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Axl Rose

Por Nano Barbieri

Yo no lloro. 

Pablo me invitó a Chile, como invitan los que saben hacerlo: Tengo todo listo, dijo. Y nos fuimos a ver los Guns & Roses en octubre del año 2016 al Estadio Nacional de Santiago. Un viaje al fondo de la nostalgia, a los ojos de dos tipos de casi cuarenta. 

Me inquieta el poder de algunas metáforas, ese instinto fundamental del hombre, según Nietzsche: conocer es simplemente trabajar con la metáfora favorita de uno. ¿Dónde queda esa llama piloto, ese lugar de la memoria en el que se acumulan sensaciones, recuerdos, o incluso algo parecido a la esencia de cada uno de nosotros? Me fascina que no podamos evitarlo. El mundo de la tecnología, por ejemplo, crece a base de metáforas. La nube es la más conocida de todas: ¿quién de nosotros no imagina que sube sus archivos a un espacio inmaterial, aun cuando sabemos que se trata de ciudades de servers climatizados en algún remoto lugar del planeta? Esta nota quedará, indefectiblemente, guardada en la nube. En las dos. 

Pablo va adelante. Subimos al avión, con la expectativa de quien hace algún tipo de terapia alternativa. Nos sometemos a los controles y nos sentamos en una butaca mínima de esa botella con alas que nos va a cruzar al lado flaco de la cordillera. Me cuesta no pensar en lo absurdo de viajar de un país a otro para ver el recital de una banda que hace dos décadas que no toca. ¿Se reunieron para juntar guita?, ¿estaría mal eso?, ¿es un choreo para nostálgicos como yo? Cierto impulso, sin embargo, me da la sensación de que es necesario llegar, una especie de revancha con no sé qué de la vida. De la adolescencia, bah. 

Llegamos a Santiago y dejamos las mochilas en un hostel, ahí donde se despliega esa idea tan occidental de cultura universal edulcorada e ingenua, aunque sugestivamente cálida. Carteles con la distancia a Londres, a Tokio, Río de Janeiro y Nueva York. Hay alemanes, otros argentinos, alcanzamos a ver un grupo brasilero de jugadoras de vóley. ¿Vinieron todos al recital? Es improbable. 

Empezamos una caminata de cuarenta, cincuenta cuadras, tal vez cien. Tomamos cervezas entre advertencias de desconocidos: te agarra un paco y vas preso. Un temor adolescente incorpora esa adrenalina para el recital. El estadio es majestuoso y su recuerdo tenebroso: fue lugar de tortura y fusilamiento y hoy entramos todos ahí, a cantar. ¿Cómo se llama esa nube que guarda en el ambiente cada una de todas esas energías? Es hermoso que aquello sobreviva en la memoria y que pueda, también, convivir con esto. No me reconozco entre el público que es rockero, apenas más grande que yo y viste, casi en su totalidad, de negro. Yo quiero verlo a Axl Rose. Empieza a caer el día y las piernas me pasan factura, estoy más cerca de los cuarenta que de 1993, aquel año en el que lo único que quería en mi vida, era ver tocar a los Guns & Roses en Buenos Aires. Era muy chico.

Necesito confirmar que Axl existe, que Slash es de verdad y que puedo escuchar esa música tocada frente a mí. Podría subir y cantar todas las canciones, si fuera necesario. Pienso incluso en esa posibilidad. A medida que nos acercamos al inicio del show, soy pura abstracción. Nada de lo que pienso es realizable, nada de lo que siento es sostenible. ¿Dónde está Pablo? Me quedo solo y oscurece. 

Suena una distorsión, como de quien enchufa los equipos con volumen alto. Se apagan las luces del público y estallan fuegos artificiales al costado del escenario. No puedo ver a nadie, tal vez no haya nadie ahí. Pero, entre el humo y el alarido de la gente, aparece Axl Rose y pregunta: Do you know where you are? ¿Sabés dónde estás? Y fue químico, como mezclar pastillas Menthos con Coca Light, como un encendedor con un desodorante. Lloré como un cuerpo exorcizado, como un niño perdido que encuentra a sus padres después de horas de caminar por la playa. Lloré como no recuerdo haber llorado antes. Fue una descarga eléctrica sobre un cuerpo desatento. ¿De dónde salió todo eso? ¿En qué parte de la nube había quedado guardado? ¿Por qué no era consciente de todo esto? 

Yo no lloro. O no me acuerdo de que, a veces, también lloro. Salimos del recital y, entre las canciones que todavía sonaban en mi mente, pensaba en aquellos días, en mis amigos de la infancia, en las tardes en casa cuando tirábamos la pelota al techo, me acordé de cuando compraba zapatillas con papá y mamá y cortábamos el pasto escuchando la radio. Y más tarde pensaba, también, que tal vez por esto no podríamos vivir eternamente.