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Descuida, yo te cuido: la corrupción del sueño americano

Por Juli Fantini

Esta reseña contiene leves spoilers.

La conexión entre el estreno de Netflix del fin de semana pasado —I Care a Lot, en inglés— y el documental Framing Britney Spears —Hulu, disponible en plataformas alternativas— es evidente. 

Mientras el relato del movimiento Free Britney que formaron los fans de la cantante en contra de la tutela legal que hace 14 años la tiene “presa” de un sistema en el cual su padre vigila cada aspecto de su vida, en la película, las víctimas son adultos mayores los abusados por el sistema. 

Este thriller con tonalidades de comedia negra es también un comentario social que se torna demasiado sentencioso en su tercer acto, aborda tanto el viejo cuento del gato y el ratón como la institucionalización de una práctica de despojo de quienes son considerados incapaces y, por lo tanto, encerrados en casas de cuidado, despojados de sus bienes y alejados de sus aparentemente inconvenientes familias. 

Además, es un cuento de cómo se triunfa en Estados Unidos: la concreción del sueño americano se visualiza bajo un manto de corrupción, aunque a través de lo que el sistema permite, sus vulnerabilidades y puntos flacos. ¿Les suena?

Marla Grayson –Rosamund Pike, Perdida– es la sociópata a quien se retrata y en cuyas manos, a través de un aceitado sistema –legal, con bemoles–, recae la tutela de esos adultos; mientras que el personaje de Peter Dinklage –Tyrion Lannister en Game Of Thrones– es el gato que la persigue luego de que Marla se mete con la anciana equivocada –Dianne Wiest, la estupenda actriz de la que hubiera sido esperable un poco más de tiempo de pantalla–. 

En el casting también se destacan las breves apariciones de Chris Messina como el abogado del personaje de Dinklage, una especie de Fernando Burlando de allá, que deslumbra.

Entre la oscuridad y la comicidad, se ve, tras un primer acto en el cual nos muestran quién es Marla y cómo trabaja, el conflicto que pone en jaque el aceitado sistema de la estafadora. 

Así, arranca un cuerpo a cuerpo entre dos malos malísimos que no son precisamente antihéroes, sino personas detestables: una delincuente de guante blanco que les succiona la vida a los adultos mayores y un capo de la mafia que tampoco tiene escrúpulos. 

La sátira se impone porque se dan situaciones de muertes seguras a las que, de manera sorprendente, sobreviven. Así y todo, la conclusión deja gusto a poco, por lo moralizante de la propuesta.

Si la naturaleza corrupta del tutelaje y de otras prácticas aceptadas por las instituciones del Estado es el eje de la crítica social; la humanidad que el director les da a sus villanos es aún más incómoda para quien mira. Porque llega un punto en el cual la protagonista usa válidos argumentos sexistas para defenderse mientras que el gánster se presenta como un hijo extremadamente preocupado por su madre.  “¿Con quién te quedás?”, interroga la película. 

“No existen las buenas personas”, dice Marla en su monólogo de presentación. Y se define como “una maldita leona”. Sus caracteres distintivos quedan en claro desde ese momento inicial. Y se sostienen hasta el final. Es decir, es una sociópata —tal como define a su madre— que recuerda al Patrick Bateman de la adaptación de la novela de Bret Easton Ellis, American Psycho, con la diferencia de que aquí se mide contra alguien de su tamaño moral, o inmoral.

Sobra durante el segundo acto una subtrama referida a unos diamantes que Marla encuentra entre las pertenencias del personaje de Dianne Wiest, así como puede reprocharse el tono aleccionador del final. Aunque, al poner el ojo en las injusticias sistémicas del capitalismo, Descuida, yo te cuido hace un buen trabajo desde el humor negro. Cuando se pone melodramática pierde potencia, pero no defrauda en entretenimiento.  

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El colapso: un apocalipsis realista

Por Juli Fantini

Esta reseña no contiene spoilers.

En Flow —emitida por el canal AMC desde el lunes 8 de febrero de 2021, disponible on demand desde el martes 9 — estará disponible El Colapso, una serie francesa creada por el colectivo de cineastas franceses Les Parasites. No se parece a nada: ni a Black Mirror ni Years And Years —dos series distópicas muy populares en los últimos tiempos— y mucho menos a alguna de las decenas de películas de Hollywood que se meten con el fin de la humanidad. 

La peculiaridad de la creación es su formato de antología: cada capítulo se ocupa de una historia en particular. Su brevedad, ocho capítulos de entre 15 y 20 minutos filmados en planos secuencia, permite adoptar con realismo el punto de vista de cada una de las personas que transitan el colapso del sistema, nada más y nada menos.

El conflicto que aúna las historias contadas y fragmentadas es el caos generado, porque se cayó literalmente el abastecimiento de todos los bienes y servicios en Francia —y se supone también en el mundo—, lo que genera distintas variantes de la supervivencia en un contexto por demás hostil. 

Creada en 2019, puede evocar algo del clima de época de la pandemia, pero se diferencia porque no hay un virus que promueva la disolución del orden social, sino que estamos ante el cumplimiento de las profecías de ecologistas y ambientalistas respecto a las consecuencias del mal —y desmedido— uso de los recursos, no solo naturales, del planeta; en ese marco, las necesidades básicas desaparecen o se vuelven inalcanzables para la mayoría de las personas.

Con la duración de una película —aproximadamente 160 minutos en total—, la miniserie se inspira en la teoría de la colapsología. Básicamente, lo que dice es que la sociedad industrial tal como la conocemos se destruirá por una conjunción de circunstancias políticas, sanitarias, medioambientales y energéticas. 

Con esa premisa hecha realidad, en el primer capítulo asistimos a lo que sucede en un supermercado cuando el desabastecimiento empieza a sentirse. En los episodios que le siguen, los lazos sociales tensados entre sobrevivir o ayudar se muestran a través de otros escenarios y con distintos protagonistas; y, en la mayoría de los casos, El Colapso adopta un tono misántropo: Les Parasites no parecen tener demasiada fe en la humanidad. 

Los capítulos son, como se dijo, autoconclusivos, pero coherentes y cohesionados. Algunos, por supuesto, son mejores que otros, y el final —explicativo— sobra. Cada uno de ellos hace referencia al lugar donde sucede la acción dramática y a una fecha específica desde que ha llegado el colapso. Del mencionado súper (día dos), pasan a una estación de servicio (día cinco), le sigue el inquietante capítulo, “El aeródromo” (día seis). Luego llega “La aldea” (día 25) y “La central” (día 45). El más humanista, “La residencia” (día 50). “La isla” es el penúltimo, en conexión directa con el segundo (día 170), y concluye con un capítulo ambientado cinco días antes de la debacle titulado “La emisión”. 

Para quienes esperen encontrar una serie que se anticipó a la pandemia, no tendrán suerte. Más bien, El Colapso es un alegato antisistema que recrea algunas circunstancias miserables que vivimos durante la crisis provocada por el coronavirus, donde la supervivencia del más fuerte y el más rico se impone en un apocalipsis que se insinúa día a día en los títulos de los medios de comunicación.

Pesimista en su mensaje y técnicamente impecable, es una serie que no dejará indiferente a quien se sumerja en el visionado de esta tragedia moderna, lejana a la ciencia ficción y carente de propuestas o soluciones, porque, en ese mundo sin recursos, lo único que vale, parecen decir Les Parasites, es sobrevivir.

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Rocanrol Cowboys: una historia de vida

Por Juli Fantini

Rocanrol Cowboys puede parecer una historia mínima frente a la ambición latinoamericanista y didáctica de Santaolalla y su Rompan Todo

Las dos producciones que vimos en Netflix, sin embargo, se enmarcan en la larga historia de un género que es casi tan antiguo como la historia del rock: el rockumental. El estupendo retrato de la banda de Juanse que, cumpliendo con las reglas del cuento narra el ascenso, caída y regreso de una pieza clave del rock argentino postdemocrático, supera el otro retrato, más ambicioso pero desangelado, del fundador y productor de Arco Iris.

El rockumental es un género en sí mismo que habitualmente combina imágenes de actuaciones en vivo, entrevistas y material audiovisual de todo tipo. El género emerge en los 60 por la enorme atención que la música popular tiene en la cultura joven de Occidente. Rocanrol Cowboys es un subtipo biográfico —en este caso, la banda Ratones Paranoicos es la protagonista— que cuenta con una enorme cantidad de material de archivo de todas las épocas. 

Esos detrás de escena que se presentan de forma naturalista son “pisados” por la voz en off de los integrantes de la banda, cuyos rostros actuales no aparecen en la clásica toma de entrevista periodística. Una decisión que nos pasea por las tres, casi cuatro, décadas implicadas en la breve narración, situándonos en cada momento vivido. Así, cuando vemos las caras de hoy de los integrantes, el contundente paso del tiempo tiene una corporalidad de impacto.

En ese marco, este rockumental puede parecer de nicho al pensar, en principio, que pudo haber sido concebido para la “patria stone” que ve en los Ratones el enlace local hacia los Rolling Stones, esa particular subcultura argentina que dio y daría para miles de aproximaciones etnográficas respecto a sus mitos de origen y ramificaciones musicales y culturales. 

Así y todo, los realizadores Plástico, una dupla formada por Alejandro Ruax y Ramiro Martínez, sueltan esa oportunidad y se concentran en contar cómo una banda proto punk de Villa Devoto alcanza a telonear a los Stones para luego tener como productor al mismísimo Andrew Loog Oldham —quien trabajó con la banda de Jagger y Richards en sus comienzos— hasta, finalmente, separarse, para volver a reunirse. Como tantas otras, aquí, allá y en todas partes, aunque en este caso con todos sus miembros vivos. 

Y ese es otro de los valores que alejan a Rocanroll Cowboys del mero nicho porque es posible universalizar esa experiencia. 

La intención se ve plasmada en el relato, también en off que hace Oldham, no solo como productor de dos de los discos de los 90, sino al asumir el papel del narrador que conoce la cultura rock. 

Es Oldham el que tiene la suficiente cercanía y distancia para dar las reflexiones más sesudas y experimentadas que evaden los clichés en torno al paso del under al mainstream, de una vida normal al dinero, fama, sexo, y excesos con las drogas y el alcohol, posterior caída y redención (en uno de los casos, literal, con Juanse y su devoción católica).

Los Ratones Paranoicos se formaron en 1983, cuando cayó la dictadura cívico militar, alcanzaron su pico en los 90, y el comienzo del milenio marcó su final como banda. 

En otra decisión acertada, Plástico opta por no remarcar el contexto sociopolítico, solo aparece un clip con imágenes lo suficientemente icónicas del paso de los 80 a los 90 que indican la llegada de la fama, y del menemato. El resto se deduce por la calidad del material de archivo, el acceso a mejores condiciones de grabación, las dinámicas entre los miembros de la banda que se ven arruinadas por el paso de los años, y son exhibidas sin hipocresías ni discursos edulcorados, así como tampoco se oculta el evidente consumo de sustancias y alcohol que detonan sobre todo a Juanse. 

No hay condescendencia ahí, pero tampoco lecciones de moral. Es, simplemente, un abordaje honesto. Y también respetuoso del camino que Juan Sebastián Gutiérrez, ridiculizado hasta el cansancio primero por Capusotto y su Pomelo, y luego por su acercamiento a la religión. 

Así y todo, Rocanrol Cowboys no es la historia de Juanse sino la de la banda que formó junto al bajista Pablo Memi, el guitarrista Sarcófago y el baterista Roy Quiroga. Justamente, el título del rockumental surge de una de las reflexiones de Oldham cuando define el encuentro entre las guitarras de Juanse y Sarco como las de dos “rock and roll cowboys”.

Los 76 minutos de la película pueden no ser lo que un rolinga de ley espera, pero sí hace justicia, a pesar de las omisiones propias de decisiones de guión, con la banda salvaje e imprescindible de la escena rock argentina que fue Ratones. Como dice Juanse en una vieja entrevista, el rock and roll como un estilo de vida, incluso en la última etapa de su vida, porque, con sinceridad, ¿hay algo más rockero hoy que un frontman que enfervoriza a multitudes católicas en las inmediaciones del planetario porteño al ritmo del “Rock del Gato”?

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Promising Young Woman: algo más que la historia de una venganza

Por Juli Fantini

Esta reseña contiene spoilers de la totalidad de la trama de la película.

Lo central, Mujer joven prometedora aún no se estrenó ni en plataformas ni en el cable, solo puede verse a través de métodos alternativos. Una vez superada esta cuestión de acceso al contenido, la recomendación es no perderse esta audaz apuesta que abre tantas preguntas vinculadas tanto a los debates en torno al punitivismo, como a la violencia de género. Lo que difícilmente deje indiferente a quien la mire. 

Antes de contar de qué se trata, el protagónico de Carey Mulligan merece unos párrafos dada su dilatada carrera, sus puntos altos y este papel, Casandra, que la consagra como lo que ya había insinuado con vehemencia años atrás. 

La actriz británica descolló con su interpretación en An Education, la película de 2009 en la que le daba vida a una joven de 16 años que se involucra con un hombre de 35. Le valió varias nominaciones como mejor actriz, incluida el Oscar, en una estupenda película sobre las relaciones de poder entre géneros. Otro rol que colocó a Mulligan en lo más alto fue una serie emitida en Netflix llamada Collateral (2018). En esta miniserie, la actriz es una detective embarazada que investiga un extraño tiroteo que resultó en la muerte de un repartidor de pizza, quien esconde varios dramas personales, pero también da cuenta de la problemática vida de los inmigrantes en el Londres contemporáneo. Por último, el 29 llega a la misma plataforma La Excavación que protagoniza junto a Ralph Fiennes y Lily James, y se mete con un hecho histórico: la excavación de Sutton Hoo en 1938, cuando el mundo se preparaba para la guerra. 

En el mientras tanto, aparece esta película audaz e inquietante que puede vincularse de manera directa con I May Destroy You —la serie de HBO— pero toma un camino claramente distinto. Carey Mulligan es Casandra, y no es casual el nombre, la homónima del mito griego es una sacerdotisa con el don de la predicción quien, cuando se niega a entregarse a Apolo, este no le quita la habilidad, pero la maldice con que nadie le crea lo que predice.

La directora de Promising Young Woman es la británica Emerald Fennell, y seguramente muchos la identificarán por su papel de Camila Shand en The Crown o como la showrunner de la segunda temporada de Killing Eve. Fennell, en su debut detrás de cámaras para el cine, le dijo a la revista Vogue que su propósito con PYW es contar un cuento de hadas cómico y oscuro: “Quería escribir una película sobre una venganza de una mujer real”, contrariamente a lo que pasa en general con este subgénero. Para ello, se basa en un estilismo muy particular tanto en la paleta de colores pasteles usada, como la casa rococó y extravagante de los padres de Casandra (Cassie, en la película) donde aún vive, así como en el vestuario del personaje de Mulligan, quien de día parece una angelical maestra de pre jardín mientras que de noche va mutando en personajes que puedan disparar las fantasías de sus “víctimas”.

Sucede que PYW cuenta, en principio, la historia de una mujer que en sus 30 se ha transformado en una vengadora de la memoria de su amiga, violada durante el tiempo en que cursaron juntas medicina, luego se suicidó. Estos hechos ponen en pausa la vida de Cassie que se embarca en un plan que arranca por potenciales abusadores cazados de manera random hasta llegar a quienes fueron parte de la violación y desestimación de la denuncia de su amiga.

Los tres momentos de la película: planteo del conflicto y comedia romántica, abandono del plan y decepción, y venganza final, de este “cuento de hadas del #MeToo” como dijo su directora también, la acercan a Hard Candy, film donde Ellen Page emprende una represalia similar, aunque con un pedófilo. Sin embargo, la empresa de Cassie es mucho más grande. El cuaderno en el que anota a sus vendettas nocturnas tiene muchísimos “palitos”, y nunca sabemos qué le hace a quienes intentan abusar de ella mientras finge una borrachera irremontable, aunque se puede intuir dado el final. 

Así y todo, más allá de la empatía que genera Cassie y el final redentor, PYW abre muchas preguntas sobre el punitivismo, la justicia por mano propia, los escraches o las amenazas de, y, fundamentalmente, cuestiona el funcionamiento de la justicia, tanto en las instituciones escolares como del estado. En este último caso, el dinero la oculta, la culpa la expone y el arrepentimiento hace que llegue con un costo demasiado alto: la muerte de las dos amigas.

Impresiona la recreación de los lugares comunes de quienes fueron partícipes o cómplices por lo verosímil: las excusas van desde el “éramos muy jóvenes”, pasando por “la acusación, si era falsa, le arruinaba la vida a un chico con todo por delante”, hasta “pasaba todo el tiempo, era parte del descontrol universitario”. 

Más allá del extremo en el que se apoya esta enseñanza moral, la oscuridad de Promising Young Woman y su coqueteo con la comedia, por más que sea un dramón, construye —gracias a Mulligan— un retrato conmovedor de los dolores que nunca ceden. 

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Cinco películas destacadas en un año sin salas

Por Juli Fantini

Nunca pensamos en marzo que El hombre invisible -la remake protagonizada por Elizabeth Moss de Mad Men- sería la última que veríamos en una sala a oscuras y sin interrupciones en el año. 

La pandemia y las restricciones de aislamiento obligaron a que esta actividad -como tantas-, un ritual asentado en la vida de muchos y muchas, quedara trunca. 

Se sabe, la experiencia cinematográfica no es la misma en casa, de a fragmentos algunas veces, con interrupciones y, por supuesto, por más bien equipado que se esté, con una pantalla más pequeña y un sonido que no es el de una buena sala.

Ese ritual perdido y justificado en el riesgo sanitario, hizo que la experiencia sea doméstica, en la computadora o el televisor de casa. 

Se suma el dato que, a diferencia de las series, no hubo una oferta masiva de películas. Muchas se pasaron directamente al streaming y otras se reprogramaron para el año que viene o incluso el 2022. 

Por ejemplo, Tenet, mencionada en esta lista, llegó al público argentino de manera ilegal, primero en versión cam, luego un ripeo bastante digno, pero, reitero, la experiencia de visualización debería haber sido en una sala.

Con el mismo argumento de la semana pasada con las series, esta enumeración es de una subjetividad y parcialidad absoluta. La diferencia es que no incluimos las decepciones, porque fueron demasiadas.

Que sirva este listado como una guía para debatir, agregar y tachar de acuerdo a sus propios recorridos cinéfilos por las plataformas y el cable. Por cierto, no se adelanta contenido trascendente de las tramas. Es decir, no hay spoilers. 

  1. Tenet

Aún no está disponible en plataformas. Puede verse de manera alternativa.  [Actualización el 5/04/2021: En cartelera]

La primera advertencia, al menos para los que manejan un nivel de dispersión de medio a alto, es que a Tenet hay que verla dos veces. Esta especie de James Bond sofisticado y complicado que guionó y dirigió Christopher Nolan (Inception) y que protagonizan los estupendos John David Washington (el hijo de Denzel) y Robert Pattinson, acompañados por Elizabeth Debicki, Kenneth Branagh, es un thriller de espías con elementos de ciencia ficción y, con sinceridad, en una primera mirada no se entiende lo que pasa, pero la fuerza de los recursos de producción y las escenas de acción son tan impactantes que te exigen una segunda visualización para prestar atención a la trama, o a la inversa. 

El héroe (Washington), acompañado por su ladero (Pattinson) está a cargo de una misión enorme en una temporalidad que se desdobla de una manera inusual que conviene no adelantar. 

Tenet es un genuino rompecabezas armado para el entretenimiento que, si pasaron mucho tiempo confinados, seguramente los hará viajar extrañamente por grandes superficies abiertas rodeadas de objetos y personas que conspiran desde el futuro para salvar a la humanidad, aunque su propósito sea destruirla, una de las tantas paradojas que plantea el film de Nolan.  

  1. The Nest

Puede verse de manera alternativa. [Actualización el 5/04/2021: Disponible en Amazon Prime Video]

Esta película de Sean Durkin, quien irrumpió con la destacada Martha Marcy May Marlene hace nueve años, crea el revés de Wall Street, aquella película de los 80 sobre los embusteros de la bolsa de la era Reagan, con una peculiaridad: usa todos los recursos de cine de terror psicológico para contar un drama familiar atravesado por la moral del capitalismo financiero. Sin monstruos, sin ciencia ficción, sin casas embrujadas, solo con la ambición de un bróker (Jud Law) que arrastra a su familia a Inglaterra en la búsqueda de más negocios. Luego, por supuesto, nos enteramos de otras motivaciones. Carrie Coon (The Leftovers) interpreta a su esposa que experimenta junto a sus dos hijos, esa migración forzada como un viaje de descubrimiento de la genuina naturaleza que la une a su compañero. 

The Nest es una película desafiante que se mete con las dinámicas matrimoniales por momentos de manera obvia y en otros más logrados, con una sutileza que explica el arco narrativo de los personajes de manera precisa. La escena final puede confundir, pero se conduce con toda lógica en el marco de las conexiones emocionales y orígenes de los protagonistas.  

  1. Mank

Disponible en Netflix.

De Mank dijimos en la reseña que es imposible una experiencia completa sin tener fresca la trama de El Ciudadano. Sin embargo, más allá de las múltiples formas de visualización, esta película en blanco y negro “cremoso” de David Fincher se incluye en este listado no solo por sus valores técnicos e interpretativos, sino también porque advierte que la hipocresía en el mundo del espectáculo es el modo en el que se construyó, y construye, esa fábrica de sueños: Hollywood. 

El cine dentro del cine puede dejar fuera de juego a quienes no están familiarizados o fascinados con la historia de esa industria. Sin embargo, el cuento de la traición y la espectacularidad de Gary Oldman como Herman Mankiewicz, guionista de El Ciudadano, son motivo suficiente para sumergirse en este cuento que opta por un hecho en particular para dar cuenta de una vida, la mejor forma de evocar cómo se hacían las cosas atravesadas por los intereses políticos, más allá de lo estrictamente cinematográfico.

  1. The Forty-Year-Old Version

Disponible en Netflix.

Un poco más de dos horas filmadas en blanco y negro le sirven a Radha Blank para alejarse de ese título tan poco representativo que le puso Netflix en español -Rapera a los 40- para sumergirse con gracia y humor en una meditación sobre la crisis de mediana edad, y las búsquedas de las mujeres que no pertenecen a ninguno de los mandatos establecidos de belleza, éxito y modales. 

El otro mérito tiene que ver con la forma en la que se mete en la discusión sobre la vigente discriminación racial en EEUU: desde una perspectiva de clase media, en una Nueva York de fondo realista y con un personaje protagónico que no precisa de un tránsito sufriente para mostrar las injusticias del mundo. 

La lucha es por imponer su talento evidente, en un mundo de hombres blancos que definen el lugar que debe ocupar. 

El rap, o hip hop, solo es el telón de fondo del cambio de suerte buscada de nuestra heroína. La reinvención no es tal, sino que el mundo creado en la película nos muestra la reafirmación de una vocación, a pesar de los ruidos permanentes que conspiran en contra de la concreción de su carrera. 

  1. Emma

Llegó a HBO el 2 de enero. También puede verse en Apple iTunes, Google Play Movies, y Movistar Play. [Actualización el 5/04/2021: Disponible en HBO]

De visualización obligatoria para los fanáticos de Gambito de Dama porque la protagonista es Anya Taylor-Joy. Vemos en Emma el rango interpretativo de esta joven a la que le toca ponerse en la piel de uno de los personajes más emblemáticos de la novelista Jane Austen y que ya tuvo varias adaptaciones. 

Como Greta Gerwig con Mujercitas, la directora Autumn de Wilde, fotógrafa del rock, debuta como directora con un doble juego de fidelidad al texto original y con perspicacia en el diálogo con el presente que establece en esta comedia de enredos ambientada en el siglo XIX, pero que resuena en el presente. 

Así y todo, no es una Emma feminista ni mucho menos, De Wilde respeta las cosmovisiones de la época, sobre todo la de Austen, pero relee las formas del romance a partir del guión de la joven Eleanor Catton, de manera sencilla y vital.  

Cinco más: Small Axe: Lovers Rock (Próximamente a Amazon Prime Video. Puede verse en plataformas alternativas). The Hunt (Se puede alquilar en Movistar Play o descargar o comprar en Google Play Movies). Horse Girl (Disponible en Netflix). The Trial of the Chicago 7 (Disponible en Netflix). The Assistant (Aún no está disponible en plataformas. Puede verse de manera alternativa).

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Las series del año, tres favoritas y tres decepciones

Por Juli Fantini

Sepan disculpar las y los lectores de esta columna porque se repetirán conceptos que ya leyeron, pero así son los balances del año. En este caso, haremos una breve jerarquización que parte del universo de lo visto –por cierto, no fue todo lo que se emitió, es imposible– y evitaremos caer en los conceptos de mejores y peores. Optamos por la idea de favorito, es decir, léase esta lista en torno a las preferencias de quien escribe, con la posibilidad de que ustedes sumen las suyas y, así, estimulemos la conversación en un 2020 en el que vimos mucho más que antes. 

En ese contexto, LA serie del año es una producción de HBO que se metió con un tema difícil de contar: el abuso sexual y el después. Se trata de I May Destroy You. Escrita, dirigida y protagonizada por Michaela Coel –basada en su experiencia, fue abusada–, el relato y la interpretación son un verdadero tour de force de las emociones y trabas burocráticas tras una violación, que la protagonista en principio no recuerda y de la que, a través de los capítulos, va descubriendo detalles, exponiendo su subjetividad dañada, tratando de reconstruir lo ocurrido y reconstruirse, junto a su círculo de amigos, quienes también experimentan otras variantes del abuso sexual. Ni complaciente ni dispuesta a deificar a las y los sobrevivientes, el uso del humor como catarsis aparece en I May Destroy you como el componente que te distrae para luego volverte a atrapar, en una narración que, sin dudas, se suma a otras características innovadoras para contar este tipo de historias y consagrar a esta actriz como una de las voces más originales del año. 

FAVORITAS

  1. Normal People 

El drama romántico no es un terreno habitual de la TV de prestigio. En general, prima el abordaje en clave telenovelesco. En este caso, los doce capítulos de Normal People construyen, en varios actos, la complejidad de un romance, y evitan los clichés del género. Es una para llorar y para recordar el primer amor, pero también una profunda reflexión sobre la intimidad y los vínculos. De haber estado en Netflix, no se hubiera hablado de otra cosa. 

Así hablamos de Normal People:

Normal People (Starz Play) es la gran serie romántica de la pandemia. Con potencial de clásico, con seguridad será recordada porque es un retrato íntimo del amor adolescente y sus idas y vueltas posibles de universalizar. Pero también es una serie sobre lo que significa ese paso gigante entre el secundario y la universidad o el trabajo, y quiénes acompañan ese proceso. El vínculo entre Marianne y Connell llena la pantalla y sirve de excusa para mostrar cómo el mundo adulto recibe a estos jóvenes que experimentan el sexo de manera intensa. La ternura y la empatía también son parte de lo que se pone en primer plano en Normal People, y se disfruta de principio a fin, a pesar de las pequeñas y grandes tragedias que atraviesan a la pareja. 

  1. High Fidelity

Esta es otra serie que, de haber estado en una plataforma más popular, hubiera estimulado la conversación social por fuera de los seguidores de Nick Hornby y Zoe Kravitz. Y la pésima noticia es que no tendrá segunda temporada. Si no la vieron, la encuentran en Movistar Play y, por supuesto, en alguna plataforma alternativa. 

El desafío de la serie es contar la misma historia –del libro y la película homónima–, una oportunidad ganada de darle una nueva lectura al libro de los 90, que se cumple con creces. Además, que Rob sea una mujer negra, sin caer en el panfleto de lo políticamente correcto, hace de esta comedia romántica-melómana una experiencia de enorme disfrute.  

Así hablamos de High Fidelity:

High Fidelity (Hulu) hizo lo imposible: le cambió el género al histórico personaje de la novela homónima de Nick Hornby que ya había sido llevada al cine con eficacia con John Cusack como protagonista y, contra todo pronóstico, generó algo encantador. Sobre todo, porque para interpretar a Rob está la carismática Zoë Kravitz, también productora ejecutiva de la serie. En el camino de la comedia romántica, la melomanía atraviesa todos los aspectos de la vida de la dueña de una disquería quien, tras su última ruptura amorosa, repasa viejas relaciones también frustradas para encontrar una respuesta al porqué del fracaso. Esta adaptación es aún más fiel al libro original porque la serialidad permite lo que el cine no: contar la historia en muchos más minutos. La banda sonora es incomparable. Se recomienda la escucha.

  1. Raised By Wolves

El prestigioso Ridley Scott, productor y director del piloto de Criados por Lobos, que regresó a la televisión tras 50 años, le dijo al diario inglés The Guardian que a la serie hay que mirarla con tres botellas de vino encima. La recomendación tiene que ver con la trama, pero también con el momento que aún vive, o padece, la humanidad. 

La serie en sí es una exploración sobre los temas que Scott ha desarrollado en sus películas. No es novedosa: la ciencia ficción clásica es su anclaje, pero para quienes aman el género será una experiencia evocativa. Capítulo tras capítulo las referencias abundan. 

La historia sigue a una pareja de robots cuya misión es procrear y criar a unos niños y niñas en un planeta desconocido, tras un desastre ocurrido en el suyo. De fondo, un enfrentamiento religioso que trae a colación las guerras santas, no muy sutil pero sí efectivo. 

Anoten el nombre de Amanda Collin, quien interpreta a “Madre” una de las androides, porque su actuación merece ser celebrada. 

NO TAN FAVORITAS

  1. Dark (tercera temporada) 

La serie alemana que ganó el mundial que organizó Netflix en Latinoamérica tuvo un desenlace indigno para sus comienzos. Esa trama complejísima que te exigía, como Cien años de soledad –salvando las distancias narrativas–, mirarla con un mapa de las familias en las tres temporalidades, terminó traicionando su original camino de thriller doméstico de ciencia ficción. 

Al desenlace se lo devoró su propia ambición de contarlo todo, con, por ejemplo, la introducción de las realidades alternativas, priorizando la acción y los rulos narrativos por sobre el drama familiar. Las ramificaciones en tiempo, espacio y mundos no hicieron otra cosa que aturdir, también en su afán de dar cuenta de varios conceptos filosóficos que sobraron.

  1. Run

Esta comedia romántica de acción tenía todo para ser algo para recordar: los protagonistas Merritt Wever y Domhnall Gleeson son grandes actores, la creó Vicky Jones, socia creativa de Phoebe Waller-Bridge (Fleabag) –quien tiene un pequeño papel en Run– y cuenta con el sello de HBO. Sin embargo, se va a la banquina. 

La premisa de arranque es atractiva: dos exnovios que pactaron huir de sus vidas si las cosas se complicaban, finalmente hacen contacto 17 años después de finalizada la relación y se embarcan en un viaje en tren por EE. UU. 

El pacto de huida, lo que dejan atrás, y el reencuentro ya eran material suficiente para contar una buena historia hasta que un crimen transforma lo divertido y riesgoso de la trama inicial en una tragedia de proporciones, nada interesante. 

  1. Little Fires Everywhere

La serie protagonizada por Kerry Washington (Scandal) y Reese Witherspoon (Big Little Lies) que llegó este año a Amazon Prime Video tenía todas para ganar: ambientada en los 90, con dos grandes actrices protagónicas embarcadas en un duelo sobre dos formas de maternar y de vivir, se fue de eje rápidamente con sus trazos gruesos al plantear las diferencias de clase y género entre las dos. Son ocho capítulos en los que se presenta un flashback que da cuenta de quién pudo haber prendido los pequeños fuegos que terminan con la casa fabulosa del personaje de Witherspoon en llamas y que vemos en la primera escena.

El potencial que tenía revisar la última década del siglo pasado se reduce a referencias directas a consumos culturales y guiños cómicos, cuando tenían todo para profundizar en la moral de esos tiempos: la era Clinton en EE. UU. 

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No hay Mank posible sin El Ciudadano

Por Juli Fantini

Mank es una película que llegó a Netflix el pasado viernes 4 de diciembre y propone varias claves de visualización: sin haber visto El Ciudadano es una de las posibilidades; si la viste hace demasiado tiempo y la película es un recuerdo lejano; y, por último, quienes son fanáticos no tendrán nada que revisar. La recomendación para el resto es verla de nuevo (está en Qubit, entre otras plataformas) porque no hay Mank sin El Ciudadano: completa la narración. Si quieren ir un poco más, un repaso por libros de historia del cine también vendría bien, dada la cantidad enorme de referencias al Hollywood de los 30 de los 40 con personajes reales e historias que efectivamente ocurrieron.  

Si no sos parte de la cinefilia fanática de esa época te quedas algo afuera. De todas maneras, la película se puede ver desde el desconocimiento, pero, reitero, no hay Mank sin la obra de Orson Welles. Pasaron 80 años desde su estreno y no envejeció.

De regreso a Mank, tiene varios puntos a favor: la película ES Gary Oldman en todo su esplendor interpretativo, y también se destacan los secundarios, así como la dirección de David Fincher, aunque esta –la número 11 del director de Pecados Capitales– parece la menos fincher de sus películas. En lo que tiene que ver con el cuento, la forma que toma la venganza de Mank hacia Hearst, justamente el guion, y la reflexión sobre el poder son otros de los atractivos de la película, una que no celebra a Hollywood y que, por suerte, no toma la forma de la clásica y repetida película biográfica. 

Por el contrario, Mank, como Red Social –la película de Fincher sobre Mark Zuckerberg y Facebook– se ocupa de un conflicto particular: el arco narrativo es la escritura del guion de Ciudadano Kane de la mano de un tipo bastante particular y talentoso que tiene un problema con el alcohol y, como en la película de Welles, se cuenta en dos tiempos; los flashbacks son, de alguna manera, un homenaje. 

¿Qué le falta a Mank? Algo de emocionalidad y más presencia de Welles, aunque parece una decisión acertada, porque ocuparse de Welles hubiera dado para una película de seis horas, o, tal vez, una serie. 

Un dato relevante es que el guion de Mank fue escrito por el padre de Fincher, quien falleció hace unos años. Este fue retocado y corregido por Eric Roth, el guionista de Forrest Gump, y tiene una velocidad y una forma de contar que la hacen muy atractiva. Siguiendo con la comparación con Red Social, Mank también es la historia de la creación de algo genial y de una traición, la del antihéroe de Oldman hacia William Randolf Hearst, el magnate de los medios. 

Oldman es el protagonista absoluto de la película: un paria que viene de la Costa Este con prestigio como periodista y escritor, y llega a Hollywood con cierta aversión por esa cultura para, básicamente, hacer plata. Mank es un alcohólico y un cínico, aunque una buena persona que, como tantos, desprecia el sistema de estudios, pero disfruta de sus fiestas.

Otro eje importante se refiere a la manipulación mediática que aparece como tema en una elección provincial mostrada en los flashbacks hacia la década del 30, y es algo torpe en su exposición sin sutilezas, tal vez porque sucedió de esa manera. Así y todo, Mank es un film sobre el acto de creación de un guion que es una traición hacia un amigo. Lo demás es anecdótico. 

En un rancho del Desierto de Mojave, con un estado psíquico y físico bastante deplorable, acompañado por una enfermera y por un asistente que toma notas y tipea, vemos a Mank hacer su magia. La asistente, que se convierte en una especie de compinche del guionista, es interpretada por Lily Collins, que se reivindica tras el papelón de Emily en París.

Allí transcurre gran parte de la película, que podría ser poco si no fuera por la agudeza y la precisión de las actuaciones y la tensión ante las presiones que recibe Mank para entregar el texto, lo que le da la tensión dramática necesaria para que no dejemos de ver.

Otro de los secundarios que vale la pena resaltar es el de Amanda Seyfried como Marion Davis –la pareja de Hearst– una actriz que tiene vida, tiene sexo, y cuenta algo más allá del estereotipo de la chica tonta y linda. 

“La narrativa es un gran círculo, como un rollo de canela –le dice Mank al productor de Ciudadano Kane, que le cuestiona las innovaciones del guion, el abandono del relato lineal–, no se puede capturar la vida entera de un hombre en dos horas, todo lo que podés esperar es dejar una impresión”, completa. Este precepto guía tanto a El Ciudadano como a Mank, que, a pesar de todas las referencias puestas en juego, muestra al guionista tan solo como una partecita menor del enorme engranaje de la producción de cine, llena de intereses políticos y, también, por supuesto, estéticos.

En lo que tiene que ver con el crédito del guion, Mank iba a ser el escritor fantasma de Welles y finalmente logró que el crédito fuera compartido. El asunto se toca de manera explícita, pero de forma breve. Si interesa esto, hay decenas de artículos y libros que se meten con ese asunto en particular. Fue un gran debate en los años 70.
Un último detalle, que es un signo de sexismo contemporáneo, es que Oldman tiene más de 60 años e interpreta un tipo entre sus 30 y 40, mientras que dos de las mujeres en la ficción –tanto el personaje de su esposa, la Pobre Sara, como el de Seyfried– tenían la misma edad que Mank y las actrices son aún más jóvenes que a quienes interpretan. Así y todo, Mank es una gran película, pero imposible de ver en soledad. El contexto importa y Oldman, sin dudas, volverá a arrasar en la temporada de premios por este genial retrato de un hasta ahora desconocido guionista. 

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Industry, la meritocracia al palo

Por Juli Fantini

Esta reseña no contiene spoilers.

Desde el viernes en HBO Latinoamérica están disponibles los ocho capítulos de esta serie que pasó algo desapercibida. La cadena emitió durante un mes cuatro capítulos y apostó a emitir los restantes todos juntos que ya están disponibles para maratonear.

Industry se mete con un grupo de jóvenes que aspiran a ocupar un lugar en un banco de inversiones inglés tras la crisis de 2008 y podría definirse como una Secretaria Ejecutiva –aquella película de los 80 protagonizada por Melanie Griffith– en versión ni comedia ni romántica. La protagonista es Harper, una joven estadounidense que llega floja de papeles –académicos– a Londres para sumarse a la competencia por un lugar entre las y los traders más voraces del mercado. Pero Harper y sus compañeros están lejos de aquel retrato de la mujer trabajadora de Mike Nichols: el ambiente tóxico de Pierpoint & Co inunda hasta las conciencias que, en principio, se muestran algo naïves e incorruptibles.

Los ocho episodios de la serie aciertan al combinar en el relato el descontrol –sexo y drogas por doquier– del grupo de veinteañeros y la persecución del sueño de ser contratados. Al mismo tiempo, advierte de manera certera en la descripción de una cultura de la meritocracia voraz en ese tipo de ambientes hípercompetitivos, donde las traiciones son la moneda de cambio para sumar un punto en la carrera hacia la contratación.  

Sin embargo, la narración de las ambiciones y el hambre de triunfo expuestas se toma su tiempo para plantear ambigüedades en los vínculos, dolores y traumas que explican determinadas elecciones de carrera, así como el enorme sacrificio para ser parte, que lleva, por ejemplo, a que uno de los aspirantes muera por exceso de trabajo.

A diferencia de Billions, otra serie que se mete con el complejo y extraño mundo de las finanzas –inentendible para una parte importante del gran público, pero no excluyente para disfrutar las historias–, Industry no cuenta una historia de consagrados, sino que se muestra desde el punto de vista de los que quieren llegar. Y allí es donde los vínculos se vuelven más complicados: competencia y floreciente amistad parecen no ser una buena combinación y, sin embargo, este se convierte en uno de los ejes del relato: todo lo que sucede entre Harper y Yasmin, dos personajes cautivantes, cuya relación pasa por todos los estadíos posibles entre la sororidad y la rivalidad.

La serie aborda, a pesar de su tono por momentos adolescente, el planteo de una moralidad atravesada por el pragmatismo, donde el sexo y el poder juegan permanentemente en la carrera hacia el puesto que cada uno de los candidatos transita de maneras bien distintas. Aunque sí coinciden en sus historias de origen algo penosas: niños ricos con tristeza y niños pobres con grandes ambiciones cuyos vínculos son un desastre. Este rasgo los humaniza y “explica” la voracidad de ciertos comportamientos por llegar. 

Así, el factor emocional atraviesa los números que vemos en los monitores del predio del banco, donde las buenas formas y los modales no son lo habitual. La mala educación en Industry es el código de comportamiento de esta pequeña muestra ficcional de una meritocracia triste que, hacia el final, se transforma en una crítica ácida y amarga de la manera en la que ese mundo del trabajo premia y castiga a los jóvenes que buscan un lugar. Como espectadores, terminamos sintiendo cierta compasión por ellas y ellos, aunque sus comportamientos estén reñidos con la ética y lo aceptable. 

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Carmel: Nadie mató a María Marta

Por Juli Fantini

La primera impresión, de las decenas que causa la reconstrucción del caso, es que opera de antesala al juicio que se le seguirá a Pachelo y los vigiladores del country donde mataron hace 18 años a María Marta García Belsunce.

Esta idea se introduce en el tramo final en el cual se dispone por escrito la situación de cada uno de los protagonistas de la docuserie, y sirve de clave de lectura que cambia todo lo visto durante las casi cuatro horas que dura la producción de Netflix. 

Porque ese juego de reforzamiento de prejuicios y revelaciones, pero, sobre todo, de minuciosa reconstrucción con pretensiones de distancia objetiva de un femicidio que tuvo la atención de un país –literal– durante varios meses, tiene una noción de actualidad que suma, una vez más, la especulación respecto a las intenciones.

El devenir de los procesos judiciales puso a los integrantes del clan y a sus allegados en una obvia posición defensiva, construida desde la victimización. Mataron a María Marta, su vida y sus relaciones son poco abordadas por la prensa del momento, por lo que se muestra de los expedientes judiciales, y por la mayoría de los testigos-protagonistas. Los elementos que podrían dar cuenta del móvil y, como se introduce al final, la posibilidad de que haya sido asesinada por su condición de mujer. Esto es inquietante, leído al calor de cómo ahora sabemos qué significa la perspectiva de género y cómo se incorpora a las investigaciones y decisiones judiciales.

El título “Nadie mató a María Marta” de Clarín funciona como síntesis de lo que vemos, porque, de manera cínica, advierte que la narrativa construida –tanto por las apariciones mediáticas de los involucrados como por las decisiones de edición del documental– no se ocupa de responder la pregunta del título de Carmel (¿Quién mató a María Marta?) e, insistimos, abre las puertas del nuevo juicio, ¿el definitivo?

Otro crimen irresuelto –el del fiscal Alberto Nisman– fue motivo de la producción de Netflix El fiscal, la presidenta y el espía y, en ese caso, sí abre los interrogantes sobre los posibles móviles e hipótesis. Estas dos producciones que se meten con la historia criminal reciente argentina y la inminente llegada de otro que se ocupará del femicidio de Nora Dalmasso se enmarcan en un fenómeno televisivo que saltó de los pódcasts a las exitosas series apodadas “true crime stories”. Historias de crímenes reales que, en clave documental, revisan casos con ciertas marcas que ya son un subgénero con los recursos de la TV de prestigio, pero en la misma senda de Memoria, de Chiche Gelblung: sacarle el jugo a lo que la justicia no alcanzó a hacer. 

Algunos de los true crime vistos han logrado cambiar el destino de las causas, otros solo sirvieron a fines propagandísticos, y también conectaron a las audiencias con la memoria histórica, dándoles una perspectiva que, tras el paso de los años, ponen a quienes miran en su posición favorita: la del detective.

El punto de vista del true crime es el de un narrador en segunda persona que coloca los elementos, recrea ficcionalmente ciertos momentos como en del propio crimen, indaga en la información de los expedientes y la muestra, además de ostentar unos niveles de producción donde el dinero y la pericia hacen que aparezcan en cámara aquellos que durante años guardaron silencio (Stiuso en el caso Nisman, Molina Pico en el caso María Marta).

A propósito del uso de una actriz que representa al cuerpo de María Marta tirado entre el baño y el cuarto –recordemos, Chiche y otros usaban muñecos–, hay un detalle hacia el final de la serie que dura unos segundos, pero que es relevante. En el desenlace, la actriz se levanta y es asistida por personas de la producción, mientras la cámara se aleja y muestra, efectivamente, que no es la casa de los Carrascosa, sino un set. 

La ruptura de la reconstrucción ficcional en esa pequeña escena puede leerse como una decisión de incorporarse como autores del relato, así como de un diseño narrativo que es consciente de que no todo lo que se mostró da punto final a esta historia delirante de injusticias en ese gueto de ricos que parecen no pedir permiso y hacen las cosas a su manera, gracias a las profundas conexiones con el poder.

El alto estándar de producción es un valor añadido porque, básicamente, no abunda esta cantidad de dinero y tiempo en la Argentina. Pero no debería considerarse más que eso: una pátina del poder del dinero, que recubre a Carmel de una noción de verdad cuando, en realidad, no nos deja nada más que vacío, desde un disfrute emocional asociado al morbo y a la posibilidad de volver a ver algo que nos cautivó como espectadores de TV abierta, ahora enganchados con el streaming.

Así, el volver a contar de Carmel, desde un diseño y estética probadísima, aporta decenas de tuits, mensajes, posteos a la conversación cotidiana de las y los argentinos que vieron en vivo y en directo el show mediático asociado al asesinato, aún irresuelto. Pero no hace justicia con la víctima, solo refuerza los elementos extravagantes de una familia de dinero, las condiciones de vida del country, y los insoportables vericuetos y errores judiciales que desembocaron en que lo que podría haberse hecho pasar por un simple accidente doméstico resultó en una mujer asesinada con saña. Seis balas disparadas en una casona de Pilar que aún resuenan por la impunidad que, a pesar de los procesos seguidos contra muchos, solo demuestra que los secretos están muy bien guardados.