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La gran Sala de Espera

Por Nano Barbieri

Todos lo sabemos: hay una distancia entre lo que deseamos o necesitamos y el lapso que nos lleva conseguirlo. Lo que sucede en el medio es el tiempo perdido porque, como dice la canción, la vida es una gran sala de espera. 

Volver a tu casa después del trabajo, acceder a la justicia, subirte a un avión o pagar una cuenta en el banco: todo lleva tiempo, todo conduce a una espera y la espera, como todo, o casi todo en este planeta, es desigual. Esperar el colectivo o volver manejando tu auto, llamar a un abogado amigo o hacer la fila en un juzgado, ser propietario de un pase prioritario en aeropuertos, en bares; los accesos a los medicamentos según las obras sociales, la atención médica, los peajes, la velocidad de internet, de tu celular; el ingreso a un estadio o un espectáculo, la obtención de un documento de identidad o un pasaporte, las cajas del supermercado, el pago por tu trabajo, la actualización del salario; conseguir un banco en una escuela; un turno en un dentista. Todo conduce a la espera, todas las actividades están mediadas por un tiempo improductivo pero que sin embargo podemos calcular o estimar según el estrato social y simbólico en el que nos ubiquemos. Si enfrentamos dos orígenes opuestos y preguntamos por las mismas esperas, las expectativas serán diametralmente disímiles. Y este conocimiento, sedimentado y preciso, se aprende con la experiencia de la vida dentro del mundo social: no todos tenemos derecho a una misma celeridad. 

La espera es un padecimiento y el hacer esperar, como demuestra el sociólogo Javier Auyero, es un mecanismo de dominación. Las esperas generan subjetividades y disciplinan entre quienes deben esperar y quienes no están señalados como sujetos de espera. En su libro llamado Pacientes del Estado, Auyero analiza al Estado, la espera y la dominación política en los sectores populares. “Es una estrategia sin un estratega”, dice el autor, “no es que hay alguien que, a propósito, intencionalmente, hace esperar a los subordinados o desposeídos: así funciona la dominación política”. 

Sin embargo, el uso de la espera como mecanismo disciplinador, no es patrimonio exclusivo de las prácticas políticas, sino que forma parte del más amplio sentido común. Nadie imagina siquiera encontrarse con algún personaje poderoso o reconocido en la cola de un hospital, en un bar, en la entrada de espectáculo o en la parada del colectivo. Hay sencillamente ciertos estratos sociales que no esperan. Para todos los demás, el tiempo muerto. 

Hace pocos días se desenmascaró una serie de vacunaciones de privilegio de dirigentes políticos, empresarios y personalidades de los medios de comunicación, que derivó en el justo despido del ministro de salud de la nación. Las denuncias se replicaron en distintas provincias y localidades, con lógicas más o menos similares. Funcionarios habían decidido de modo más o menos espontáneo que había ciertas personas que debían razonablemente ser vacunadas sin mediar espera. Algunos parecieron incluso sorprendidos por las denuncias de anomalías. Una de las principales dirigentes de la oposición, en un gesto de sorprendente honestidad, dijo: “Nosotros hubiéramos hecho lo mismo”. 

Dice Auyero que lo más complicado para un sociólogo es mirar relaciones: “Lo difícil es no mirar tanto a los actores, sino a las relaciones que los unen y los separan”. La naturalización de las relaciones de poder desenmascara acaso la condición elitista de la dirigencia política y la cercanía química con los estratos económicos y simbólicos más altos de las sociedades. Ahí arriba, la cosa fluye. La gran Sala de Espera, en cambio, deberá tener bien apretado su boleto y esperar que se lea, por fin, su nombre en la pantalla. 

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Grietazo

Por Nano Barbieri

No existe un freno a la voluntad del mercado distinto al del Estado. No porque sea una maravilla, sino porque es el único. Y porque, también, de tanto en tanto, corrige en favor de las mayorías. Por eso es también el foco de ataque liberal, permanente. Hasta que deciden que el mejor ataque posible es ocupar ese espacio. Carlos Saúl Menem lo hizo como ningún otro. Mauricio Macri fue su hijo predilecto.

Con el voto popular y una figura carismática que hacía uso descarado de la simpatía con las mayorías, el riojano expresidente consiguió el apoyo necesario para desarmar gran parte del sistema de protección y reparo contra el abuso mercantil que significa el Estado en todo el mundo. Fue dinamitando, con respaldo mediático y popular, al enorme dique que representaba la propiedad pública de los bienes y servicios esenciales.

En muy pocos años fueron quedando atrás la empresa pública de aviación Aerolíneas Argentinas, la telefónica ENTEL y la petrolera pública YPF, una de las más importantes empresas del país y la región. El mismo destino tuvieron los ferrocarriles, algunos bancos, empresas de energía, agua, correo y muchos otros servicios públicos. Conocemos esta historia, aunque a veces sea necesario repetirla. 

La transformación cultural fue mayúscula y habilitó, a mi criterio, los dos cambios más profundos que se dieron a partir de aquel comienzo de década y continuaron de manera ininterrumpida hasta la actualidad. Acaso dos de las privatizaciones menos renombradas: la educación inicial y secundaria (principalmente) y el espacio público. 

La ley federal de educación sancionada en 1993 trasladó a las provincias las responsabilidades y los presupuestos que derivaron en el fomento y la multiplicación de las ofertas privadas de instituciones educativas. Las escuelas públicas de gestión privada son el eufemismo más reproducido, al punto en que son, en muchas regiones del país, la única opción posible o cercana porque cumplen las funciones abandonadas por el Estado, pero sin ninguna mirada inclusiva, lógicamente. Son empresas y los criterios de ingreso se corresponden con el nivel de ingreso familiar. 

En sintonía con la expansión de las voluntades privadas y el abandono estatal de la regulación de los espacios públicos, la privatización de las ciudades fue un fenómeno sin precedentes. La liberación del uso del suelo fomentó un archipiélago de barrios-ciudad que no formaban parte ni siquiera del más explícito sueño sexual del liberalismo. Comenzaron a aparecer, uno tras otro, fragmentos de ciudades privadas con acceso restringido. Countries, barrios privados, housing, barrios en altura: pónganle el nombre que quieran. Estas opciones habitacionales forman parte hoy del más elemental sentido común, al punto de que hay en Argentina una superficie mayor a dos ciudades de Buenos Aires de ciudad privatizada. Córdoba y sus satélites son pioneros en el país. El 80 % del espacio público son las calles. En estas ciudades-barrios, ese espacio ya fue arrebatado.

Así, como frase póstuma, pienso que la principal herencia del menemismo es la destrucción de las condiciones de posibilidad de solidaridad colectiva. El menemismo como expresión cultural rompió la idea de ciudadanía que nunca más pudo recuperarse desde entonces. Los términos integradores de la política fueron reemplazados por las respuestas focalizadas, y la cotidianidad de las personas fue forzosamente fragmentada según las posibilidades adquisitivas. El encuentro de clases es una idea romántica.  

El hombre que llegó a la presidencia anunciando el salariazo acabó anticipando con maestría la idea de grieta que décadas después sería central en la política argentina. Carlos Menem es el ideólogo del Grietazo, porque clavó sobre suelo firme divisiones sociales que están sedimentadas en el sentido común y en la experiencia de vida de personas que hoy tienen ya casi treinta años, pero con una diferencia esencial: esa grieta no se salva con ninguna reunión entre las partes afectadas, ni con un gobierno de coalición, ni cantando “Color esperanza”. Esa grieta forma parte inseparable de cada uno de los argentinos y argentinas como ADN cultural, acaso como experiencia primaria de nuestra vida social.

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Nochebuena

Por Nano Barbieri

Esta historia me la contó el propio Turco, esa tarde que tomamos una coca en el patio de su casa, cuando pasé a dejarle la bordeadora que me había prestado. 

Fue hace nueve o diez años, empezó, y me miró como midiendo mi paciencia. Yo estaba ahí, con tiempo y ganas de escucharlo y entonces siguió. 

Definitivamente diez años, dijo, yo quería conocer Uruguay, pasearme ahí por las playas y vivir un verano entero a la deriva. Pero no me alcanzaba la guita. 

Primero lo rechacé y después no me quedó otra, arrancó. Laboulaye es una ciudad chica, pero tiene de todo. Ese año había un puesto de Papá Noel en la galería y, como mi cuñado tenía la gestión del evento, me llamó primero. Al principio me pareció absurdo. Le dije que no, corté, y lo llamé dos minutos después. Dale, me prendo, anotame, le pedí. Y ahí empezó todo.

Una semana antes de navidad me dieron el traje. Hubiera preferido una bata polar a ese plástico impermeable rojo. De domingo a domingo nunca hizo menos de 33 grados. Estaba flaco y me rellenaron la panza y parte de las piernas con rollos de tela. Llegaba media hora antes para vestirme, tomaba mucha agua y me sentaba sobre un carruaje verde rodeado de renos y atrapado entre un pino iluminado de navidad y tres duendes de cerámica. La galería era angosta y los dueños de los negocios se quejaban porque tapaba el ingreso. Yo no opinaba, pero era cierto. Movía los brazos y me reía como palea un excavador, con breves pausas, pero con un ritmo constante. Pasaban las horas, los chicos subían, me hablaban, pedían regalos y hasta me pegaban de tanto en tanto. Me tocaba interpretar a un tipo polémico. 

Fue el día antes de nochebuena, el 23. Ese año el 24 caía un domingo como hacía mucho no pasaba. Pero fue ese sábado a la tarde que entre las ramas del árbol me chistó. Eu, Santa, tchz. Me acuerdo que me dijo Santa y me dio gracia. ¿Quién le dice Santa a Papá Noel en Laboulaye? Era un tipo canoso, pero con mucho pelo, un guaso fornido, bravo. ¿Por qué no nos hacés un regalo a todos?, me preguntó con ironía. Explicame vos, le contesté, con toda la tarde por delante y un aburrimiento galopante.  

Tenemos que asustar a alguien, me dijo. 

Me pareció una frase horrible, pero lo escuché. 

A quién, pregunté, como si fuera alguien que se dedica todos los días a eso, con el temple de quien ofrece dos colores distintos de un mismo pantalón.  

-Apa, Pitín, estás hecho un loco. 

No me decían Pitín desde el secundario, hacía más de veinte años. Me entró la duda y corrí algunas ramas del pinito para ver quién era.  

-Julito, culiado, ¿qué hacés acá?

-Me vine para Navidad.

Julito estudiaba en Córdoba y no lo veía desde que habíamos terminado la escuela. Me alegró verlo y él parecía contento también. Se sentó detrás del pino iluminado y entre pendejo y pendejo que pasaba a saludarme y pedir regalos imposibles, Julito desarrolló el plan. No me acordaba que tuviera una prosa tan clara, era lindo escucharlo. Yo estaba asustado, fascinado y transpirado. Cuando se hicieron las diez, la galería cerró. Le dije a mi cuñado que me llevaba el traje puesto porque no daba más, que había que lavarlo o, por lo menos, colgarlo un rato al aire libre. Y así salimos, Julito y yo para la casa del gringo Paul. 

El gringo Paul había sido nuestro coordinador de viaje de estudios en Bariloche, año 1999. Una persona aborrecible de unos diez o doce años más que nosotros, lindo, flaco pero musculoso, cheto. Vivía a poco menos de veinte cuadras de la galería. Fuimos en la moto de Julito. Repasamos el plan una vez más y nos bajamos. Yo toqué el timbre y me paré con la bolsa colgando. 

Paul se asomó y le abrió la puerta a Santa, como si lo hubiera estado esperando. Hice la risa perfecta que a sábado a la noche ya me salía como al original. Paul sonrió hasta que detrás de mí apareció Julito gritando pasá, pasá, carajo, ¡entrá! 

Hacía veinte años que no veía a Julito y temí que se descontrolara todo. Parecía tenerlo todo calculado, pero veinte años son veinte años. Le juntó las muñecas adelante con un precinto de ferretería y lo llevó al sillón. Julito tenía puestos unos pasamontañas azules y empezó a cantar, como dándole una pista al gringo, la canción del viaje: a ver, a ver, quién dirige la batuta, Delfín Turismo, o las otras empresuchas, truchas, truchas

¿Qué quieren? Preguntaba Paul, con la voz confundida. Julito abrió una mochila y sacó la afeitadora eléctrica. Una Philips plateada. Lo llevamos al gringo más cerca del enchufe y le cortamos el pelo como a un pequinés: pelado a los costados, el techo calvo y un flequillo recto de rulos dorados. Lo miramos un rato, le pusimos pasta de dientes. Era satisfactorio, como limpiar la casa o cocinar muy rico. Se sentía bien, profundamente bien. Julito seguía cantando y aprovechó las bermudas del gringo para afeitarle también parte de las piernas, dejando intermitentes zonas claras y hundidas como una ruta provincial. Estás hermoso, man, lo imitaba. Yo busqué tres latas de cerveza, brindé con los dos y le dije, gringo, hoy pagás vos. Me permití ese chiste malo, quizás envalentonado en mi rol de gángster, pero ya estaba bien, había sido justo y le dije a Julito: Loco, listo, nos vamos. 

-Todavía no.

-Dale, viejo, ya está. 

-Falta la coreo. 

-¿Qué coreo? ¡Vamos!

-King África. 

Dijo King África y fue un rayo. Aquellos días se me aparecieron con la fuerza de una ola en el mar. De repente estábamos todos ahí, otra vez, inundados de aquel clima impostado, a merced de un joven Paul que ahora, dos décadas después, preguntaba, ¿quiénes son?, ¿qué quieren?, ¿qué les hice? Julito sacó el celular y lo puso a todo volumen. Bailá, le dijo, ¡bailá! Lo miré con miedo, pero me sumé: ¡Bailá, carajo! El gringo, con la remera llena de pelos, se paró y empezó a bailar, al principio lentamente y después compenetrado y casi disfrutando de la escena. Las muñecas ya juntas ayudaban a la coreo que veinte años más tarde le salía igual que en Bariloche, idéntica a aquellas noches de arriero juvenil. Me incomodó sentir un dejo de admiración pero, nobleza obliga, Paul bailaba bien. 

Cerramos la puerta sin escándalo y con una infantil sensación de justicia. Tomamos un porrón en un kiosco y me acosté temprano para mi último día en la galería. Dormí bien, recordando antes de cerrar los ojos algunas imágenes de la noche. El flequillo pequinés, las manos adelantes y Paul bajando bien abajo, como pide la canción. 

Laboulaye amaneció soleada el 24, que pintaba para una nochebuena al aire libre. La galería estaba atestada de gente desesperada por hacer sus compras a horas del cierre total. Yo laburé como nunca, había fila para sacarse la foto conmigo. Yo transpiraba, reía y les recordaba a los niños que debían portarse bien y cosas así. Hasta que, en eso, en el cuarto o quinto lugar de la fila, aparece un pelado, rapado. Lo miré por el rabillo del ojo. Paul se sentó al lado mío en la carrosa, pegado a un duende. Sin nadie que le sacara la foto miró hacia adelante y me citó otro hit de King: el camaleón, papá, el camaleón, cambia de colores según la ocasión. Dicho eso, se paró, me extendió la mano y me dijo feliz navidad. 

Feliz Navidad, contesté.

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La épica

Por Nano Barbieri

Son casi las once y mi casa es un planeador que corta el aire llano de la noche. No se escucha a nadie ni nada y es difícil imaginar el ruido, el frío y el calor de otros lados: las cosas tienen volumen. Es asombrosa y en parte esperanzadora la velocidad con la que puede verse todo de otro modo. El día que acaba ya parece de otra persona que no soy yo. Pero estuve ahí. Y entonces recuerdo.

Recuerdo que me enredé, como tantas otras veces, en discusiones sobre las formas (las formas: el detalle, el color, la postura). No importa cuáles, siempre son la periferia de los hechos. Y entonces me acordé de esta historia, que más que una historia es casi una escena, breve, contundente, como todas las grandes gestas. Pero es tan hermosa la síntesis, que vuelve, una y otra vez, como la repetición de un gol.   

Fue hace mucho tiempo. Murió mi abuela y yo no estuve. O murió la mamá de mi viejo. Dicho así, duele más. El lugar favorito de ella era uno donde nunca pudo estar. Otra vez, los hechos, las narraciones y lo que hay entre los dos. La música, los vinos, las copas, el piano, eso le bastaba para vivir en Francia, para navegar el río Sena. Mi abuela se llamaba Kicha y murió sin haber estado ahí. 

Entonces, a los pocos días de su muerte, surgió una idea familiar que me pareció absurda: había que llevar sus cenizas al río. Viajar a Europa y mezclarlas ahí, con el agua del lugar con el que construyó quién sabe cuántas fantasías y trincheras que la ayudaron a vivir. No me opuse solo por falta de ideas o convicción. Lo cierto es que, de un modo que desconozco, la idea germinó, creció y maduró. 

Pasaron semanas o meses, no sé. Me olvidé del tema. Y un día de la nada, así como hoy, de calendario, me llegó una foto en un e-mail. Lo abrí con la frialdad de un acto reflejo y ahí estaba mi hermana abrigada al lado de un río marrón, ancho, turbulento. Parada sobre una ribera que era de cemento, o cerámicos, no me acuerdo bien. Gris. Se veía sola en la imagen, ni amigos, ni desconocidos, nadie. Se puso las cenizas en las manos y las tiró al río como si fueran una ofrenda. Las dos manos juntas, arrodillada frente a la costa, las dejó caer al agua como se acuesta a un bebé, o como se abren las palmas para develar un truco de magia. Ninguno de nosotros lo hubiera hecho de esa manera, hay tantas sensibilidades a las que no tengo acceso, pensé. Es un gesto, solo un microgesto de algunos segundos y, probablemente, mucha espontaneidad. Y, sin embargo, en su insignificante duración en el tiempo, definen a una persona para siempre.

¿Cuál es el hecho? ¿Cuál es la acción? ¿Dónde reside la importancia de las cosas? Tirar las cenizas al agua era casi un lugar común. Fue, sin embargo, todo lo contrario. Tan solo un gesto, una sutileza de ella, justamente ella, que tan poca atención le presta, y mucho menos le interesa, la épica.

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Movimiento

Por Nano Barbieri

Era nueve de marzo del dos mil. Yo cumplía dieciocho años ese mismo día y estudiaba con la ventana abierta del departamento de calle Italia. Recién llegaba a Villa María y, como no nos habían conectado la luz, me sentaba pegado al pasillo para poder leer. No conocía a los vecinos, solo de vista a algunos: una chica que escuchaba los redondos, un policía que era su pareja y un tipo solo, de unos cuarenta años un poco fanfarrón que usaba remeras entalladas y algo de gel. Pongamos que se llamaba Luis.  

Fue Luis el que se acercó esa tarde cuando volvía del almacén. Me saludó, se presentó y no podía creer que en mi cumpleaños de dieciocho estuviera sobrio y solo. Me dio la impresión de que sintió una pena generacional. Me invitó a cenar esa misma noche. Vivía exactamente arriba de mi departamento y acepté. Compré una cerveza y llegué puntual, a las nueve. Había olor a desodorante Axe y se estaba poniendo una camisa mangas cortas. Pasá, pasá, me dijo. Escuchaba música como si fuera la última vez, una canción de Alejandro Sanz. Yo estaba muy agradecido con su gesto, pero no veía un solo punto de encuentro para sostener lo que quedaba de la noche que acababa de empezar. Se abría un espacio de tiempo indefinido que no tenía la menor idea de cómo ocupar. Luis había puesto una pizza al horno y le pregunté si le gustaba cocinar. Claro, dijo, y me miró con un gesto de soberbia nocturna. 

En eso, mientras ninguno de los dos se sentaba sonó el timbre, que partió la canción como un rayo. Él atendió el portero y dijo pasá. Era Irene. O él le decía Irene. Una mina que estoy viendo, me dijo. Rusa, se rio buscando mi complicidad. Irene subió y saludó a Luis con un beso triste, de frontón. Él le hablaba como si ella entendiera todo. Le contó de mí, de mis dieciocho años, se extendió por largos minutos recordando su propio cumpleaños de dieciocho que había sido, por supuesto, mucho más picante que el mío. Luis parecía tener una audiencia que nosotros desconocíamos, que no estaba ahí. Me presentó al final de la historia, nos saludamos y nos sentamos a la mesa. Irene no hablaba una sola palabra de español y estaba siempre a punto de llorar. 

Luis abrió una botella de sidra y nos convidó del pico. La música seguía muy alta y mientras él chequeaba la pizza en el horno y le agregaba rodajas de tomate, Irene empezó a conversar conmigo en un inglés elemental. Había hablado con sus hijas, que no eran rusas, sino ucranianas. El invierno estaba siendo filoso y habían llegado a quemar maderas de muebles, peldaños de escaleras. Tenía un cuerpo deshabitado. Había venido a encontrar trabajo porque era maestra quesera. Pero el relato de Irene se interrumpió con la dedicatoria de un verso. Luis tomó la botella como micrófono, se acercó y le cantó: ¿Quién me tapará esta noche si hace frío? ¿Quién me va a curar el corazón partido?

El volumen que al principio fue incómodo y torpe acabó alfombrando una noche que no hubiera podido soportar momentos de silencio. Comimos la pizza que estaba rica y salada. Brindamos por mi cumpleaños como si nos conociéramos hace tiempo y escuchando cómo Luis repetía cómo no tengo dieciocho, cómo no tener dieciocho hoy. Destapamos una cerveza más y una parte de Irene tomó el control, como si acabara de entrar en ella una persona distinta. La vi reírse por primera vez y levantarse de la silla como un gesto de supervivencia. Irene sabía bailar. Lo abrazó a Luis como si fuera, él también, una persona distinta. Agradecí la invitación, los saludé y bajé a mi departamento. 

A veces, cuando los suelos son arenas movedizas, me acuerdo de aquel día. De mis dieciocho años y del derrumbe hermoso de algunas certezas. La felicidad es, también, una bestia en movimiento.

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Epidermis

Por Nano Barbieri

Quisiera dar un punto de vista sobre la corrección política, principalmente porque pienso que hay un sentido de la ofensa demasiado desarrollado y, por sobre todas las cosas, fingido y sobreactuado. ¿Por el uso de las redes sociales? No necesariamente, no siempre es culpa de la disponibilidad del medio. 

Dice el sociólogo Randall Collins: Si podemos pensar en las palabras que vamos a decir es porque al hablar adoptamos el punto de vista de otras personas y evaluamos su reacción a lo que hemos dicho hasta ese momento. Decimos con relación al otro. Esto no es nuevo, ni tampoco reprochable: es el resultado de la convivencia y de la necesidad de sostener una audiencia para no hablar como los locos. Pero lo cierto es que al hablar se desata, diría Goffman, un mecanismo de ajustes en el que la persona actúa en función de la expectativa del otro, buscando siempre armonizar con los demás evitando una abierta contradicción.

Esa armonización no es gratuita y varía según las posibilidades que nos demos de discutir los temas por fuera de sus empaquetamientos. Por ejemplo. En una nota publicada poco tiempo antes de las elecciones de Brasil que consagraron a Bolsonaro como presidente, el antropólogo Nicolás Viotti se preguntaba: ¿Cómo llegamos a esto? ¿Siempre fuimos conservadores y no lo sabíamos? Miren la precariedad y sin embargo la profundidad de esa pregunta: ¿siempre fuimos conservadores y no lo sabíamos? ¿Dónde estaba guardado todo eso? ¿Acaso detrás de una corrección política que, epidérmicamente suspendida, tuvo un desarrollo subterráneo? Por supuesto, esto es una hipótesis. Yo creo que sí es así.

Incluso las ideas más descabelladas instaladas, supongamos, por los medios o por referentes del deporte, la cultura o la política, necesitan de una base de sentido para poder ser eficaces. Digamos, no necesariamente lo que digan mañana Messi, Ginobili o Daniel Baremboim tendrá repercusión. La eficacia, dice Viotti, depende de condiciones cotidianas, de un magma mucho más amplio de fondo que está encarnado en objetos, afectos y deseos colectivos, incluso los más terribles. ¿Existe suelo fértil para todo tipo de afirmaciones? Claro que no. Pero la pregunta subsiguiente también es incómoda: ¿estamos generando, innecesariamente, condiciones para que emerjan este tipo de reacciones? Pienso que degrada las afirmaciones la necesidad de combinarlas siempre con una denuncia. Acaso incluso ponga en duda, también, la certeza misma de aquella afirmación. ¿Era verdaderamente importante, por ejemplo, condenar a quienes no homenajearon a Maradona?

¿Cuál es la eficacia de la sanción? ¿Cuántos de ustedes recuerdan haber sido escrachados, avergonzados o repudiados y tomaron aquello como un antecedente para volverse mejores? No conviene generar los escenarios para que estas discusiones afloren. ¿Cuáles son las condiciones que permiten que broten, en todo caso, con tanta intensidad nuevos modos de manifestaciones anti populares, o contrarias a las ampliaciones de derechos? 

Estamos ante una colección de verdades a medias, diría el griego Castoriadis, que probablemente defendamos con un énfasis que no merecen. Pienso, para decirlo con mayor claridad, que es mayor el riesgo de quedar presos de nuestras propias imposiciones que de ser un ejemplo multiplicador. 

Creo que equivocamos el rumbo haciendo hincapié en un mundo moral. Sobre todas las cosas cuando la preocupación no consiste en el problema moral de cumplir con esas normas, sino en el problema amoral de construir la impresión convincente de que satisfacen dichas normas. Como actuantes, diría Ervin Goffman, no somos otra cosa que mercaderes de la moralidad.

Yo estoy al derecho, dado vuelta estás vos. Dice una canción. 

Lo que te da terror te define mejor. Dice otra. 

Hoy me quedo cantando la segunda. 

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Nostalgias

Por Nano Barbieri

Las situaciones límite nos obligan a cuestionar la construcción social de la realidad: por lo menos a agarrar el manual. Si esto no sucede, si esa mínima reacción no toma cuerpo, entonces estamos demasiado mal, tenemos un frío increíble en el pecho, o simplemente estamos, como dice la canción de Pink Floyd, plácidamente paralizados.

No podemos, nos cuesta demasiado o no queremos. Lo cierto es que no sabemos revertir los principios de nuestra relación con el mundo. Nos lo dice la evidencia, tal vez hoy más que nunca. Nos cuesta cambiar, o darle importancia a la necesidad de un cambio. Hay una derrota subjetiva, quizás, que consiste, diría Badiou, en el desarraigo de la idea misma de otro camino posible. O peor aún, de la existencia de esa idea, pero en un territorio dominado por la nostalgia: no hay sentimiento colectivo más paralizante que la nostalgia. Es un estado contemplativo, como de espectador privilegiado. Matizado, para colmo de males, por el tibio goce de volver a pasar por nuestros cuerpos una sensación plácida, editada por el más romántico de nuestros editores. 

Pareciera que no sabemos vivir de otro modo. Con la religión y con los objetos sucede algo muy similar. Tanto las cosas como los dioses son creaciones humanas que se vuelven, tarde o temprano, en contra de sus propios creadores. La famosa historia de Frankenstein. Se intercambian, de un momento a otro, los papeles del creador y de la criatura. Marx, que había tomado esta lectura de Feuerbach, sostenía que la culminación del proceso de dominación del capital sobre el trabajo se materializaba, se sentía Real, en el momento en el que el objeto se volvía en contra de su creador. El hombre creó a Dios, y sin embargo se somete a él. Las personas crearon, también, el mismo sistema que le impide realizarse. O peor aún, que no conoce ni encuentra cómo desactivar. 

Puestos a conversar y a pensar sobre nuestra existencia, cuesta encontrar voces que no identifiquen una contradicción colosal en el modo en que habitamos el planeta y cualquier idea de sustentabilidad, tanto del orden de la naturaleza, como del orden político y social: eso que llaman gobernabilidad. ¿Cuál es el límite de lo tolerable? ¿Cuánta elasticidad le cabe a ese concepto? Los equilibrios ponen a prueba sus fronteras, en todos los frentes. Pero ¿qué es la gobernabilidad? Siempre me pareció un concepto tremendo enmascarado en un tecnicismo. Es una idea de frontera definida por el clima social, por las normas no escritas de convivencia. Es un límite que más o menos todos podemos identificar, pero que objetivamente no existe. ¿Dónde queda esa frontera? Pareciera que todo acercamiento real a la modificación del estado de las cosas es puesto en el cajón del pensamiento utópico. El poder, decía Michel Foucault, ya no reprime, sino que normaliza. Nos vuelve predecibles, nos marca los límites del pensamiento. Así es evidente la pérdida de un horizonte novedoso. Volvamos a la evidencia: hoy la utopía pareciera ser recuperar el mundo que teníamos seis o siete meses atrás.

En un texto especialmente lúcido, el sociólogo François Dubet se pregunta: ¿qué podría hacer que nos sintiéramos lo bastante semejantes para querer realmente la igualdad social, y no solo una igualdad abstracta? Es una pregunta madre, orientadora, propia de las crisis. La hipótesis que el autor francés sostiene es que, aunque hayamos tomado como propios y casi indiscutibles a los valores de la igualdad y la libertad, es la crisis de la solidaridad lo que los vuelve irrealizables. Todas las luchas contra las desigualdades, dice Dubet, requieren un lazo de fraternidad previo, que el aislamiento y la distancia de los grupos sociales impide. Reconocer al otro como par. 

La brillante Chantal Mouffe coincide en el diagnóstico: la principal experiencia de los individuos en la actualidad es la propia destrucción de las condiciones de solidaridad colectiva. Y no es la pandemia, ni la cuarentena, ni el uso del barbijo. El filósofo rockstar, Darío Zeta, lo resume con mucha claridad: el individualismo es también una forma de confinamiento.

Los modos –aunque parciales- de modificar la desigualdad entre las personas han generado muchas veces mayor resistencia que la ausencia absoluta de la voluntad de hacerlo. La desigualdad es una zona de confort: es lo que hemos vivido siempre. ¿Cómo se explica, de lo contrario, que genere mayor resistencia un plan de ayuda social que la multiplicación de la riqueza de los ricos? 

A nuestro tiempo le cabe una paradoja inaceptable: a pesar del supuesto acortamiento de las distancias físicas a través del uso de la tecnología, las sociedades se han vuelto cada vez más cortas, con un umbral de solidaridad que rara vez excede al ámbito familiar y de las amistades. Las redes, los teléfonos, las velocidades de mensajería, de traslados físicos, la disponibilidad de objetos cada vez más maravillosos. Todo lo que vino a acercar trajo también nuevos temores y distanciamientos. Cosas que pasan, tal vez, cuando ocupamos el tiempo hablando de los instrumentos y demasiado poco de la instrumentalidad: ¿para qué?

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¿Acaso mi plata no vale?

Por Nano Barbieri

Hace algunos meses hubo una hermosa discusión, tal vez de las más ricas, políticamente hablando, de este año-siglo que nos toca vivir. Por profunda, por incorrecta. Pasó algo desapercibida, pero a mí me pareció notable, verdaderamente de fondo y me gustaría retomarla. Tiene que ver con el significado del dinero o, mejor, con el sentido del dinero según la pertenencia social. Veamos.

Un poco de contexto. Apenas asumió el gobierno actual, se lanzó en conjunto con algunas personalidades y famosos el Plan Nacional de Lucha Contra el Hambre. Una de las acciones fue la entrega masiva de la Tarjeta Alimentar, a través de la cual el gobierno intenta aún hoy recomponer los consumos elementales de millones de personas. Acceso a la comida, básicamente. Más de un millón de familias reciben mensualmente una suma que ronda entre 4000 y 6000 pesos para garantizar la compra de alimentos. A priori, a mi manera de ver el mundo, nada que reprochar. Un paliativo elemental.

La cuestión es que esta asignación prohíbe dos cosas: el uso o extracción del dinero en formato papel, por una parte, y la compra de bebidas alcohólicas, por otra. Además, es regulado por un programa de Seguridad Alimentaria y Nutricional. Es decir, las asistencias del Estado son condicionadas por una serie de decisiones sobre los consumos y un control sobre el desarrollo de los cuerpos que forman parte del plan. Entonces, la pregunta: ¿qué cosas pueden y qué cosas no pueden los pobres comprar con ese dinero? ¿Qué “clase” de dinero se les da a los pobres?

Con el plan en marcha, Juan Grabois, uno de los más críticos en relación al tema, lo puso en cuestión y dijo: no puede haber libre mercado para los de arriba y condicionantes paternalistas para los de abajo. Es cierto: de alguna manera, las condiciones e indicaciones del estado hacia los beneficiarios consideran al pobre como un consumidor incompetente, como una persona que, librada a su voluntad, no sabría priorizar las necesidades familiares. En relación con esto, la economista Corina Rodríguez Enríquez demuestra el modo en que las condicionalidades son, en gran medida, las que habilitan el apoyo de una parte importante de la población para tomar estas medidas. Las condicionalidades dividen las aguas entre pobres merecedores y pobres que no. Y esto es algo muy bienvenido en la opinión pública.

La socióloga estadounidense Viviana Zelizer escribió en 1994 un libro fuera de la caja. El texto se llama El significado social del dinero. Ahí la autora define el “marcado social de la moneda”. La hipótesis central de la autora es que, aun cuando un dólar siempre sea un dólar, las relaciones sociales le confieren un valor diferente a ese mismo dinero, según distintos contextos y circunstancias. Así, según cómo hayan percibido el dinero, o cómo pretendan gastarlo, el dinero tiene una marca social diferente: “mil dólares ganados en el mercado de valores no se consideran de la misma manera que 1000 dólares robados en un banco, o 1000 dólares que nos presta un amigo”, dice Zelizer.

Uno de los ejemplos con los que la autora grafica esta relación proviene de un estudio del mercado de la prostitución en Oslo. Viviana mostró la existencia de una “economía dividida” entre muchas de las mujeres que usaban el dinero de la prostitución para comprar alcohol o drogas y reservaban las sumas otorgadas por los servicios sociales para los cuidados que necesitaban los hijos.

El mismo dinero, los mismos billetes. A través de las prácticas sociales, a través del poder cultural del dinero, las personas rompen lo fungible del dinero: que un peso sea igual a otro. En cierto sentido, el dinero funciona como el lenguaje y, a pesar de su configuración dura, por llamarla de algún modo, sigue estando sujeta a interpretaciones. Las personas y los grupos sociales le otorgan significaciones desiguales. El dinero, dirá Zelizer, a diferencia de su concepción monetarista, nunca es neutral.

Pero volvamos al disparador de esta columna, a la excusa para problematizar el dinero. ¿Qué “clase” de dinero se les da a los pobres? Bien, en líneas generales, más allá de esta duda planteada por Grabois, la política de la tarjeta alimentaria no fue cuestionada masivamente en su condición paternalista. Más bien al contrario, fue sostenida en las cláusulas sobre su utilización. 

Ahora, en el otro extremo de la pirámide social. Olvidemos por un momento que los dólares son, como efectivamente son, una mercancía importada. Imaginemos que son, como muchos los intentan presentar, tan solo un mecanismo legítimo de preservación del valor de los ahorros. Cerremos esa grieta parcial. 

Pero preguntemos, ¿cómo es posible que una medida condicionante, como es la restricción al acceso de dólar ahorro sea masivamente percibida como una medida paternalista sobre el modo de encauzar los ahorros de los argentinos? ¿Por qué una intervención sobre las libertades del uso del dinero resulta legítima y prácticamente incuestionable y la otra se presenta como aberrante y limitante de las libertades? Es la marca social del dinero, pienso que diría Zelizer. La legitimidad social del billete que hace que algunos puedan tener ciertos usos y otros no. El contexto, la circunstancia y, fundamentalmente, la condición de clase. ¿Cómo puede ser que hayamos pasado tantos años creyendo que el dinero era algo neutro, impersonal? El uso del billete dice mucho sobre la organización social. 

O más que decir, como canta Bob Dylan, el dinero no habla: putea.

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Las historias

Por Nano Barbieri

Leo los diarios, escucho la radio, y a veces parece irreal. ¿Cuánto tiempo más podemos sostener la discusión sobre el mérito? Vuelve, cada año, como el invierno. ¿Hasta cuándo queremos soportar el eterno déjà vu de nuestra agenda pública? ¿Es necesario –realmente pregunto– subirnos cada vez que pasa, al tren del hashtag, a la vorágine de las redes sociales, malentendidas como batalla cultural? ¿Entregamos el discurso al adversario si dejamos de repetirlo? En fin, hagamos una pregunta más general: ¿qué sentido tiene la repetición de estas historias?

Indudablemente, hay un goce en la repetición. Repasemos la historia, como si estuviéramos sentados frente a la TV, leamos otra vez el cuento detrás de la idea de mérito que escuchamos una y otra vez. La historia narra, más o menos, lo siguiente: un grupo de trabajadores europeos expulsados por la guerra y el hambre atraviesan el océano para llegar a una tierra de oportunidades, salvaje, cuando no vacía. En el desamparo, no le piden una mano a nadie, sino que son hacedores de su propia historia, incluso sin hablar correctamente el idioma. Ellos son los creadores de la patria: abuelos y tatarabuelos de los ganadores de la Argentina contemporánea. Punto. ¿Quién no fue mecido en algún momento de su vida con esta noble historia? No una, ¡miles de veces! 

Siri Hustvedt es una novelista estadounidense que escribió un extraordinario ensayo que se llama El poder de la literatura. A lo largo del libro, a veces de manera explícita, otras no tanto, Hustvedt se pregunta por la importancia de la verdad en la narración de una historia convincente, que nos llegue a los huesos, que nos movilice el corazón y la cabeza. ¿Quién necesita la verdad? La verdad que busco como escritora de ficción, dice la autora, no es un registro documental del pasado. Estoy buscando una verdad emocional. Los personajes deben comportarse, hablar y pensar a lo largo de su vida de un modo que me parezca real. Esta verdad no guarda relación alguna con la naturaleza de los acontecimientos descritos. Los personajes podrían ser cebras voladoras.

Hustvedt nos diría que la historia que une la inmigración europea con el trabajo, el sacrificio y la explicación histórica de la desigualdad es una historia verdadera en el sentido ficcional de la verdad. Emocionalmente, la teoría del mérito es una historia efectiva que abraza las fibras más sensibles de un importante sector social de la Argentina. Cuando narro una historia de ficción, continúa la escritora, los juicios que emito se fundamentan más bien en un instinto, un sentido de lo que está bien y lo que está mal. La narración de los mitos populares refuerza concepciones prefiguradas sobre el funcionamiento del mundo. Prejuicios.

Entonces, volviendo a las preguntas del principio, ¿qué sentido tiene discutir verdades emocionales? O, en caso de que discutirlas sea nuestra elección, ¿cómo se argumenta frente a esas verdades emocionales? Yo no creo que el mejor camino sea discutir los mitos, pero sí pienso que el primer paso es intentar comprenderlos, partir del principio de Alain Badiou: nada de lo que hagan los hombres es ininteligible

Si es que Siri Hustvedt va a ser la madrina de este texto, sigamos con ella. La percepción es conservadora, dice en un hermoso y preciso resumen de la actividad de conocer. No percibimos el mundo tal como es; lo creamos activamente a partir de patrones del pasado y estos incluyen construcciones conceptuales que forman parte de nuestra imaginación. Percibimos, en gran medida, lo que queremos ver, o peor aún, lo que fuimos asignados a percibir. 

Nos contamos historias, generamos nuestros mitos, reforzamos prejuicios. ¿Qué lugar tiene la argumentación dentro de estas historias? Tal vez en lugar de enredarnos una y otra vez en la aburrida maraña de las asignaciones meritocráticas convenga pensar cuáles son los mecanismos que nos traen a colación una y otra vez estos cuentos. ¿Qué dispositivos los desatan? ¿Cuáles son las causas que activan esta discusión? ¿Qué temores vuelven necesaria la leyenda de este cuento que tanto tiempo y tan buenos resultados les dio a sus narradores? 

La discusión sobre el mérito es un síntoma, mal perdemos el tiempo poniendo el foco ahí. La aparición recurrente en nuestra agenda no es otra cosa que un mecanismo de defensa. Miremos si no lo que pasa en la emblemática película The Truman Show. Cada vez que la realidad, o mejor, la narración sobre la realidad se encontraba amenazada, el director procuraba recuperar la estabilidad. Para hacerlo, elegía verdades emocionales. Relatos sobre la infancia del protagonista, recuerdos e imágenes que este no distingue con claridad en su memoria, pero que vuelven una y otra vez para calmarlo. 

Y así funciona, incansablemente. Hasta que un día, tal vez, como las mantitas de apego de los más chicos, deja de hacerlo.

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The Future

Por Nano Barbieri

En los primeros años posteriores a la guerra fría, el profético Leonard Cohen publicó uno de sus discos más emblemáticos: The Future (1992). Entre las nueve canciones que lo completan, dos son épicas y contrapuestas: la que lleva el nombre del álbum y Democracy. Mientras que la primera avisa, “he visto el futuro, es una masacre”, en Democracy celebra la llegada de la democracia como una especie de fe amasada desde la masacre de plaza Tiananmén y el hombre del tanque hasta nuestros días. 

Esta especie de desconcierto, este juego de oposiciones tenía un fundamento: las posiciones extremas empezaban a parecer cada vez más atractivas. En una entrevista para la televisión canadiense, Cohen lo explicaba así: “Todo el mundo se siente más hospitalario con las posiciones extremas (…), su retórica tiene un cierto borde, una chispa, un atractivo”. Recursos que, a él también, le resultaban prolíficos para componer. La masacre o el esplendor. 

Hace pocas semanas, el Colectivo Editorial Crisis publicó una recopilación de reflexiones sobre la marcha, en caliente (mis respetos a ese coraje intelectual), sobre la situación de Argentina en su nueva anormalidad, pre-post o eternamente pandémica. La vida en suspenso reúne varios textos con una hipótesis: por primera vez la historia está en suspenso, atónita por un acontecimiento cuya protagonista es la naturaleza. No hay mecanismos históricamente institucionalizados, no hay antecedentes inmediatos que puedan acercarnos respuestas a lo que está sucediendo: solo quedan caminos creativos, y en cierto modo improvisados, que permitan encauzar la situación en alguna dirección. 

En relación con este escenario, el politólogo Marcelo Leiras explica la volatilidad de algunas de las respuestas que vimos en estos meses. “Lo que acostumbramos a describir como gobierno de leyes”, dice Leiras, “aparece nítidamente como gobierno de personas. El núcleo del poder público reside en los individuos a los que obedecemos aún en una situación extraordinaria”. Así, lo mismo que genera gran aceptación, al poco tiempo genera rechazo o viceversa. Las leyes por las personas. Hay una zona de espontaneidad, de riesgo y aprendizaje, que desnuda la trama de decisiones detrás de personas que están pensando en vivo. Puede sonar como algo evidente, pero es esencialmente novedoso. 

La institucionalidad necesita del antecedente. Siempre pensé a las sociedades como a una ilusión. La sociología resulta alucinante por su vocación de explicar lo que no tiene cuerpo, pero que nos define en casi todo lo que hacemos. Las instituciones, los órganos de vida de las sociedades, son como telas de un probador, de una carpa, de una sala de primeros auxilios. Hacen un esfuerzo extraordinario por organizar, por disciplinar, por llevar a la paz, tal vez. Por educar, por distribuir, en el mejor de los casos. Pero al final del día son solo telas, velos, fragilidades necesarias, pero fragilidades al fin. La condición de su existencia es que podamos crear en ellas, en la posibilidad que tienen esas telas de sacarnos de la intemperie. 

La pandemia puso en evidencia la importancia de los Estados nación en el sostenimiento de la vida, de eso no tenemos duda, pero también dejó expuesta la condición, digamos, humana, de las decisiones que le dan forma. En este sentido, puede verse una zona de riesgos y de oportunidades producto de la pandemia que abrieron ventanas de discusión que, en una situación de normalidad (por usar un término de moda), hubiera sido muy difícil poner sobre la mesa. Pienso puntualmente en el impuesto a las grandes fortunas, a los multimillonarios (¿en qué otro contexto lo hubiéramos discutido sobre agenda?), o el salario universal que, a pesar de los años de teorización, tan pocas veces pudo ser al menos el titular de algún diario. En síntesis, podría decirse que hay una histórica oportunidad de salirse del libreto de las condiciones de posibilidad de la política tal como la entendemos en Argentina.  

Pero, al igual que en el escenario que planteara Leonard Cohen en 1992, el resquebrajamiento de las normalidades, de las regularidades genera un clima hospitalario con las posiciones extremas, un clima ideal: nada pareciera estar fuera de las posibilidades de este momento histórico. Todo puede pasar, todo discurso tiene su audiencia. La popularidad de dirigentes o referentes de las alas más represivas del arco político (transversal a todos los partidos o coaliciones hegemónicas) refuerza, con un aire moderno en tanto estrategias comunicacionales, la tradición nacionalista y totalitaria. 

Los privilegios están en discusión, pero también están dadas las condiciones para que aflore un neoconservadurismo represivo que encuentra un sorpresivo eco con crecimiento sostenido. 

Volvamos a The Future. Hay un tercer tema en este disco de Leonard Cohen que pareciera contestarles a los dos que mencionamos al comienzo de esta conversación, como queriendo darle una salida a esta polarización. Se llama Anthem, o Himno, y comienza con un recitado que dice: 

“Que suenen las campanas que aún pueden sonar Olvida tu ofrenda perfecta/Hay una grieta en todo/Así es como la luz entra”.