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Terrícolas

Por Nano Barbieri

En los años dos mil y poco teníamos un centro cultural en barrio Alberdi. Se llamaba Contramano y, con el tiempo, entre otras cosas, empezamos a armar una especie de biblioteca con algunos libros que nos donaban o regalaban vecinos, amigos, otras instituciones. Había uno en particular que siempre me llamaba la atención, estaba ahí. Se llamaba ¿Cómo viven los Terrícolas?. Era una especie de ensayo sobre la vida en la tierra, más o menos ambicioso. Nosotros teníamos las reuniones del grupo en esa sala y el lomo del libro que era ancho y con letras grandes sobresalía de los demás: ¿Cómo viven los Terrícolas?. Lo tiene que haber escrito un marciano, pensaba, no sé, Alf, Maradona. ¿Quién puede escribir un libro sobre los terrícolas sin sentirse uno de ellos? 

Y, como los ríos de la memoria son felizmente impredecibles, en estos días me acordé de ese libro. Del título, por supuesto, el libro no era una bomba, digamos. Me incomoda sobremanera el uso de la tercera persona para hablar sobre uno mismo, tanto como la referencia impersonal a las cuestiones colectivas que nos tienen como actores. Si yo digo, lo que pasa es que en este país… lo que fuera. Este país, ¿soy yo? No es una cuestión lingüística lo que huele mal, sino más bien el desapego, la distancia. La apatía. Pero no hay nada inocente en todo esto. Vamos un toque con los que saben.

En su tesis doctoral, el politólogo Juan Manuel Reynares habla de un “desplazamiento antipolítico” en el modo en que, a través de la utilización de nuevas categorías lingüísticas, se produce un corrimiento emocional, por llamarlo de algún modo, hacia conceptos de menor carga simbólica. En términos futboleros, podríamos decir que estamos ante mucha “Gente” y poco “Pueblo”. Mucho “Consumidor” y poco “Ciudadano”, retomando el clásico de García Canclini. ¿O acaso no hay una mirada de cliente o de consumidor en esa amenaza constante que dicta que, si este país no cambia, entonces me voy? En tiempos de indiscutible democracia y alternancia, ¿no es esa la misma actitud de un cliente –maleducado– en un restaurante? 

Reynares se refiere al neoliberalismo como un discurso político y acá radica, creo yo, la novedad. O lo interesante, para no darle temporalidad. Más allá de la gestión, más allá de la plataforma ideológica, más allá de sus visiones sobre el Estado: el neoliberalismo es un discurso político. Y, como tal, tiene un horizonte de sentido: diluir los sujetos colectivos. Dejar de aburrir con el nosotros, apelar a conceptos vacíos, limpios, puros. Conceptos que puedan, además, contraponerse a los otros, viciados de intereses antiguos, cuando no primitivos: la idea de modernización apunta mucho más a eso, que a renovar los teléfonos celulares o la instalación de antenas 5G.

Mario Wainfeld, uno de los pocos periodistas de hechos e interpretación, pone en foco también la referencia multimedial a La Gente. La derecha se apropia de la palabra “gente”, dice Wainfeld. “La Gente” protestó, “la Gente expresó el “hartazgo” (otro concepto particularmente consumidor: ¿quiénes se hartan?). “El resto de los argentinos, consabida visión elitista, no se deja englobar en el colectivo gente”, concluye. 

Paréntesis siempre apropiado: ¿quiénes son las élites? Son el diez por ciento de la Argentina, que de abril a esta parte pasó a ganar de 16 a 19 veces más que el 10 por ciento de la base. Las crisis elevan el coeficiente de Gini, ese índice de nombre simpático que mide la desigualdad. 

Hay un país de Gente y otro de terrícolas. Un país de consenso y otro de disonancias. Una unidad discursiva y una disrupción. Las élites, particularmente enojadas con el rol del Estado en tiempos de Covid, narran al país desde su perspectiva. ¿Cómo pudo ser noticia el deseo extraordinariamente minoritario e improbable de un grupo de descontentos de irse a vivir a Uruguay? Un país piola, pero que verdaderamente no produce la yerba que consume.  

En este contexto discursivo, siempre es interesante la definición de hegemonía, según Gramsci. En términos elementales, se trata de la posibilidad de trasladar al resto de la sociedad tus principios de relación con ella. Fundamental para construir poder. Es decir, es el mecanismo a través del cual convertís un interés particular, en un universal. 

Entonces / cuando estemos tentados / de hablar neutro / porque queda bien / moderno / desganado / sin cuerpo/ entonces hagamos / como hizo Carlos / García / y Cantemos / Tengo que confiar en mi amor / Tengo que confiar en mis sentimientos.