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Druk / Another Round: amistades embriagadoras

Por Juli Fantini

Más allá de la inusual premisa, que podría dar lugar a una película extremadamente provocativa, Druk es una meditación sobre la crisis de la mediana edad masculina.

El título de la película danesa de Thomas Vinterberg (La Cacería, Querida Wendy) sería en su traducción literal “consumo excesivo de alcohol”. En inglés, optaron por nombrarla Another Round (Otra Ronda, así la encuentran en plataformas alternativas), aunque en realidad se refiera a una casi interminable cantidad de rondas, parte del experimento al que un aburrido grupo de amigos y profesores de secundario acceden para salir de la melancolía. Mads Mikkelsen —también protagonista de La Cacería y de la serie Hannibal— es la cara más reconocible entre los protagonistas, en un trabajo a través del cual despliega su enorme talento como intérprete. 

“Tenemos este debate muy constante y honesto sobre el alcohol, pero también bebemos como vikingos”, le dijo Vinterberg hace poco al New York Times. Es que Druk puede leerse en clave sociológica, aunque no sea un subrayado del guion la cultura del excesivo consumo de alcohol naturalizado desde muy jóvenes entre los daneses. Este es el otro trasfondo que habilita el conflicto: los cuatro profesores se proponen mantener una tasa de alcohol permanente para mejorar sus vidas y las cosas efectivamente mejoran; por supuesto, también empeoran.

La exploración de estar borrachos todo el tiempo se justifica a partir de la idea de un psiquiatra —Finn Skarderud, que existe en la vida real—, quien sugiere que los humanos supuestamente nacemos con un déficit de 0,5 % de alcohol en nuestro cuerpo. Al compensarlo, la teoría demostraría que se puede vivir mejor. Y en esa comprobación empírica se meten los profes. 

En medio de la intoxicación por alcohol permanente, intentarán seguir con sus vidas, unas existencias atravesadas por los típicos white people problems de una sociedad como la dinamarquesa, con resultados estupendos, al principio: desinhibidos, inspirados y en conexión con el mundo, sus clases mejoran, así como sus vínculos. 

Druk está lejísimos de registros que podrían parecer similares, como la estadounidense The Hangover (La Resaca), porque no ironiza ni satiriza las pequeñas tragedias de estos señores aburridos, sino que, en tono tragicómico, expone el vacío existencial que para algunos puede parecer vacuo y otros sentirán una profunda identificación. Las frustraciones derivadas, los sueños no cumplidos y las relaciones de pareja o inexistentes o deterioradas se lubrican con alcohol en esa aventura en común de cuatro tipos que en la intimidad afectuosa de su amistad intentan hacer algo al respecto. 

La inminente caída al abismo, cuando el consumo de alcohol se evidencia en la comunidad educativa y entre familias al incrementar la apuesta, no aparece enmarcada en un cuento moralizante. Hay delicadeza y amor por los personajes por parte del director, quien, con compasión, expone sus fallas —engrandecidas por el experimento— pero no dinamita el vínculo amistoso, una fuerza poderosa que termina por redimirlos, incluso en medio de la tragedia. 

El personaje de Mikkelsen —Martin— oficia de protagonista, aunque es el bloque de amigos cuarentones, frágiles y en crisis el que, al fin y al cabo, se aventura en algo que lo saca del letargo, aun cuando el melodrama golpea la puerta. 

Así, Druk no se trata de las consecuencias de beber demasiado, sino de la oportunidad de tomar otro camino, evocativo de la juventud, para finalmente darse cuenta de que no hay otra cosa que el hoy, sin una respuesta concluyente respecto al futuro y con un baile final de Mikkelsen que tiene destino de ícono entre las películas del año que pasó.  

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