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Las historias

Por Nano Barbieri

Leo los diarios, escucho la radio, y a veces parece irreal. ¿Cuánto tiempo más podemos sostener la discusión sobre el mérito? Vuelve, cada año, como el invierno. ¿Hasta cuándo queremos soportar el eterno déjà vu de nuestra agenda pública? ¿Es necesario –realmente pregunto– subirnos cada vez que pasa, al tren del hashtag, a la vorágine de las redes sociales, malentendidas como batalla cultural? ¿Entregamos el discurso al adversario si dejamos de repetirlo? En fin, hagamos una pregunta más general: ¿qué sentido tiene la repetición de estas historias?

Indudablemente, hay un goce en la repetición. Repasemos la historia, como si estuviéramos sentados frente a la TV, leamos otra vez el cuento detrás de la idea de mérito que escuchamos una y otra vez. La historia narra, más o menos, lo siguiente: un grupo de trabajadores europeos expulsados por la guerra y el hambre atraviesan el océano para llegar a una tierra de oportunidades, salvaje, cuando no vacía. En el desamparo, no le piden una mano a nadie, sino que son hacedores de su propia historia, incluso sin hablar correctamente el idioma. Ellos son los creadores de la patria: abuelos y tatarabuelos de los ganadores de la Argentina contemporánea. Punto. ¿Quién no fue mecido en algún momento de su vida con esta noble historia? No una, ¡miles de veces! 

Siri Hustvedt es una novelista estadounidense que escribió un extraordinario ensayo que se llama El poder de la literatura. A lo largo del libro, a veces de manera explícita, otras no tanto, Hustvedt se pregunta por la importancia de la verdad en la narración de una historia convincente, que nos llegue a los huesos, que nos movilice el corazón y la cabeza. ¿Quién necesita la verdad? La verdad que busco como escritora de ficción, dice la autora, no es un registro documental del pasado. Estoy buscando una verdad emocional. Los personajes deben comportarse, hablar y pensar a lo largo de su vida de un modo que me parezca real. Esta verdad no guarda relación alguna con la naturaleza de los acontecimientos descritos. Los personajes podrían ser cebras voladoras.

Hustvedt nos diría que la historia que une la inmigración europea con el trabajo, el sacrificio y la explicación histórica de la desigualdad es una historia verdadera en el sentido ficcional de la verdad. Emocionalmente, la teoría del mérito es una historia efectiva que abraza las fibras más sensibles de un importante sector social de la Argentina. Cuando narro una historia de ficción, continúa la escritora, los juicios que emito se fundamentan más bien en un instinto, un sentido de lo que está bien y lo que está mal. La narración de los mitos populares refuerza concepciones prefiguradas sobre el funcionamiento del mundo. Prejuicios.

Entonces, volviendo a las preguntas del principio, ¿qué sentido tiene discutir verdades emocionales? O, en caso de que discutirlas sea nuestra elección, ¿cómo se argumenta frente a esas verdades emocionales? Yo no creo que el mejor camino sea discutir los mitos, pero sí pienso que el primer paso es intentar comprenderlos, partir del principio de Alain Badiou: nada de lo que hagan los hombres es ininteligible

Si es que Siri Hustvedt va a ser la madrina de este texto, sigamos con ella. La percepción es conservadora, dice en un hermoso y preciso resumen de la actividad de conocer. No percibimos el mundo tal como es; lo creamos activamente a partir de patrones del pasado y estos incluyen construcciones conceptuales que forman parte de nuestra imaginación. Percibimos, en gran medida, lo que queremos ver, o peor aún, lo que fuimos asignados a percibir. 

Nos contamos historias, generamos nuestros mitos, reforzamos prejuicios. ¿Qué lugar tiene la argumentación dentro de estas historias? Tal vez en lugar de enredarnos una y otra vez en la aburrida maraña de las asignaciones meritocráticas convenga pensar cuáles son los mecanismos que nos traen a colación una y otra vez estos cuentos. ¿Qué dispositivos los desatan? ¿Cuáles son las causas que activan esta discusión? ¿Qué temores vuelven necesaria la leyenda de este cuento que tanto tiempo y tan buenos resultados les dio a sus narradores? 

La discusión sobre el mérito es un síntoma, mal perdemos el tiempo poniendo el foco ahí. La aparición recurrente en nuestra agenda no es otra cosa que un mecanismo de defensa. Miremos si no lo que pasa en la emblemática película The Truman Show. Cada vez que la realidad, o mejor, la narración sobre la realidad se encontraba amenazada, el director procuraba recuperar la estabilidad. Para hacerlo, elegía verdades emocionales. Relatos sobre la infancia del protagonista, recuerdos e imágenes que este no distingue con claridad en su memoria, pero que vuelven una y otra vez para calmarlo. 

Y así funciona, incansablemente. Hasta que un día, tal vez, como las mantitas de apego de los más chicos, deja de hacerlo.

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