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Teatro con protocolos. La emoción de volver a entrar a un teatro.

Entrevista a los dramaturgos Sergio Blanco y Gabriel Calderón.
Por Gonzalo Marull

El año 2020 arrancó con una pandemia mundial. Se produjeron aislamientos obligatorios y cerraron los teatros, pero no solo en una región o un país, en todo el mundo. Esto para los amantes del teatro se tornó desesperante, porque hemos vivido cierres de teatros en nuestros países, pero nunca en todo el planeta al mismo tiempo. Por eso, si nos enteramos que en algún lugar del mundo un teatro reabre, lo vemos como una luz de esperanza y acompañamos ese movimiento como si fuera propio. En julio, en Barcelona, se produjo un estreno teatral, y en agosto, en Montevideo, otro. Da la casualidad que en los dos participaron como dramaturgos y directores dos artistas a quienes admiro profundamente y considero amigos del alma: Sergio Blanco (franco-uruguayo) y Gabriel Calderón (uruguayo). Así es que saqué provecho de mi carnet de amigo y les pregunté sobre las sensaciones vividas en esos estrenos. 

¿Por qué creen que, en el orden de prioridades a la hora de flexibilizar los aislamientos y reabrir, el teatro llega siempre casi en último lugar?

Sergio Blanco: Para la sociedad de consumo en la cual estamos inmersos, no somos una prioridad. Y creo que está bien que así sea. El teatro no entra –por suerte–, en ningún circuito ni comercial ni mercantil ni industrial ni económico de prioridades en nuestras sociedades de consumo. Eso en cierta manera es un elogio para todo el movimiento teatral. La sociedad de consumo que encuentra su aliado en la sociedad del espectáculo –y que no tiene nada que ver con el teatro– puede prescindir perfectamente de nosotros y nosotros de ella. No nos necesitamos. Es hermoso y redentor poder prescindir, es el comienzo mismo de la libertad. 

Gabriel Calderón: La razón es que no somos prioritarios. No es una prioridad para el gobierno y para mucha gente. Para las masas, para las mayorías, evidentemente, el teatro no es prioridad. Entonces somos grupos de presión limitados. Y lo que pasa muchas veces es que la cultura de la industria no está desarrollada en Latinoamérica, entonces en muchos países de Europa las industrias vinculadas al teatro presionan para abrir los teatros, para que la gente trabaje, para que los artistas puedan hacer, pero en nuestros países eso está más desconectado y es incipiente, por ende, ahí no hay posibilidad de grandes presiones para poder retomar el trabajo. 

¿Qué les pasó el día que estrenaron en plena pandemia? ¿Qué protocolo tuvieron que seguir?

Sergio Blanco: Para mí fue muy emocionante poder volver a entrar a un teatro. En mi caso fue en el Teatro Lliure de Barcelona. Recuerdo que el primer día que entramos a ensayar, ni bien pusimos un pie en el escenario, todo el equipo hizo una especie de silencio. Estábamos todos profundamente conmovidos. No nos decíamos nada. Mirábamos el lugar. El teatro estaba ahí. Esperándonos. El teatro finalmente es muy paciente. Por esos días me sentí muy dichoso y afortunado de poder estar retomando mi trabajo en un teatro, pero permanentemente pensaba en todos aquellos colegas que no lo estaban pudiendo hacer. Así que se trató de una mezcla de felicidad y tristeza al mismo tiempo, porque la felicidad para mí no tiene sentido cuando no es compartida. Los protocolos de ensayo que tuvimos que seguir eran muy severos y eficientes: mascarillas, lavado permanente de manos, distanciación de un metro y medio, diferenciación de puertas de acceso, etc., etc. Me impresionó la manera rigurosa en que todo el mundo los respetaba. Luego, el día del estreno hubo una emoción particular, pero debo confesar que finalmente fue un poco similar a la emoción que siempre siento cuando entran los espectadores a la sala, siempre me digo lo mismo recordando a Pirandello: “Ahí llegan los gigantes de la montaña”.

Gabriel Calderón: En particular a mí me pasó, cuando estrenamos “Ana contra la muerte” en el Auditorio Nacional del Sodre –el auditorio es un teatro gigante, en realidad son dos teatros, una sala para dos mil personas, y otra sala más pequeña que es para trescientas personas–, nosotros estrenamos en la sala pequeña con un aforo reducido de unas sesenta personas y, la verdad, era como, yo no diría triste, pero había algo de frío, de que un teatro tan gigante que siempre está lleno de gente, que siempre tiene las dos salas a full de su capacidad, de repente, en la única función que tenía, solo pudieran estar sesenta personas. Los espectadores iban llegando de a uno, los hacían entrar, los acompañaban hasta su butaca, todo muy sanitario, muy limpio, pero también muy frío y el espectáculo tuvo que atravesar eso para poder llegar a la gente. 

¿Creen que los espectadores cargaban un plus emocional a la hora de mirar? Ustedes son artistas escénicos con muchas funciones encima, estas que hicieron en plena pandemia ¿tuvieron algo en particular que nunca les había pasado?

Sergio Blanco: Sí, había una atmósfera especial. La gente volvía al teatro después de mucho tiempo sin poder ir, entonces se sentía una cierta emoción. Además, en Barcelona por esos días habían detectado unos rebrotes y las autoridades estaban empezando a cerrar de nuevo algunas salas. Hasta dos horas antes del estreno, no sabíamos si teníamos la habilitación o no. Nadie lo sabía, ni nosotros, ni el público. Eso creó un clima muy particular que hizo que, cuando llegó la habilitación, todos fuéramos a la sala del teatro como quien va a una manifestación política o a festejar algo. 

Gabriel Calderón: Como director y dramaturgo viví el contexto, pero en las funciones que se están haciendo no estoy arriba del escenario; pero sí, por ejemplo, hablo con las actrices, que me dicen: “Hay que rearmar a este público, no es un público, no es una platea llena o concentrada en un lugar, sino que está diseminada, con espacios”. Entonces no es que le hablás a un público, sino que les hablas a muchos aislados y eso genera una particularidad. En el estreno, los espectadores estaban separados a cinco metros y ahora a dos metros porque se flexibilizó un poco más, y así poco a poco se va pareciendo más a lo que era antes.

¿Qué es lo que más extrañaron los días en los que permanecieron encerrados en cuarentena?

Gabriel Calderón: A mí me gusta mucho mi casa, me gusta mi familia; pero cuando a uno lo obligan a estar todo el tiempo en ese lugar con esas mismas personas comienza a extrañar todo lo que no es ese lugar y esas personas. Yo debo decir que, como caso particular, estuve muy cómodo los dos meses que tuvimos en Montevideo de cuarentena, creo que los niños –yo vivo con mis dos hijos–, ellos sí lo empezaron a sentir al final de los dos meses. Me cuesta pensar en lugares como Argentina u otros países en los que la pandemia hizo que la cuarentena se extendiera a cuatro, cinco y hasta seis meses. Yo no lo viví, entonces extrañaba salir y dar vueltas sin ninguna razón, y eso fue lo primero que hicimos cuando se abrió: dar vueltas a la manzana. Recuerdo el primer día que les dije a los niños que íbamos a ir a dar una vuelta a manzana y ellos festejaron como si les dijera que íbamos a ir de viaje o les iba a regalar todos los juguetes del mundo. Dijeron: “¡bien, vuelta a manzana!”, los dos saltaban por toda la casa diciendo: “¡Vuelta a manzana, vuelta a manzana!”. Y, durante varios días, las primeras semanas que salíamos era solo a dar una o dos vueltas a manzana y ellos lo disfrutaban muchísimo. Así es que esa fue un poco mi experiencia. 

Sergio Blanco: Yo extrañaba la otredad en carne y hueso. Los abrazos. Las caricias. Los besos. Y por lo tanto también extrañaba mucho el teatro que es el lugar por excelencia en donde la palabra busca la carne y en donde finalmente siempre la termina encontrando. Si hay algo que me ha confirmado esta pandemia y los confinamientos que tuvimos que vivir, es justamente la necesidad del otro: lo necesario que es el rostro del otro, es decir, aquel que no soy yo, y que en su otredad me construye. 

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La pandemia nos revela

Por Gonzalo Marull

Imaginemos que nos azota una pandemia mundial. Imaginemos que para combatir al virus hay que distanciarse socialmente y encerrarse en las casas. Imaginemos que la salud es la prioridad principal. Imaginemos que a los médicos y a las médicas se los acompaña con aplausos todas las noches. Imaginemos que los médicos y las médicas se empiezan a contagiar, entonces ahora se los evita, se los discrimina y se los escracha. Imaginemos que alimentarse es esencial. Imaginemos que en vez de incentivar a los pequeños comerciantes de alimentos se habilita a funcionar desde el primer día a los grandes hipermercados. Imaginemos que la ciudadanía hace largas colas para comprar la mayor cantidad de papel higiénico que pueda cargar en sus autos. Imaginemos que les pedimos que se queden en sus casas a personas que viven hacinadas en cuartos pequeños, casillas de chapa o conventillos y en condiciones de extrema pobreza. Imaginemos que parte de la ciudadanía rompe el aislamiento, pone en riesgo su salud y la salud pública, para marchar a favor de una multinacional corrupta o del terraplanismo o del patriarcado. Imaginemos que cierran las escuelas, pero que las clases se dan con un gran esfuerzo a través de la intermediación tecnológica. Imaginemos que para gran parte de la ciudadanía las clases no se dieron nunca porque han perdido el respeto por el aprendizaje. Imaginemos que la crisis se agrava profundamente y nos cuesta ver una salida.

Las pandemias, las pestes, las plagas, las crisis traen consigo habitualmente una epifanía: revelan aquellas fisuras profundas del sistema en el que habitamos. Nos dan acceso a una verdad secreta u oculta. Muestran, desnudan. Aparece en la superficie algo que debía o quería permanecer guardado.

Cuántas veces vimos en las tragedias griegas esa arrogancia del ser humano, que es contestada por una peste o por una caída terrible, algo así como si los dioses o la naturaleza estuvieran recordándonos una y otra vez que somos frágiles, que somos pequeños, para intentar llevarnos a una ética de la responsabilidad, a una ética del cuidado.

Pero la revelación siempre produce desastres, porque la mayoría de las veces descubrimos eso que ya sabíamos pero que no queríamos mirar.

Esta pandemia que nos azota no ha hecho más que evidenciar la voracidad del sistema económico neoliberal y su voluntad depredatoria de todo lo que está vivo. Esto ha revelado muchas cosas sobre nuestra sociedad. Ha revelado fundamentalmente brechas sociales que estaban más o menos camufladas, nos damos cuenta de que la suspensión de la escuela está pudiendo ser mejor sobrellevada por los niños y las niñas de unas clases sociales, mientras que los de otras clases sociales están recibiendo un segundo castigo (y ni hablar de aquellxs con algún tipo de discapacidad). Desafortunadamente, las escuelas que pueden ofrecer una experiencia académica virtual completa, con estudiantes que cuentan con dispositivos electrónicos, profesores que saben cómo diseñar lecciones en línea funcionales y una cultura basada en el aprendizaje tecnológico, no son muchas. La realidad es que la mayoría de las escuelas no está preparada para este cambio que permite reconocer que el acceso desigual a internet es tan solo uno de los muchos problemas que enfrenta nuestro sistema educativo a nivel global.

Las pandemias revelan rápidamente las contradicciones, problemas y amenazas que están en el corazón de nuestra sociedad y que, claramente, no son nuevas, son estructurales y muy difíciles de transformar.

Vivimos hablando de salud, educación y cultura; pero apenas se produce una crisis nos damos cuenta de que ninguna de las tres ha sido ni será prioridad de nuestros proyectos políticos y ciudadanos. Que ninguna de las tres es considerada esencial ni durante una crisis ni mucho menos fuera de ella.

¿Qué hicimos de nuestra salud pública?, ¿qué lugar ocupa la educación en el debate político?, ¿qué entendemos por educación?, ¿en qué se diferencia la cultura del arte?, ¿de qué viven las y los artistas?, ¿podemos sobrevivir sin acceso a la cultura, a la educación y sin un sistema de salud público?

Es verdad, ocurrió lo impensable. Lo que está pasando con el coronavirus no fue previsto y lo interesante de lo impensable que sucede es, precisamente, que te obliga a pensar. Esta convulsión extraordinaria nos obliga a pensarlo todo de nuevo. Creíamos que pisábamos un suelo estable, que teníamos un marco conceptual estable, clarísimo, asegurado, y de pronto parece que todo se resquebraja.

Hay cuestiones fundamentales que emergen: ¿qué es lo esencial?, ¿cuáles son las prioridades?

Luego de varios días de cuarentena abrieron los shoppings, los comercios, los bares, las iglesias, en algunos lugares los aeropuertos y el fútbol/básquet show, en la televisión la gente se junta a jugar y a comer, la timba financiera sigue inamovible; pero los teatros, los museos, los cines y los colegios permanecen cerrados.

Vivimos en una situación de desigualdad absoluta, de inequidades históricas. Y esto nos lleva a preguntarnos qué podemos sacrificar y qué no deberíamos sacrificar en absoluto a futuro.

Ojalá esto nos recuerde que lo que nos constituye como seres humanos es, antes que cualquier otra cosa, nuestra común fragilidad, y esa fragilidad debería llevarnos a unas políticas de auxilio, de cuidado entre las personas, de recordar que cada uno es responsable de los demás.

La cultura y la educación son esenciales, de primera necesidad, porque nos permiten imaginar, nos permiten criticar y nos permiten resistir. Una sociedad con un sistema cultural y educativo fuerte es una sociedad capaz de resistir mucho más, es una sociedad capaz de proteger su medio ambiente y de pensar modelos de ciudadanía solidarios y colaborativos.

Pero lo que está pasando nos está mostrando otra cara. No estamos resistiendo. Al final de la novela La peste de Albert Camus aparece esta afirmación: “Algo que se aprende en medio de las plagas: que hay en los hombres más cosas dignas de admiración que de desprecio”. Circula por las redes sociales, a manera de fake, una frase que se le atribuye a Camus y que lo intenta contradecir: “Lo peor de la peste no es que mata los cuerpos, sino que desnuda las almas y ese espectáculo suele ser horroroso”. En esta disputa de frases y sentidos, en esta disputa por el valor del documento y del conocimiento, se encuentra una gran respuesta a muchas preguntas.

La profunda crisis que ha provocado la pandemia sobre el sector cultural no tiene precedentes. El daño producido por el coronavirus es una hecatombe silenciosa que ha calado hondo en miles de agentes culturales y creadores. Aún no sabemos cuánto tiempo pasará para que este sector recupere su vigor, pero lo más probable es que no sea rápido.

Hay que entender que el arco que abarca a la cultura es tremendamente diverso en todas las direcciones. Puede ir desde artistas callejerxs o artesanxs, hasta cantantes de cuarteto o realizadorxs audiovisuales. Sin contar a muchas organizaciones y colectivos independientes que no reciben financiamiento del Estado en forma permanente y que deben enfrentar el día a día de una manera única y desgarradora.

Creo que lo propio del arte es la limitación y la conversión de la limitación en ocasión poética a través de la complicidad imaginativa. Probablemente estamos ante el mayor desafío que haya tenido el arte nunca, porque ahora no es que tengamos poco, es que nos han despojado de la asamblea misma y hasta peligra nuestro ecosistema. Pero precisamente eso nos va a obligar a pensar y tal vez algo aparecerá, una conversión, por qué no. Nunca será suficiente si no hay un cambio estructural en la manera de pensar a la cultura, la educación y la salud al interior de nuestra sociedad. Son claramente esenciales para que la epifanía, la revelación no nos tomen desprevenidos, las podamos enfrentar con la memoria activa y, así, no volvamos a repetir la misma tragedia, una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez.