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La fiesta teatral. Una vigilia atenta.

Por Gonzalo Marull

Las personas que se dedican a la actividad teatral tienen una certeza: necesitan imperiosamente poder volver a la actividad, por razones económicas, creativas, pasionales, humanas. Pero ante esta necesidad urgente surgen varias preguntas: ¿se puede volver a cualquier costo?, ¿cómo se lleva el teatro con los protocolos y las normas?, ¿es posible disfrutar si sabemos que corre riesgo la salud de artistas y espectadores?, ¿se puede estar de fiesta teatral en medio de una pandemia mundial?

La historia del teatro está íntimamente unida a la historia del fasto, de la fiesta, tanto en su vertiente pública como privada, religiosa como profana, ligada al calendario litúrgico, o fruto de circunstancias y acontecimientos diversos. El gusto por lo asombroso, por lo maravilloso, por el artificio, encuentra en la fiesta un lugar privilegiado de expresión, que se manifiesta en la necesidad de “suspender” al público, dejarlo absorto con lo nunca visto.

La fiesta, por su carácter presencial y efímero, invita a desatar la imaginación, y contribuye a crear la ilusión de una realidad mejorada, de una ciudad transformada ante los ojos de los ciudadanos; de un lugar que, durante unos días, pretende dejar de ser centro de fatigas cotidianas para convertirse en el espacio profano de la diversión y la creatividad. Con ironía, y un sabor amargo en la boca, lo expresaba muy bien un poeta: “Bien son menester estos divertimentos para poder llevar tantas adversidades”. La fiesta nos comuna, nos iguala, nos libera, nos pone en juego, más allá del tiempo y del espacio, manifestando las injusticias, develando los miedos y dándoles espacio a las diferentes expresiones. 

“Las sociedades tendrán el teatro que puedan soñar”, escuché decir alguna vez esta frase en una clase. Entonces, en medio de todo este descalabro sanitario, ¿qué teatro podemos soñar?, ¿qué fiestas podemos tener?

Nuestro país es un país que necesita ávidamente fiestas. Necesitamos recordar las fiestas, volver a las fiestas y hasta crear nuevas fiestas. Vivimos el deporte como una fiesta, vivimos el teatro como fiesta, salimos a la calle, a las plazas, como fiesta. Somos realmente muy festivos. Las fiestas reorganizan a los pueblos, los liberan de sus convenciones, los desnudan para enfrentar sus valores humanos, fraternales, de convivencia, de empatía, de igualdad. Podemos soñar con un teatro que vuelve a sus orígenes, en la ladera de la montaña, al aire libre, bajo la luz del sol, en espacios amplios y verdes, con bullicio, tumulto y, al mismo tiempo, una gran expectación. 

Pero también, paradojalmente, la espera es un valor que entrenamos mucho en el teatro, como nos enseñó hace un tiempo la brillante Arianne Mnouchkine: “El teatro es esperar para poder encontrar lo inesperado. Tenemos que tener paciencia, tranquilidad, confianza en la espera. Pero no de modo pasivo. Es un estado de vigilia, de atención, pero que no pretende la inmediatez. Una vigilia atenta en donde lo más importante es no ceder. No abdicar”. Este estado de espera atenta, del que habla Mnouchkine, ¿cómo se lleva con los protocolos y las normas? ¿Qué nos pasa a las y los artistas con el disciplinamiento?

Dice el dramaturgo franco-uruguayo Sergio Blanco: “El teatro es un espacio de rebelión, desobediencia, impertinencia; pero de pronto tiene que volverse un lugar disciplinado sin perder esa rebelión e impertinencia. Y esto es muy bueno para este espacio dionisíaco, de lo ebrio, la revuelta, la rebelión, que sin perder nada de sus orígenes sabe acatar normas de seguridad que nos protejan. Se levanta como espacio protector. Se puede proteger con la disciplina y también con la rebelión. El teatro no es un espacio que ponga en riesgo a la sociedad. La hace crecer y enfrentarse a lo que somos y no”.

Veo imágenes de la Alerta Roja en España, una protesta de lxs agentes culturales ante la crisis profunda que está viviendo el sector y, al tener que respetar el distanciamiento, las imágenes que nos llegan son muy ordenadas, similares a una marcha militar, cada persona en su lugar, equidistantes y geométricos. Las imágenes más impactantes son las tomadas con drones, realmente parecen ejércitos en fila… esperando disciplinadamente. Por supuesto, es una protesta respetuosa con la salud de lxs demás, pero no deja de llamarme la atención esta nueva modalidad de “marcha protesta” que aflora. Me recordó al óleo sobre lienzo: Fiestas en el Ommeganck o Papagayo, en Bruselas. Procesión de los Gremios en la Gran Plaza (del año 1616), que muestra las fiestas de corte, su protocolo, y el lujo en carrozas y número de lacayos. 

A diferencia de las fiestas cortesanas, que eran ofrecidas por gracia del soberano, que cumplían una determinada función social, política y religiosa, y quedaban circunscritas al criterio de la etiqueta y el decoro, las fiestas populares y los carnavales conmemoraban tradiciones y creencias de ritmo más lento y duradero en las que participaban por igual todos y todas de una manera más espontánea y comunitaria. En los tres días de carnestolendas previos al miércoles de ceniza, el tiempo de carnaval se distinguía porque era el momento en que el orden social y espiritual ordinario podía invertirse en un mundo al revés que ensalzaba al pobre y humilde, y ridiculizaba o satirizaba al poderoso.

He aquí un valor fundamental. A la hora en que se necesitan imperiosamente las fiestas populares, las artes escénicas y los carnavales, se extraña su impronta rebelde y desbordada. En el carnaval nadie es nadie, o todxs somos otrxs; por eso, las máscaras son liberadoras, no esconden, muestran aún más. El placer inaudito de esa libertad desfachatada que nos da el jugar tras la máscara, el dejar por unas horas el peso de la propia historia, la propia cara, para vivir tras la careta una mímesis más “des-carada” aún, incluso más liberadora. 

Las prohibiciones nos quitan la calle. Y la comunidad y la democracia se construyen en las calles, tomando las calles, habitando las calles. El teatro nos enseña la importancia de lo grupal, de lo colectivo, de lo solidario, de que las preocupaciones de las otras personas pasen a ser nuestra preocupación, nos enseña a escuchar. Por eso estamos en un gran brete, deseamos fervientemente encontrarnos y abrazarnos, pero no queremos poner en riesgo a las demás personas. Y todo se torna contradictorio y difícil. Tal vez estamos esperando disciplinadamente que la fiesta teatral pueda tener una vital razón de ser. 

Mauricio Kartún recuerda que, en su origen, el carnaval nació de un pueblo que habiendo vencido a una peste salió a festejar con máscaras de calavera; literalmente: burlando a la muerte. Ahora entiendo por qué en mi familia adoptamos como himno de resistencia en aislamiento la canción El tiempo está después, del gran poeta y músico uruguayo Fernando Cabrera. Cada vez que llegamos al estribillo, cantamos con toda la fuerza, peleando contra la peste, peleando para burlar a la muerte: 

“Un día nos encontraremos en otro carnaval 
Tendremos suerte si aprendemos
Que no hay ningún rincón
Que no hay ningún atracadero
Que pueda disolver
En su escondite lo que fuimos
El tiempo está después…” 

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