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Industry, la meritocracia al palo

Por Juli Fantini

Esta reseña no contiene spoilers.

Desde el viernes en HBO Latinoamérica están disponibles los ocho capítulos de esta serie que pasó algo desapercibida. La cadena emitió durante un mes cuatro capítulos y apostó a emitir los restantes todos juntos que ya están disponibles para maratonear.

Industry se mete con un grupo de jóvenes que aspiran a ocupar un lugar en un banco de inversiones inglés tras la crisis de 2008 y podría definirse como una Secretaria Ejecutiva –aquella película de los 80 protagonizada por Melanie Griffith– en versión ni comedia ni romántica. La protagonista es Harper, una joven estadounidense que llega floja de papeles –académicos– a Londres para sumarse a la competencia por un lugar entre las y los traders más voraces del mercado. Pero Harper y sus compañeros están lejos de aquel retrato de la mujer trabajadora de Mike Nichols: el ambiente tóxico de Pierpoint & Co inunda hasta las conciencias que, en principio, se muestran algo naïves e incorruptibles.

Los ocho episodios de la serie aciertan al combinar en el relato el descontrol –sexo y drogas por doquier– del grupo de veinteañeros y la persecución del sueño de ser contratados. Al mismo tiempo, advierte de manera certera en la descripción de una cultura de la meritocracia voraz en ese tipo de ambientes hípercompetitivos, donde las traiciones son la moneda de cambio para sumar un punto en la carrera hacia la contratación.  

Sin embargo, la narración de las ambiciones y el hambre de triunfo expuestas se toma su tiempo para plantear ambigüedades en los vínculos, dolores y traumas que explican determinadas elecciones de carrera, así como el enorme sacrificio para ser parte, que lleva, por ejemplo, a que uno de los aspirantes muera por exceso de trabajo.

A diferencia de Billions, otra serie que se mete con el complejo y extraño mundo de las finanzas –inentendible para una parte importante del gran público, pero no excluyente para disfrutar las historias–, Industry no cuenta una historia de consagrados, sino que se muestra desde el punto de vista de los que quieren llegar. Y allí es donde los vínculos se vuelven más complicados: competencia y floreciente amistad parecen no ser una buena combinación y, sin embargo, este se convierte en uno de los ejes del relato: todo lo que sucede entre Harper y Yasmin, dos personajes cautivantes, cuya relación pasa por todos los estadíos posibles entre la sororidad y la rivalidad.

La serie aborda, a pesar de su tono por momentos adolescente, el planteo de una moralidad atravesada por el pragmatismo, donde el sexo y el poder juegan permanentemente en la carrera hacia el puesto que cada uno de los candidatos transita de maneras bien distintas. Aunque sí coinciden en sus historias de origen algo penosas: niños ricos con tristeza y niños pobres con grandes ambiciones cuyos vínculos son un desastre. Este rasgo los humaniza y “explica” la voracidad de ciertos comportamientos por llegar. 

Así, el factor emocional atraviesa los números que vemos en los monitores del predio del banco, donde las buenas formas y los modales no son lo habitual. La mala educación en Industry es el código de comportamiento de esta pequeña muestra ficcional de una meritocracia triste que, hacia el final, se transforma en una crítica ácida y amarga de la manera en la que ese mundo del trabajo premia y castiga a los jóvenes que buscan un lugar. Como espectadores, terminamos sintiendo cierta compasión por ellas y ellos, aunque sus comportamientos estén reñidos con la ética y lo aceptable. 

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