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Nos bombardean con imágenes. ¿Cuáles seleccionamos?

Por Gonzalo Marull

Vivimos en un bombardeo constante de imágenes que, con la pandemia, se ha agravado notablemente. Contemplamos pantallas durante horas y somos mirados a través de ellas. El panóptico, los mecanismos de control, la sociedad de la transparencia, son conceptos que se revitalizan. En medio de todo este maremoto invasivo y desjerarquizado, ¿qué imágenes seleccionamos? ¿Cuáles mostramos? ¿Cuáles son las que verdaderamente nos llegan? ¿Con qué imágenes trabajamos? ¿Estamos ante el agotamiento de la imagen?

El extraordinario cineasta alemán Werner Herzog una vez dijo que, si fundara una escuela de cine, los aspirantes solo tendrían permitido llenar el formulario de inscripción después de haber recorrido solos a pie una distancia de unos 5000 kilómetros y, mientras caminan, tendrían que escribir. Escribir sobre sus experiencias y, luego, entregar sus cuadernos y libretas de anotaciones para saber quiénes caminaron realmente esa distancia y quiénes no. Como si durante ese viaje uno pudiera aprender cine, aprender sobre las imágenes, su profundidad, aprender sobre el futuro (la espera) y por qué no también sobre el pasado (el recuerdo). Finalmente, dice Herzog, una escuela de cine no debe producir técnicos, sino personas de mente agitada. Personas con espíritu, con una llama ardiendo en su interior. 

Con ese espíritu crítico, podríamos descubrir que las imágenes que hoy nos rodean están gastadas, como si hubiésemos abusado de ellas y hubiesen quedado inútiles, exhaustas. Diría Herzog: “Renguean y se arrastran detrás del resto de nuestra evolución cultural”, advirtiéndonos sobre la peligrosidad de este bombardeo de imágenes vacías que nació en la televisión y terminó desembocando en las redes sociales. La velocidad con la que las producimos y la velocidad con la que las olvidamos generan una especie de crimen a nuestra imaginación y a la memoria. 

En una entrevista para una revista chilena, Lucrecia Martel, la gran cineasta salteña, se pregunta: “¿Dónde se constituyen las ideas que luego serán imágenes? ¿Cuándo se constituyen? ¿Cómo llegamos a irnos a dormir cuando sabemos que la mitad de la humanidad está padeciendo? ¿Cuándo nos acostumbramos a eso? En un mundo lleno de comunicación, de circulación de imágenes, ¿en qué minuto lo hicimos? Entonces, si somos una civilización capaz de anular la empatía con el otro que está sufriendo, si tenemos esa habilidad cultural de dejar de ver el sufrimiento de las otras personas, estamos obligados a poner en cuestión las bases mismas de nuestra percepción”. Lucrecia se pregunta cómo mirar, cómo percibir ante todos los horrores que pasan en el mundo. Nos propone descifrar el mundo, un mundo casualmente demasiado preocupado por las cifras. 

En el siglo XX nació una obsesión en los seres humanos, una necesidad de ver, de mostrar, de que todo sea visto, la época de la transparencia. Todo esto nos parceló el ojo. Nos fragmentó la percepción. Peter Handke decía: “Vivo de aquello que los otros no saben de mí”, advirtiéndonos que el alma humana necesita esferas en las que pueda estar en sí misma sin la mirada del otro. Pero, bueno, estamos en plena pandemia mundial, encerrados, y establecimos un vínculo estrecho con las pantallas, casi como un acto de supervivencia. Entonces qué hacemos. ¿Qué miramos?

En diciembre del 2012, apareció en YouTube una pequeña joya audiovisual, un resumen de acontecimientos semanales uruguayos que utilizaba con inteligencia y humor todo el universo documental y ficcional que YouTube le regalaba: lo más cotidiano, lo más simple, lo más tierno. Con la computadora como sala de montaje, Agustín Ferrando, el gran artista creador, trabajaba con materiales ajenos. El programa se llamaba, se llama, Tiranos Temblad (nombre del himno uruguayo) y revolucionó, para mi gusto, las imágenes que nos brindaba Internet hasta ese momento. En un mundo saturado de imágenes, no era necesario producir contenidos originales para aunar relevancia temática y excelencia formal, sino que se podía encontrar, en ese mar de imágenes, algunas que tal vez ni siquiera habían nacido con una voluntad formal de composición pero que podían generarnos algo, podían hacernos sentir esa punzada de dolor que produce la belleza o el reflejo de lujo de la risa ante el acto creativo.

En ese primer capítulo, Agustín capturaba imágenes en plena navidad de su país. Ironizaba sobre la iluminación de los videos, mostraba personas en su cotidianeidad más pura, con mucha altura y humor, mientras poetizaba constantemente sobre su propio país, como si Ferrando hubiera decidido estar atento al maremoto de Internet, pero no para reproducir su ruido, sino su poesía. En uno de los grandes momentos de ese primer capítulo, un señor desde la ventana de su departamento filma a una mujer cortando flores de un cantero mientras dice: “Miren el espíritu navideño, una mujer robando flores del cantero central de Bv. Artigas, muy ufanamente con una tijera arrancó dieciséis flores del ornato público, y allá va, tranquila, como si nada hubiera hecho. Ojalá tenga Facebook porque ahora voy a colgar esto para que vean hasta qué punto de mezquindad llega la gente”.

Al mejor estilo de García Lorca, Agustín encontró algo que lo movilizaba y quiso compartirlo; para eso, debía generar un dispositivo que permitiera hacerlo con profundidad y simpleza, como decía el dramaturgo francés Jean-Marie Koltés: “Quisiera decir las cosas más complejas de la manera más simple”. Ante el avance en Internet, de los trolls, los memes, las noticias falsas o los influencers y youtubers miméticos, merece la pena valorar y reivindicar la creatividad inteligente de Tiranos Temblad que comentaba imaginativa y críticamente la actualidad o el pasado reciente, al tiempo que los iluminó con una luz inesperada.

Con el último documental que vi de Herzog, Nómada: tras los pasos de Bruce Chatwin, me pasó algo similar. Chatwin viajaba hasta donde hiciera falta para encontrar a esos seres alucinados que pueblan sus libros, personas de las que no hubiéramos tenido noticia de no haber sido por el caminante que recorrió trechos extensos de la Patagonia y Australia. En un momento, Herzog dice que Chatwin fue el Internet de la época, aunque aclara que Internet y el turismo masivo han enterrado en alguna medida la idea del viajero explorador y la del escritor nómada. Y selecciona un momento para nosotros: una tribu de Australia que se ubicaba geográficamente a través de melodías, de canciones. Como una especie de GPS de melodías que fueron pasando de generación en generación y a las que su tribu cuida con mucho recelo, no las exponen gratuitamente a la cámara de Herzog. Las distancias eran medidas así. Tanto tiempo cantando para llegar a tal lugar. Y con respeto y amor a su método, lo resguardan.

Toda la maravilla poética que se despliega en el documental de Herzog me recordó a mi maestro Sergio Blanco, que siempre me dijo: “¿Sabés qué imágenes selecciono? Las que pueden despertar el lenguaje”. Imágenes que puedan despertar la palabra, que puedan llegar a la lengua, que podamos saborearlas. Jugando un poco con que las palabras saber y sabor comparten raíz. Las palabras son fundamentales para activar la imaginación. Las palabras son capaces de crear mundos. Las palabras son, de algún modo, una extraordinaria Arca de Noé de la experiencia.

Más palabras es más vida y más capacidad de resistir. Al contrario, la dominación del ser humano, su empequeñecimiento y acoso, siempre comienzan por la reducción de la palabra.

Entonces tal vez una imagen fresca, una imagen nueva, una imagen que no esté gastada, sea aquella que proponga un misterio cuya belleza nos duela, que nos deje pasmados, que nos ubique frente a un espejo, que nos deje algo, que no podamos olvidarla fácilmente y a la cual finalmente queramos apasionadamente nombrar.

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