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En las rocas: daddy issues

Por Juli Fantini

Las películas de Sofía Coppola siempre generan grietas. Como en aquella célebre escena de 500 días con ella en la que se plantea la relación entre la expectativa y la realidad de un reencuentro entre amantes, sus seguidores parecen no superar Perdidos en Tokio. Esta película que estrenó el mes pasado en Apple TV parece una respuesta a ese reclamo. Pero por momentos no sale bien.

On the Rocks, dirigida y guionada por Coppola, y protagonizada Bill Murray y Rashida Jones, cuenta la historia de una mujer, con dos hijas y un marido, que vive un bloqueo creativo o, tal vez, los deberes domésticos de atender a dos pequeñas le impiden dedicar el tiempo necesario a su oficio. A esto se suma un esposo ausente por sus tareas laborales. 

La descripción que hace Coppola de esa crisis de los 40 no conecta con otra película reseñada en Las Horas Perdidas, Rapera a los 40, porque si bien el contexto es Nueva York, aquí vemos la parte más favorecida de la ciudad. 

El personaje de Jones experimenta lo que muchas mujeres que deben hacerse cargo, con amor, de las tareas domésticas: relega, sin querer queriendo, su trabajo, aunque esto no sea un acuerdo explícito con su pareja; así se dieron las cosas. 

Pero en ese andar algo abúlico y amoroso –la devoción de Laura (Jones) por sus niñas está puesta en primer plano– algo sucede. El conflicto es una incipiente paranoia, propiciada por una serie de sucesos, que la hacen sospechar de que su marido la engaña. Las frustraciones de gente rica con tristeza son un tópico conocido en el cine de Sofía, aunque sus maneras siempre encuentran una forma de darles una vuelta de tuerca.  

La aparición de su padre en escena –Félix, interpretado por Murray– todo lo cambia. El tipo que le dijo “Sos mía hasta que te casés. Y después también” representa la irrupción del siglo XX en una ciudad muy moderna de la era contemporánea. 

Félix representa todo aquello que quedó desterrado en quien intente comportarse de acuerdo con los cánones actuales de la corrección política con relación a cómo se vincula con las mujeres, incluyendo a su hija: por demás galante –aunque no es un acosador–, paternalista hasta la médula. Esa clase de tipos que deja una estela de carisma cuando se mueve por su fuerte presencia y los modales propios de un merchant de arte ya retirado a quien todas las personas conocen. Básicamente, es un jubilado rico que se dedica a viajar por el mundo y hacer un trato por un cuadro de vez en cuando.  

Félix se reencuentra con Laura en ese momento crítico en el que las sospechas sobre una supuesta infidelidad de su marido escalan a niveles insanos. Y él no hace otra cosa que echar más leña al fuego. Él mismo, infiel serial, le propondrá una aventura de descubrimiento que cortará el relato de la crisis de mediana edad de Laura para virar hacia una comedia de enredos. Con persecuciones en auto y viajes a México incluidos, ese arrebato hizo que la protagonista accediera al delirio amoroso de su padre, quien, con la intención de protegerla, expondrá también los desencuentros históricos entre los dos.  

Dean (Marlon Wayans), el marido de Laura, es la contracara de Félix. Pero lo que Coppola nos muestra, es que la alienación por su trabajo –cuya escalada profesional es evidente– le impide ver el tedio insoportable en el que vive Laura. Así que sus virtudes no quedan demasiado expuestas como para que Laura pueda percibir que su marido no tiene nada que ver con su padre, quien dejó a su mamá por otra mujer. 

En este punto arrancan los aspectos divisorios de la película: la coherencia interna se pierde, porque es imposible que un personaje como el de Laura acceda a las propuestas de Félix para exponer a Dean.

Sí es fuerte On The Rocks en la descripción del vínculo entre padre e hija. Algo de lo que tanto Coppola como Jones deben conocer dado quienes son sus papás: Francis Ford Coppola y Quincy Jones respectivamente.

Pero más allá de lo autobiográfico, la figura del padre ausente, quien de repente irrumpe para resolverlo todo en una aventura improbable, recuerda al cine de Woody Allen y a las viejas películas de enredos, algo inusual en el cine de Coppola.  

El tono agridulce de una trama genuinamente simple puede concentrar la atención de quienes están en el ánimo de ver algo ligero. Sin embargo, el caballo de Troya aquí –que por suerte no está lo suficientemente explicitado– es ese vínculo difícil entre papá e hija más que el de la supuesta crisis matrimonial que se intenta resolver, desde posiciones bastante fantasiosas. 

La identidad de Laura es donde Coppola hace pie al mostrarla como una mujer sencilla con una carrera truncada, mientras su glamoroso padre –un bon vivant que parece haber viajado en el tiempo, como algunas personas de las clases acomodadas que conservan ese charme y modales casi extintos– es todo lo contrario. 

Esa tensión hace que el vínculo entre los dos esté marcado por el arrepentimiento de Félix y los resentimientos de Laura que, si bien nunca se explicitan, brotan a través de las dinámicas del tiempo en pantalla que comparten Murray y Jones, con una química sólida y creíble. 

Lo doméstico como enemigo de lo creativo es un conflicto que podría haber tenido más desarrollo, pero Coppola elige la aventura que propone un padre frente a la vulnerabilidad de su hija. 

El hallazgo, tal vez, está en la reconstrucción de los roles de género, no desde la relación de pareja sino a través del vínculo hija-padre. El aspecto del supuesto “misterioso affaire en Manhattan” de Dean solo opera como excusa para mostrar lo irresuelto de esa relación, sin caer en el melodrama ni en lo heroico. El absurdo, aquí, expone el realismo de las relaciones complejas que a veces precisan de un inusual tiempo compartido para poner las cosas en su lugar. Siempre desde un lugar amoroso, no carente de sentimientos encontrados que no se terminan de resolver. Porque es una película de Sofía Coppola, y se supone que en ellas nunca pasa nada. 

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