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Indiferencia, jamás

Por Nano Barbieri

¿Cuántas cosas lloramos cuando lloramos? Hoy fue un día sin tiempo para gran parte del planeta que sintió por primera vez la ausencia de esa nave de sentido que es Diego Maradona. La tierra es un lugar descompensado, desvanecido, devaluado. Falto de aire. Ya no brilla aquel faro que miramos cada vez que pisamos sin dejar huella. 

No puedo, aunque quisiera ahorrar adjetivos. Esto no es un homenaje, ¿quién soy yo para rendirle un homenaje? Todo lo que digamos de él será un lugar común, en el mejor sentido de la expresión. La masividad del amor por él es desconcertante. Maradona no nos dio tiempo a la nostalgia porque nadie extraña lo que perdura. Nos contactó con absolutamente todas las emociones y estados de ánimo con excepción de uno solo: la indiferencia. Maradona es vida. 

Es cierto, pensamos que no moriría nunca. Se había encargado tantas veces de burlar a la muerte que parecía absurdo creer que llegaría el día. Pero un campeón, a veces, cae. ¿Cómo amar a un desconocido? ¿Cómo reconocer a un extraño hasta sentirlo propio, cercano, familiar? ¿Cuántas veces nos peleamos por él? ¿Cuántas veces nos sentimos redimidos por él? Redención, esa es la palabra. Sus victorias eran actos de justicia. Todas, Passman, todas. 

Para mí, Maradona representa la soberanía, esa innegociable independencia en relación a los deseos de los demás. Acaso su gran batalla haya sido también la lucha por la propiedad individual de su persona. A pesar de ser el producto más rentable de la humanidad, Maradona nunca fue de nadie. Espantó buitres y helicópteros hasta el último día de su vida y trasladó esa lucha, también, con sabida experiencia y épica, a una idea de soberanía de los pueblos. Su participación en el No al Alca, por ejemplo. O aquella vez que viajó a La Paz para defender el derecho del pueblo boliviano de jugar a la pelota en el lugar donde viven. Parece obvio, pero no. A nadie, absolutamente a nadie le importaba eso. 

Maradona defendió el juego. Pero no el fútbol: el juego. Lo impredecible, lo espontáneo, la frescura. La conexión con la vida. Diego le agradecía a la pelota, ni siquiera al deporte, que lo criticaba bastante por la estructura reglada y burocratizada. A la pelota le agradecía y le devolvía devoción. ¿Por qué el fútbol es algo tan serio siendo absolutamente irrelevante? Porque pone en valor lo único que nos conecta con lo que más felices nos hizo. Nadie jugó como él. Por eso también lo amamos. Porque nos defendió, hasta el último día de su vida, del agobio de vivir alejados de la alegría improductiva.  

“La pelota que tiré cuando jugaba en el parque aún no ha tocado el suelo”, escribía Dylan Thomas. La vida de Maradona cabe tal vez en ese verso. Aquel niño tímido y resuelto que miraba la cámara y ladeaba la cabeza para decir que su sueño era jugar el mundial estuvo vivo en Diego, latiendo como un corazón asustado. Por eso, también, lo amamos.  

¿De qué planeta viniste, hermano? El mundo está huérfano y llora, pero el amor por los padres, como dice Bernard Schlink, es el único del que no somos responsables. En honor a Diego seamos entonces lo que sea que podamos ser. Pero indiferentes, jamás. 

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