Entradas

,

La imposibilidad de una isla

Por Julieta Fantini

El pasado lunes 14 de septiembre, HBO estrenó de manera simultánea en casi todo el mundo dos series que, de alguna manera, pueden equiparar su clima a los tiempos pandémicos. Llegaron los primeros capítulos de The Third Day, con Jude Law (The Young Pope) y Emily Watson (Chernobyl), y We Are Who We Are, la primera serie de Luca Guadagnino, el director de la celebrada película Call me by your name. 

Si bien estos dramas no tienen prácticamente nada en común en sus narrativas, abordan las problemáticas de dos recién llegados a lugares que les son, al menos en principio, hostiles, y con dinámicas propias de las famosas burbujas sociales que aparecen como alternativas para seguir la vida en comunidad frente al avance del coronavirus. Las escenas de The Third Day se desarrollan en una isla británica, mientras que las de We Are Who We Are, en una base militar estadounidense en Italia. Hasta ahí, las similitudes. 

El primero de los tres días. El capítulo piloto de The Third Day presenta a un hombre atribulado (Law) que en un paisaje rural se encuentra con una joven a punto de ahorcarse frente a la presencia de un niño. La chica es rescatada y el niño desaparece. Se ofrece a acercarla a su casa y, así, llega a la isla, que será el escenario no solo de este capítulo, sino de los que vienen, como un personaje en sí mismo. 

Como suele ocurrir en este tipo de relatos, la pequeña población de 93 habitantes es de una extravagancia que anuncia el desastre. La latencia de las tensiones por las características de sus habitantes y sus prácticas y hábitos se percibe desde el primer segundo en el que el forastero pone un pie en tierra al bajar de su auto y se entera de que se cortarán las comunicaciones durante algunos días por una fiesta que tendrá lugar en la isla. 

El creador de The Third Day es Dennis Kelly, conocido por una serie genuinamente de culto inglesa llamada Utopía, que tuvo dos temporadas entre 2013 y 2014, y ahora tendrá un remake de la mano de Amazon Prime Video.  

La miniserie se desarrollará en seis episodios y consta de dos partes: la primera, protagonizada por Jude Law, se titula “Verano”, y luego llega “Invierno”, con Naomi Harris (Moonlight) como protagonista. Sin embargo, en el medio, los creadores apuestan a una propuesta innovadora: habrá un tercer capítulo –en realidad, segundo, siguiendo la cronología de la historia– que se emitirá en vivo, durante 12 horas. Este episodio adicional se rodará en Londres y se transmitirá en simultáneo el 12 de octubre.

El tono de The Third Day recuerda a la película de terror Midsommar. De alguna manera, repite la fórmula de los recién llegados a una comunidad cerrada, con rituales que, se deduce, no pronostican un buen final para los protagonistas; también replica sus tonos saturados y su estilizada fotografía. Los límites entre lo real y lo mágico, potenciados por las creencias, se desdibujan en la película; habrá que ver qué sucede con la serie. Lo cierto es que los traumas individuales y la ritualidad obsesiva de la vida en comunidad se entrelazan con las claves de los relatos de terror, tanto en Midsommar como en la serie, para dar cuenta de una historia vista en varias oportunidades, pero que no deja de resultar atractiva. 

Hay una imagen en particular que sintetiza perfectamente la opresión de esa tensión: a la isla de Osea se accede por un pequeño camino (no hay puentes –o aún no se mostraron–) que queda inhabilitado cuando sube la marea. El plano aéreo de ese camino que desaparece por el agua indica más que los diálogos que establece el protagonista cuando conoce a los habitantes de la isla. 

Resulta difícil juzgar una serie solo por su capítulo inicial. Sin embargo, de lo que no quedan dudas es de la potencia interpretativa de Jude Law. El actor británico transmite con sutilezas las tribulaciones de un drama personal del que poco se conoce, y la perplejidad ante el inesperado paisaje en el que, de repente, se encuentra atrapado cuando interrumpe su viaje a algún lugar.  

Los secretos en el piloto aún no se exponen, pero un espectador entrenado sospecha absolutamente de todos. Así y todo, como sucede con la mayoría de las series que estrenó HBO en los últimos tiempos, desde el primer minuto se expone un subtexto, para el cual el clima ominoso de la narrativa sirve de excusa. En este caso, el de un hombre, padre de tres, que carga un trauma y algunos problemas económicos que lo tienen muy molesto. La llegada a la isla veremos si lo redimirá o lo terminará de hundir. Todo se inclina por la segunda opción.  

Somos lo que somos. We are who we are está protagonizada por el joven Jack Dylan Grazer (Eddie de la última It, Capítulo 2) en un papel que evoca de manera directa al de Timothée Chalamet en Call Me By Your Name, la película que puso a Luca Guadagnino en la mira de todo el mundo. 

El abúlico adolescente obligado por las labores de sus padres, madres en el caso de la serie, a vivir un tiempo en Italia es el tópico que se repite, aunque en la película el ambiente sea el de intelectuales, mientras que en la serie es el ejército de los EE. UU. en una fecha muy peculiar: el verano previo al triunfo de Donald Trump en las elecciones presidenciales de 2016.

Fraser es un típico snob neoyorquino de 14 años que se muda junto a sus madres, las dos militares, una de alto rango, a Veneto. La exploración de la base, sus alrededores y sus habitantes son el tema del piloto. Con la misma inconstancia y vaguedad de la adolescencia, los creadores eligen contar esa primera exploración de un lugar tan ajeno a la mayoría de las personas. Pero, al menos al principio, We are who we are no se ocupa de la vida militar en sí, sino de mostrarnos a los personajes y su compleja red de relaciones. Aparece, así, Caitlin, una chica por quien Fraser se siente atraído de manera inmediata y que lleva un tiempo viviendo en la base. Desde la primera mirada que cruzan se establece que la historia entre los dos será el tema de los 8 capítulos de We Are Who We Are, sobre todo en lo que tiene que ver con la identidad sexual, en formación y explícitamente fluida. 

Está claro que la serie es un coming on age, es decir un cuento de iniciación, cuya particularidad es que ocurre en una forzada recreación de la vida estadounidense, la base militar, en una Italia que la integra, y no tanto, en un verano. Las dinámicas con los lugareños son otro punto alto de la serie. También es una historia sobre lo que suele ocurrir en el verano, la vitalidad adolescente se potencia en la estación más calurosa para que, entre el aburrimiento y el despertar sexual, pasen cosas. 

La serie va lento, tal vez al ritmo producto del letargo del jet lag del largo vuelo hacia Veneto, y la banda sonora no subraya absolutamente nada; seguimos el pulso de las acciones a través de lo que suena en los auriculares de Fraser, la radio del auto o la música que sale desde una casa. 

We are who we are es, en su comienzo, un fresco que promete contar una buena historia adolescente, lejos de los sermones en los que suelen construirse las series del tipo, y dispuesta a resumir un clima de época en los últimos meses antes de que EE. UU. sucumba a la delirante presidencia de Trump. 

,

The boys, superhéroes de los malos

Por Julieta Fantini

Esta reseña no contiene spoilers.

A propósito del estreno de la segunda temporada de The Boys en Amazon Prime Video el viernes 4 de septiembre, un crítico se preguntaba quién puede necesitar o demandar sutilezas en la ficción cuando Donald Trump es el presidente de los Estados Unidos.

Es que la serie, basada en un celebrado cómic, no ahorra en sangre derramada, cuerpos que explotan y una figuración bastante directa del universo que Marvel y DC –las dos compañías hegemónicas en esto de llevar historietas y novelas gráficas al cine y a la televisión– que apela a la parodia y da cuenta, también, de cómo la cultura del espectáculo lo fagocita todo. De entrada, para los creadores de The Boys, la fama es mala, muy mala. 

Hay un contexto de producción particular: hace 20 años que Marvel domina la taquilla mundial con Avengers/Los Vengadores y sus derivados; DC hace lo propio resucitando a Batman cada dos por tres y al resto de sus personajes. Sin embargo, la tradición del mundo del cómic es vasta y variada, y en los últimos años ha llegado al alcance del público masivo –por fuera de los cultores de las historietas– una serie de personajes que se alejan de la glorificación de estas personas con superpoderes, que ahondan en la profundidad psicológica que algunos del canon sí mostraron a partir de los 80 y que, por sobre todo, son narraciones que buscan deconstruir la imagen de lo superheroico. 

En ese camino se ubica The Boys, creada por Eric Kripke y basada en la historieta homónima de Garth Ennis y Darick Robertson.

Por lo pronto, hay una temporada completa disponible y tres capítulos de la dos, ya que Amazon decidió estrenar uno nuevo cada viernes. 

En la historia, “los chicos” son un grupito de parias de diferentes extracciones y con una motivación en común que, por supuesto, terminan convirtiéndose en los héroes de la serie. Su objetivo es desenmascarar a los Seven, los siete superhéroes principales que trabajan para una compañía justamente como eso, héroes y heroínas del mundo moderno, pero con características desdeñables: son corruptos, vanidosos, sádicos y totalmente integrados al sistema de celebridades del entretenimiento, con lo burdo en primer plano. 

Esos superhéroes, integrados a la vida y a las instituciones a través de una megacorporación que los administra como productos, no reparan en abusar de sus poderes porque tienen por detrás un equipo de relaciones públicas que limpia sus malos hábitos y acciones. Y no son solamente Los Siete, sino que, como si se tratara de un sistema de franquicias, hay “súpers” diseminados por todo el mundo, con distintas posiciones en el sistema de castas diseñado por la empresa que, por supuesto, tiene vínculos muy estrechos con el gobierno. 

En el camino de Deadpool (para alquilar en Google), The Boys recurre también al humor (negro) que debe tener cualquier parodia que se precie de tal. Es más, la serie parece darle la razón a Martin Scorsese cuando el año pasado publicó una controvertida columna en el New York Times en la que argumentaba por qué las películas de Marvel no son cine. 

La tesis principal del director de Taxi Driver es que el universo cinematográfico de Capitán América y Spiderman no es una forma artística, sino un producto de marketing. En ese sentido, las similitudes entre Disney y Vaught, la empresa que maneja a Los Siete, son evidentes.

Otras del tipo

Así y todo, la incorrección política de The Boys no va más allá de burlarse del poderoso, con el mismo tono cínico y oscuro que se vio en otra serie, The Preacher (Prime Video) aún más amplificado. Se trata de una adaptación de una novela gráfica detrás de la que también están Evan Goldberg y Seth Rogen en la que el héroe –antihéroe, en realidad– es un sacerdote tejano que descubre que Dios ha dejado su puesto y desatado una serie de desastres en el mundo. 

En la misma sintonía está The Umbrella Academy. Con un tono delirante, la serie de Netflix que lleva dos temporadas emitidas, reúne a un grupo de “hermanos” con superpoderes inusuales, quienes fueron criados por un excéntrico millonario y cuya misión es evitar el apocalipsis y tolerarse en sus diferencias. También aquí el recurso metanarrativo se propone ridiculizar la solemnidad de los universos de Batman, Superman o Los Vengadores.  

Por último, y solo para mencionar una reciente, Doom Patrol (HBO) –un cómic que surgió en los años 60 y que tuvo varias etapas y evoluciones– completa esta lista, porque propone la misma premisa: otra serie paródica de La Liga de la Justicia, pero en un tono más existencialista, ya que los protagonistas reniegan de sus poderes y anhelan lo que tantos hoy: una vida normal. 

,

Crímenes de familia: todo sobre las madres

Por Julieta Fantini

(Esta reseña contiene spoilers, se cuentan detalles de la trama de la película)

Ricardo Piglia, en sus Tesis sobre el cuento, dice que un cuento siempre narra dos historias. Una en primer plano y otra en secreto. “El arte del cuentista consiste en saber cifrar la historia 2 en los intersticios de la historia 1”, escribe el autor de Respiración Artificial y agrega que cada una de las dos historias debe contarse de un modo distinto.

En Crímenes de Familia, los dos procesos judiciales ocupan casi el mismo tiempo en pantalla y el efecto sorpresa nunca llega, porque lo desciframos desde un comienzo. Esto no es un problema, sino una intención, porque la película que eligieron ver los argentinos en los últimos días –está en lo alto del ranking que elabora la plataforma– no se propone descifrar quién es el culpable de los crímenes que se juzgan, sino mostrar el viaje interior del personaje de Cecilia Roth y, a través de ella, destacar un necesario cambio de conciencia respecto a la violencia de género.

La película llegó directamente a Netflix el 20 de agosto, tras un frustrado estreno en mayo en los cines argentinos, cerrados por las medidas de aislamiento obligatorio. Dirigido por Sebastián Schindel (conocido por El Hijo y El Patrón, radiografía de un crimen) y con la Roth acompañada por Miguel Ángel Solá, Benjamín Amadeo, Sofía Gala Castiglione, Yanina Ávila, Paola Barrientos y Diego Cremonesi, este es un drama familiar de denuncia más que uno judicial, por más que durante la narración se muestren dos juicios.

La historia es la de Alicia (Roth), madre de Daniel (Amadeo), quien ha sido denunciado por su expareja (Gala) por violación e intento de asesinato y fue detenido. Completan el cuadro familiar el flemático marido de Alicia, Ignacio (Solá), y Gladys (Ávila), la empleada doméstica que también vive en la casa junto a su hijo pequeño, a quien Alicia trata como un nieto, en reemplazo, tal vez, del propio, al que prácticamente no ve por los conflictos entre su hijo y exnuera. Alrededor del personaje de Roth, se desarrolla el conflicto de Crímenes de Familia, sobre los límites que una madre puede atravesar para proteger a su hijo, aunque este haya cometido los crímenes más horribles.

Crímenes de Familia se basa en dos historias reales, sin vínculo entre sí, aunque podría omitirse esta advertencia porque tanto las maniobras jurídicas como la negación en la que vive Alicia resultan completamente verosímiles, al igual que las realidades que atraviesan las otras dos madres de la película, una que denuncia y la otra denunciada.

Los procesos que siguen estas dos historias pueden resultar confusos al principio porque hay una cronología mezclada que, desde el vamos, da cuenta de quién es el culpable y el vínculo entre los juicios.

En ese contexto, el mérito de la película consiste en hacernos posar la mirada sobre Roth, quien está magnífica como señora bien, cuya defensa de su hijo tiene su lógica interna: el amor hacia él la ciega frente a una verdad que hasta la separa de su marido, un Solá en un registro entre gélido y resignado.

Mientras avanza el relato, el melodrama clásico de vínculos entre padres e hijos y la clave judicial derivan en un comentario sociopolítico muy acorde a los tiempos, a través de la mencionada transformación del personaje de Alicia, quien pertenece a una clase media acomodada residente en Recoleta.

El trayecto de madre a abuela, de defender a su hijo sin cuartel a entregarlo al sistema y aceptar la culpabilidad, se precipita en los últimos veinte minutos, acompañado por un cambio rotundo en sus condiciones de vida, hacia una mucho más austera y profundamente subrayada, hasta en su aspecto. Los privilegios de clase caen y dan lugar a una especie de despertar de la conciencia. Es la potencia de la actuación de Cecilia Roth la que suaviza el desenlace.

Como espectadores, nos quedamos con ganas de que los personajes de Gala, Amadeo y Cremonesi tengan más tiempo de pantalla. Sí tiene un desarrollo impactante el debut de Yanina Ávila como la empleada doméstica acusada de matar a su hijo recién nacido, tras ser abusada por el hijo de sus empleadores. Los silencios, las miradas, el cuerpo de Ávila dan cuenta de manera permanente de una vida atravesada por las exclusiones e injusticias.

En ese contexto, aparece la psicóloga feminista que interpreta Paola Barrientos. Es el personaje que utilizan los guionistas para meter en el relato el cambio de época de la Argentina de los últimos años, de la mano de los feminismos: las argumentaciones de la defensa que hace la psicóloga recuerdan de manera directa al caso de Romina Tejerina, la joven que en 2003 mató a su beba, nacida producto de una violación en Jujuy.

La sororidad, así, es la última postal que muestra Crímenes de Familia, además de las distintas formas de maternar, más allá de los lazos de sangre. Queda como última imagen una comunidad de mujeres ayudándose y desprendiéndose, no sin lucha y dolor, de las masculinidades tóxicas y abusivas.

Pero, por sobre todo, la película impone la posibilidad de un cambio rotundo de posición, cuando la noción de justicia se impone por sobre la historia personal. Eso es mérito absoluto de los tonos exactos que le da Roth a su personaje, lejos de caer en lo aleccionador. En síntesis, se cuenta la historia de una transformación, de un cambio de vida, como en los mejores cuentos.

,

Lovecraft Country: Stranger Things para adultos

Por Julieta Fantini

(La siguiente reseña tiene leves spoilers del primer capítulo de la serie)

Lovecraft Country, el estreno del pasado domingo 16 de agosto en HBO, supera ampliamente lo que mostraron sus adelantos y bastó el primer capítulo para que den ganas de que dure algo más que los 10 confirmados.

El título de la serie podría traducirse como “Territorio Lovecraft” y, sí, hace referencia al escritor H. P. Lovecraft, célebre por sus historias de terror –en realidad, del subgénero de la weird fiction– así como por su racismo explícito, que fue objeto de un gran debate en Estados Unidos en los últimos años.

Parte de esa discusión fue el libro que inspira la serie, una novela de Matt Ruff que se propone rescatar el legado de Lovecraft, al mismo tiempo que repudiar su ideología. ¿Complicado? La serie, al menos en sus comienzos, lo logra.

Sin necesidad de cancelar al escritor, Lovecraft Country (en adelante, LC) hace un genuino trabajo de deconstrucción, utilizando elementos del universo narrativo del creador de La llamada de Cthulhu, subvirtiendo ciertas premisas y explicitando el complejo legado de uno de los más influyentes autores del género del siglo pasado.

¿De qué se trata? Cualquier sinopsis resulta injusta con las múltiples líneas abiertas en el capítulo piloto. La serie sigue el recorrido de un joven negro veterano de Corea que viaja a través de los Estados Unidos en la búsqueda de su padre desaparecido, en compañía de su tío George y una amiga fotógrafa, Letitia. Atticus Black, “Tic”, no es un héroe cualquiera, sino uno que lee. La primera escena del piloto muestra un sueño en el que Tic sublima lecturas de ciencia ficción que lleva consigo a todos lados.

Son los años 50 y rigen las leyes Jim Crow, aquellas que aún avergüenzan al país del norte y cuya cercanía en el tiempo explica, en parte, el grave problema racial que vive esa sociedad. La segregación es uno de los monstruos a los que se enfrentará el trío, pero también hay de los otros; si no, el apelativo de Lovecraft no tendría sentido.

Terror antirracista. Así podría clasificarse a la serie, también como un terror apto para miedosos, más soft que otras expresiones gore del cine de las últimas dos décadas y, por supuesto, pulp, por el tipo de literatura de revistas que evoca y la estética que se cuela en ciertos pasajes.

Con algunos capítulos dirigidos y guionados por el enorme Jordan Peele –que también produce junto a J. J. Abrams (Lost) y otros–, LC es un claro mojón más en la carrera de este actor devenido en director con la película por la que se llevó un Oscar a mejor guion: Get Out (Huye).

Peele es, genuinamente, una de las voces más interesantes de la narrativa mainstream actual, no solo por el film mencionado, sino también por Us (Nosotros) y por la versión contemporánea de The Twilight Zone que, si bien es despareja en su rendimiento, tiene grandes capítulos en los que actualiza los temores del inconsciente colectivo contemporáneo, sin perder la marca de la original.

Pero volviendo a LC, quienes hayan visto Green Book: una amistad sin fronteras, notarán de inmediato que la guía que escribe el tío de Tic es una versión ficcional de aquel panfleto que se distribuía entre la comunidad negra, en el que marcaban los lugares seguros para transitar y parar durante los viajes. Hasta ahí, las similitudes, porque todo lo que hace mal Green Book, desde el punto de vista paternalista del salvador blanco interpretado por Viggo Mortensen, en LC, no tiene lugar.

Sí puede ubicarse en el camino de Watchmen, otra serie de HBO que se toma en serio la cuestión racial y no duda en poner en primer plano a una heroína negra que no precisa de una persona blanca que le salve el día.

Legado. Al mismo tiempo, LC se presenta como un pastiche de la iconografía de los géneros fantástico y de terror, que en parte ni siquiera existía en el momento en que transcurre la historia, aunque esto no incomoda. Por el contrario, esas anacronías –también presentes en la banda sonora– coinciden con la intención de separar el horror de la realidad, aunque no haya nada de ficcional en la brutal discriminación que sufrían, y sufren, las personas negras en la tierra de Donald Trump. Sucede que el fantástico sirve para acentuar el drama; este recurso es bien conocido incluso por aquellos que no leyeron a Lovecraft, porque sus influencias son palpables en producciones recientes como True Detective.

Que Lovecraft haya sido calificado como un supremacista blanco y antisemita –lo que quedó en evidencia en su correspondencia con amigos y por referencias tanto veladas como explícitas en sus historias– no amedrentó a los creadores de la serie ni los impulsó a seguir esa máxima de separar a la obra del artista. Por el contrario, obra y artista son parte de la narrativa, aun con sus expresiones más crueles de desprecio hacia las minorías.

Incluso es Tic quien lo explicita, cuando su tío cuestiona un libro de Lovecraft: “Las historias son como personas. El autor no las hace perfectas, solo intentas apreciarlas, pasando por alto sus defectos”.Monstruos, monstruos, monstruos. La iconografía del escritor está presente en todo momento, aunque la serie no exige ser un experto en Lovecraft; ni siquiera es necesario haber leído un libro del autor para disfrutarla. Es que estos héroes se topan con monstruos con forma de policías y también con los otros, de tentáculos y múltiples ojos, aterradores pero no tanto, ya que el trío protagonista de esta serie de ruta está acostumbrado a lidiar con todo tipo de ofensas en la vida cotidiana, de las que no pueden escapar.

Como pasaba con Lost, la literatura se cuela por doquier, por lo que lo monstruoso se eleva del sencillo impacto inicial, para revelarse como una experiencia metatextual: más que asustarnos por lo que vemos, pensamos dónde lo vimos antes y a qué hace referencia. Incluso, es una cita literaria la que les da la idea para vencer a los primeros seres sobrenaturales que los acorralan. “Los niños de la noche… Qué música hacen”, recita George y evoca una de las frases más conocidas de Drácula. Y es justamente el uso de la luz, que funciona contra los vampiros, los que les sirve para disuadir a las criaturas que los atacan.

Lovecraft Country es un homenaje y un repudio, una Stranger Things para adultos, con más capas de sentido que la serie de Netflix, así como un remix al estilo Watchmen, que se ocupa de cuestiones sociopolíticas actuales, con un marco de ciencia ficción que la hace disfrutable, al menos en su capítulo debut. Ojalá mantenga el ritmo en los nueve que faltan.

Lovecraft Country se emite en HBO los domingos a las 22. También se encuentra en www.hbogola.com.

Tráiler

, ,

Lo mejor del primer semestre en cinco películas y cinco series

Por Julieta Fantini
 
El primer semestre del año quedará sin dudas partido en dos a partir de la declaración del aislamiento en Argentina y en buena parte del mundo con un fenómeno previsible: las personas que debieron -y aún deben- permanecer en sus hogares se volcaron de manera masiva a ver televisión abierta o por cable o sumarse a las diversas plataformas de streaming, con Netflix a la cabeza, pero también descubriendo otras alternativas de visualización.
 
Así lo demuestran las estadísticas. Se sumaron usuarios en masa y la oferta de películas y series mostró algunas decepciones, otras dignas para pasar el rato, un puñado de sorpresas y ciertamente joyas que vale la pena ver.
 
Películas.
 
La casi ausencia de estrenos en las salas, que permanecen cerradas en Argentina aunque abrieron en ciertos puntos del globo, nos hizo poner el ojo en las producciones originales de las plataformas y algún que otro estreno que pasó directamente a Internet o llegó a estrenarse con muy poco tiempo de pantalla.
 
Cinco destacadas.
 
1. La Vieja Guardia (Netflix) protagonizada por Charlize Theron es un ejemplo de eficacia hecha para pasar el rato. La película no es una joya de la cinematografía contemporánea, pero se nutre de las fuentes de la enorme cantidad de historias de superhéroes, basada también en un cómic, para contar algo más de lo habitual.

Con dos mujeres como protagonistas y con un equipo técnico predominantemente femenino, La Vieja Guardia mezcla mitos ancestrales con problemas contemporáneos, como la trata de personas y el poder de las corporaciones por sobre los estados.

Pero el dato distintivo, o el superpoder, es que el grupo que da nombre a la película es viejo porque son inmortales. Desde hace siglos vienen luchando por el bien, y la decepción al ver que por más esfuerzos que hagan poco cambia, enmarca el momento existencial que atraviesa sobre todo a Andy, el personaje de Theron quien ya está consagrada como heroína de superacción tras su Furiosa de la última Mad Max y Atómica.

 
La Vieja Guardia está disponible en Netflix.
 
2. Palm Springs (Hulu) retoma el argumento de El Día de la Marmota en clave millennial y logra risas cuando todo parece estar perdido. No abundan las comedias románticas en el cine contemporáneo. Hollywood abandonó ese camino que supo consagrar a tantos y tantas. Así que la llegada de Palm Springs es una buena noticia.
 
Tres géneros (pero sobre todo dos) se mezclan en Palm Spring: el romántico, el fantástico (los protagonistas quedan atrapados en un loop temporal que los lleva a vivir la misma jornada de manera casi indefinida) y también algo del género de acción, en donde el humor físico prima por sobre las explosiones.
 
Atentos a Cristin Miloti, la chica que conoce al chico.
 
Palm Springs está disponible en plataformas alternativas.
 
3. La Asistente (Hulu) es una película que, a través de una elipsis, se mete con el escándalo más grave que vivió la industria del entretenimiento en los últimos años y que reveló una red de complicidades sistemática en la que el acoso y el abuso eran la norma. Protagonizada por Julia Garner (Ozark, The Americans), cuenta la historia de una aspirante a productora que ingresa a trabajar como asistente de un poderoso ejecutivo neoyorquino que evoca a Harvey Weinstein, acusado por decenas de actrices de abusos y condenado por algunos de ellos, pero nunca lo menciona. Así, en la exasperante rutina de fotocopias y pedidos de todo tipo, la asistente ve con cierta distancia el horror del comportamiento abusivo de su jefe, que casi siempre sucede en un fuera de campo filmado de manera sutil e inteligente.
 
The Assistant está disponible en plataformas alternativas.
 
4. Emma reescribe el clásico de Jane Austen en clave satírica y consagra a la actriz protagonista Anya Taylor-Joy (Peaky Blinders, The Witch) como una todo terreno. La novela de la autora, que básicamente es una comedia de enredos del siglo XIX, llega una vez más al cine. La historia es conocida: una joven rica y hermosa toma como protegida a una chica no tan privilegiada, y la confusión respecto a los afectos, la amistad y el deseo van cambiando su suerte. Los privilegios de clase y las posibilidades de ascenso social a través del matrimonio son tambien el tema de este clásico de la narrativa de Austen.
 
Emma está disponible en plataformas alternativas.
 
5. El hombre invisible llegó a estrenarse en las salas pero duró tan poco como la buena relación de la heroína (Elisabeth Moss: Mad Men, El cuento de la criada) con su pareja. Se trata de una remake en clave feminista del clásico de 1933 basado en la novela de H. G. Wells. Sigue la historia de Cecilia (Moss en una interpretación brillante), una mujer que intenta dejar a su esposo abusivo hasta que, de manera repentina, él muere. La cuestión se complica cuando empieza a experimentar una extraña presencia invisible que le complica aún más la vida. Más allá del elemento de ciencia ficción, la película expone en clave terrorífica las dificultades de las sobrevivientes de violencia de género cuando su voz no es escuchada, cuando el sistema ignora a las víctimas y no les cree.
 
El hombre invisible está disponible en Movistar Play.
 
Televisión.
 
En ese caso el panorama es más basto porque ninguna cadena ni plataforma suspendió los estrenos programados para el primer semestre del año, aunque sí se frenaron algunas grabaciones, algo que complicaría el segundo.
 
Cinco destacadas.
 
1. La sexta temporada de BoJack Horseman (Netflix) la consagró como la mejor serie dramática de animación de las últimas décadas. El final de la historia llegó con un final ni feliz ni infeliz, bien al estilo Bojack. Una historia que hace olvidar que estamos frente a una animación donde conviven humanos con animales de rasgos antropomórficos porque supone una profunda reflexión sobre la redención, y sus probabilidades.
 
Desde el absurdo y con humor, BH propone un viaje a través de la vida de un caballo que supo ser una estrella de TV de los 90 y en la decadencia de su carrera y vida enfrenta varios fantasmas del pasado y del presente. La famosa masculinidad tóxica se muestra en todo su esplendor a través del protagonista y su red de relaciones.
 
BoJack Horseman está disponible en Netflix.
 
2. High Fidelity (Hulu) hizo lo imposible: le cambió el género al histórico personaje de la novela homónima de Nick Hornby que ya había sido llevada al cine con eficacia con John Cusack como protagonista y, contra todo pronóstico, generó algo encantador. Sobre todo porque para interpretar a Rob está la carismática Zoë Kravitz, también productora ejecutiva de la serie. En el camino de la comedia romántica, la melomanía atraviesa todos los aspectos de la vida a la dueña de una disquería que, tras su última ruptura amorosa, repasa viejas relaciones también frustradas para encontrar una respuesta al porqué del fracaso. Esta adaptación es aún más fiel al libro original porque la serialidad permite lo que el cine no, contar la historia en muchos más minutos. La banda sonora es incomparable. Se recomienda la escucha de las playlists oficiales disponibles en Spotify tras la visualización de cada capítulo.
 
High Fidelity está disponible en plataformas alternativas.
 
3. I May Destroy You (HBO) es la serie escrita, dirigida y protagonizada por Michaela Cole que se inspira en un abuso sexual que ella misma vivió. Esta serie ambiciosa desde lo visual y narrativo, se mete con las variantes del abuso sexual a través de las experiencias de tres amigos en sus 30. El disparador es la violación que sufre Arabella (Coel) que apenas recuerda tras una noche de fiesta. De ahí en adelante, se cuenta en capítulos de media hora (un acierto) las diferentes instancias de la denuncia y la investigación judicial, las redes de contención con las que cuenta y no la protagonista así como la dura experiencia del estrés postraumático, mientras intenta seguir adelante con su vida y el libro que debe terminar.
 
I May Destroy You está disponible en HBO.
 
4. Normal People (Hulu) es la gran serie romántica de la pandemia. Con potencial de clásico, con seguridad será recordada porque es un retrato íntimo del amor adolescente y sus idas y vueltas posibles de universalizar. Pero también es una serie sobre lo que significa ese paso gigante entre el secundario y la universidad o el trabajo, y quiénes acompañan ese proceso. El vínculo entre Marianne y Connell llena la pantalla y sirve de excusa para mostrar cómo el mundo adulto recibe a estos jóvenes que experimentan el sexo de manera intensa. La ternura y la empatía también son parte de lo que se pone en primer plano en Normal People, y se disfruta de principio a fin, a pesar de las pequeñas y grandes tragedias que atraviesan a la pareja.
 
Normal People está disponible en Starz Play.
 
5. DEVS (Fox) es la abreviatura de development, desarrollo en español. Y en este caso refiere a la división secreta de una empresa de tecnología con base en San Francisco donde ingresa a trabajar un joven ingeniero en computación, hasta que se suicida, y su novia, empleada en la misma compañía, lo pone en duda descubriendo una conspiración propia de la mente de su creador, Alex Garland (Ex Machina, Aniquilación). La serie es algo morosa y puede resultar demasiado ambiciosa en su reflexión sobre la existencia, pero compensa con las excelentes actuaciones y su provocativa premisa que cuestiona el complejo de dios de muchos de los capos de Silicon Valley.
 
Devs estrena el 28 de agosto en Fox. Está disponible en plataformas alternativas.