxs actores/actrices y de la puesta en escena, sino también de las reacciones de lxs espectadores: se durmieron dos, no sé de qué se reía la gente, tosieron toda la función, lxs hicieron saludar dos veces…

Curvar la mirada es una actividad esencial del teatro: mirar a la escena y al mismo tiempo mirar al interior de uno mismo, para finalmente darle sentido a ese sentir. Pero también surgen otras posibilidades en la mirada: mirar sin ser mirado, mirar siendo mirado, mirar al que actúa, actuar mirando al que mira… Mirar de a dos en un mismo espacio.

El teatro es una forma de pensar colectivamente, es decir, la gente que se encierra en una sala por una hora y media a experimentar la puesta en escena no mira la obra en soledad, sino que la mira grupalmente, entonces la reacción de las otras personas, la risa, el silencio, el aburrimiento permiten que uno se emocione, se enoje o reflexione en conjunto. Eso crea una forma distinta, porque al mundo ahora lo experimentamos desde el aislamiento, desde la soledad, desde la pantalla, mientras que experimentarlo colectivamente en el teatro, con actores y actrices sobre el escenario, crea un espacio que es antiguo, tradicional, pero que permite tener una lucidez colectiva, hacer descubrimientos colectivos, y ese es un espacio único en la cultura, que hay que cuidar y hay que nutrir. Por eso la mirada muta cuando se imposibilita el encuentro, la interacción corporal. ¿Qué pasa con la mirada ahora, en plena pandemia mundial? ¿Qué miramos?

El cinematógrafo es un aparato que nació para ayudarnos a conducir la mirada. Y lleva en sí mismo toda esa belleza y peligrosidad. Una mirada puede ser conducida a través de esa intermediación tecnológica. Cuando miramos a través de pantallas, hay una conducción de la mirada y no hay necesidad de encuentro físico. Quedamos encerrados al interior de las pantallas. Quedamos encapsulados.

Me llamó mucho la atención la aparición en las canchas de fútbol europeas de unos ploteos de los hinchas en las plateas, de una especie de avatar personalizado que los hinchas pagan para que sean colocados en las tribunas. El hincha se mira a sí mismo mirando el partido. “Aunque sea quiero que me miren mirando”, parecen decir.

Me pasó también ver obras de teatro filmadas, desde la computadora, al lado de actores o actrices participantes de la misma obra. Miré a la actriz o al actor que se miraban a sí mismxs actuando. “Me mirás mientras me miro actuando”, me dijo una actriz, “qué sensación tan extraña”. También surgieron otros comentarios como: “Justo en esa función no estuve bien, y quedó grabado para siempre, y cada persona que la mire se quedará con eso” o “esto no se compara a lo que realmente pasa en el aire en las salas de teatro”.

El nunca buscado distanciamiento social nos obliga a repensar la mirada. Si no están los cuerpos, ¿qué pasa? No podemos alinear la mirada con el otrx, tenemos un abismo imaginario entre lxs que estamos en una pantalla y lxs que creemos que nos están mirando o escuchando. Se rompe la cenestesia, esa sensación común que ocurre cuando dos cuerpos están cerca. Con la cenestesia miramos, pero lo que acaricia la mirada no es solo la piel, sino también el aire.

El teatro puede ayudarnos a modificar la mirada, podemos en él mirar el mundo de una manera diferente a la que se nos pide que usemos para mirar el mundo, podemos también mirar de cerca lo que es aceptado como indiscutible y verdadero, hasta sagrado, y descubrir en ello un grosero simulacro. Pero la pandemia, y su correspondiente aislamiento, nos han dejado sin teatro. Al menos por un tiempo.

Estamos pasando de una sociedad escrita y orgánica a una digital, aparecen nuevos mecanismos de control disciplinario cibernéticos. Es un poco aterrador todo lo que ocurre. Como una distopía, que es la anti-utopía, que produce un pesimismo profundo con respecto a lo que vendrá: un mundo asolado por nubes sombrías. Todo lo contrario a lo que produce el teatro cuando activa la imaginación.

Me pregunto qué diría mi abuela ante este contexto que estamos viviendo. Ella fue maestra y una gran artista, y tenía la capacidad poética de transformar una cosa en otra. Eso que se denominó, gracias a la genialidad de Cervantes, “quijotismo”, que consiste en ver gigantes donde hay molinos; eso tenía mi abuela. El solo ejercicio de su mirada operaba un cambio en lo real. Creo que ella me abrazaría y me diría: “El teatro es inmortal, porque es un acto de resistencia a la muerte y a la soledad”. Y en ese abrazo infinito yo le daría rienda suelta a la fantasía.

Fantasear que podremos ser más conscientes de que los problemas son globales y que la desgracia de otra persona termina provocando la propia. Fantasear con una sociedad que sea capaz de redistribuir la energía, la soberanía y la sensibilidad. Fantasear con que salgo de casa y me encuentro con otras personas, respiro junto a otras personas y siento que desde el escenario nos regalan algo, nos lanzan flechas directas al corazón.

La mirada colectiva es inmortal, es eterna.

Tenemos que ensayar urgentemente los abrazos.