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¿Podemos vivir sin libros ni teatro?

Por Gonzalo Marull

En noviembre de 1995, en un congreso de teatro en Canadá que llevaba por título “¿Por qué teatro? Decisiones para el nuevo siglo”, le preguntaron al extraordinario dramaturgo alemán Heiner Müller  justamente por el título del congreso, y contestó: “Creo que la única alternativa de llegar a encontrar una respuesta sería cerrar todos los teatros del mundo durante un año. Sería ideal seguir pagando a la gente sin que realizase su labor artística, pero durante un año no harían nada y después, quizás, se sabría por qué teatro. Quedaría claro lo que falta, si es que faltase de veras. También podría ocurrir que la gente en ese año se acostumbrara a vivir sin teatro”. 

Veinticinco años después, hemos hecho realidad la visión de Müller (no de manera voluntaria claramente): un año sin teatro. Y la pregunta queda resonando cada vez más fuerte: ¿nos hizo falta? ¿La gente se acostumbró a vivir sin teatro? ¿Solo los que nos dedicamos al arte lo sentimos como alimento espiritual?  ¿Solo lo virtual es sinónimo de futuro?  Que la palabra original tenga la misma raíz que la palabra origen, ¿no nos dice nada?

Yo no puedo responder a estas preguntas, solo puedo formularlas como lo hizo Müller en su momento, y seguir haciendo muchas preguntas más, que es en definitiva lo que el mejor teatro hace: plantear preguntas. 

Ayer visité, luego de mucho tiempo, a mis sobrinos y sobrinas. Estábamos jugando, y se me ocurrió pedirles que dibujaran un libro. Buscamos papel y lápices. Felicitas (6 años) dibujó la tapa de un libro muy bello que ella tiene y me dijo que un libro es “algo de inspiración, que te saca algo del corazón, es como un paisaje, por ejemplo: un duende en la luna, un cohete en un parque de diversiones”. Eloisa (4 años), que dibujó “un príncipe y una princesa”, me dijo que un libro “es lo que te leen para ir a dormir”. Cristóbal (8 años) dibujó un libro abierto y puso estas palabras en su interior: “Para mí un libro es para leer, escribir y pensar muchas cosas”. Gregorio (5 años) dibujó dos libros, el de Los vengadores y el de Baby Yoda. Delfina (9 años) se dibujó a ella misma sosteniendo un libro y me dijo: “Un libro es como entrar a otro mundo en donde podés ser lo que quieras ser”. 

Luego les pedí que dibujaran internet.  Sí, internet. Se quejaron un poco. Cristóbal gritó: “¡Es imposible de dibujar! ¡Voy a dibujar un cuadrado!” y terminó dibujando un celular. Camilo (4 años), imitando a su hermano mayor, también dibujó un celular. Francisco (8 años) dibujó una persona con un celular y una antena muy grande que le manda energía. Eloisa me dijo que internet “es como si algo se acaba de prender: un auto, la tele o la tarjeta”, y dibujó una televisión. Felicitas me dijo que “es algo que se usa para los aparatos eléctricos, se usa para la pantalla” y dibujó una computadora. 

Internet claramente no tiene forma y está fuera de toda escala. Para ellas y ellos adquiere la forma de un aparato tecnológico. Cuando les pedí que dibujaran internet no se les ocurrió dibujar palabras, ni conocimiento, ni canciones, ni mucho menos teatro; siendo que aparentemente en su interior cabrían todas estas cosas. 

En estos días hubo fusiones, mezclas y experimentos en los que surgieron formas teatrales a través de las pantallas. Propuestas que parecen incluir la pregunta: ¿dónde aparece la teatralidad en todo lo que se filma? ¿Una nueva mezcla entre cine y teatro? ¿Un tercer lenguaje? El Teatro San Martín de Buenos Aires los llamó “Modos híbridos”, un título que me parece muy acertado. Allí pudimos ver El Barco, prólogo de La Saga Europea, una obra escrita por el talentoso Mariano Tenconi Blanco y dirigida por el autor, junto a la cineasta Agustina San Martín, y Happyland, extractos y perfumes, una producción audiovisual sobre el espectáculo que Alfredo Arias y Gonzalo Demaría estrenaron la temporada pasada. Pero también pudimos ver la bella inauguración del “Décimo Festival de Teatro para la Infancia y la Juventud” que se realizó en Córdoba, que utilizó y explotó muy bien esta modalidad “híbrida”. 

Es tal vez la forma creativa que estamos probando ante la imposibilidad de encontrarnos en asamblea presencial. Porque la creatividad en definitiva es eso: cruces, encuentros, mestizajes, embarazos, intersecciones. 

Pero ¿nos alcanza para pensar el futuro?

Por un lado el teatro presencial, el “libro objeto”. Por otro lado, libros y teatro encapsulados en pantallas. 

En la novela Farenheit 451 de Ray Bradbury, se presenta una “sociedad del futuro” en la que los libros están prohibidos y existen “bomberos” que queman cualquiera que encuentren. Los grupos de resistencia se dedican a memorizarlos (para no ser encontrados con el objeto) y así poder compartir las mejores obras literarias del mundo a las futuras generaciones. Los cuerpos son finalmente los receptores del conocimiento. 

Cuando pienso en los libros de mi infancia se me vienen a la mente las enciclopedias. Muchas y muchos dirán: “El Wikipedia de tu época”. Pero lamento decirles que las enciclopedias de mi casa tienen una historia. Cronológicamente, la primera enciclopedia en llegar al hogar es la que mi madre se trajo de Rosario luego de su casamiento, era la de su infancia, la había comprado mi abuela en cuotas: la Enciclopedia Ilustrada Sapiens. Tenía buen contenido, sus imágenes estaban en blanco y negro, y no eran tan vistosas, pero nunca olvidaré las banderas de países al final porque estaban a color. Mi mamá es profesora de inglés, su siguiente enciclopedia fue la Collier’s, imponente, de 26 tomos, con la que mi madre se iba a dormir enamorada. Cuando algún conocimiento se escapaba de las enciclopedias en castellano, mi madre nos lo traducía de allí. Luego apareció en la vida familiar Oscar, un estudiante de historia que vendía libros a domicilio, con él ingresó la Enciclopedia Salvat (12 tomos, muy fina, no podía salir del hogar), luego la Enciclopedia Temática Océano Color y El juego y la ortografía. La enciclopedia que más me conmovía era la Alfatemática, y principalmente la práctica; la recuerdo porque me conectaba con mi padre y con la ciencia como juego, con ella aprendí a hacer sellos con papas, un calidoscopio, una brújula, una ilusión óptica con espejos, a teñir con piedras, y muchísimas cosas más. Luego llegaron las novelas, la colección Robin Hood, de tapa amarilla dura, con Robinson Crusoe, Mujercitas, El llamado de la selva, Los tigres de la Malasia, Cuentos de navidad, El mago de Oz… 

Los libros muerden. Muerden para siempre. Te marcan de por vida. 

Creo que hay mucha gente que tiene necesidad de volver a lo corpóreo, tras un año de euforia (obligada) virtual. Eso que sentimos cuando soltamos la computadora o el celular, y nos vamos a nuestra pequeña biblioteca a tomar un libro o cuando nos dormimos con él en el pecho. 

Internet es abstracto, inimaginable, a veces angustiante, a su vez con un simple corte de energía puede desaparecer; mientras que la escala humana de los “libros objeto” y el teatro, aunque no pueda salvarnos del  tiempo acelerado, al menos sí nos puede dar una tregua. Libros, bibliotecas y teatros son espacios sagrados en los que podemos refugiarnos si nuestros cerebros no pueden asumir la nueva velocidad que pretende imponer este mundo. 

Internet es un gran fantasma incorpóreo que no para de alejarse de la escala humana. Me queda claro en la diferencia abismal que aparece en los dibujos y definiciones de mis sobrinas y sobrinos (que son niñas y niños que representan el futuro). Frente a ese nuevo universo infinito (al que no vamos a negarnos y del que intentamos aprender; mi visión no pretende ser nostálgica, ni reaccionaria); los libros, como el teatro, tienen cuerpo, tienen forma, tienen un pase libre y directo a la imaginación y, por eso, finalmente, nos dan un poco de consuelo. 

Entonces, luego de un año de teatros cerrados y “libros objeto” en claro peligro de extinción: ¿podemos vivir sin libros ni teatro?

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