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Carteles

Por Nano Barbieri

No es la primera vez que recuerdo esta imagen, pero vuelve una y otra vez. 

En el año 2002 leí un cartel en pleno centro de La Paz, en Bolivia, que me pareció obsceno, casi pornográfico. Se veía de espaldas a un hombre en mameluco limpiando los vidrios de un edificio espejado, muy moderno. Al costado de la imagen, había una leyenda que preguntaba: “¿De qué lado quiere que trabaje su hijo?”. Lo firmaba la Universidad del Valle: una excelente formación significa más y mejores oportunidades

Me acuerdo también de que tuve la sensación de que los límites de la tolerancia a la violencia se habían estirado al infinito. El legado colonial estaba intacto, imperturbable, a la vista de todo el que levantara la mirada.  

Un cartel –explican los publicistas– necesita de dos certezas: atracción y síntesis conceptual. Y los carteles reflejan de alguna manera los puntos de sutura de las sociedades, las fronteras. Es muy raro que un cartel genere repudio, son muy pocos los casos en que producen un rechazo manifiesto: ese sería un fracaso imperdonable de la publicidad. Digo esto porque podría afirmar, sin correr demasiados riesgos, que todos los carteles de la vía pública comparten una idea de lo predecible, de todo aquello que está socialmente aceptado como una realidad compartida. Bien o mal, de acuerdo con ellos o no, los carteles evocan, demuestran, sugieren, pero siempre dentro del universo de lo socialmente compartido. Y, en este sentido, son un verdadero síntoma.

En aquel 2002, el presidente de Bolivia era Gonzalo Sánchez de Lozada. Goni. Probablemente uno de los personajes latinoamericanos que mejor encarnan la idea del cipayo: un empresario al servicio de los intereses de extranjeros para América Latina que no podía hablar el español sin acento norteamericano. Parecía una humorada, un chiste de mal gusto. Era la imagen del desprecio por lo latinoamericano y de la subordinación absoluta de los pueblos originarios. Basta con ver segundos de algún video en YouTube para entender la dimensión de esa extranjerización. Si lo viéramos en una serie de Netflix, diríamos que su personaje está sobreactuado. ¿Cómo no iba a ser posible colgar un cartel como aquel?

No quisiera extenderme demasiado en esto, pero este es el contexto en el que Evo Morales se transformó en el primer presidente indígena de la historia en un país con más del 60 % de población originaria. Sucedió casi 180 años después de la declaración de la independencia. 

El ejemplo boliviano desafía la mirada estática de la histórica, sin lugar a dudas, pero también pone énfasis en un tema muy contemporáneo de discusión que es la profesionalización de la política. ¿Qué características debe tener un presidente? El clásico sociólogo Max Weber reconocía en el siglo XIX a tres tipos de liderazgos puros, en un sentido analítico. A grandes rasgos: el legítimo, al que la ley le otorga el poder; el tradicional, aquel que hereda ese espacio de autoridad; y, por último, el líder carismático, cuya característica principal es la capacidad de generar simpatía, entusiasmo y credibilidad en su figura. En general, los referentes surgen de la combinación de estos tres tipos de liderazgos, pero en América Latina se banalizó especialmente la condición carismática de algunos líderes relegando la importancia de esa característica inseparable de la política. ¿Puede aprenderse el carisma? ¿Puede acaso ser impostado y efectivo a la vez? ¿Qué tipo comunicación es carismática?

La falsa dicotomía de lo racional frente a lo popular tiene una extensa historia de desprecio, tal vez llevada al extremo en el binomio civilización o barbarie. La política como un lugar de expertos occidentales había relegado por siglos a la voluntad popular boliviana a fuerza de violencia física y política, con una perspectiva insoportablemente racista. Hasta que un día no. Y otro día, tampoco. Y ya no pareciera haber retorno. 

Todo es presencia, todos los siglos son este presente, decía el mexicano Octavio Paz. Toda actualidad está densamente cargada por los acontecimientos anteriores. ¿Cuántas luchas, o cuántas batallas en apariencia marginales estarán hoy gestando una nueva realidad? ¿Cuántas naturalidades serán insoportablemente trágicas en el futuro? 

Aquel mismo 2002, el año del cartel, el del malo de Goni en la presidencia, escuchamos a Evo Morales en un aula de la Universidad Nacional de Buenos Aires. Había viajado a dar una charla. Tal vez éramos doscientos, trescientos, no más. Era un hombre bajo, tranquilo, claro. Carismático. Muy carismático. 

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Una mentira que dice la verdad

Por Gonzalo Marull

No recuerdo el día en que me enteré de que Papá Noel no existía, tal vez porque fue peor el día, en el que me enteré de que en realidad eran papá y mamá los que traían los regalos. Sí recuerdo, en cambio, el día en el que una profesora de Semiótica en la universidad nos explicó, ejemplificando con Papá Noel, la idea de denegación teatral. La profe nos decía: “Ustedes saben que Papá Noel no existe, pero aún así juegan como niños a mantener el ritual como verdad”. Tomando la definición de la semióloga teatral Anne Ubersfeld, que afirmaba que la denegación es el proceso a través del cual el teatro se presenta como algo real, pero al mismo tiempo también nos manifiesta que es un signo, un simulacro, una ilusión. Como si el teatro nos dijera: “Lo que ven en escena es mentira, pero jueguen con nosotros a creer que es verdad”. 

Esta idea de denegación siempre me transportó a mi infancia. Mi abuelo quedó ciego cuando yo era muy chico. Mi primer encuentro con la lectura en voz alta fue leer para él. Le leía principalmente el diario, y cuando un titular le interesaba me pedía que lo desarrolle. A mí me encantaba la sección de deportes y él, muy pícaro, lo sabía. Ahí me hacía desarrollar mucho. Cuando estaba muy entusiasmado solicitaba la descripción de alguna foto. ¡Qué gran tarea era esa! Detallar el espacio, los personajes, las miradas, la situación. Muchas veces me fui por las ramas. Describí el fuera de cuadro, cosas que no estaban, personajes que yo imaginaba. Mi abuelo lo sabía, se daba cuenta, pero muy entusiasmado me pedía que siguiera, denegaba, jugaba a creer que la foto era así como yo la describía. Hicimos con él un pacto de “imaginadores”, un pacto de “fingidores”.

Por eso hoy creo que la noción de pacto es fundamental para poder jugar a creer.

En mi adolescencia fue terrible la desilusión que sentí el día que me enteré que los Milli Vanilli, esos dos chicos hermosos, con ropas estrambóticas, largas rastas y pasos de bailes enérgicos y sensuales, cuyas canciones me hacían vibrar, no eran en realidad los que cantaban las canciones, sino que nos habían engañado durante un par de años. Al principio sentí que habían roto un pacto conmigo. El pacto de verdad. Estaban en la tele, en un videoclip en Rock and Pepsi, ¿por qué pondría yo en duda algo tan legitimado? Hoy, mucho tiempo después, sigo escuchando las canciones de los Millli Vanilli y las disfruto mucho, y me transportan y me hacen bailar, como si hubiese denegado la ruptura del pacto. Solo puedo pensar en esos dos chicos hermosos que salían en los videos, pero que en realidad no eran ni los compositores, ni los verdaderos cantantes. Y no tengo la menor idea de quiénes grabaron con sus voces esas canciones, ni quiénes las compusieron, ni mucho menos por qué quedaron fuera de la pantalla –la bella película chilena Nadie sabe que estoy aquí, que está en Netflix, puede ser esclarecedora en este aspecto: estamos inmersos en una feroz sociedad del espectáculo-. Irónicamente, una de las canciones más populares de Mini Vanilli decía: “Girl you know is true” (Nena, sabes que es verdad).

Se me vino a la mente enseguida el personaje de Mia Farrow que en La Rosa Púrpura del Cairo decía: “Conocí a un hombre maravilloso. Es un personaje de ficción. Bueno no se puede pretender tener todo en la vida”.

Ya de adulto tuve una epifanía, una revelación, vi una película que me marcó mucho: F for fake de Orson Welles. Un ensayo fílmico dedicado a varias posibilidades temáticas, así como a historias de vidas más o menos coincidentes: la de un falsificador de arte, la de un falso biógrafo de un magnate multimillonario, la del propio Welles, la de un cineasta a quien Welles compra metraje ya filmado y reutiliza, junto a un cuento amoroso entre Pablo Picasso y Oja Kodar. Cada arista dispara hacia las demás, todas se tocan, ninguna es sin las otras, tampoco pueden explicarse por separado. Si recordamos la puesta en escena que Welles ya planteaba en Citizen Kane, con la réplica sin límites de su personaje central retratado entre dos espejos, puede encontrarse un punto de apoyo. Ese pulso motriz repercute en F for Fake, a través de la explosión de historias que conviven y ponen en tela crítica los modos de la representación: el raccord se revela la mayoría de las veces falso, los decorados y diálogos derivan en transiciones de escenas imprevistas, no hay relación diegética “segura” entre lo visto y lo oído, tampoco común acuerdo en cuanto a un previsible género narrativo, ni mucho menos sobre lo que significan esos rótulos divisorios que se dicen “ficción” y “documental”. No en vano Welles se presenta aquí como un mago, practica la prestidigitación y articula imágenes y sonidos desde una moviola (y devela, de paso, el “truco” del cine). Así como en Citizen Kane, los espejos que rebotaban sobre él devuelven acá las imágenes del falsificador y el biógrafo, con sus historias verídicas sobre pinturas o libros apócrifos. 

¿Qué es el arte? ¿Alguien puede confirmarlo? ¿Importa la autoría? La obra de un falsificador ¿es arte? Welles interroga todo, lo complejiza, y pone en cuestión los parámetros estéticos. Pero fundamentalmente nos interpela a nosotros espectadores, y nos hace replantear lo que asumimos como cierto, como verdad, como certeza. Welles nos obliga a hacernos preguntas, a valorar la complejidad de una pregunta y la fragilidad de una respuesta.  Y luego de ver la película salimos transformados. 

El extraordinario dramaturgo húngaro George Tabori, antes de morir a sus 93 años, en una entrevista en su país, cuenta cómo descubrió el teatro: “Mi papá me llevó una tarde al circo. Yo era pequeño e inocente, tendría unos cuatro años. Tras unos números de payasos y animales de los que ni me acuerdo, una muchacha joven subió con gran agilidad por una cuerda hasta un trapecio altísimo. Se balanceó en el aire, dio dos o tres volteretas y en una de ellas resbaló del trapecio y cayó al vacío atravesando la red. La gente gritó. Yo me hice pis encima. Ella quedó extendida en el suelo, manchando de sangre la arena. Durante mucho tiempo, en mi inocencia, creí que eso era el circo y también el teatro: cada noche una muchacha subía hasta el trapecio para precipitarse al vacío; siempre una distinta; siempre algo nuevo, irrepetible y peligroso. Luego de muchos años de dedicarme al teatro, y mirar el mundo con los ojos de un niño descubriendo siempre cosas nuevas,  entendí que el teatro es una mentira que todas las noches dice una verdad nueva, irrepetible y peligrosa”.

Una mentira que dice la verdad, como si en el fondo en el arte no se pudiera mentir, como si el arte (junto a la filosofía) fueran el antídoto ante tantos discursos de certezas absolutas, ante tantas noticias falsas, ante tanto enfrentamiento por ver quién tiene la verdad que permita dominar, colonizar, someter, oprimir. 

Podemos aprender en el arte a ver el mundo de una manera distinta que aquella que se nos pide que usemos para ver el mundo. Cuando el arte es intenso y nos atraviesa, se produce una modificación en la mirada, quedamos con más preguntas que respuestas y esa es la mayor contribución del arte a la libertad de pensamiento, que junto a la educación y la filosofía, nos brindan herramientas sólidas para combatir la desinformación, desactivar la mentira del poder, y establecer pactos de ficción (o de verdad) que nos sostengan la ilusión y nos permitan, como en un eterno ritual, jugar a creer. 

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Una mirada al 2021

Por Lu Gaitán

Creo que todes estamos esperando que se termine el año 2020, con la secreta esperanza de que el fin del año gregoriano y el comienzo de uno nuevo nos saquen de esta situación. El año 2020 fue el año de la triple conjunción en el signo de Capricornio. Plutón, Júpiter y Saturno reunidos en ese signo. Lxs astrologxs que nos dedicamos a investigar los procesos colectivos desde la astrología sabíamos que este año iba a ser un año difícil. La mayoría de las predicciones giraban en torno a recesión económica, crisis política y pérdida de libertades individuales. Algunxs astrologxs predijeron la pandemia, pero creo que la mayoría (y me incluyo ahí) no sabíamos bien cómo se iba a dar todo esto. También sabíamos que esa triple conjunción en el signo de Capricornio iba a tener especial peso en los países que tuvieran energía Cardinal (Aries, Cáncer, Libra y Capricornio), como Argentina, Estados Unidos, Inglaterra, etc. Para lxs que no saben, se calcula la carta natal de un país con base en la declaración de la independencia o la última constitución. Cada país con lo suyo, pero todos con la triple conjunción soplándoles la nuca. La triple conjunción también marca el comienzo de un ciclo de casi 40 años. Por eso, muchas veces llamé al año 2020 como el Año de la Semilla, donde ponemos la semilla del nuevo ciclo.

Hice toda esta introducción para que se entienda lo que se viene en el 2021. El 2021 va a estar caracterizado por la conjunción de Saturno y Júpiter en el signo de Acuario haciendo cuadratura a Urano en Tauro en el primer semestre del año. Hay múltiples lecturas que podemos hacer sobre este tránsito y probablemente todas sean complementarias. Yo creo que esta cuadratura sumada al nodo norte en Géminis va a traer una emigración de la ciudad al campo y a ciudades más pequeñas. En Argentina, tenemos toda la población concentrada en la Ciudad de Buenos Aires y área metropolitana por cuestiones económicas, educativas y culturales. Y políticas, obvio. No solo tenemos una gran densidad poblacional, sino que además tenemos escasa cantidad de espacios verdes. Esta ciudad fue construida en contra de la naturaleza, siguiendo el paradigma civilizatorio de occidente de que la naturaleza tiene que ser vencida. Pero ¿qué pasa ahora que pasamos la mayor parte del año 2020 encerradxs en departamentos y desarrollamos el llamado “síndrome de la cabaña”? Este síndrome fue explicado a partir de la forma de vida del norte de Europa, donde los encierros son prolongados, así como el aislamiento y la falta de contacto con la naturaleza. Tal vez podríamos llamar a este conjunto de síntomas, el “síndrome del monoambiente”: irritación, apatía y desgano son algunas de las formas en que se manifiesta. Falta de sol.

Por otro lado, cuando esta pandemia comenzó, muchas personas empezaron a temer la falta de alimentos. A eso le sumamos una revisión total en los consumos: ¿hace falta tener tanta ropa?, ¿qué es lo que más extrañamos durante el encierro?, ¿fueron los shoppings, el transporte en hora pico? Probablemente, no. Hace un tiempo hice unas encuestas en mis redes sociales y la mayoría de la gente extrañaba estar al aire libre y los abrazos con sus seres queridxs. Como conclusión, diría que la cuarentena nos llevó a revisar nuestras prioridades e ir a lo que cada unx considera esencial. Generalizando, sería el alimento, el aire puro, el sol y los afectos.

Ahora ya lo olvidamos, pero a principios de esta cuarentena estábamos flasheando con los animales reconquistando los espacios urbanos: los patos por Avenida Libertador, los lobos marinos en Mar del Plata, los caballos en la ruta y los cisnes en Venecia. Así que empiezo a registrar entre las personas de determinado poder adquisitivo y con cierto ideario hippie y sustentable la posibilidad de crear formas colectivas de vivir, bien al modo acuariano, que sean en armonía con la naturaleza y donde además haya producción sustentable de alimentos, pues Tauro. Por otro lado, en Argentina empiezan a aparecer noticias de apropiación de tierras, producto de la crisis económica y habitacional. Existe la chance de que esta situación se profundice durante el 2021.

Y un dato no menor es que este segundo semestre del 2020 se hizo evidente que, durante el encierro, fue deforestada e incendiada una gran cantidad de territorios y también surgió la posibilidad de instalar granjas industriales de chanchos en algunos sectores de Argentina. Todo esto es producto del agronegocio y las especulaciones inmobiliarias. La respuesta desde adentro del sistema productivo que nos llevó a esta pandemia es seguir saqueando territorios y modificar el trigo para que sea resistente a las sequías y a los agrotóxicos, pero nunca es fomentar la agricultura familiar y cooperativa, sin agroquímicos ni modificaciones genéticas y con precios justos. Esta tensión entre modelos productivos colaborativos y lógica salvaje del mercado va a seguir durante el año que viene.

Las cuadraturas son ángulos de 90 grados que nos hablan de tensión. La cuadratura de Saturno y Júpiter en Acuario con Urano en Tauro también traerá la temática de la salud pública. O, mejor dicho, ¿cuál es el espacio para las libertades individuales y la posibilidad de que cada persona decida qué es lo mejor para sí misma en tensión con las necesidades colectivas? La expresión más obvia de esto es el llamado movimiento anti vacunas que viene creciendo en el mundo. ¿Qué es lo que va a pasar cuando salga la vacuna contra el COVID y sea obligatorio vacunarse? Júpiter y Saturno en Acuario podría ser traducido como la ideología y la autoridad basadas en la ciencia y en el progreso científico en tensión con la libertad de los cuerpos de Urano en Tauro. Saturno ya estuvo en Acuario durante algunos meses del 2020 y, durante ese tiempo, se barajaron varias opciones: la posibilidad de que el Estado controle absolutamente todos nuestros movimientos con un chip implantado bajo la piel o sensores que registran la temperatura corporal incluso antes que nosotrxs mismxs. Suena tentador porque de este modo podríamos prevenir unas cuantas enfermedades. Pero también suena aterrador, al menos para mí. Y tal vez el problema sea que estamos haciendo una polarización que es falsa. En una vereda ponemos al Estado, que registra absolutamente todo lo que hacemos, usando la tecnología (hola, Acuario), y en la vereda opuesta dejamos que cada unx haga lo que pueda, según su decisión y su poder adquisitivo. Si tenés recursos, buenísimo y, si no, vos fijate. Acuario no solo es el signo de lo comunitario, también es de lo elitista. Nunca nadie dijo que Acuario fuese una energía fácil de definir. 

Si nos ubicamos en los polos, nos perdemos de un montón de posibilidades. El medio que imagino pide que cada unx se haga responsable de su cuidado, pero para eso hace falta información y aprender a registrarnos. Por ejemplo, el virus con el que estamos lidiando ahora genera síntomas muy parecidos a un resfrío común o una alergia. ¿Cómo puedo saber si es uno o es otro? Con data y con testeos que sean de fácil acceso. “Saber es poder” y eso no aplica solamente al Estado que eventualmente tendrá toda nuestra información centralizada a través de la tecnología. “Saber es poder” también podría ser el reconocimiento de los síntomas de que algo no anda bien en nosotrxs y concurrir a los hospitales solo si lo necesitamos. Sería algo así como aprender a autogestionarnos y, sobre todo, como dijo Ceci Valentini de @somosciclicas, aprender sobre la intergestión. Entonces, les preguntamos a personas en las que confiamos o intercambiamos saberes medicinales con nuestra red. La cuadratura de Saturno y Júpiter en Acuario con Urano en Tauro también trae la posibilidad de pensar en la medicina desde otro lugar, no solo como paliativo, sino como medicina preventiva, que haga un especial énfasis en los alimentos que consumimos, entendiendo que ahí tenemos vitaminas y minerales y la capacidad para defender nuestro sistema inmune.

Pero para eso vamos a tener que cuestionar la forma en que producimos alimentos y ese va a ser uno de los grandes debates del 2021: es sabido que los alimentos ultraprocesados que consumimos y los agroquímicos que están presentes en nuestra comida no solo no nos alimentan, sino que además nos enferman. Esto es todo por hoy. La seguimos. Abrazo 

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The 40-Year-Old Version, ¿dónde está la libertad?

Por Juli Fantini

La película de Netflix escrita, dirigida y protagonizada por Radha Blank es una síntesis entre Woody Allen, Spike Lee y Norah Ephron en tiempos del Black Lives Matters, con una ternura inconmensurable.

La mayor virtud de The 40-Year-Old Version es la creación de un mundo propio. La historia es la de una mujer negra con sobrepeso que supo ser una promesa del teatro como dramaturga antes de cumplir los 30. La pérdida de su madre y el tiempo transcurrido –un año de duelo– la llevan a preguntarse si, bajo las difíciles circunstancias, aún puede ser una artista.

Así, se abren tres caminos: “transar” con el mainstream de Broadway (que valora su talento, aunque le pide demasiado a cambio), incursionar en el teatro independiente del barrio, o patear el tablero y volver a su hobby de la adolescencia: el hip hop.

Estos dilemas profesionales de una persona a punto de ingresar en la normativa mediana edad –los 40– no son el tema central de la película, sino el contexto del desarrollo de la pregunta fundamental que atraviesa a Radha (persona y personaje comparten nombre): si puede o no tomar el control de su vida. Y cómo.

Este conflicto no se cuenta desde la típica estructura de la comedia romántica –aunque retoma algunos elementos de las mejores del género–, sino que asume un tono paródico que apela a la ternura, la empatía y el sentido del humor para narrar el dilema vital.

Con esos recursos, Blank elude el esquema del camino del éxito –tan propio de la meritocracia del “american way of life”– para asumir los grises como componentes del cuento de autoconocimiento de esta mujer afroamericana en un mundo de blancos –la escena teatral de Nueva York, esos que le ponen el precio y las medidas a las cosas–, a quien se le abre la posibilidad de subvertir un orden personal que, ya lo sabemos, es político.

Sin embargo, y con esta premisa, la realizadora no recurre a los clichés reivindicativos de mujer-con-dificultades-que-logra-imponer-su-mirada-en-un-mundo-adverso, sino que la operación es mucho más sofisticada y sutil (aunque en un par de escenas abandone la sutileza): la lucha es contra ella misma, y las puertas que decide abrir y cerrar.

La comedia que se termina de construir tiene algo de la biografía de Blank que son también las luchas de muchísimos artistas con talento que buscan el reconocimiento de su obra. También está presente el peso de haber sido una joven promesa, así como el destino de la docencia como la única salida para la supervivencia, aunque la protagonista se sienta satisfecha con el intercambio con los adolescentes.

Otro aspecto interesante de The 40-Year-Old Version es el posicionamiento que hace frente a las cuotas de minorías subrepresentadas en el arte y las consecuentes exigencias respecto a qué se debe contar, que parte del “erotismo que despierta el dolor negro en la mirada de los blancos”.

El rechazo del personaje central a esa perspectiva es la otra gran discusión que se advierte durante todo el film. Ella lo define como “poverty porn”: el porno de la pobreza que parte de las buenas intenciones de representar lo velado, pero termina siendo una especie de pornografía del dolor ajeno. Ejemplos sobran. 

Esta historia no es la que sugiere la mala traducción del título en español que le puso Netflix –Rapera a los 40–: una mujer que cambia de carrera y triunfa en el mundo de la música. Todo lo contrario. Es el relato de una artista hambrienta de poner su talento en movimiento, con algo de sátira sardónica del esnobismo del mundo del teatro neoyorquino (no tan distinto a otras escenas del arte local). 

La película, al fin y al cabo, es una carta de amor a las vocaciones artísticas y las posibilidades que las conducen o no hacia la libertad creativa, aunque el resultado no sea el esperado, aunque no se concreten, aunque el éxito sea otra cosa. 

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Nostalgias

Por Nano Barbieri

Las situaciones límite nos obligan a cuestionar la construcción social de la realidad: por lo menos a agarrar el manual. Si esto no sucede, si esa mínima reacción no toma cuerpo, entonces estamos demasiado mal, tenemos un frío increíble en el pecho, o simplemente estamos, como dice la canción de Pink Floyd, plácidamente paralizados.

No podemos, nos cuesta demasiado o no queremos. Lo cierto es que no sabemos revertir los principios de nuestra relación con el mundo. Nos lo dice la evidencia, tal vez hoy más que nunca. Nos cuesta cambiar, o darle importancia a la necesidad de un cambio. Hay una derrota subjetiva, quizás, que consiste, diría Badiou, en el desarraigo de la idea misma de otro camino posible. O peor aún, de la existencia de esa idea, pero en un territorio dominado por la nostalgia: no hay sentimiento colectivo más paralizante que la nostalgia. Es un estado contemplativo, como de espectador privilegiado. Matizado, para colmo de males, por el tibio goce de volver a pasar por nuestros cuerpos una sensación plácida, editada por el más romántico de nuestros editores. 

Pareciera que no sabemos vivir de otro modo. Con la religión y con los objetos sucede algo muy similar. Tanto las cosas como los dioses son creaciones humanas que se vuelven, tarde o temprano, en contra de sus propios creadores. La famosa historia de Frankenstein. Se intercambian, de un momento a otro, los papeles del creador y de la criatura. Marx, que había tomado esta lectura de Feuerbach, sostenía que la culminación del proceso de dominación del capital sobre el trabajo se materializaba, se sentía Real, en el momento en el que el objeto se volvía en contra de su creador. El hombre creó a Dios, y sin embargo se somete a él. Las personas crearon, también, el mismo sistema que le impide realizarse. O peor aún, que no conoce ni encuentra cómo desactivar. 

Puestos a conversar y a pensar sobre nuestra existencia, cuesta encontrar voces que no identifiquen una contradicción colosal en el modo en que habitamos el planeta y cualquier idea de sustentabilidad, tanto del orden de la naturaleza, como del orden político y social: eso que llaman gobernabilidad. ¿Cuál es el límite de lo tolerable? ¿Cuánta elasticidad le cabe a ese concepto? Los equilibrios ponen a prueba sus fronteras, en todos los frentes. Pero ¿qué es la gobernabilidad? Siempre me pareció un concepto tremendo enmascarado en un tecnicismo. Es una idea de frontera definida por el clima social, por las normas no escritas de convivencia. Es un límite que más o menos todos podemos identificar, pero que objetivamente no existe. ¿Dónde queda esa frontera? Pareciera que todo acercamiento real a la modificación del estado de las cosas es puesto en el cajón del pensamiento utópico. El poder, decía Michel Foucault, ya no reprime, sino que normaliza. Nos vuelve predecibles, nos marca los límites del pensamiento. Así es evidente la pérdida de un horizonte novedoso. Volvamos a la evidencia: hoy la utopía pareciera ser recuperar el mundo que teníamos seis o siete meses atrás.

En un texto especialmente lúcido, el sociólogo François Dubet se pregunta: ¿qué podría hacer que nos sintiéramos lo bastante semejantes para querer realmente la igualdad social, y no solo una igualdad abstracta? Es una pregunta madre, orientadora, propia de las crisis. La hipótesis que el autor francés sostiene es que, aunque hayamos tomado como propios y casi indiscutibles a los valores de la igualdad y la libertad, es la crisis de la solidaridad lo que los vuelve irrealizables. Todas las luchas contra las desigualdades, dice Dubet, requieren un lazo de fraternidad previo, que el aislamiento y la distancia de los grupos sociales impide. Reconocer al otro como par. 

La brillante Chantal Mouffe coincide en el diagnóstico: la principal experiencia de los individuos en la actualidad es la propia destrucción de las condiciones de solidaridad colectiva. Y no es la pandemia, ni la cuarentena, ni el uso del barbijo. El filósofo rockstar, Darío Zeta, lo resume con mucha claridad: el individualismo es también una forma de confinamiento.

Los modos –aunque parciales- de modificar la desigualdad entre las personas han generado muchas veces mayor resistencia que la ausencia absoluta de la voluntad de hacerlo. La desigualdad es una zona de confort: es lo que hemos vivido siempre. ¿Cómo se explica, de lo contrario, que genere mayor resistencia un plan de ayuda social que la multiplicación de la riqueza de los ricos? 

A nuestro tiempo le cabe una paradoja inaceptable: a pesar del supuesto acortamiento de las distancias físicas a través del uso de la tecnología, las sociedades se han vuelto cada vez más cortas, con un umbral de solidaridad que rara vez excede al ámbito familiar y de las amistades. Las redes, los teléfonos, las velocidades de mensajería, de traslados físicos, la disponibilidad de objetos cada vez más maravillosos. Todo lo que vino a acercar trajo también nuevos temores y distanciamientos. Cosas que pasan, tal vez, cuando ocupamos el tiempo hablando de los instrumentos y demasiado poco de la instrumentalidad: ¿para qué?

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Fantasmas

Por Lu Gaitán

Ya que estamos con Mercurio en Escorpio a punto de retrogradar, quiero hablar de algo que aparece con mucha frecuencia en las redes sociales y en las consultas: los fantasmas. La pregunta número uno es si yo creo en los fantasmas y la pregunta número dos es “¿qué hago con ellos?” y cómo los saco de casa. Ya te digo que sí, que los fantasmas y las presencias existen. No tengo ninguna duda al respecto. Básicamente, son cuerpos energéticos, pero antes de meterme en la dimensión sutil de esta temática, me gustaría que vayamos un paso atrás y, para eso, voy a contarte una historia que escuché en una sesión hace un tiempo.

Resulta que llega a mi consultorio astrológico una mujer de 40 años, abogada y súper exitosa en su profesión. Hago esta aclaración sobre su formación porque todavía hay muchas personas que creen que este tipo de vivencias son propias de personas sin educación. Pues no, mi ciela. Esta mujer tenía su estudio jurídico en la casa donde había sido criada y donde había pasado buena parte de su vida. En esa casa, durante su niñez, había sufrido abusos intrafamiliares y esos episodios aún eran secretos para buena parte de su familia de origen. Esta mujer, cada vez que se quedaba hasta tarde trabajando en esa casa, escuchaba ruidos en las escaleras de madera, puertas que se abrían o se cerraban o el teléfono fijo que sonaba pero cuando atendía no había nadie del otro lado. Parece una película de terror, pero no lo es. Por supuesto, podés estar pensando que esta mujer me mintió o exageró y por supuesto que forma parte del horizonte de posibilidades, pero yo misma he tenido vivencias similares y conozco otras historias parecidas, así que vamos a confiar en su relato. El mismísimo Carl Jung en sus diarios contó cómo tuvo experiencias de esta índole en los momentos en que exploraba las profundidades de la psiquis individual y hacía sus poderosos viajes internos. Él es un varón y uno muy reconocido por su trabajo académico, así qué tal vez le creas, si aún persiste la desconfianza.

Entonces, volviendo al relato de esta mujer, lo primero fue validar su percepción, pero en segundo lugar fue fundamental para mí hacer hincapié en la dimensión psicológica de los fantasmas. Esa casa era una casa familiar, que había pertenecido a varias generaciones y, por lo que pude indagar, otras mujeres de su familia habían sufrido abusos sexuales. Por otro lado, esta mujer nunca había elaborado el trauma de esos abusos que había sufrido siendo niña. No es que lo había olvidado, pero lo tenía en ese limbo, a mitad de camino entre la consciencia y la baulera de los recuerdos incómodos. Entonces, mi sugerencia como astróloga formada en la corriente psicológica es que ella elaborara esos traumas en su espacio terapéutico, además de contemplar la posibilidad de hablar de esos “secretos” en su familia. Por supuesto, a su tiempo y a su modo, cuando ella lo sintiera orgánico. Que esos fantasmas que se aparecían en la casa eran la expresión externa de sus fantasmas internos y, por qué no, la manifestación del dolor de sus ancestras. Ahora bien, es interesante que esos fantasmas se manifestaban en la materia. Quiero decir: había ruidos en la escalera, teléfono que sonaba, puertas que se cerraban, equipos electrónicos que se prendían y apagaban solos.

Elaborar en el plano psicológico es una parte de la resolución, pero no es la única. También podía ser de muchísima ayuda vender o regalar los muebles que todavía estaban en esa casa y que estaban ahí desde siempre. Los cuerpos energéticos viven en los objetos. Esto aparece, de algún modo, en el último episodio de la saga de Harry Potter. Y, por supuesto, también podía ser que ella vendiera esa casa para liberarse de esos fantasmas, pero siguiendo con la lógica esotérica, no sé si es muy factible vender esa casa con tanta carga sin resolver. Algo adentro tiene que moverse para que la casa pueda irse.

Por otro lado, quiero decirte que algunas casas pueden ser limpiadas energéticamente, hay gente que lo hace. A veces, pueden limpiarse con hierbas como contrayerba, pero a veces la carga es demasiado alta y no vas a poder por mucho que sahúmes. En ese caso, lo mejor es llamar a algún cazafantasmas, por decirlo de alguna manera. Por otro lado, también es cierto que algunas casas se limpian cuando se hacen refacciones potentes y hay otras casas a las que solo les queda ser derribadas y volver a construir. Como siempre, hay que verlo en cada caso, pero el objetivo de este capítulo era decirte que sí existen los fantasmas y que creo que es fundamental primero ir a la dimensión psicológica y luego pensar en las limpiezas y otros rituales. Y, si querés profundizar en esto, te recomiendo el podcast de Eva Spina que se llama Psíquica y también lo podés encontrar en Spotify.

Algo parecido sucede con el famoso “me hicieron un trabajo”. No voy a negarte que existen la magia y los rituales para dañar a otros, pero antes de pensar en eso, mi sugerencia es que elabores tu pasado. Ya sé que suena repetitivo, pero quiero decirte que, cuando tenemos una situación traumática en nuestro haber que insistimos en pasar por alto, esta no desaparece, sino que se convierte en una suerte de devorador de nuestra vitalidad y de toda la potencia que tenemos dentro. Eso hace que no podamos avanzar, que haya una suerte de lastre energético que pincha todos nuestros proyectos y vínculos. Si en tu historia personal no hay nada de eso, tal vez tengas que indagar en tu historia familiar. Si ya investigaste ahí y no hay nada que merezca ser elaborado, entonces sí aplica recurrir al bruji chaman de turno y que te haga una poderosa limpieza energética. El reiki sirve muchísimo. Por supuesto, siempre podés hacerte limpiezas, pero a veces lo que hay que limpiar son las cañerías de la psiquis. Y, como dice una amiga querida que es psicóloga, el psiquismo ya es profundamente mágico, porque estamos trabajando en el terreno de lo invisible y lo sutil. 

 Por hoy dejamos acá. Abrazo 

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Descansa en paz, Dick Johnson, la muerte del padre

Por Juli Fantini

Esta reseña contiene spoilers, detalles de la trama del documental. 

Según la relación que se tenga con la muerte, este documental puede caer como un baldazo de agua fría o un momento excepcional, desde lo cinematográfico y también lo emotivo. Dick Johnson is dead llegó a Netflix el 2 de octubre y su título poco atractivo tal vez no llamó a demasiada gente a darle clic, pero vale la pena.

Dirigido y protagonizado por Kirsten Johnson y su padre, el documental está atravesado por el humor negro y sirve de catalizador de la narrativa que se ocupa, justamente, del deterioro y la, se supone, inminente muerte de Dick, quien padece de mal de Alzheimer.

La intención final es la de una hija queriendo eternizar a su padre a través de una película. La forma es lo radical. Un planteo que puede resultar algo revulsivo para espectadores con pruritos sobre la experimentación cinematográfica. Es que en Dick Johnson is dead se concretan distintas muertes violentas y posibles del papá de la realizadora a través de la magia del cine. Es decir, los efectos especiales. Todo con el consentimiento de Dick, por supuesto, un psiquiatra que tuvo que retirarse por el avance de su enfermedad, la misma que tuvo su mujer unos años atrás.

Fuera de didactismos de libros de autoayuda, la película no propone ninguna fórmula para afrontar la inminente muerte de un padre, sino un homenaje en vida a un tipo adorable, y un vínculo con su hija que es conmovedor. Sí hay algo de terapéutico, tal vez por la profesión de Dick, sobre todo para la realizadora, que puede concretar un acercamiento inusual e intenso a su padre, mientras introduce reflexiones a través de las conversaciones “privadas”, que son genuinamente universales. 

Así, asistimos a un tributo a un padre en vida, pero también a una muestra de lo que se denomina cine dentro del cine: las posibles muertes absurdas de Dick sirven para descomprimir desde el humor. Pero no aparecen aisladas, sino que se muestra la producción de las escenas que incluyen dobles de riesgo, sangre falsa, entre otros elementos propios de los efectos utilizados. Allí, técnicos, coordinadores, productores también se vinculan con este ser adorable que admira la tarea que hacen, con él en el centro de las cosas.

La exposición de la relación afectiva entre padre e hija, amorosa, aparece como una estrategia personal de la realizadora. Sin dudas que descomprime la pena de saber del final inexorable de Dick (aunque aún no ha muerto), mientras introduce el drama del avance de su deterioro cognitivo. Algo mucho más terrible que ver a Dick aplastado por un aire acondicionado que cae desde un edificio en plena calle. 

El código compartido hace posible que esas escenas no resulten disonantes, sino que los llevan a reírse, juntos, de la muerte. Sin embargo, las que priman y son las más sobresalientes los tienen a los dos conversando e intercambiando experiencias cotidianas, como el cumpleaños 86 de Dick. 

Dick Johnson is dead también introduce en un segundo plano, presente durante todo el relato, una problemática común entre quienes tienen padres mayores con alguna enfermedad que requiere de cuidados y atención permanente. Vemos cómo Dick se muda de Seattle a Nueva York para vivir en la casa de su hija, ya que no puede valerse por sí mismo. Incluso se expone una conversación en la que se plantea un posible futuro en un hogar de cuidados, como sucedió con la madre. Ahí aparece la resignación frente al avance de la enfermedad, lo más crudo del documental y, tal vez, lo más universal. 

La película es una carta de amor y también un obituario anticipado. Los 89 minutos que dura desafían a la muerte y animan a pensar en los vínculos que se tienen y no, aunque no sean tan buenos el de Dick y Kirsten. El experimento audiovisual deriva en un rescate de las posibilidades disruptivas que el cine tiene desde siempre: invertir la realidad y crear algo bello y conmovedor.

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¿Acaso mi plata no vale?

Por Nano Barbieri

Hace algunos meses hubo una hermosa discusión, tal vez de las más ricas, políticamente hablando, de este año-siglo que nos toca vivir. Por profunda, por incorrecta. Pasó algo desapercibida, pero a mí me pareció notable, verdaderamente de fondo y me gustaría retomarla. Tiene que ver con el significado del dinero o, mejor, con el sentido del dinero según la pertenencia social. Veamos.

Un poco de contexto. Apenas asumió el gobierno actual, se lanzó en conjunto con algunas personalidades y famosos el Plan Nacional de Lucha Contra el Hambre. Una de las acciones fue la entrega masiva de la Tarjeta Alimentar, a través de la cual el gobierno intenta aún hoy recomponer los consumos elementales de millones de personas. Acceso a la comida, básicamente. Más de un millón de familias reciben mensualmente una suma que ronda entre 4000 y 6000 pesos para garantizar la compra de alimentos. A priori, a mi manera de ver el mundo, nada que reprochar. Un paliativo elemental.

La cuestión es que esta asignación prohíbe dos cosas: el uso o extracción del dinero en formato papel, por una parte, y la compra de bebidas alcohólicas, por otra. Además, es regulado por un programa de Seguridad Alimentaria y Nutricional. Es decir, las asistencias del Estado son condicionadas por una serie de decisiones sobre los consumos y un control sobre el desarrollo de los cuerpos que forman parte del plan. Entonces, la pregunta: ¿qué cosas pueden y qué cosas no pueden los pobres comprar con ese dinero? ¿Qué “clase” de dinero se les da a los pobres?

Con el plan en marcha, Juan Grabois, uno de los más críticos en relación al tema, lo puso en cuestión y dijo: no puede haber libre mercado para los de arriba y condicionantes paternalistas para los de abajo. Es cierto: de alguna manera, las condiciones e indicaciones del estado hacia los beneficiarios consideran al pobre como un consumidor incompetente, como una persona que, librada a su voluntad, no sabría priorizar las necesidades familiares. En relación con esto, la economista Corina Rodríguez Enríquez demuestra el modo en que las condicionalidades son, en gran medida, las que habilitan el apoyo de una parte importante de la población para tomar estas medidas. Las condicionalidades dividen las aguas entre pobres merecedores y pobres que no. Y esto es algo muy bienvenido en la opinión pública.

La socióloga estadounidense Viviana Zelizer escribió en 1994 un libro fuera de la caja. El texto se llama El significado social del dinero. Ahí la autora define el “marcado social de la moneda”. La hipótesis central de la autora es que, aun cuando un dólar siempre sea un dólar, las relaciones sociales le confieren un valor diferente a ese mismo dinero, según distintos contextos y circunstancias. Así, según cómo hayan percibido el dinero, o cómo pretendan gastarlo, el dinero tiene una marca social diferente: “mil dólares ganados en el mercado de valores no se consideran de la misma manera que 1000 dólares robados en un banco, o 1000 dólares que nos presta un amigo”, dice Zelizer.

Uno de los ejemplos con los que la autora grafica esta relación proviene de un estudio del mercado de la prostitución en Oslo. Viviana mostró la existencia de una “economía dividida” entre muchas de las mujeres que usaban el dinero de la prostitución para comprar alcohol o drogas y reservaban las sumas otorgadas por los servicios sociales para los cuidados que necesitaban los hijos.

El mismo dinero, los mismos billetes. A través de las prácticas sociales, a través del poder cultural del dinero, las personas rompen lo fungible del dinero: que un peso sea igual a otro. En cierto sentido, el dinero funciona como el lenguaje y, a pesar de su configuración dura, por llamarla de algún modo, sigue estando sujeta a interpretaciones. Las personas y los grupos sociales le otorgan significaciones desiguales. El dinero, dirá Zelizer, a diferencia de su concepción monetarista, nunca es neutral.

Pero volvamos al disparador de esta columna, a la excusa para problematizar el dinero. ¿Qué “clase” de dinero se les da a los pobres? Bien, en líneas generales, más allá de esta duda planteada por Grabois, la política de la tarjeta alimentaria no fue cuestionada masivamente en su condición paternalista. Más bien al contrario, fue sostenida en las cláusulas sobre su utilización. 

Ahora, en el otro extremo de la pirámide social. Olvidemos por un momento que los dólares son, como efectivamente son, una mercancía importada. Imaginemos que son, como muchos los intentan presentar, tan solo un mecanismo legítimo de preservación del valor de los ahorros. Cerremos esa grieta parcial. 

Pero preguntemos, ¿cómo es posible que una medida condicionante, como es la restricción al acceso de dólar ahorro sea masivamente percibida como una medida paternalista sobre el modo de encauzar los ahorros de los argentinos? ¿Por qué una intervención sobre las libertades del uso del dinero resulta legítima y prácticamente incuestionable y la otra se presenta como aberrante y limitante de las libertades? Es la marca social del dinero, pienso que diría Zelizer. La legitimidad social del billete que hace que algunos puedan tener ciertos usos y otros no. El contexto, la circunstancia y, fundamentalmente, la condición de clase. ¿Cómo puede ser que hayamos pasado tantos años creyendo que el dinero era algo neutro, impersonal? El uso del billete dice mucho sobre la organización social. 

O más que decir, como canta Bob Dylan, el dinero no habla: putea.

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Nos bombardean con imágenes. ¿Cuáles seleccionamos?

Por Gonzalo Marull

Vivimos en un bombardeo constante de imágenes que, con la pandemia, se ha agravado notablemente. Contemplamos pantallas durante horas y somos mirados a través de ellas. El panóptico, los mecanismos de control, la sociedad de la transparencia, son conceptos que se revitalizan. En medio de todo este maremoto invasivo y desjerarquizado, ¿qué imágenes seleccionamos? ¿Cuáles mostramos? ¿Cuáles son las que verdaderamente nos llegan? ¿Con qué imágenes trabajamos? ¿Estamos ante el agotamiento de la imagen?

El extraordinario cineasta alemán Werner Herzog una vez dijo que, si fundara una escuela de cine, los aspirantes solo tendrían permitido llenar el formulario de inscripción después de haber recorrido solos a pie una distancia de unos 5000 kilómetros y, mientras caminan, tendrían que escribir. Escribir sobre sus experiencias y, luego, entregar sus cuadernos y libretas de anotaciones para saber quiénes caminaron realmente esa distancia y quiénes no. Como si durante ese viaje uno pudiera aprender cine, aprender sobre las imágenes, su profundidad, aprender sobre el futuro (la espera) y por qué no también sobre el pasado (el recuerdo). Finalmente, dice Herzog, una escuela de cine no debe producir técnicos, sino personas de mente agitada. Personas con espíritu, con una llama ardiendo en su interior. 

Con ese espíritu crítico, podríamos descubrir que las imágenes que hoy nos rodean están gastadas, como si hubiésemos abusado de ellas y hubiesen quedado inútiles, exhaustas. Diría Herzog: “Renguean y se arrastran detrás del resto de nuestra evolución cultural”, advirtiéndonos sobre la peligrosidad de este bombardeo de imágenes vacías que nació en la televisión y terminó desembocando en las redes sociales. La velocidad con la que las producimos y la velocidad con la que las olvidamos generan una especie de crimen a nuestra imaginación y a la memoria. 

En una entrevista para una revista chilena, Lucrecia Martel, la gran cineasta salteña, se pregunta: “¿Dónde se constituyen las ideas que luego serán imágenes? ¿Cuándo se constituyen? ¿Cómo llegamos a irnos a dormir cuando sabemos que la mitad de la humanidad está padeciendo? ¿Cuándo nos acostumbramos a eso? En un mundo lleno de comunicación, de circulación de imágenes, ¿en qué minuto lo hicimos? Entonces, si somos una civilización capaz de anular la empatía con el otro que está sufriendo, si tenemos esa habilidad cultural de dejar de ver el sufrimiento de las otras personas, estamos obligados a poner en cuestión las bases mismas de nuestra percepción”. Lucrecia se pregunta cómo mirar, cómo percibir ante todos los horrores que pasan en el mundo. Nos propone descifrar el mundo, un mundo casualmente demasiado preocupado por las cifras. 

En el siglo XX nació una obsesión en los seres humanos, una necesidad de ver, de mostrar, de que todo sea visto, la época de la transparencia. Todo esto nos parceló el ojo. Nos fragmentó la percepción. Peter Handke decía: “Vivo de aquello que los otros no saben de mí”, advirtiéndonos que el alma humana necesita esferas en las que pueda estar en sí misma sin la mirada del otro. Pero, bueno, estamos en plena pandemia mundial, encerrados, y establecimos un vínculo estrecho con las pantallas, casi como un acto de supervivencia. Entonces qué hacemos. ¿Qué miramos?

En diciembre del 2012, apareció en YouTube una pequeña joya audiovisual, un resumen de acontecimientos semanales uruguayos que utilizaba con inteligencia y humor todo el universo documental y ficcional que YouTube le regalaba: lo más cotidiano, lo más simple, lo más tierno. Con la computadora como sala de montaje, Agustín Ferrando, el gran artista creador, trabajaba con materiales ajenos. El programa se llamaba, se llama, Tiranos Temblad (nombre del himno uruguayo) y revolucionó, para mi gusto, las imágenes que nos brindaba Internet hasta ese momento. En un mundo saturado de imágenes, no era necesario producir contenidos originales para aunar relevancia temática y excelencia formal, sino que se podía encontrar, en ese mar de imágenes, algunas que tal vez ni siquiera habían nacido con una voluntad formal de composición pero que podían generarnos algo, podían hacernos sentir esa punzada de dolor que produce la belleza o el reflejo de lujo de la risa ante el acto creativo.

En ese primer capítulo, Agustín capturaba imágenes en plena navidad de su país. Ironizaba sobre la iluminación de los videos, mostraba personas en su cotidianeidad más pura, con mucha altura y humor, mientras poetizaba constantemente sobre su propio país, como si Ferrando hubiera decidido estar atento al maremoto de Internet, pero no para reproducir su ruido, sino su poesía. En uno de los grandes momentos de ese primer capítulo, un señor desde la ventana de su departamento filma a una mujer cortando flores de un cantero mientras dice: “Miren el espíritu navideño, una mujer robando flores del cantero central de Bv. Artigas, muy ufanamente con una tijera arrancó dieciséis flores del ornato público, y allá va, tranquila, como si nada hubiera hecho. Ojalá tenga Facebook porque ahora voy a colgar esto para que vean hasta qué punto de mezquindad llega la gente”.

Al mejor estilo de García Lorca, Agustín encontró algo que lo movilizaba y quiso compartirlo; para eso, debía generar un dispositivo que permitiera hacerlo con profundidad y simpleza, como decía el dramaturgo francés Jean-Marie Koltés: “Quisiera decir las cosas más complejas de la manera más simple”. Ante el avance en Internet, de los trolls, los memes, las noticias falsas o los influencers y youtubers miméticos, merece la pena valorar y reivindicar la creatividad inteligente de Tiranos Temblad que comentaba imaginativa y críticamente la actualidad o el pasado reciente, al tiempo que los iluminó con una luz inesperada.

Con el último documental que vi de Herzog, Nómada: tras los pasos de Bruce Chatwin, me pasó algo similar. Chatwin viajaba hasta donde hiciera falta para encontrar a esos seres alucinados que pueblan sus libros, personas de las que no hubiéramos tenido noticia de no haber sido por el caminante que recorrió trechos extensos de la Patagonia y Australia. En un momento, Herzog dice que Chatwin fue el Internet de la época, aunque aclara que Internet y el turismo masivo han enterrado en alguna medida la idea del viajero explorador y la del escritor nómada. Y selecciona un momento para nosotros: una tribu de Australia que se ubicaba geográficamente a través de melodías, de canciones. Como una especie de GPS de melodías que fueron pasando de generación en generación y a las que su tribu cuida con mucho recelo, no las exponen gratuitamente a la cámara de Herzog. Las distancias eran medidas así. Tanto tiempo cantando para llegar a tal lugar. Y con respeto y amor a su método, lo resguardan.

Toda la maravilla poética que se despliega en el documental de Herzog me recordó a mi maestro Sergio Blanco, que siempre me dijo: “¿Sabés qué imágenes selecciono? Las que pueden despertar el lenguaje”. Imágenes que puedan despertar la palabra, que puedan llegar a la lengua, que podamos saborearlas. Jugando un poco con que las palabras saber y sabor comparten raíz. Las palabras son fundamentales para activar la imaginación. Las palabras son capaces de crear mundos. Las palabras son, de algún modo, una extraordinaria Arca de Noé de la experiencia.

Más palabras es más vida y más capacidad de resistir. Al contrario, la dominación del ser humano, su empequeñecimiento y acoso, siempre comienzan por la reducción de la palabra.

Entonces tal vez una imagen fresca, una imagen nueva, una imagen que no esté gastada, sea aquella que proponga un misterio cuya belleza nos duela, que nos deje pasmados, que nos ubique frente a un espejo, que nos deje algo, que no podamos olvidarla fácilmente y a la cual finalmente queramos apasionadamente nombrar.

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Temporada Libra

Por Lu Gaitán

Ya que estamos en temporada Libra, quiero hablarles sobre un tema que suele aparecer con bastante frecuencia: las relaciones, la compatibilidad astrológica y la proyección. 

Empecemos con la compatibilidad astrológica en vínculos sexoafectivos. Sincerémonos: cada vez que buscamos información sobre compatibilidad entre signos, rara vez lo hacemos pensando en nuestros amigues, hermanes o compañeres de laburo. No digo que nadie lo haga, digo lo que observo como tendencia en redes sociales y en las sesiones. De hecho, creo que muchas personas entramos al mundo de la astrología motivadas por dolores en materia sexoafectiva. Obvio que yo soy parte de ese grupo y confieso que he buscado mucha data sobre compatibilidad astrológica en libros, revistas e internet. La pregunta recurrente era “¿qué signo es compatible con el mío?”, seguida de “a ver si elijo mejor la próxima vez”. Y encontré todo tipo de respuestas que más o menos calmaban mi ansiedad, pero nunca totalmente. Me dije a mí misma: “Esto no te tranquiliza porque es información falopa, la posta es hacer la sinastría” –una carta que habla de la relación entre dos o más personas–. Entonces, me puse obsesiva con eso y cada vez que tenía una cita pedía los datos de nacimiento y luego calculaba la sinastría. Y, cuando estaba en una relación, volvía una y otra vez a esa data para ver si encontraba la forma de “salvar” el vínculo, porque obvio, me acordaba de la sinastría cuando había un problema o una crisis, no cuando estaba todo bien. Yo creía que ahí estaba la receta para que funcione. 

Sí, hacer la sinastría me dio información y explicaciones astrológicas sobre los problemas de la relación. Hacer una sinastría es bastante complejo y podríamos decir que hay elementos que tienen una mayor afinidad y otros una mayor disonancia: por ejemplo, fuego y aire necesitan la novedad, mientras que tierra y agua son más tranqui; fuego y agua son muy emocionales, mientras que tierra y aire son mentales; que la mayor tensión sucede cuando se encuentran fuego y tierra o aire y agua, pero esa diferencia es la que genera gran atracción y aprendizaje mutuo. ¿Entonces? No podemos sacar conclusiones categóricas y definitivas sobre dos o más cartas en vínculo, porque como individuos no nos identificamos con la totalidad de nuestra carta natal. Hay una parte que está consciente y otra que no. Entonces, la sinastría puede ser increíble y maravillosa en teoría, pero no cuando esas personas se encuentran, por la misma razón por la que no me identifico con la totalidad de mi carta natal. 

Últimamente, me gusta decir que la carta natal es el mapa de un ser humane, no el territorio. Entonces, la sinastría es la unión de dos mapas y dos territorios, con todas las complejidades que eso trae. Por eso, a riesgo de sonar como una boicotera de la astrología y de todo lo que este lenguaje tiene para aportarnos, quiero decir que la astrología aplicada al individuo y a los vínculos tiene mucho para decirnos, pero no del modo mecánico en que solemos pensarlo de “Aries y Libra son compatibles porque son opuestos complementarios” o “la relación entre Leo y Virgo no funciona porque fuego y tierra son incompatibles”. ¿Estamos haciendo la sinastría solo hablando de los signos solares? ¿Estamos viendo la totalidad de las cartas? O incluso más importante, ¿estamos viendo la singularidad de los seres humanos implicados y, sobre todo, la singularidad de lo que se genera en el encuentro en ese momento específico? 

Entramos a la #astrología buscando garantías y seguridades y creyendo que el amor es un formulario de requisitos por llenar, o una suerte de check list, solo para terminar confirmando que es mucho más complejo que eso. Creo que nos vinculamos con la(s) persona(s) que tocan nuestras fibras íntimas y eso no se puede controlar. Por supuesto, podemos indagar en cuáles son nuestros patrones inconscientes (personales, familiares, colectivos) que nos llevan una y otra vez a elegir a las mismas personas. Estamos abriendo la caja de Pandora cuando hacemos esa indagación. No nos enamoramos de cualquiera ni nos relacionamos con cualquiera, sino con las personas que tocan nuestras fibras íntimas. ¿Viste que cuando te enamorás (y esto aplica al enamoramiento que podemos sentir con amigues que acabamos de conocer) es como si conocieras a esa persona de toda la vida? Es la conexión inconsciente, porque ahí no hay tiempo ni espacio, como en los sueños. ¿Viste que a medida que avanza la relación empezás a ver que esa persona tiene puntos de contacto con las que estuvieron antes, o incluso que se parecen a tu papá o tu mamá? Eligió el inconsciente y a veces las coincidencias son tan fuertes que parecen hologramas. 

¿Cuál es el patrón que une a todos esos personajes de tu vida? Puede ser que siempre estás con gente que tiene energía de Sagitario, o se dedican al arte, o están en otros vínculos y no están disponibles para vos, o son celosxs o son del palo intelectual. Las opciones son infinitas y vos sabes mejor que nadie cuál es el hilo que une a todas esas personas de tu vida, pero a menos que elabores tu historia y te hagas cargo de tu parte, va a estar difícil generar algo nuevo. Eso que se repite y te duele o te molesta es parte de vos, no de manera lineal, sino que el otro te lo muestra con zoom aumentado. Este es el famoso mecanismo de proyección del que hablamos habitualmente. Con mucha frecuencia decimos “el otre es un espejo”, algo que por un lado nos genera mucho rechazo aceptar y, por otro lado, corremos el riesgo de banalizar al extremo y ponernos al mismo nivel de lo que hacen lxs demás.

Si queremos hacer una investigación seria sobre esto que llamamos “proyección”, tenemos que estar dispuestxs a asumir que algunas veces la conexión va a ser obvia y lineal y otras veces muchísimo más sutil. Por ejemplo, siempre me encuentro con personas que me fantasmean, o sea, que se borran de un momento a otro. Acá tenemos, al menos, dos posibilidades, por un lado, puede ser que yo haya hecho lo mismo otras veces. Pescar la dinámica proyectiva en este caso es muy sencillo. Pero también puede pasar que yo no tenga el registro de haberle fantasmeado a nadie. Busco y hago memoria en mi historia personal y no encuentro nada. Entonces, es necesario hacer una búsqueda más exhaustiva y ahí encuentro que me fantasmeé a mí misma cuando dejé a mitad de camino y en una nebulosa proyectos que me interesaban, que no me la jugué por lo que quería. O bien, en vínculo con amistades, cuando hubo algún problema o incomodidad, no supe cómo lidiar con eso y me borré. Entonces, ¿es igual mi borrada que la de la persona con la que venía viéndome que de repente me bloqueó de todas las redes sociales? La verdad que no, pero al psiquismo eso no le importa demasiado porque ahí no existe el tiempo ni el espacio y las personas que están vivas conviven con las que están muertas y la película que elegí ayer “de casualidad” está vinculada a algo que experimenté a los 8 años. En el psiquismo todo convive y todo coexiste. ¿Y qué pasa con los vínculos? Bueno, ahí está la famosa otredad. Ese otro me muestra algo de mí misma que no hubiese podido descubrir si no hubiese sido porque el otre aparece y me interpela profundamente. Volvemos a eso de que “el otre es un espejo”. 

Tampoco es para que te castigues: si mirás a tu alrededor, vas a ver que las anécdotas y los personajes de tu novela se replican a tu alrededor y, si no, fijate cuánta gente a tu alrededor está quejándose del fantasmeo, está haciéndose preguntas sobre la heterosexualidad o la monogamia. No son coincidencias azarosas, formamos parte de un entramado mayor. Y hasta acá llegamos por hoy.