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Paco Giménez no es un robot, es un Dios de vinilo.

Por Gonzalo Marull

El teatro es una experiencia irreemplazable para las y los que lo amamos. Por eso, volver a entrar a una sala es como volver a entrar a tu casa de la infancia, a la confitería donde te enamoraste por primera vez, a tus sueños, o a un templo sagrado. 

Irónicamente volví a un teatro el 1 de mayo, el día de los trabajadores y las trabajadoras; y digo irónicamente porque la emergencia cultural debería haberse declarado hace mucho tiempo en nuestro país, y aún así las y los artistas estaban allí, entregando todo, un día en donde, en realidad, deberían estar descansando. 

Volver al teatro La Cochera es, entonces, volver a encontrarse con la familia. 

Los cuidados de la sala son extremos, sentí que el único virus que podés contagiarte allí es el del arte. Llenás una ficha, te repiten todo el tiempo que mantengas la distancia, que no te saques el barbijo, que seamos amorosos con las personas que nos rodean. 

El ambiente es amplio y ventilado. 

Siento lo mismo que he sentido durante veinticinco años en esa platea, un deseo profundo de vivir la experiencia teatral “cocheril”. Imagen, desenfado, azar, despliegue físico, histrionismo. 

Comienza la obra. 

El iluminador, Pablo Chiaretta, coloca unos spots de pie y otros de piso en su lugar. Luego esos artefactos bien visibles para lxs espectadores crearán una alquimia lumínica única, con unos momentos de sombras que son increíbles. 

Entra a escena un adolescente con un buzo GAP con capucha puesta y un barbijo negro que impide que veamos su rostro. La música ya nos eriza la piel. Los movimientos del adolescente son únicos, sensuales, vitales, indescifrables. Ya te hace sentir bien. Tomaste la decisión correcta. La obra te va a clavar una flecha en el corazón. Cuando termina la música, y se saca el barbijo y la capucha, descubrimos que el adolescente es Paco Giménez. 

Me sorprendo. Me pregunto: ¿qué edad tiene Paco? 

Él, luego, evocando a Walt Whitman dirá: “Flor de vejez es esta, superior a la flor de la juventud”. 

A esta altura creo que Paco no tiene edad, es un highlander en la tierra del teatro o un Dios del Olimpo cordobés. Es ese espíritu inquieto que practicaba pasos de comedia con su madre, todos los días, a la hora del almuerzo. Es el niño que se crió con tres madres más: la Universidad, la Chispa y la Cochera. 

“Me celebro y me canto a mí mismo.
Y lo que yo diga ahora de mí, lo digo de ti,
porque lo que yo tengo lo tienes tú
y cada átomo de mi cuerpo es tuyo también”.

Paco nos explica que GAP es una sigla que significa: Giménez Alias Paco. Nos reímos. Una espectadora comienza a abrir un caramelo muy lentamente, se hace interminable su movimiento y el sonido latoso. Paco la mira. Hace una pausa. Espera. Y lo que hace un año podía haber sido algo tremendamente molesto hoy se transforma en una señal. El teatro es eso. Una espectadora modificando la escena para hacer de esa función algo único e irrepetible. 

Paco canta “Demais” de Tom Jobin y captura nuestras almas. Es un médium, un hechicero, un brujo. 

“Todo el mundo piensa que hablo demasiado
y que he estado bebiendo demasiado.
Que esta vida agitada
no sirve de nada.
Incluso dicen que me he estado riendo demasiado
y que cuento demasiadas anécdotas.
Nadie sabe que esto sucede porque
pasaré toda mi vida olvidándote.
Y la razón por la que vivo estos días banales
es porque estoy triste, estoy demasiado triste.

Y es por eso que hablo demasiado,
por eso bebo demasiado.
Y la razón por la que vivo esta vida
demasiado agitada
es porque mi amor por ti es demasiado inmenso”.

La belleza trepa por las paredes azules. 

En la guitarra acompaña con maestría Rubén Cirigliano y danza sobre una silla de computadora con rueditas. 

“Me permito ser otro”, nos dice Paco. Y a mí se me viene a la mente una frase que dice el personaje del Profesor en la obra teatral Clase de Guillermo Calderón:

“Me gusta María, porque canta. Y no se puede cantar y mentir al mismo tiempo”.

“¿Quieren que les cuente un secreto?”, susurra Paco: 

“No puedo ser feliz, no te puedo olvidar”. 

Un robot no podría nunca hacer lo que Paco hace. Nunca. Y la metáfora me hace sonreír. Por primera vez en una pandemia intermediatizada por la tecnología, sonrío al sentir esta epifanía. 

“Soy un LP, un disco con un lado A y un lado B, un lado muy triste y un lado algo alegre. Un lado sufriente y otro más relajado”.  

Paco es un disco de vinilo. Es el Dios del vinilo. 

Paula Lombardelli es la partenaire ideal para Paco. Mientras ella muda su vestuario muchas veces a lo largo de la obra, Paco se mantiene estoico con su buzo GAP. Paula canta (el momento en donde canta “Libre de mí”, mientras Paco y Rubén toman té, es precioso), hace percusión (con todo) y maneja los tiempos de la escena con maestría. Paco, Paula y Rubén son el trío perfecto. 

“Tú no sabes nada de la vida, 

tú no sabes nada del amor, 

eres como una nave a la deriva, 

tú vas por el mundo sin razón. 

¿Qué sabes tú lo que es estar enamorado? 

¿Qué sabes tú lo que es vivir ilusionado? 

¿Qué sabes tú lo que es sufrir por un cariño?”.

A esta altura de la obra nos damos cuenta de que Paco les canta a sus ex amores. Y en ellos se representan los nuestros. Y tenemos ganas de cantar y desgarrarnos y emborracharnos con tanta melancolía. 

Le siguen en el extraordinario repertorio Quiéreme y verás, Me vuelves loco y Hay que vivir el momento de José Antonio Mendez, Pienso en vos de Mogol y Lucio Battisti, Si me enamoro de Horacio Molina y Sergio Mihanovich, Vivir así, morir de amor de Camilo Sesto, De lo que te has perdido de Dino Ramos, A Tua presença de Caetano Veloso, y más. Mucho más. Su apetito musical es insaciable. 

Paco nos cuenta finalmente otro secreto:

“En la Antigüedad, las silenas, unas pequeñas cajitas de madera, tenían motivos pintados, muy chistosos, en la tapa, como chanchos con joyas, liebres con flores. Temas grotescos. Cuando las abrían, adentro había drogas. Bueno, así soy yo ridículo por fuera, de apariencia graciosa, desdichado en el amor, pero por dentro tengo otras cosas, muchas cosas”. 

Cosas que no voy a contar, porque es hermoso escucharlas de la voz de Paco. 

Y salta, se tira al piso, baila, habla en inglés, en portugués. Hace silencios que son manantiales solares. 

Y logra traspasar esa barrera tan difícil que es el barbijo ocultando los rostros y el público distanciado entre sí. Quedan solo las miradas sensibles. Y Paco va directamente allí. 

Me volví a casa lleno. Con el pecho caliente. Intentando dar sentido a todas las emociones que viví en una hora que se me pasó volando, como si hubieran sido unos minutos, esos minutos en donde mi madre me acariciaba el pelo cuando yo estaba “chinchudo” y finalmente me dejaba atrapar por la ternura del sueño. 

Háganse un favor y regálense una noche en la Cochera, vayan a ver “No soy un robot”. Paco te va arrancar el corazón directamente con su boca, mientras Paula, Rubén y Pablo van a robarles el fuego a los Dioses para entregárselo al teatro, que tanto lo necesita en estos días tan aciagos. 

No soy un robot. Con Paco Giménez (voz y dirección), Paula Lombardelli (percusión) y Rubén Cirigliano (guitarra). Iluminación (Pablo Chiaretta). 

Funciones: sábados de mayo a las 21.30 en La Cochera, Fructuoso Rivera 541. 

Para adultos. 55 minutos.

Entrada: $500; estudiantes y jubilados, $400. 

Reservas por teléfono: 351-6698946 y 351-3870750

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