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La imposibilidad de una isla

Por Julieta Fantini

El pasado lunes 14 de septiembre, HBO estrenó de manera simultánea en casi todo el mundo dos series que, de alguna manera, pueden equiparar su clima a los tiempos pandémicos. Llegaron los primeros capítulos de The Third Day, con Jude Law (The Young Pope) y Emily Watson (Chernobyl), y We Are Who We Are, la primera serie de Luca Guadagnino, el director de la celebrada película Call me by your name. 

Si bien estos dramas no tienen prácticamente nada en común en sus narrativas, abordan las problemáticas de dos recién llegados a lugares que les son, al menos en principio, hostiles, y con dinámicas propias de las famosas burbujas sociales que aparecen como alternativas para seguir la vida en comunidad frente al avance del coronavirus. Las escenas de The Third Day se desarrollan en una isla británica, mientras que las de We Are Who We Are, en una base militar estadounidense en Italia. Hasta ahí, las similitudes. 

El primero de los tres días. El capítulo piloto de The Third Day presenta a un hombre atribulado (Law) que en un paisaje rural se encuentra con una joven a punto de ahorcarse frente a la presencia de un niño. La chica es rescatada y el niño desaparece. Se ofrece a acercarla a su casa y, así, llega a la isla, que será el escenario no solo de este capítulo, sino de los que vienen, como un personaje en sí mismo. 

Como suele ocurrir en este tipo de relatos, la pequeña población de 93 habitantes es de una extravagancia que anuncia el desastre. La latencia de las tensiones por las características de sus habitantes y sus prácticas y hábitos se percibe desde el primer segundo en el que el forastero pone un pie en tierra al bajar de su auto y se entera de que se cortarán las comunicaciones durante algunos días por una fiesta que tendrá lugar en la isla. 

El creador de The Third Day es Dennis Kelly, conocido por una serie genuinamente de culto inglesa llamada Utopía, que tuvo dos temporadas entre 2013 y 2014, y ahora tendrá un remake de la mano de Amazon Prime Video.  

La miniserie se desarrollará en seis episodios y consta de dos partes: la primera, protagonizada por Jude Law, se titula “Verano”, y luego llega “Invierno”, con Naomi Harris (Moonlight) como protagonista. Sin embargo, en el medio, los creadores apuestan a una propuesta innovadora: habrá un tercer capítulo –en realidad, segundo, siguiendo la cronología de la historia– que se emitirá en vivo, durante 12 horas. Este episodio adicional se rodará en Londres y se transmitirá en simultáneo el 12 de octubre.

El tono de The Third Day recuerda a la película de terror Midsommar. De alguna manera, repite la fórmula de los recién llegados a una comunidad cerrada, con rituales que, se deduce, no pronostican un buen final para los protagonistas; también replica sus tonos saturados y su estilizada fotografía. Los límites entre lo real y lo mágico, potenciados por las creencias, se desdibujan en la película; habrá que ver qué sucede con la serie. Lo cierto es que los traumas individuales y la ritualidad obsesiva de la vida en comunidad se entrelazan con las claves de los relatos de terror, tanto en Midsommar como en la serie, para dar cuenta de una historia vista en varias oportunidades, pero que no deja de resultar atractiva. 

Hay una imagen en particular que sintetiza perfectamente la opresión de esa tensión: a la isla de Osea se accede por un pequeño camino (no hay puentes –o aún no se mostraron–) que queda inhabilitado cuando sube la marea. El plano aéreo de ese camino que desaparece por el agua indica más que los diálogos que establece el protagonista cuando conoce a los habitantes de la isla. 

Resulta difícil juzgar una serie solo por su capítulo inicial. Sin embargo, de lo que no quedan dudas es de la potencia interpretativa de Jude Law. El actor británico transmite con sutilezas las tribulaciones de un drama personal del que poco se conoce, y la perplejidad ante el inesperado paisaje en el que, de repente, se encuentra atrapado cuando interrumpe su viaje a algún lugar.  

Los secretos en el piloto aún no se exponen, pero un espectador entrenado sospecha absolutamente de todos. Así y todo, como sucede con la mayoría de las series que estrenó HBO en los últimos tiempos, desde el primer minuto se expone un subtexto, para el cual el clima ominoso de la narrativa sirve de excusa. En este caso, el de un hombre, padre de tres, que carga un trauma y algunos problemas económicos que lo tienen muy molesto. La llegada a la isla veremos si lo redimirá o lo terminará de hundir. Todo se inclina por la segunda opción.  

Somos lo que somos. We are who we are está protagonizada por el joven Jack Dylan Grazer (Eddie de la última It, Capítulo 2) en un papel que evoca de manera directa al de Timothée Chalamet en Call Me By Your Name, la película que puso a Luca Guadagnino en la mira de todo el mundo. 

El abúlico adolescente obligado por las labores de sus padres, madres en el caso de la serie, a vivir un tiempo en Italia es el tópico que se repite, aunque en la película el ambiente sea el de intelectuales, mientras que en la serie es el ejército de los EE. UU. en una fecha muy peculiar: el verano previo al triunfo de Donald Trump en las elecciones presidenciales de 2016.

Fraser es un típico snob neoyorquino de 14 años que se muda junto a sus madres, las dos militares, una de alto rango, a Veneto. La exploración de la base, sus alrededores y sus habitantes son el tema del piloto. Con la misma inconstancia y vaguedad de la adolescencia, los creadores eligen contar esa primera exploración de un lugar tan ajeno a la mayoría de las personas. Pero, al menos al principio, We are who we are no se ocupa de la vida militar en sí, sino de mostrarnos a los personajes y su compleja red de relaciones. Aparece, así, Caitlin, una chica por quien Fraser se siente atraído de manera inmediata y que lleva un tiempo viviendo en la base. Desde la primera mirada que cruzan se establece que la historia entre los dos será el tema de los 8 capítulos de We Are Who We Are, sobre todo en lo que tiene que ver con la identidad sexual, en formación y explícitamente fluida. 

Está claro que la serie es un coming on age, es decir un cuento de iniciación, cuya particularidad es que ocurre en una forzada recreación de la vida estadounidense, la base militar, en una Italia que la integra, y no tanto, en un verano. Las dinámicas con los lugareños son otro punto alto de la serie. También es una historia sobre lo que suele ocurrir en el verano, la vitalidad adolescente se potencia en la estación más calurosa para que, entre el aburrimiento y el despertar sexual, pasen cosas. 

La serie va lento, tal vez al ritmo producto del letargo del jet lag del largo vuelo hacia Veneto, y la banda sonora no subraya absolutamente nada; seguimos el pulso de las acciones a través de lo que suena en los auriculares de Fraser, la radio del auto o la música que sale desde una casa. 

We are who we are es, en su comienzo, un fresco que promete contar una buena historia adolescente, lejos de los sermones en los que suelen construirse las series del tipo, y dispuesta a resumir un clima de época en los últimos meses antes de que EE. UU. sucumba a la delirante presidencia de Trump. 

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Teatro con protocolos. La emoción de volver a entrar a un teatro.

Entrevista a los dramaturgos Sergio Blanco y Gabriel Calderón.
Por Gonzalo Marull

El año 2020 arrancó con una pandemia mundial. Se produjeron aislamientos obligatorios y cerraron los teatros, pero no solo en una región o un país, en todo el mundo. Esto para los amantes del teatro se tornó desesperante, porque hemos vivido cierres de teatros en nuestros países, pero nunca en todo el planeta al mismo tiempo. Por eso, si nos enteramos que en algún lugar del mundo un teatro reabre, lo vemos como una luz de esperanza y acompañamos ese movimiento como si fuera propio. En julio, en Barcelona, se produjo un estreno teatral, y en agosto, en Montevideo, otro. Da la casualidad que en los dos participaron como dramaturgos y directores dos artistas a quienes admiro profundamente y considero amigos del alma: Sergio Blanco (franco-uruguayo) y Gabriel Calderón (uruguayo). Así es que saqué provecho de mi carnet de amigo y les pregunté sobre las sensaciones vividas en esos estrenos. 

¿Por qué creen que, en el orden de prioridades a la hora de flexibilizar los aislamientos y reabrir, el teatro llega siempre casi en último lugar?

Sergio Blanco: Para la sociedad de consumo en la cual estamos inmersos, no somos una prioridad. Y creo que está bien que así sea. El teatro no entra –por suerte–, en ningún circuito ni comercial ni mercantil ni industrial ni económico de prioridades en nuestras sociedades de consumo. Eso en cierta manera es un elogio para todo el movimiento teatral. La sociedad de consumo que encuentra su aliado en la sociedad del espectáculo –y que no tiene nada que ver con el teatro– puede prescindir perfectamente de nosotros y nosotros de ella. No nos necesitamos. Es hermoso y redentor poder prescindir, es el comienzo mismo de la libertad. 

Gabriel Calderón: La razón es que no somos prioritarios. No es una prioridad para el gobierno y para mucha gente. Para las masas, para las mayorías, evidentemente, el teatro no es prioridad. Entonces somos grupos de presión limitados. Y lo que pasa muchas veces es que la cultura de la industria no está desarrollada en Latinoamérica, entonces en muchos países de Europa las industrias vinculadas al teatro presionan para abrir los teatros, para que la gente trabaje, para que los artistas puedan hacer, pero en nuestros países eso está más desconectado y es incipiente, por ende, ahí no hay posibilidad de grandes presiones para poder retomar el trabajo. 

¿Qué les pasó el día que estrenaron en plena pandemia? ¿Qué protocolo tuvieron que seguir?

Sergio Blanco: Para mí fue muy emocionante poder volver a entrar a un teatro. En mi caso fue en el Teatro Lliure de Barcelona. Recuerdo que el primer día que entramos a ensayar, ni bien pusimos un pie en el escenario, todo el equipo hizo una especie de silencio. Estábamos todos profundamente conmovidos. No nos decíamos nada. Mirábamos el lugar. El teatro estaba ahí. Esperándonos. El teatro finalmente es muy paciente. Por esos días me sentí muy dichoso y afortunado de poder estar retomando mi trabajo en un teatro, pero permanentemente pensaba en todos aquellos colegas que no lo estaban pudiendo hacer. Así que se trató de una mezcla de felicidad y tristeza al mismo tiempo, porque la felicidad para mí no tiene sentido cuando no es compartida. Los protocolos de ensayo que tuvimos que seguir eran muy severos y eficientes: mascarillas, lavado permanente de manos, distanciación de un metro y medio, diferenciación de puertas de acceso, etc., etc. Me impresionó la manera rigurosa en que todo el mundo los respetaba. Luego, el día del estreno hubo una emoción particular, pero debo confesar que finalmente fue un poco similar a la emoción que siempre siento cuando entran los espectadores a la sala, siempre me digo lo mismo recordando a Pirandello: “Ahí llegan los gigantes de la montaña”.

Gabriel Calderón: En particular a mí me pasó, cuando estrenamos “Ana contra la muerte” en el Auditorio Nacional del Sodre –el auditorio es un teatro gigante, en realidad son dos teatros, una sala para dos mil personas, y otra sala más pequeña que es para trescientas personas–, nosotros estrenamos en la sala pequeña con un aforo reducido de unas sesenta personas y, la verdad, era como, yo no diría triste, pero había algo de frío, de que un teatro tan gigante que siempre está lleno de gente, que siempre tiene las dos salas a full de su capacidad, de repente, en la única función que tenía, solo pudieran estar sesenta personas. Los espectadores iban llegando de a uno, los hacían entrar, los acompañaban hasta su butaca, todo muy sanitario, muy limpio, pero también muy frío y el espectáculo tuvo que atravesar eso para poder llegar a la gente. 

¿Creen que los espectadores cargaban un plus emocional a la hora de mirar? Ustedes son artistas escénicos con muchas funciones encima, estas que hicieron en plena pandemia ¿tuvieron algo en particular que nunca les había pasado?

Sergio Blanco: Sí, había una atmósfera especial. La gente volvía al teatro después de mucho tiempo sin poder ir, entonces se sentía una cierta emoción. Además, en Barcelona por esos días habían detectado unos rebrotes y las autoridades estaban empezando a cerrar de nuevo algunas salas. Hasta dos horas antes del estreno, no sabíamos si teníamos la habilitación o no. Nadie lo sabía, ni nosotros, ni el público. Eso creó un clima muy particular que hizo que, cuando llegó la habilitación, todos fuéramos a la sala del teatro como quien va a una manifestación política o a festejar algo. 

Gabriel Calderón: Como director y dramaturgo viví el contexto, pero en las funciones que se están haciendo no estoy arriba del escenario; pero sí, por ejemplo, hablo con las actrices, que me dicen: “Hay que rearmar a este público, no es un público, no es una platea llena o concentrada en un lugar, sino que está diseminada, con espacios”. Entonces no es que le hablás a un público, sino que les hablas a muchos aislados y eso genera una particularidad. En el estreno, los espectadores estaban separados a cinco metros y ahora a dos metros porque se flexibilizó un poco más, y así poco a poco se va pareciendo más a lo que era antes.

¿Qué es lo que más extrañaron los días en los que permanecieron encerrados en cuarentena?

Gabriel Calderón: A mí me gusta mucho mi casa, me gusta mi familia; pero cuando a uno lo obligan a estar todo el tiempo en ese lugar con esas mismas personas comienza a extrañar todo lo que no es ese lugar y esas personas. Yo debo decir que, como caso particular, estuve muy cómodo los dos meses que tuvimos en Montevideo de cuarentena, creo que los niños –yo vivo con mis dos hijos–, ellos sí lo empezaron a sentir al final de los dos meses. Me cuesta pensar en lugares como Argentina u otros países en los que la pandemia hizo que la cuarentena se extendiera a cuatro, cinco y hasta seis meses. Yo no lo viví, entonces extrañaba salir y dar vueltas sin ninguna razón, y eso fue lo primero que hicimos cuando se abrió: dar vueltas a la manzana. Recuerdo el primer día que les dije a los niños que íbamos a ir a dar una vuelta a manzana y ellos festejaron como si les dijera que íbamos a ir de viaje o les iba a regalar todos los juguetes del mundo. Dijeron: “¡bien, vuelta a manzana!”, los dos saltaban por toda la casa diciendo: “¡Vuelta a manzana, vuelta a manzana!”. Y, durante varios días, las primeras semanas que salíamos era solo a dar una o dos vueltas a manzana y ellos lo disfrutaban muchísimo. Así es que esa fue un poco mi experiencia. 

Sergio Blanco: Yo extrañaba la otredad en carne y hueso. Los abrazos. Las caricias. Los besos. Y por lo tanto también extrañaba mucho el teatro que es el lugar por excelencia en donde la palabra busca la carne y en donde finalmente siempre la termina encontrando. Si hay algo que me ha confirmado esta pandemia y los confinamientos que tuvimos que vivir, es justamente la necesidad del otro: lo necesario que es el rostro del otro, es decir, aquel que no soy yo, y que en su otredad me construye. 

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The Future

Por Nano Barbieri

En los primeros años posteriores a la guerra fría, el profético Leonard Cohen publicó uno de sus discos más emblemáticos: The Future (1992). Entre las nueve canciones que lo completan, dos son épicas y contrapuestas: la que lleva el nombre del álbum y Democracy. Mientras que la primera avisa, “he visto el futuro, es una masacre”, en Democracy celebra la llegada de la democracia como una especie de fe amasada desde la masacre de plaza Tiananmén y el hombre del tanque hasta nuestros días. 

Esta especie de desconcierto, este juego de oposiciones tenía un fundamento: las posiciones extremas empezaban a parecer cada vez más atractivas. En una entrevista para la televisión canadiense, Cohen lo explicaba así: “Todo el mundo se siente más hospitalario con las posiciones extremas (…), su retórica tiene un cierto borde, una chispa, un atractivo”. Recursos que, a él también, le resultaban prolíficos para componer. La masacre o el esplendor. 

Hace pocas semanas, el Colectivo Editorial Crisis publicó una recopilación de reflexiones sobre la marcha, en caliente (mis respetos a ese coraje intelectual), sobre la situación de Argentina en su nueva anormalidad, pre-post o eternamente pandémica. La vida en suspenso reúne varios textos con una hipótesis: por primera vez la historia está en suspenso, atónita por un acontecimiento cuya protagonista es la naturaleza. No hay mecanismos históricamente institucionalizados, no hay antecedentes inmediatos que puedan acercarnos respuestas a lo que está sucediendo: solo quedan caminos creativos, y en cierto modo improvisados, que permitan encauzar la situación en alguna dirección. 

En relación con este escenario, el politólogo Marcelo Leiras explica la volatilidad de algunas de las respuestas que vimos en estos meses. “Lo que acostumbramos a describir como gobierno de leyes”, dice Leiras, “aparece nítidamente como gobierno de personas. El núcleo del poder público reside en los individuos a los que obedecemos aún en una situación extraordinaria”. Así, lo mismo que genera gran aceptación, al poco tiempo genera rechazo o viceversa. Las leyes por las personas. Hay una zona de espontaneidad, de riesgo y aprendizaje, que desnuda la trama de decisiones detrás de personas que están pensando en vivo. Puede sonar como algo evidente, pero es esencialmente novedoso. 

La institucionalidad necesita del antecedente. Siempre pensé a las sociedades como a una ilusión. La sociología resulta alucinante por su vocación de explicar lo que no tiene cuerpo, pero que nos define en casi todo lo que hacemos. Las instituciones, los órganos de vida de las sociedades, son como telas de un probador, de una carpa, de una sala de primeros auxilios. Hacen un esfuerzo extraordinario por organizar, por disciplinar, por llevar a la paz, tal vez. Por educar, por distribuir, en el mejor de los casos. Pero al final del día son solo telas, velos, fragilidades necesarias, pero fragilidades al fin. La condición de su existencia es que podamos crear en ellas, en la posibilidad que tienen esas telas de sacarnos de la intemperie. 

La pandemia puso en evidencia la importancia de los Estados nación en el sostenimiento de la vida, de eso no tenemos duda, pero también dejó expuesta la condición, digamos, humana, de las decisiones que le dan forma. En este sentido, puede verse una zona de riesgos y de oportunidades producto de la pandemia que abrieron ventanas de discusión que, en una situación de normalidad (por usar un término de moda), hubiera sido muy difícil poner sobre la mesa. Pienso puntualmente en el impuesto a las grandes fortunas, a los multimillonarios (¿en qué otro contexto lo hubiéramos discutido sobre agenda?), o el salario universal que, a pesar de los años de teorización, tan pocas veces pudo ser al menos el titular de algún diario. En síntesis, podría decirse que hay una histórica oportunidad de salirse del libreto de las condiciones de posibilidad de la política tal como la entendemos en Argentina.  

Pero, al igual que en el escenario que planteara Leonard Cohen en 1992, el resquebrajamiento de las normalidades, de las regularidades genera un clima hospitalario con las posiciones extremas, un clima ideal: nada pareciera estar fuera de las posibilidades de este momento histórico. Todo puede pasar, todo discurso tiene su audiencia. La popularidad de dirigentes o referentes de las alas más represivas del arco político (transversal a todos los partidos o coaliciones hegemónicas) refuerza, con un aire moderno en tanto estrategias comunicacionales, la tradición nacionalista y totalitaria. 

Los privilegios están en discusión, pero también están dadas las condiciones para que aflore un neoconservadurismo represivo que encuentra un sorpresivo eco con crecimiento sostenido. 

Volvamos a The Future. Hay un tercer tema en este disco de Leonard Cohen que pareciera contestarles a los dos que mencionamos al comienzo de esta conversación, como queriendo darle una salida a esta polarización. Se llama Anthem, o Himno, y comienza con un recitado que dice: 

“Que suenen las campanas que aún pueden sonar Olvida tu ofrenda perfecta/Hay una grieta en todo/Así es como la luz entra”.

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Spicy

Por Lu Gaitán

Creo que muchas veces usamos la astrología como un placebo para no sufrir, ante una realidad que duele e incomoda por todos lados. Podemos usar la astrología y cualquier otra rama del mundo esotérico como una forma de desconectarnos de la propia psiquis y del colectivo del que formamos parte. ¿A qué me refiero con desconectar de la propia psiquis? “Estoy deprimida” y digo que es porque tengo mucha agua en mi carta. Ahí no me estoy haciendo cargo de lo que me pasa. Esta es una lectura simplificada, pero de ese modo estoy olvidando que cada indicador astrológico puede ser leído y vivido de muchas maneras. El agua puede ser el desborde emocional, pero también puede ser una gran sensibilidad artística o una gran empatía. ¿De qué depende si es uno u otro? Dependerá del momento de la vida, del contexto social y del trabajo que cada persona haga.

¿Y por qué nos encontramos ahora con esta forma de abordar la astrología siendo que la astrología y todo lo esotérico tienen miles de años? Lo específico de este momento es que estos conocimientos se hicieron masivos y, para ello, debieron simplificarse para llegar a mucha gente en un contexto donde tenemos una crisis de sentido muy profunda, sobre todo en el Occidente secular. No me parece casual que la astrología y lo esotérico tengan tanto impacto entre millennials y centennials, dos generaciones que son antirreligiosas pero tienen una necesidad muy grande de acceder al mundo de lo sutil, además de un gran compromiso con los feminismos, los movimientos de la disidencia sexual y el ambientalismo. ¿Por qué circulan versiones tan simplificadas de la astrología y lo esotérico teniendo en cuenta que son conocimientos muy complejos? Por la masividad, y esto es algo que sucede con todos los conocimientos que buscan ser difundidos a gran escala. ¿Es lo mismo la psicología que la autoayuda? ¿Es lo mismo el deporte de alto rendimiento que el picadito que juegan las pibas un jueves a la noche después de tomarse unas birras? Obvio que no. Con la astrología y lo esotérico pasa algo parecido. Entonces, ¿”está mal” que la astrología y el esoterismo sean divulgados masivamente? De ningún modo, solo que corremos el riesgo de tomar la parte por el todo.

Pero ojo, porque la astrología y lo esotérico pueden ser aliados del neoliberalismo. ¿Cómo sería eso? Si ponemos demasiado foco en el deseo individual, pero olvidamos que formamos parte de una sociedad y un contexto de época donde no tenemos las mismas posibilidades de acceder a una alimentación saludable, ni al conocimiento, ni a la vivienda, si insistimos demasiado en no meternos en ninguna grieta, pero este mundo está sufriendo una crisis ecológica sin precedentes, donde además las mujeres y disidencias sexuales somos violentadxs permanentemente, donde unx de cada dos niñes está debajo de la línea de la pobreza en Argentina, pero seguimos creyendo que el cambio va a llegar solo desde la autoobservación, el autoanálisis y la autorreflexión, entonces estamos siendo aliadxs de este sistema desigual y absolutamente cruel. Cada vez que escucho algo parecido, en mi cabeza aparece esa frase que dice: “Si elegís ser neutral en situaciones de injusticia, entonces estás eligiendo el lado del opresor”.

Es cierto, no hace falta que nos subamos a todas las grietas y, si lo hacemos, corremos el riesgo de nublar nuestra capacidad de análisis, pero creo que en el circuito esotérico tendemos al exceso de neutralidad y eso es muy funcional a este sistema. ¿Esto quiere decir que “está mal” hacerse preguntas sobre unx mismx? Obvio que no, pero no es la única forma y corremos el riesgo de entrar en un registro narcisista de “yo y mi carta natal”, “yo y mis problemas de autoestima”, “yo y mis problemas vinculares”, “yo y la situación de violencia que viví con mi ex”, “yo y mis problemas laborales”. Esta indagación tiene todo el sentido del mundo y es necesaria, pero no es la única. Porque la carta natal habla de dilemas humanos, entonces, tus problemas de autoestima no son una expresión aislada, sino que responden a modelos de belleza hegemónicos que sobre todo recaen en las mujeres y disidencias sexuales y no son solo porque Venus está en cuadratura a Quirón; tus problemas vinculares responden a una transformación de paradigmas vinculares que son propios de las ciudades grandes de Occidente y no son solamente porque tenés a Urano en casa 7; la violencia en los vínculos sexoafectivos no se reduce a la conjunción entre Venus y Marte de tu carta natal, sino que hablan de los vínculos sexoafectivos en el patriarcado; tus problemas en el laburo no son solamente porque tenés a Plutón en casa 6, sino que se inscriben en el marco de la flexibilización y precarización laboral.

Y, entonces, la carta natal y la astrología ¿para qué sirven? Sirven para repensarnos y cuestionarnos cómo funcionamos tanto a nivel individual como colectivo y, de ese modo, acercarnos al desarrollo de nuestra singularidad. Y voy a insistir con esto: las posiciones astrológicas no son leídas de una sola manera. Son símbolos y los símbolos son polisémicos, o sea que tienen múltiples niveles de interpretación. Entonces, la cuadratura de Venus y Quirón puede dar problemas de autoestima, pero también puede traer el encuentro en la belleza de lo que soy, aunque mi cuerpo no responda a los modelos de belleza hegemónicos; Urano en casa 7 puede manifestarse como libertad y autonomía de los miembros de una relación (o varias) y así.

¿Con la astrología vamos a tener respuestas cerradas? ¿Características de personalidad fijas e inamovibles? No, es mucho más que eso. Podemos encontrar algunas respuestas y explorar algunas formas, pero lo esotérico no cierra sino que abre, no da garantías ni certezas absolutas. El individuo no es un ser aislado y el colectivo, no es una masa uniforme de personas, hay individuos en búsqueda de su singularidad. Ahí entran otras formas de hacer astrología, las que incluyen variables sociales a la hora de hacer análisis, las que cuestionan las formas de vincularnos no solo partiendo desde la carta natal, sino en las formas que los vínculos toman en el patriarcado, donde no es igual ser varón que ser mujer, ni tampoco es igual ser mujer que ser trans, ni tampoco es igual ser mujer cis blanca que ser mujer cis negra y sin recursos económicos. Por eso creo que necesitamos cuestionarnos algunas formas de hacer astrología y de vincularnos con ella. Creer que la astrología es una diversión es bastante limitado, pero tiene que ver con que la astrología se ha convertido en un objeto más de la sociedad de consumo en la que vivimos. Lo mismo sucede con los feminismos y la ecología: remeras, buzos y banalización de consignas para hacer lo que tenemos ganas, pero con la conciencia tranquila porque nos declaramos feministas y sustentables. Con la espiritualidad puede pasar algo parecido. ¿Esto es culpa de la astrología, del feminismo, del veganismo o del colectivo LGTTBIQ+? Más bien creo que se trata de una lógica de este sistema que es muy astuto a la hora de tomar expresiones disidentes y convertirlas en productos para ser vendidos en las góndolas del supermercado. Productos empaquetados y de consumo fácil que no generen demasiada incomodidad ni demasiado cuestionamiento a las bases de este sistema. ¿Entonces qué hacemos? ¿Nos bajamos de todo, solo porque termina pasando esto y entramos en una lógica nihilista? Tampoco creo que sea por ahí, pero sí tenemos que estar atentxs.

Por otro lado, me parece importante mencionar que esoterismo y ciencia no necesariamente tienen que estar enfrentados. Pueden encontrarse de algún modo. No solo con los ejemplos que les mencionaba antes de psicología y ciencias sociales sino también en lo que refiere al cuidado de la salud. Podemos hacer una interpretación simbólica de los síntomas o las enfermedades que tenemos, pero eso no quita que tratemos las dolencias con tratamientos médicos específicos. Después podemos cuestionar cuáles son las formas que adquieren esas medicinas y cómo fueron pensadas, pero creo que eso da para largo y tampoco es mi especialidad. Así que, hoy, lo dejamos acá.

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The boys, superhéroes de los malos

Por Julieta Fantini

Esta reseña no contiene spoilers.

A propósito del estreno de la segunda temporada de The Boys en Amazon Prime Video el viernes 4 de septiembre, un crítico se preguntaba quién puede necesitar o demandar sutilezas en la ficción cuando Donald Trump es el presidente de los Estados Unidos.

Es que la serie, basada en un celebrado cómic, no ahorra en sangre derramada, cuerpos que explotan y una figuración bastante directa del universo que Marvel y DC –las dos compañías hegemónicas en esto de llevar historietas y novelas gráficas al cine y a la televisión– que apela a la parodia y da cuenta, también, de cómo la cultura del espectáculo lo fagocita todo. De entrada, para los creadores de The Boys, la fama es mala, muy mala. 

Hay un contexto de producción particular: hace 20 años que Marvel domina la taquilla mundial con Avengers/Los Vengadores y sus derivados; DC hace lo propio resucitando a Batman cada dos por tres y al resto de sus personajes. Sin embargo, la tradición del mundo del cómic es vasta y variada, y en los últimos años ha llegado al alcance del público masivo –por fuera de los cultores de las historietas– una serie de personajes que se alejan de la glorificación de estas personas con superpoderes, que ahondan en la profundidad psicológica que algunos del canon sí mostraron a partir de los 80 y que, por sobre todo, son narraciones que buscan deconstruir la imagen de lo superheroico. 

En ese camino se ubica The Boys, creada por Eric Kripke y basada en la historieta homónima de Garth Ennis y Darick Robertson.

Por lo pronto, hay una temporada completa disponible y tres capítulos de la dos, ya que Amazon decidió estrenar uno nuevo cada viernes. 

En la historia, “los chicos” son un grupito de parias de diferentes extracciones y con una motivación en común que, por supuesto, terminan convirtiéndose en los héroes de la serie. Su objetivo es desenmascarar a los Seven, los siete superhéroes principales que trabajan para una compañía justamente como eso, héroes y heroínas del mundo moderno, pero con características desdeñables: son corruptos, vanidosos, sádicos y totalmente integrados al sistema de celebridades del entretenimiento, con lo burdo en primer plano. 

Esos superhéroes, integrados a la vida y a las instituciones a través de una megacorporación que los administra como productos, no reparan en abusar de sus poderes porque tienen por detrás un equipo de relaciones públicas que limpia sus malos hábitos y acciones. Y no son solamente Los Siete, sino que, como si se tratara de un sistema de franquicias, hay “súpers” diseminados por todo el mundo, con distintas posiciones en el sistema de castas diseñado por la empresa que, por supuesto, tiene vínculos muy estrechos con el gobierno. 

En el camino de Deadpool (para alquilar en Google), The Boys recurre también al humor (negro) que debe tener cualquier parodia que se precie de tal. Es más, la serie parece darle la razón a Martin Scorsese cuando el año pasado publicó una controvertida columna en el New York Times en la que argumentaba por qué las películas de Marvel no son cine. 

La tesis principal del director de Taxi Driver es que el universo cinematográfico de Capitán América y Spiderman no es una forma artística, sino un producto de marketing. En ese sentido, las similitudes entre Disney y Vaught, la empresa que maneja a Los Siete, son evidentes.

Otras del tipo

Así y todo, la incorrección política de The Boys no va más allá de burlarse del poderoso, con el mismo tono cínico y oscuro que se vio en otra serie, The Preacher (Prime Video) aún más amplificado. Se trata de una adaptación de una novela gráfica detrás de la que también están Evan Goldberg y Seth Rogen en la que el héroe –antihéroe, en realidad– es un sacerdote tejano que descubre que Dios ha dejado su puesto y desatado una serie de desastres en el mundo. 

En la misma sintonía está The Umbrella Academy. Con un tono delirante, la serie de Netflix que lleva dos temporadas emitidas, reúne a un grupo de “hermanos” con superpoderes inusuales, quienes fueron criados por un excéntrico millonario y cuya misión es evitar el apocalipsis y tolerarse en sus diferencias. También aquí el recurso metanarrativo se propone ridiculizar la solemnidad de los universos de Batman, Superman o Los Vengadores.  

Por último, y solo para mencionar una reciente, Doom Patrol (HBO) –un cómic que surgió en los años 60 y que tuvo varias etapas y evoluciones– completa esta lista, porque propone la misma premisa: otra serie paródica de La Liga de la Justicia, pero en un tono más existencialista, ya que los protagonistas reniegan de sus poderes y anhelan lo que tantos hoy: una vida normal. 

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La pandemia nos revela

Por Gonzalo Marull

Imaginemos que nos azota una pandemia mundial. Imaginemos que para combatir al virus hay que distanciarse socialmente y encerrarse en las casas. Imaginemos que la salud es la prioridad principal. Imaginemos que a los médicos y a las médicas se los acompaña con aplausos todas las noches. Imaginemos que los médicos y las médicas se empiezan a contagiar, entonces ahora se los evita, se los discrimina y se los escracha. Imaginemos que alimentarse es esencial. Imaginemos que en vez de incentivar a los pequeños comerciantes de alimentos se habilita a funcionar desde el primer día a los grandes hipermercados. Imaginemos que la ciudadanía hace largas colas para comprar la mayor cantidad de papel higiénico que pueda cargar en sus autos. Imaginemos que les pedimos que se queden en sus casas a personas que viven hacinadas en cuartos pequeños, casillas de chapa o conventillos y en condiciones de extrema pobreza. Imaginemos que parte de la ciudadanía rompe el aislamiento, pone en riesgo su salud y la salud pública, para marchar a favor de una multinacional corrupta o del terraplanismo o del patriarcado. Imaginemos que cierran las escuelas, pero que las clases se dan con un gran esfuerzo a través de la intermediación tecnológica. Imaginemos que para gran parte de la ciudadanía las clases no se dieron nunca porque han perdido el respeto por el aprendizaje. Imaginemos que la crisis se agrava profundamente y nos cuesta ver una salida.

Las pandemias, las pestes, las plagas, las crisis traen consigo habitualmente una epifanía: revelan aquellas fisuras profundas del sistema en el que habitamos. Nos dan acceso a una verdad secreta u oculta. Muestran, desnudan. Aparece en la superficie algo que debía o quería permanecer guardado.

Cuántas veces vimos en las tragedias griegas esa arrogancia del ser humano, que es contestada por una peste o por una caída terrible, algo así como si los dioses o la naturaleza estuvieran recordándonos una y otra vez que somos frágiles, que somos pequeños, para intentar llevarnos a una ética de la responsabilidad, a una ética del cuidado.

Pero la revelación siempre produce desastres, porque la mayoría de las veces descubrimos eso que ya sabíamos pero que no queríamos mirar.

Esta pandemia que nos azota no ha hecho más que evidenciar la voracidad del sistema económico neoliberal y su voluntad depredatoria de todo lo que está vivo. Esto ha revelado muchas cosas sobre nuestra sociedad. Ha revelado fundamentalmente brechas sociales que estaban más o menos camufladas, nos damos cuenta de que la suspensión de la escuela está pudiendo ser mejor sobrellevada por los niños y las niñas de unas clases sociales, mientras que los de otras clases sociales están recibiendo un segundo castigo (y ni hablar de aquellxs con algún tipo de discapacidad). Desafortunadamente, las escuelas que pueden ofrecer una experiencia académica virtual completa, con estudiantes que cuentan con dispositivos electrónicos, profesores que saben cómo diseñar lecciones en línea funcionales y una cultura basada en el aprendizaje tecnológico, no son muchas. La realidad es que la mayoría de las escuelas no está preparada para este cambio que permite reconocer que el acceso desigual a internet es tan solo uno de los muchos problemas que enfrenta nuestro sistema educativo a nivel global.

Las pandemias revelan rápidamente las contradicciones, problemas y amenazas que están en el corazón de nuestra sociedad y que, claramente, no son nuevas, son estructurales y muy difíciles de transformar.

Vivimos hablando de salud, educación y cultura; pero apenas se produce una crisis nos damos cuenta de que ninguna de las tres ha sido ni será prioridad de nuestros proyectos políticos y ciudadanos. Que ninguna de las tres es considerada esencial ni durante una crisis ni mucho menos fuera de ella.

¿Qué hicimos de nuestra salud pública?, ¿qué lugar ocupa la educación en el debate político?, ¿qué entendemos por educación?, ¿en qué se diferencia la cultura del arte?, ¿de qué viven las y los artistas?, ¿podemos sobrevivir sin acceso a la cultura, a la educación y sin un sistema de salud público?

Es verdad, ocurrió lo impensable. Lo que está pasando con el coronavirus no fue previsto y lo interesante de lo impensable que sucede es, precisamente, que te obliga a pensar. Esta convulsión extraordinaria nos obliga a pensarlo todo de nuevo. Creíamos que pisábamos un suelo estable, que teníamos un marco conceptual estable, clarísimo, asegurado, y de pronto parece que todo se resquebraja.

Hay cuestiones fundamentales que emergen: ¿qué es lo esencial?, ¿cuáles son las prioridades?

Luego de varios días de cuarentena abrieron los shoppings, los comercios, los bares, las iglesias, en algunos lugares los aeropuertos y el fútbol/básquet show, en la televisión la gente se junta a jugar y a comer, la timba financiera sigue inamovible; pero los teatros, los museos, los cines y los colegios permanecen cerrados.

Vivimos en una situación de desigualdad absoluta, de inequidades históricas. Y esto nos lleva a preguntarnos qué podemos sacrificar y qué no deberíamos sacrificar en absoluto a futuro.

Ojalá esto nos recuerde que lo que nos constituye como seres humanos es, antes que cualquier otra cosa, nuestra común fragilidad, y esa fragilidad debería llevarnos a unas políticas de auxilio, de cuidado entre las personas, de recordar que cada uno es responsable de los demás.

La cultura y la educación son esenciales, de primera necesidad, porque nos permiten imaginar, nos permiten criticar y nos permiten resistir. Una sociedad con un sistema cultural y educativo fuerte es una sociedad capaz de resistir mucho más, es una sociedad capaz de proteger su medio ambiente y de pensar modelos de ciudadanía solidarios y colaborativos.

Pero lo que está pasando nos está mostrando otra cara. No estamos resistiendo. Al final de la novela La peste de Albert Camus aparece esta afirmación: “Algo que se aprende en medio de las plagas: que hay en los hombres más cosas dignas de admiración que de desprecio”. Circula por las redes sociales, a manera de fake, una frase que se le atribuye a Camus y que lo intenta contradecir: “Lo peor de la peste no es que mata los cuerpos, sino que desnuda las almas y ese espectáculo suele ser horroroso”. En esta disputa de frases y sentidos, en esta disputa por el valor del documento y del conocimiento, se encuentra una gran respuesta a muchas preguntas.

La profunda crisis que ha provocado la pandemia sobre el sector cultural no tiene precedentes. El daño producido por el coronavirus es una hecatombe silenciosa que ha calado hondo en miles de agentes culturales y creadores. Aún no sabemos cuánto tiempo pasará para que este sector recupere su vigor, pero lo más probable es que no sea rápido.

Hay que entender que el arco que abarca a la cultura es tremendamente diverso en todas las direcciones. Puede ir desde artistas callejerxs o artesanxs, hasta cantantes de cuarteto o realizadorxs audiovisuales. Sin contar a muchas organizaciones y colectivos independientes que no reciben financiamiento del Estado en forma permanente y que deben enfrentar el día a día de una manera única y desgarradora.

Creo que lo propio del arte es la limitación y la conversión de la limitación en ocasión poética a través de la complicidad imaginativa. Probablemente estamos ante el mayor desafío que haya tenido el arte nunca, porque ahora no es que tengamos poco, es que nos han despojado de la asamblea misma y hasta peligra nuestro ecosistema. Pero precisamente eso nos va a obligar a pensar y tal vez algo aparecerá, una conversión, por qué no. Nunca será suficiente si no hay un cambio estructural en la manera de pensar a la cultura, la educación y la salud al interior de nuestra sociedad. Son claramente esenciales para que la epifanía, la revelación no nos tomen desprevenidos, las podamos enfrentar con la memoria activa y, así, no volvamos a repetir la misma tragedia, una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez.

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La marihuana: lo sagrado y lo sutil

Por Lu Gaitán

Hoy voy a hablar de una planta que me ha ayudado muchísimo en distintos momentos de mi vida: la marihuana. Creo que, como muchxs, la primera vez que fumé era adolescente y estaba en una fiesta con amigas. Eran los 2000 y yo era adolescente, así que no tenía mucha plata. ¿Por qué digo esto? Porque fumé el famoso prensado. Ese bloque de origen desconocido con ingredientes misteriosos y efectos medio random. Con los años empezaron a aparecer flores y cultivadores y todo cambió. Además de que yo empecé a trabajar y tener mi propio dinero. Eso cambió la calidad de lo que fumaba. Voy a spoilear un poco porque no puedo con mi genio, pero a la marihuana le agradezco que me haya llevado a hacer contacto con mis emociones. Si bien ahora me reconozco como una persona muy emocional, a la vez que mental, no fue siempre así. Mi versión antigua y más conocida para mí misma es la intelectual racional, la que rechazaba las emociones, lo misterioso, lo caótico. Estar en contacto con esta planta me ayudó mucho. En astrología, decimos que la marihuana es una planta vinculada a Neptuno y lo que hace es abrir nuestro campo energético. Entonces, estamos más sensibles a lo que sucede en el entorno, también más intuitivxs. Algunas culturas la consideran una planta sagrada, porque abre las puertas de la percepción al mundo de lo invisible y porque ayuda a meditar. La ciencia también dice que ayuda a paliar los dolores fuertísimos que vienen con algunas enfermedades. O sea, que también puede ser usada como medicina, pero como esta no es mi especialidad no me voy a extender en esto.

Lo que sí voy a hacer es una comparación entre Occidente, Medio Oriente y Oriente y les voy a hablar de los chakras. ¿Qué son los chakras? Forman parte de nuestro cuerpo sutil. Así como tenemos un cuerpo físico (piernas, brazos, cabeza, torso, pies), tenemos un cuerpo sutil e invisible conformado por chakras, o sea, puntos energéticos potentes que muchas veces están asociados a órganos, pero no de un modo lineal ni siguiendo la lógica de la medicina occidental. Esto viene de la tradición yogui. Tenemos siete chakras principales y, según lo que comemos, bebemos o fumamos, vamos a estar activando o durmiendo distintos chakras. De ahí que popularmente decimos “tengo este chakra bloqueado” o “tengo mis chakras alineados”.
Podríamos decir que, antes de la globalización, en Occidente, la principal sustancia era el alcohol. El Occidente cristiano considera que el vino es la sangre de Cristo, así que tiene un componente sacro. Pero, en los países musulmanes, el alcohol estaba prohibido y la marihuana y el hachís eran utilizados frecuentemente como plantas de poder. El alcohol, la bebida de Occidente, abre el corazón. El alcohol impacta en el chakra cardiaco, o sea, que abre nuestra capacidad amorosa y compasiva, eso mismo que el cristianismo lleva como bandera. En Medio Oriente, el alcohol está prohibido en muchos lugares. Hay una versión que dice que Mahoma prohibió el alcohol. Mahoma era un soldado y no le interesaba abrir el chakra del corazón, la dimensión compasiva. Su interés estaba puesto en el chakra raíz, o sea, el que nos conecta con la vida en la tierra y la supervivencia. Esto es interesante porque, según algunos autores, Medio Oriente es el puente que conecta Occidente y Oriente, y la marihuana va sobre todo al chakra raíz y al sexto chakra, el llamado tercer ojo, y tiene la función de conectar los chakras inferiores con los superiores, no en términos morales sino por su posición en el cuerpo físico. Y adivinen: ¿dónde se consigue fácilmente marihuana y además está asociada a la religión y la espiritualidad? Yes, beibis. India.

En este sentido, me parece interesante mencionarles que fue durante los sesenta que los hippies de Occidente empezaron a fumar marihuana y no solo rechazaban muchos de los valores de la cultura occidental, sino que además empezaron a mirar hacia Oriente, sobre todo al budismo y al hinduismo. En el mundo esotérico no sabemos y tampoco nos importa demasiado saber qué vino primero, si el huevo o la gallina, pero podríamos pensar que los hippies se hicieron amantes o adictos a la marihuana y se abrieron a otras formas de percibir el mundo, o bien fue la planta quien los colonizó. Como dice Polland en Botánica del deseo: “y si los seres humanos nos hemos beneficiado de las plantas, ellas han sacado al menos el mismo provecho que nosotros de esa asociación”.

La marihuana, como les decía antes, es considerada una planta sagrada. En India, la marihuana ha sido parte de la cultura durante miles de años. Shiva es el dios vinculado al cannabis y existen historias que hacen referencia a cómo Shiva usó el cannabis. Los sadhus lo usan durante ceremonias religiosas y el cannabis es venerado en algunas festividades. ¿Quiénes son los saddhus? Los sadhus son ascetas, o sea, personas que renunciaron a su vida para buscar la iluminación. En el norte de India, te los podés encontrar viviendo en la calle, fumando y pidiendo limosnas o alimentos para sobrevivir. Por supuesto que no hace falta ser saddhu para fumar marihuana, ni falta hace que lo aclare, pero sí me parece interesante pensar a la marihuana como una planta que abre la consciencia. ¿Esto quiere decir que recomiendo a todo el mundo que fume esta planta? Por supuesto que no, no creo que haya recetas universales. Lo que sí puedo decir es que fumar marihuana está asociado a la apertura de la percepción sutil. En léxico yogui, la marihuana tiene un impacto directo en el sexto chakra, el espacio que está entre las cejas. Pero también tiene impacto en los chakras inferiores, sobre todo el chakra raíz. De ahí que nuestro cuerpo físico se ponga más liviano y aliviemos tensiones musculares o rigideces. Entonces, fumamos y la conexión sexual es más potente; o bailamos con el cuerpo más flojo. O bien meditamos y es más fácil registrar la respiración, atravesando las capas de ruido mental que la mayoría de lxs occidentales urbanos tenemos. La marihuana también potencia la empatía, o sea, la capacidad para sentir lo que lxs demás sienten sin necesidad de que medien las palabras. Estoy convencida que la marihuana potencia la conexión psíquica con otros seres y no estoy haciendo referencia solo a lxs humanos, sino también a los animales, las plantas y todo lo que nos rodea. No me extrañaría que se abran la clarividencia o los dones “mediúmnicos” con esta planta. Tirar el tarot y estar fumadx puede ser muy interesante, sobre todo porque es un lenguaje simbólico muy potente desde las imágenes. Además, esta planta abre la creatividad. De repente, tenemos miles de ideas y proyectos increíbles. Solo que a veces son demasiado grandes e irrealizables y quedan como flash de fumadxs que no tiene demasiado sentido cuando estamos caretas.

Pero ahora hablemos de la dimensión no feliz de la marihuana. Algunas personas han tenido brotes psicóticos con esta planta. Por supuesto, fueron personas que tenían la predisposición, pero también puede traer ataques de pánico, ansiedad o paranoia. Antes les decía que la marihuana abre la sensibilidad, entonces, podemos tener la sensación de que cualquier cosa nos puede dañar. Estamos exagerando y sobredimensionando, pero, en ese momento, todo se siente absolutamente real. Por otro lado, esta planta afecta al hígado. Sí, nos saca los enojos y la tensión, ayudándonos a dormir y a aliviar los dolores menstruales, pero también nos saca vitalidad para llevar adelante lo que deseemos. El resultado puede ser la apatía y quedar encerrados en nuestras emociones. Entonces, si fumás a menudo, mi humilde sugerencia como fumadora de largo plazo es que cada tanto hagas una detox. Puede ser unas semanas, un mes, unos meses, lo que tengas ganas.

La marihuana puede ayudarnos a relajar y estar tranquilxs, pero también corremos el riesgo de convertirnos en babosas, sin fuerza. Sobre todo, si ya tenemos esa tendencia. Y no tengo mucho más para decir, solo que amo a esta planta y que espero que cada unx se haga responsable por el vínculo que establezca con ella. Últimamente hablamos bastante de esto, ¿no? De responsabilidad vincular. Bueno, también aplica a la relación con la marihuana. Y hasta acá llegamos por hoy.

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¡Estrenamos serie web!

¡Bienvenides a GULÓ EL PINTÓN!

En esta serie, la música y la comida se unen para deleitar todos nuestros sentidos. En el primer capítulo Bruno Glaudo.

La invitación fue la siguiente: “Poné ese disco que escuchás sin parar o esas canciones que te llevan a un momento especial de tu vida. Cuando encuentres la canción, dedicale el plato que merece”

Bruno le dedicó una Trucha prosciutto caprese al horno, a “La Montaña” de Luis Alberto Spinetta. El capítulo ya está disponible en nuestro IGTV o en youtube.

Ingredientes:
1 Trucha arcoiris 300gr (de Rio Ceballos)
Jamón crudo 2 lonchas
1 tomate asado
Hinojo 3 lonchas/rebanadas
Aceite de oliva D’aguirre clásico extra virgen 50cm cúbicos
Queso fontina rallado 100gr
Sal y pimienta a gusto

Para la salsa:
Caldo corto con cabezas, aletas y espinas de pescado
Albahaca
Jugo de un limón

Guarnición:
1 papa hervida
Ají locoto

Y lo acompañamos con Colección Quinquela de Bodega Valle de la puerta.

Créditos
Musicaliza: Sol Pereyra con La impositiva
Delantales: Bacco – Delantales de autor
Dirección: Chaky Lillini
Animación: Nacho Maioco y Chaki Lillini
Edición: Guiye Estrubia
Diseño: Moroto Olivera
Idea y producción: NMG

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Borgen, el viaje heroico que adoramos mirar

Por Juli Fantini

Esta reseña no contiene spoilers, solo detalles de la trama que dan una idea general de la serie. Sin embargo, si preferís llegar sin ningún dato, recomendamos leerla después de ver la primera temporada.

Una década después de su estreno, la llegada a un público masivo gracias a Netflix de la serie danesa Borgen es un punto alto del año pandémico que nos ató al streaming sin parar, con resultados dispares.

Borgen, antes que nada, es una serie que puede enganchar a cualquiera: trata sobre el ascenso al poder de una mujer, Birgitte Nyborg (la magnífica Sidse Babett Knudsen, vista también en Westworld), líder del partido de centroizquierda quien, debido a una serie de infortunios y a la diferente conformación del sistema parlamentario de Dinamarca, asume como primera ministra, aun antes que Helle Thorning-Schmidt, la primera mujer en lograrlo en la vida real en el año 2011. Algo así como ficción de anticipación.

Solo por el vicio profesional de emparentarla con referencias más o menos conocidas, se la comparó históricamente con The West Wing (Aaron Sorkin): la serie que sublimó todas las fantasías del ala liberal del partido demócrata. Pero Borgen es algo más que la west wing danesa, porque alude a una tensión tan importante como los conflictos políticos que debe afrontar la primera ministra: el cambio de dinámica que, por la importancia de su puesto, se da en su vida familiar. Este asunto ocupa tanto tiempo de la narrativa como la dura tarea de estructurar la coalición gobernante –algo habitual en Dinamarca– y, de una vez por todas, salir de la tribuna y ocupar espacios de decisión en el palacio de Christiansborg, conocido como Borgen.

Lejos de la sobrevalorada House of Cards, Borgen al mismo tiempo que hace estallar el techo de cristal en una sociedad progresista también explota el idealismo del progresismo de centro cuando no queda otra que negociar.

En ese contexto, se mueven las tres temporadas de 10 capítulos cada una, emitidas entre 2010 y 2013 por DR –la televisión pública danesa–, y que Netflix pone a disposición el viernes 4 de septiembre. Estos derechos de emisión que adquirió la compañía de streaming vienen con una cuarta temporada prometida para 2022, y con una Birgitte que vuelve a la política como ministra del exterior.

Borgen, en su momento, era una serie que solo se podía ver a través de la descarga directa de ciertos foros que salían de los canales tradicionales, pero el tiempo transcurrido no le hizo perder actualidad ni interés porque tienen la capacidad de imaginar una historia que no reniega de sus características más de telenovela de la buena, con la política en primer plano y con una heroína carismática, antes de que las mujeres coparan los protagónicos de la mano del Me Too y la necesaria perspectiva de género.

Un gobierno de coalición, una persona –encima mujer– con pocas fichas puestas en sus posibilidades de gobernar, casos de corrupción, las agendas de los grupos mediáticos, los choques ideológicos son temas que cualquiera que viva en Argentina podrá hacer espejo con hechos del presente o de la historia reciente.

Sin embargo, más allá de las comparaciones con la política local, Borgen funciona en todo nivel porque nunca deja de ser entretenida. Sí se mete con los grandes temas del mundo contemporáneo con personajes que detentan el poder o lo padecen, y sus vidas personales se ven profundamente interpeladas por esas posiciones.

Para quienes vienen atentos a las series que vienen del frío, Borgen pertenece a un tiempo de la televisión danesa que se destacó también por otras dos series imperdibles, The Killing y The Bridge. Parte de una intención de la señal pública DR –una BBC de allá– que propuso la generación de contenidos de gran calidad que dieran cuenta de su identidad y sus complejidades, pero con un claro eje en el entretenimiento, siguiendo el modelo de las series estadounidenses.

De regreso a la trama, Birgitte lidera el partido moderado (y chico en su representatividad), con todo lo que ese concepto implica ideológicamente acá, en Dinamarca o en la India. Lo inesperado de su liderazgo la coloca, cada capítulo, frente a dilemas casi imposibles. En ese sentido, retoma la intención mencionada y se ubica en el terreno de las conocidas series de procedimiento, donde cada historia contada, es un “crimen” por resolver. En este caso, leyes, escándalos, tratados, aliados infieles, entre otras delicias de la rosca. Así, Borgen suma en su detallada exposición de los personajes que rodean a la primera ministra, como la periodista estrella de la TV o su asesor de prensa, tan importantes en el desarrollo de la trama como la familia de Birgitte.

Otra cuestión que aparece no tan marcada como en la política argentina es el sexismo. Si bien se manifiesta a través de los personajes más antipáticos, la idea misma de una política profesional en un cargo de gestión no cae en los estereotipos habituales, ni para promover el prejuicio ni para derribarlo, con trazos torpes. Con seguridad, esto tiene que ver con la idiosincrasia de Dinamarca y ciertas cuestiones que pasaron a otro plano de la discusión que vuelve cada dos por tres a la agenda local sobre las mujeres y el poder.

La serie tampoco se priva de sumar una cuota de humor, aunque siempre en clave intelectual, porque es básicamente un drama novelado sobre el ejercicio del poder, lejos de la estupenda serie Veep, donde manda la parodia. La dinámica entre las vidas públicas y privadas hacen, finalmente, de Borgen una joyita a disfrutar por el suspenso logrado con temas de la sección de internacionales del diario, y por la enorme interpretación de Sidse Babett Knudsen, cuyo personaje atraviesa los cambios propios del tradicional viaje del héroe –heroína, en este caso–, la historia que siempre se cuenta desde el comienzo de los tiempos literarios, y que no nos cansamos de leer, ni de mirar.

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Y ahora, ¿cómo miramos?

Por Gonzalo Marull

Mi abuela desparramaba instrumentos musicales por toda la casa. Su teoría era que, si estaban a la vista, algún día un nieto o nieta los tocaría. Efectivamente, el tiempo le dio la razón a mi abuela, ya que en casa, todos y todas tocan algún instrumento musical, no de manera profesional, pero tocan. Las veladas musicales en casa siempre fueron un gran acontecimiento. Yo a los tres años ya tocaba el bombo y, así, en las noches familiares me convertía en el centro de la escena, todas las miradas estaban puestas en mi performance. También lo fueron mi abuela con su piano, mi abuelo con su acordeón, mi madre con su guitarra, mi padre con su zapateo. Creo que mi primera experiencia como espectador fue allí. Una vivencia colectiva con lugar a la imaginación. Mirando a mi abuela tocar una zamba, sintiendo la música, aprendiendo esa letra, reflexionando sobre esa letra.

Teatro, etimológicamente, significa “el lugar de la mirada”. Y, desde siglos, la mirada ha sido el eje central de la actividad teatral. Pero no cualquier mirada, una mirada que necesita un “dos” para existir. Pero ¿qué pasa cuando ese dos no puede vincularse desde el mismo espacio físico, y tiene que estar intermediatizado por algún aparato tecnológico, ya que el encuentro lo pondría en peligro?

Lxs espectadores no solo completan, sino transforman las obras de teatro, resignificando la escena de forma imprevisible. No es retórica decir que cada función de teatro es distinta. Cuando alguien nos pregunta por una obra a la que acabamos de asistir, no solo hablamos del texto, de lxs actores/actrices y de la puesta en escena, sino también de las reacciones de lxs espectadores: se durmieron dos, no sé de qué se reía la gente, tosieron toda la función, lxs hicieron saludar dos veces…

Curvar la mirada es una actividad esencial del teatro: mirar a la escena y al mismo tiempo mirar al interior de uno mismo, para finalmente darle sentido a ese sentir. Pero también surgen otras posibilidades en la mirada: mirar sin ser mirado, mirar siendo mirado, mirar al que actúa, actuar mirando al que mira… Mirar de a dos en un mismo espacio.

El teatro es una forma de pensar colectivamente, es decir, la gente que se encierra en una sala por una hora y media a experimentar la puesta en escena no mira la obra en soledad, sino que la mira grupalmente, entonces la reacción de las otras personas, la risa, el silencio, el aburrimiento permiten que uno se emocione, se enoje o reflexione en conjunto. Eso crea una forma distinta, porque al mundo ahora lo experimentamos desde el aislamiento, desde la soledad, desde la pantalla, mientras que experimentarlo colectivamente en el teatro, con actores y actrices sobre el escenario, crea un espacio que es antiguo, tradicional, pero que permite tener una lucidez colectiva, hacer descubrimientos colectivos, y ese es un espacio único en la cultura, que hay que cuidar y hay que nutrir. Por eso la mirada muta cuando se imposibilita el encuentro, la interacción corporal. ¿Qué pasa con la mirada ahora, en plena pandemia mundial? ¿Qué miramos?

El cinematógrafo es un aparato que nació para ayudarnos a conducir la mirada. Y lleva en sí mismo toda esa belleza y peligrosidad. Una mirada puede ser conducida a través de esa intermediación tecnológica. Cuando miramos a través de pantallas, hay una conducción de la mirada y no hay necesidad de encuentro físico. Quedamos encerrados al interior de las pantallas. Quedamos encapsulados.

Me llamó mucho la atención la aparición en las canchas de fútbol europeas de unos ploteos de los hinchas en las plateas, de una especie de avatar personalizado que los hinchas pagan para que sean colocados en las tribunas. El hincha se mira a sí mismo mirando el partido. “Aunque sea quiero que me miren mirando”, parecen decir.

Me pasó también ver obras de teatro filmadas, desde la computadora, al lado de actores o actrices participantes de la misma obra. Miré a la actriz o al actor que se miraban a sí mismxs actuando. “Me mirás mientras me miro actuando”, me dijo una actriz, “qué sensación tan extraña”. También surgieron otros comentarios como: “Justo en esa función no estuve bien, y quedó grabado para siempre, y cada persona que la mire se quedará con eso” o “esto no se compara a lo que realmente pasa en el aire en las salas de teatro”.

El nunca buscado distanciamiento social nos obliga a repensar la mirada. Si no están los cuerpos, ¿qué pasa? No podemos alinear la mirada con el otrx, tenemos un abismo imaginario entre lxs que estamos en una pantalla y lxs que creemos que nos están mirando o escuchando. Se rompe la cenestesia, esa sensación común que ocurre cuando dos cuerpos están cerca. Con la cenestesia miramos, pero lo que acaricia la mirada no es solo la piel, sino también el aire.

El teatro puede ayudarnos a modificar la mirada, podemos en él mirar el mundo de una manera diferente a la que se nos pide que usemos para mirar el mundo, podemos también mirar de cerca lo que es aceptado como indiscutible y verdadero, hasta sagrado, y descubrir en ello un grosero simulacro. Pero la pandemia, y su correspondiente aislamiento, nos han dejado sin teatro. Al menos por un tiempo.

Estamos pasando de una sociedad escrita y orgánica a una digital, aparecen nuevos mecanismos de control disciplinario cibernéticos. Es un poco aterrador todo lo que ocurre. Como una distopía, que es la anti-utopía, que produce un pesimismo profundo con respecto a lo que vendrá: un mundo asolado por nubes sombrías. Todo lo contrario a lo que produce el teatro cuando activa la imaginación.

Me pregunto qué diría mi abuela ante este contexto que estamos viviendo. Ella fue maestra y una gran artista, y tenía la capacidad poética de transformar una cosa en otra. Eso que se denominó, gracias a la genialidad de Cervantes, “quijotismo”, que consiste en ver gigantes donde hay molinos; eso tenía mi abuela. El solo ejercicio de su mirada operaba un cambio en lo real. Creo que ella me abrazaría y me diría: “El teatro es inmortal, porque es un acto de resistencia a la muerte y a la soledad”. Y en ese abrazo infinito yo le daría rienda suelta a la fantasía.

Fantasear que podremos ser más conscientes de que los problemas son globales y que la desgracia de otra persona termina provocando la propia. Fantasear con una sociedad que sea capaz de redistribuir la energía, la soberanía y la sensibilidad. Fantasear con que salgo de casa y me encuentro con otras personas, respiro junto a otras personas y siento que desde el escenario nos regalan algo, nos lanzan flechas directas al corazón.

La mirada colectiva es inmortal, es eterna.

Tenemos que ensayar urgentemente los abrazos.