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Movimiento

Por Nano Barbieri

Era nueve de marzo del dos mil. Yo cumplía dieciocho años ese mismo día y estudiaba con la ventana abierta del departamento de calle Italia. Recién llegaba a Villa María y, como no nos habían conectado la luz, me sentaba pegado al pasillo para poder leer. No conocía a los vecinos, solo de vista a algunos: una chica que escuchaba los redondos, un policía que era su pareja y un tipo solo, de unos cuarenta años un poco fanfarrón que usaba remeras entalladas y algo de gel. Pongamos que se llamaba Luis.  

Fue Luis el que se acercó esa tarde cuando volvía del almacén. Me saludó, se presentó y no podía creer que en mi cumpleaños de dieciocho estuviera sobrio y solo. Me dio la impresión de que sintió una pena generacional. Me invitó a cenar esa misma noche. Vivía exactamente arriba de mi departamento y acepté. Compré una cerveza y llegué puntual, a las nueve. Había olor a desodorante Axe y se estaba poniendo una camisa mangas cortas. Pasá, pasá, me dijo. Escuchaba música como si fuera la última vez, una canción de Alejandro Sanz. Yo estaba muy agradecido con su gesto, pero no veía un solo punto de encuentro para sostener lo que quedaba de la noche que acababa de empezar. Se abría un espacio de tiempo indefinido que no tenía la menor idea de cómo ocupar. Luis había puesto una pizza al horno y le pregunté si le gustaba cocinar. Claro, dijo, y me miró con un gesto de soberbia nocturna. 

En eso, mientras ninguno de los dos se sentaba sonó el timbre, que partió la canción como un rayo. Él atendió el portero y dijo pasá. Era Irene. O él le decía Irene. Una mina que estoy viendo, me dijo. Rusa, se rio buscando mi complicidad. Irene subió y saludó a Luis con un beso triste, de frontón. Él le hablaba como si ella entendiera todo. Le contó de mí, de mis dieciocho años, se extendió por largos minutos recordando su propio cumpleaños de dieciocho que había sido, por supuesto, mucho más picante que el mío. Luis parecía tener una audiencia que nosotros desconocíamos, que no estaba ahí. Me presentó al final de la historia, nos saludamos y nos sentamos a la mesa. Irene no hablaba una sola palabra de español y estaba siempre a punto de llorar. 

Luis abrió una botella de sidra y nos convidó del pico. La música seguía muy alta y mientras él chequeaba la pizza en el horno y le agregaba rodajas de tomate, Irene empezó a conversar conmigo en un inglés elemental. Había hablado con sus hijas, que no eran rusas, sino ucranianas. El invierno estaba siendo filoso y habían llegado a quemar maderas de muebles, peldaños de escaleras. Tenía un cuerpo deshabitado. Había venido a encontrar trabajo porque era maestra quesera. Pero el relato de Irene se interrumpió con la dedicatoria de un verso. Luis tomó la botella como micrófono, se acercó y le cantó: ¿Quién me tapará esta noche si hace frío? ¿Quién me va a curar el corazón partido?

El volumen que al principio fue incómodo y torpe acabó alfombrando una noche que no hubiera podido soportar momentos de silencio. Comimos la pizza que estaba rica y salada. Brindamos por mi cumpleaños como si nos conociéramos hace tiempo y escuchando cómo Luis repetía cómo no tengo dieciocho, cómo no tener dieciocho hoy. Destapamos una cerveza más y una parte de Irene tomó el control, como si acabara de entrar en ella una persona distinta. La vi reírse por primera vez y levantarse de la silla como un gesto de supervivencia. Irene sabía bailar. Lo abrazó a Luis como si fuera, él también, una persona distinta. Agradecí la invitación, los saludé y bajé a mi departamento. 

A veces, cuando los suelos son arenas movedizas, me acuerdo de aquel día. De mis dieciocho años y del derrumbe hermoso de algunas certezas. La felicidad es, también, una bestia en movimiento.

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