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Nostalgias

Por Nano Barbieri

Las situaciones límite nos obligan a cuestionar la construcción social de la realidad: por lo menos a agarrar el manual. Si esto no sucede, si esa mínima reacción no toma cuerpo, entonces estamos demasiado mal, tenemos un frío increíble en el pecho, o simplemente estamos, como dice la canción de Pink Floyd, plácidamente paralizados.

No podemos, nos cuesta demasiado o no queremos. Lo cierto es que no sabemos revertir los principios de nuestra relación con el mundo. Nos lo dice la evidencia, tal vez hoy más que nunca. Nos cuesta cambiar, o darle importancia a la necesidad de un cambio. Hay una derrota subjetiva, quizás, que consiste, diría Badiou, en el desarraigo de la idea misma de otro camino posible. O peor aún, de la existencia de esa idea, pero en un territorio dominado por la nostalgia: no hay sentimiento colectivo más paralizante que la nostalgia. Es un estado contemplativo, como de espectador privilegiado. Matizado, para colmo de males, por el tibio goce de volver a pasar por nuestros cuerpos una sensación plácida, editada por el más romántico de nuestros editores. 

Pareciera que no sabemos vivir de otro modo. Con la religión y con los objetos sucede algo muy similar. Tanto las cosas como los dioses son creaciones humanas que se vuelven, tarde o temprano, en contra de sus propios creadores. La famosa historia de Frankenstein. Se intercambian, de un momento a otro, los papeles del creador y de la criatura. Marx, que había tomado esta lectura de Feuerbach, sostenía que la culminación del proceso de dominación del capital sobre el trabajo se materializaba, se sentía Real, en el momento en el que el objeto se volvía en contra de su creador. El hombre creó a Dios, y sin embargo se somete a él. Las personas crearon, también, el mismo sistema que le impide realizarse. O peor aún, que no conoce ni encuentra cómo desactivar. 

Puestos a conversar y a pensar sobre nuestra existencia, cuesta encontrar voces que no identifiquen una contradicción colosal en el modo en que habitamos el planeta y cualquier idea de sustentabilidad, tanto del orden de la naturaleza, como del orden político y social: eso que llaman gobernabilidad. ¿Cuál es el límite de lo tolerable? ¿Cuánta elasticidad le cabe a ese concepto? Los equilibrios ponen a prueba sus fronteras, en todos los frentes. Pero ¿qué es la gobernabilidad? Siempre me pareció un concepto tremendo enmascarado en un tecnicismo. Es una idea de frontera definida por el clima social, por las normas no escritas de convivencia. Es un límite que más o menos todos podemos identificar, pero que objetivamente no existe. ¿Dónde queda esa frontera? Pareciera que todo acercamiento real a la modificación del estado de las cosas es puesto en el cajón del pensamiento utópico. El poder, decía Michel Foucault, ya no reprime, sino que normaliza. Nos vuelve predecibles, nos marca los límites del pensamiento. Así es evidente la pérdida de un horizonte novedoso. Volvamos a la evidencia: hoy la utopía pareciera ser recuperar el mundo que teníamos seis o siete meses atrás.

En un texto especialmente lúcido, el sociólogo François Dubet se pregunta: ¿qué podría hacer que nos sintiéramos lo bastante semejantes para querer realmente la igualdad social, y no solo una igualdad abstracta? Es una pregunta madre, orientadora, propia de las crisis. La hipótesis que el autor francés sostiene es que, aunque hayamos tomado como propios y casi indiscutibles a los valores de la igualdad y la libertad, es la crisis de la solidaridad lo que los vuelve irrealizables. Todas las luchas contra las desigualdades, dice Dubet, requieren un lazo de fraternidad previo, que el aislamiento y la distancia de los grupos sociales impide. Reconocer al otro como par. 

La brillante Chantal Mouffe coincide en el diagnóstico: la principal experiencia de los individuos en la actualidad es la propia destrucción de las condiciones de solidaridad colectiva. Y no es la pandemia, ni la cuarentena, ni el uso del barbijo. El filósofo rockstar, Darío Zeta, lo resume con mucha claridad: el individualismo es también una forma de confinamiento.

Los modos –aunque parciales- de modificar la desigualdad entre las personas han generado muchas veces mayor resistencia que la ausencia absoluta de la voluntad de hacerlo. La desigualdad es una zona de confort: es lo que hemos vivido siempre. ¿Cómo se explica, de lo contrario, que genere mayor resistencia un plan de ayuda social que la multiplicación de la riqueza de los ricos? 

A nuestro tiempo le cabe una paradoja inaceptable: a pesar del supuesto acortamiento de las distancias físicas a través del uso de la tecnología, las sociedades se han vuelto cada vez más cortas, con un umbral de solidaridad que rara vez excede al ámbito familiar y de las amistades. Las redes, los teléfonos, las velocidades de mensajería, de traslados físicos, la disponibilidad de objetos cada vez más maravillosos. Todo lo que vino a acercar trajo también nuevos temores y distanciamientos. Cosas que pasan, tal vez, cuando ocupamos el tiempo hablando de los instrumentos y demasiado poco de la instrumentalidad: ¿para qué?

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