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Hachas y verdugos

Por Nano Barbieri

En su libro Vigilancia Líquida, Zygmunt Bauman tira una frase casi a la pasada. Lo dice como un comentario entre amigos, con un dejo de enojo o de desencanto. Dice: ya no desarrollamos técnicas para hacer lo que queremos hacer, sino que seleccionamos cosas para hacer solo porque existe la tecnología para hacerlas

La recordé viendo un partido de fútbol en el que una docena de cámaras intentaban encontrar una infracción donde nadie más la vio. Detrás, el juego seguía, pero el foco era el error, cualquier error que pudiera habérsele traspapelado al árbitro, al relator o al hincha desprevenido. Había tantas cámaras para verlo que era un desperdicio no hacerlo. Y no encontramos nada. 

La hipótesis del autor polaco es mucho menos la idea de una sociedad aborrecida por el excesivo uso de la tecnología que la existencia de una sociedad que descuida o se desentiende de los fines, cualesquiera sean esos fines. No solo los propios, sino incluso aquellos contrarios a su propia cosmovisión. Una especie de sucesión de acciones irreflexivas en donde la distinción de medios y fines es bastante insignificante. 

Hubo una guerra, dice Bauman, y la ganaron las hachas a los verdugos

Es una frase escalofriante que introduce, por el rabillo de la mirada, a la clásica discusión de las formas y el contenido en la política. ¿Qué nos molesta y que nos atrae de la política? ¿Dónde se resuelven las tensiones y las contradicciones culturales? ¿En el concepto o en su presentación? Las cadenas de equivalencias que nos permiten asociar significados sin mayores esfuerzos resuelven cada vez con mayor velocidad la vieja batalla cultural en una sucesión de eslóganes que explican, entre otras cosas, el éxito de los formatos cada vez más acotados de las redes sociales virtuales. ¿Cuánto nos interesa esa discusión por fuera del juego de las plataformas? ¿Acaso tan solo discutimos porque están ahí? Las hachas. ¿Dónde se expresarían hoy los 700 millones de tweets que se publican cada día?

En otro orden, la socióloga marroquí Eva Illouz tuvo una idea desconcertante. Se propuso escribir un libro para explicar por qué el amor duele, pero también, y sobre todas las cosas, por qué el amor no es un sentimiento individual, sino una experiencia social. En ese recorrido, también recoge el guante para hablar de algo similar a lo que hoy conocemos como la idea de responsabilidad afectiva. En el abandono de grandes relatos que supone la modernidad, dice la autora, el amor resulta uno de ellos. En el camino, Illouz cuestiona, por ejemplo, que la ética haya quedado, en medio de la revolución sexual, fuera del ámbito del sexo. El proyecto de la autoexpresión por medio de la sexualidad, explica, no puede quedar separado de la pregunta por nuestros deberes frente a las otras personas y sus emociones. ¿Cuál es el sentido de nuestras relaciones, si es que acaso tiene alguno? ¿Puede aislarse como un elemento de independencia a la búsqueda de la satisfacción personal? En este sentido, una nueva cita inquietante de la autora marroquí. Dice: Si consideramos que el culto a la libertad en la esfera económica puede producir consecuencias devastadoras y que, de hecho, las produce. Entonces, como mínimo, debemos preguntarnos por sus consecuencias en la esfera de las relaciones personales, emocionales y sexuales

¿Es una característica de nuestra época el desapego de los fundamentos? ¿Por qué hacemos las cosas que hacemos? La más maravillosa cuenta de Twitter –ya que hablamos de los medios– se llama The tweet of God. Ahí, en la cuenta de la Dios, el señor reflexionó en sus restringidos caracteres y dijo, desde el más allá: Nunca antes hubo un tiempo mejor que este para no tener pruebas sobre algo. Esta columna se inscribe hoy en esa dirección. Haciendo uso de un puñado de señales y, tal vez, alguna coincidencia, me animo a decir que los días se parecen entre sí, no tanto por su similitud, sino más bien por su liviandad. 

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