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Grietazo

Por Nano Barbieri

No existe un freno a la voluntad del mercado distinto al del Estado. No porque sea una maravilla, sino porque es el único. Y porque, también, de tanto en tanto, corrige en favor de las mayorías. Por eso es también el foco de ataque liberal, permanente. Hasta que deciden que el mejor ataque posible es ocupar ese espacio. Carlos Saúl Menem lo hizo como ningún otro. Mauricio Macri fue su hijo predilecto.

Con el voto popular y una figura carismática que hacía uso descarado de la simpatía con las mayorías, el riojano expresidente consiguió el apoyo necesario para desarmar gran parte del sistema de protección y reparo contra el abuso mercantil que significa el Estado en todo el mundo. Fue dinamitando, con respaldo mediático y popular, al enorme dique que representaba la propiedad pública de los bienes y servicios esenciales.

En muy pocos años fueron quedando atrás la empresa pública de aviación Aerolíneas Argentinas, la telefónica ENTEL y la petrolera pública YPF, una de las más importantes empresas del país y la región. El mismo destino tuvieron los ferrocarriles, algunos bancos, empresas de energía, agua, correo y muchos otros servicios públicos. Conocemos esta historia, aunque a veces sea necesario repetirla. 

La transformación cultural fue mayúscula y habilitó, a mi criterio, los dos cambios más profundos que se dieron a partir de aquel comienzo de década y continuaron de manera ininterrumpida hasta la actualidad. Acaso dos de las privatizaciones menos renombradas: la educación inicial y secundaria (principalmente) y el espacio público. 

La ley federal de educación sancionada en 1993 trasladó a las provincias las responsabilidades y los presupuestos que derivaron en el fomento y la multiplicación de las ofertas privadas de instituciones educativas. Las escuelas públicas de gestión privada son el eufemismo más reproducido, al punto en que son, en muchas regiones del país, la única opción posible o cercana porque cumplen las funciones abandonadas por el Estado, pero sin ninguna mirada inclusiva, lógicamente. Son empresas y los criterios de ingreso se corresponden con el nivel de ingreso familiar. 

En sintonía con la expansión de las voluntades privadas y el abandono estatal de la regulación de los espacios públicos, la privatización de las ciudades fue un fenómeno sin precedentes. La liberación del uso del suelo fomentó un archipiélago de barrios-ciudad que no formaban parte ni siquiera del más explícito sueño sexual del liberalismo. Comenzaron a aparecer, uno tras otro, fragmentos de ciudades privadas con acceso restringido. Countries, barrios privados, housing, barrios en altura: pónganle el nombre que quieran. Estas opciones habitacionales forman parte hoy del más elemental sentido común, al punto de que hay en Argentina una superficie mayor a dos ciudades de Buenos Aires de ciudad privatizada. Córdoba y sus satélites son pioneros en el país. El 80 % del espacio público son las calles. En estas ciudades-barrios, ese espacio ya fue arrebatado.

Así, como frase póstuma, pienso que la principal herencia del menemismo es la destrucción de las condiciones de posibilidad de solidaridad colectiva. El menemismo como expresión cultural rompió la idea de ciudadanía que nunca más pudo recuperarse desde entonces. Los términos integradores de la política fueron reemplazados por las respuestas focalizadas, y la cotidianidad de las personas fue forzosamente fragmentada según las posibilidades adquisitivas. El encuentro de clases es una idea romántica.  

El hombre que llegó a la presidencia anunciando el salariazo acabó anticipando con maestría la idea de grieta que décadas después sería central en la política argentina. Carlos Menem es el ideólogo del Grietazo, porque clavó sobre suelo firme divisiones sociales que están sedimentadas en el sentido común y en la experiencia de vida de personas que hoy tienen ya casi treinta años, pero con una diferencia esencial: esa grieta no se salva con ninguna reunión entre las partes afectadas, ni con un gobierno de coalición, ni cantando “Color esperanza”. Esa grieta forma parte inseparable de cada uno de los argentinos y argentinas como ADN cultural, acaso como experiencia primaria de nuestra vida social.

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