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Descuida, yo te cuido: la corrupción del sueño americano

Por Juli Fantini

Esta reseña contiene leves spoilers.

La conexión entre el estreno de Netflix del fin de semana pasado —I Care a Lot, en inglés— y el documental Framing Britney Spears —Hulu, disponible en plataformas alternativas— es evidente. 

Mientras el relato del movimiento Free Britney que formaron los fans de la cantante en contra de la tutela legal que hace 14 años la tiene “presa” de un sistema en el cual su padre vigila cada aspecto de su vida, en la película, las víctimas son adultos mayores los abusados por el sistema. 

Este thriller con tonalidades de comedia negra es también un comentario social que se torna demasiado sentencioso en su tercer acto, aborda tanto el viejo cuento del gato y el ratón como la institucionalización de una práctica de despojo de quienes son considerados incapaces y, por lo tanto, encerrados en casas de cuidado, despojados de sus bienes y alejados de sus aparentemente inconvenientes familias. 

Además, es un cuento de cómo se triunfa en Estados Unidos: la concreción del sueño americano se visualiza bajo un manto de corrupción, aunque a través de lo que el sistema permite, sus vulnerabilidades y puntos flacos. ¿Les suena?

Marla Grayson –Rosamund Pike, Perdida– es la sociópata a quien se retrata y en cuyas manos, a través de un aceitado sistema –legal, con bemoles–, recae la tutela de esos adultos; mientras que el personaje de Peter Dinklage –Tyrion Lannister en Game Of Thrones– es el gato que la persigue luego de que Marla se mete con la anciana equivocada –Dianne Wiest, la estupenda actriz de la que hubiera sido esperable un poco más de tiempo de pantalla–. 

En el casting también se destacan las breves apariciones de Chris Messina como el abogado del personaje de Dinklage, una especie de Fernando Burlando de allá, que deslumbra.

Entre la oscuridad y la comicidad, se ve, tras un primer acto en el cual nos muestran quién es Marla y cómo trabaja, el conflicto que pone en jaque el aceitado sistema de la estafadora. 

Así, arranca un cuerpo a cuerpo entre dos malos malísimos que no son precisamente antihéroes, sino personas detestables: una delincuente de guante blanco que les succiona la vida a los adultos mayores y un capo de la mafia que tampoco tiene escrúpulos. 

La sátira se impone porque se dan situaciones de muertes seguras a las que, de manera sorprendente, sobreviven. Así y todo, la conclusión deja gusto a poco, por lo moralizante de la propuesta.

Si la naturaleza corrupta del tutelaje y de otras prácticas aceptadas por las instituciones del Estado es el eje de la crítica social; la humanidad que el director les da a sus villanos es aún más incómoda para quien mira. Porque llega un punto en el cual la protagonista usa válidos argumentos sexistas para defenderse mientras que el gánster se presenta como un hijo extremadamente preocupado por su madre.  “¿Con quién te quedás?”, interroga la película. 

“No existen las buenas personas”, dice Marla en su monólogo de presentación. Y se define como “una maldita leona”. Sus caracteres distintivos quedan en claro desde ese momento inicial. Y se sostienen hasta el final. Es decir, es una sociópata —tal como define a su madre— que recuerda al Patrick Bateman de la adaptación de la novela de Bret Easton Ellis, American Psycho, con la diferencia de que aquí se mide contra alguien de su tamaño moral, o inmoral.

Sobra durante el segundo acto una subtrama referida a unos diamantes que Marla encuentra entre las pertenencias del personaje de Dianne Wiest, así como puede reprocharse el tono aleccionador del final. Aunque, al poner el ojo en las injusticias sistémicas del capitalismo, Descuida, yo te cuido hace un buen trabajo desde el humor negro. Cuando se pone melodramática pierde potencia, pero no defrauda en entretenimiento.  

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