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El Juicio de los siete de Chicago: las buenas prácticas del progresismo

Por Juli Fantini

Lo primero que hay que advertir respecto al dramaturgo, guionista y director Aaron Sorkin es que sus historias nunca son realistas, por más que se basen en hechos reales. Sorkin parte, de manera habitual, de un hecho real que pasa por el filtro de un idealismo progresista, propio de la elite de poder a la que pertenece, con una clara tendencia a declamar un deber ser que a veces funciona y otras no. 

Desde la estupenda Cuestión de Honor a Los siete de Chicago, el guionista dejó varias joyas para admirar como The West Wing (El Ala Oeste de la Casa Blanca, serie no disponible en el streaming argentino) o La Red Social (película sobre Zuckerberg y el origen de Facebook). Pero también escribió un par de series que se ocupan de la TV como Studio 60 on Sunset Street y The Newsroom, que fueron criticadas fuertemente por su exaltación de un mundo ejemplar muy severo con lo que efectivamente pasa en estudios y redacciones: la rivalidad entre buenos y malos está demasiado subrayada como para generar verosimilitud y potencia narrativa.

El Juicio de los siete de Chicago es la segunda película que dirige. La anterior fue Molly’s Game. La película iba a ser dirigida por Steven Spielberg, pero esto no pudo ser, aunque algunos momentos, sobre todo los melodramáticos, evocan el estilo spielberiano. 

Esta película estrenó en Netflix el viernes 16 de octubre y condensa, con sutileza, todos los elementos del universo Sorkin: un grupo de hombres extremadamente inteligentes, cuya articulación al hablar es ejemplar y que, al mismo tiempo, lo hacen a una velocidad imposible. También está el hecho judicial que sirve de cuento moral para pensar el presente de manera crítica. 

El Juicio de los siete de Chicago no tarda ni 20 minutos para entrar en acción. Este juicio ya ha sido motivo de otras películas y documentales por su importancia histórica en la política estadounidense. 

En concreto, se ambienta en el año 1969 y narra el juicio a siete manifestantes y activistas acusados de conspirar contra la seguridad nacional durante las protestas contra Vietnam, en el marco de la fallida Convención Demócrata de 1968. Lo interesante del abordaje que hace Sorkin es pensar la famosa contracultura política de fines de los años sesenta con un nivel de profundidad que resuena en el presente. 

La escenificación del juicio, fiel a lo mejor que ha hecho Hollywood al respecto, incluye unos flashbacks que explican cómo llegaron hasta ahí y lo central es lo injusto de la acusación. En ese marco, no se priva de marcar las diferencias entre las facciones de la izquierda o el progresismo de la época, a través de los posicionamientos ideológicos de los acusados. Esto, sobre todo, queda plasmado en la relación entre los personajes de Sacha Baron Cohen que interpreta a Abbie Hoffmman y el de Eddie Redmayne en la piel de Tom Hayden, cada uno parado en las antípodas del cambio de sistema en discusión: revolución desde afuera o reforma desde adentro.

Pero más allá de quiénes están sentados en el banquillo, es la guerra de Vietnam y el movimiento antibélico lo juzgado. Como bien lo expresa el personaje de Baron Cohen: el juicio es político y lo que está en cuestión son las ideas de los siete. 

La locura y la arbitrariedad bélica llegan a la sala de audiencias con escenas que cuesta creer que hayan sucedido, pero que no se alejan de los hechos, como cuando uno de los acusados –luego desestimado- es amordazado para evitar el desacato: el caso de Bobby Seale (Yahya Abdul-Mateen II), presidente nacional del partido Pantera Negra.

La escenificación del juicio le cae perfecto a Sorkin para poner en acción toda su experiencia como dramaturgo, en las dinámicas de los enfrentamientos entre las dos fuerzas en pugna. En este punto se luce el más malvado de los personajes, el juez Julius Hoffman, representante paranoico de la rancia tradición conservadora judicial que existe en todas partes (y épocas) del mundo, interpretado por un Frank Langella soberbio. 

Dato, no spoiler: tal como lo había determinado el gobierno de Johnson, la investigación posterior culpó directamente a la policía y al alcalde de Daley por los desastres ocurridos en las calles. El juicio en sí quedó como una de las grandes vergüenzas nacionales de los estadounidenses. 

El director supo retratar este juego de poder, al utilizar elementos centrales de una democracia en pleno funcionamiento de sus instituciones, que es puesta en jaque: el freno a los abusos gubernamentales, el derecho de protesta, la invulnerabilidad de la libertad de expresión, la funcionalidad de los servicios de inteligencia, entre otros. 

“¡El mundo entero está viendo!”, gritan las personas que apoyan a los acusados frente al tribunal. Esta frase se repite en otros diálogos. Y también resuena hoy, a días de las elecciones en EE. UU., que pueden darle continuidad a la presidencia de Donald Trump. 

Y, si bien Sorkin muestra los atropellos a través de los actos concretos de la justicia a favor de la política de turno, El Juicio de los siete de Chicago es una profunda meditación sobre la genuina contracultura y sus personajes, más allá del grupo de fumones radicales obsesionados con el amor libre, que suele ser la representación más habitual en las películas que recrean la época. 

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