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No hay Mank posible sin El Ciudadano

Por Juli Fantini

Mank es una película que llegó a Netflix el pasado viernes 4 de diciembre y propone varias claves de visualización: sin haber visto El Ciudadano es una de las posibilidades; si la viste hace demasiado tiempo y la película es un recuerdo lejano; y, por último, quienes son fanáticos no tendrán nada que revisar. La recomendación para el resto es verla de nuevo (está en Qubit, entre otras plataformas) porque no hay Mank sin El Ciudadano: completa la narración. Si quieren ir un poco más, un repaso por libros de historia del cine también vendría bien, dada la cantidad enorme de referencias al Hollywood de los 30 de los 40 con personajes reales e historias que efectivamente ocurrieron.  

Si no sos parte de la cinefilia fanática de esa época te quedas algo afuera. De todas maneras, la película se puede ver desde el desconocimiento, pero, reitero, no hay Mank sin la obra de Orson Welles. Pasaron 80 años desde su estreno y no envejeció.

De regreso a Mank, tiene varios puntos a favor: la película ES Gary Oldman en todo su esplendor interpretativo, y también se destacan los secundarios, así como la dirección de David Fincher, aunque esta –la número 11 del director de Pecados Capitales– parece la menos fincher de sus películas. En lo que tiene que ver con el cuento, la forma que toma la venganza de Mank hacia Hearst, justamente el guion, y la reflexión sobre el poder son otros de los atractivos de la película, una que no celebra a Hollywood y que, por suerte, no toma la forma de la clásica y repetida película biográfica. 

Por el contrario, Mank, como Red Social –la película de Fincher sobre Mark Zuckerberg y Facebook– se ocupa de un conflicto particular: el arco narrativo es la escritura del guion de Ciudadano Kane de la mano de un tipo bastante particular y talentoso que tiene un problema con el alcohol y, como en la película de Welles, se cuenta en dos tiempos; los flashbacks son, de alguna manera, un homenaje. 

¿Qué le falta a Mank? Algo de emocionalidad y más presencia de Welles, aunque parece una decisión acertada, porque ocuparse de Welles hubiera dado para una película de seis horas, o, tal vez, una serie. 

Un dato relevante es que el guion de Mank fue escrito por el padre de Fincher, quien falleció hace unos años. Este fue retocado y corregido por Eric Roth, el guionista de Forrest Gump, y tiene una velocidad y una forma de contar que la hacen muy atractiva. Siguiendo con la comparación con Red Social, Mank también es la historia de la creación de algo genial y de una traición, la del antihéroe de Oldman hacia William Randolf Hearst, el magnate de los medios. 

Oldman es el protagonista absoluto de la película: un paria que viene de la Costa Este con prestigio como periodista y escritor, y llega a Hollywood con cierta aversión por esa cultura para, básicamente, hacer plata. Mank es un alcohólico y un cínico, aunque una buena persona que, como tantos, desprecia el sistema de estudios, pero disfruta de sus fiestas.

Otro eje importante se refiere a la manipulación mediática que aparece como tema en una elección provincial mostrada en los flashbacks hacia la década del 30, y es algo torpe en su exposición sin sutilezas, tal vez porque sucedió de esa manera. Así y todo, Mank es un film sobre el acto de creación de un guion que es una traición hacia un amigo. Lo demás es anecdótico. 

En un rancho del Desierto de Mojave, con un estado psíquico y físico bastante deplorable, acompañado por una enfermera y por un asistente que toma notas y tipea, vemos a Mank hacer su magia. La asistente, que se convierte en una especie de compinche del guionista, es interpretada por Lily Collins, que se reivindica tras el papelón de Emily en París.

Allí transcurre gran parte de la película, que podría ser poco si no fuera por la agudeza y la precisión de las actuaciones y la tensión ante las presiones que recibe Mank para entregar el texto, lo que le da la tensión dramática necesaria para que no dejemos de ver.

Otro de los secundarios que vale la pena resaltar es el de Amanda Seyfried como Marion Davis –la pareja de Hearst– una actriz que tiene vida, tiene sexo, y cuenta algo más allá del estereotipo de la chica tonta y linda. 

“La narrativa es un gran círculo, como un rollo de canela –le dice Mank al productor de Ciudadano Kane, que le cuestiona las innovaciones del guion, el abandono del relato lineal–, no se puede capturar la vida entera de un hombre en dos horas, todo lo que podés esperar es dejar una impresión”, completa. Este precepto guía tanto a El Ciudadano como a Mank, que, a pesar de todas las referencias puestas en juego, muestra al guionista tan solo como una partecita menor del enorme engranaje de la producción de cine, llena de intereses políticos y, también, por supuesto, estéticos.

En lo que tiene que ver con el crédito del guion, Mank iba a ser el escritor fantasma de Welles y finalmente logró que el crédito fuera compartido. El asunto se toca de manera explícita, pero de forma breve. Si interesa esto, hay decenas de artículos y libros que se meten con ese asunto en particular. Fue un gran debate en los años 70.
Un último detalle, que es un signo de sexismo contemporáneo, es que Oldman tiene más de 60 años e interpreta un tipo entre sus 30 y 40, mientras que dos de las mujeres en la ficción –tanto el personaje de su esposa, la Pobre Sara, como el de Seyfried– tenían la misma edad que Mank y las actrices son aún más jóvenes que a quienes interpretan. Así y todo, Mank es una gran película, pero imposible de ver en soledad. El contexto importa y Oldman, sin dudas, volverá a arrasar en la temporada de premios por este genial retrato de un hasta ahora desconocido guionista. 

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