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Crímenes de familia: todo sobre las madres

Por Julieta Fantini

(Esta reseña contiene spoilers, se cuentan detalles de la trama de la película)

Ricardo Piglia, en sus Tesis sobre el cuento, dice que un cuento siempre narra dos historias. Una en primer plano y otra en secreto. “El arte del cuentista consiste en saber cifrar la historia 2 en los intersticios de la historia 1”, escribe el autor de Respiración Artificial y agrega que cada una de las dos historias debe contarse de un modo distinto.

En Crímenes de Familia, los dos procesos judiciales ocupan casi el mismo tiempo en pantalla y el efecto sorpresa nunca llega, porque lo desciframos desde un comienzo. Esto no es un problema, sino una intención, porque la película que eligieron ver los argentinos en los últimos días –está en lo alto del ranking que elabora la plataforma– no se propone descifrar quién es el culpable de los crímenes que se juzgan, sino mostrar el viaje interior del personaje de Cecilia Roth y, a través de ella, destacar un necesario cambio de conciencia respecto a la violencia de género.

La película llegó directamente a Netflix el 20 de agosto, tras un frustrado estreno en mayo en los cines argentinos, cerrados por las medidas de aislamiento obligatorio. Dirigido por Sebastián Schindel (conocido por El Hijo y El Patrón, radiografía de un crimen) y con la Roth acompañada por Miguel Ángel Solá, Benjamín Amadeo, Sofía Gala Castiglione, Yanina Ávila, Paola Barrientos y Diego Cremonesi, este es un drama familiar de denuncia más que uno judicial, por más que durante la narración se muestren dos juicios.

La historia es la de Alicia (Roth), madre de Daniel (Amadeo), quien ha sido denunciado por su expareja (Gala) por violación e intento de asesinato y fue detenido. Completan el cuadro familiar el flemático marido de Alicia, Ignacio (Solá), y Gladys (Ávila), la empleada doméstica que también vive en la casa junto a su hijo pequeño, a quien Alicia trata como un nieto, en reemplazo, tal vez, del propio, al que prácticamente no ve por los conflictos entre su hijo y exnuera. Alrededor del personaje de Roth, se desarrolla el conflicto de Crímenes de Familia, sobre los límites que una madre puede atravesar para proteger a su hijo, aunque este haya cometido los crímenes más horribles.

Crímenes de Familia se basa en dos historias reales, sin vínculo entre sí, aunque podría omitirse esta advertencia porque tanto las maniobras jurídicas como la negación en la que vive Alicia resultan completamente verosímiles, al igual que las realidades que atraviesan las otras dos madres de la película, una que denuncia y la otra denunciada.

Los procesos que siguen estas dos historias pueden resultar confusos al principio porque hay una cronología mezclada que, desde el vamos, da cuenta de quién es el culpable y el vínculo entre los juicios.

En ese contexto, el mérito de la película consiste en hacernos posar la mirada sobre Roth, quien está magnífica como señora bien, cuya defensa de su hijo tiene su lógica interna: el amor hacia él la ciega frente a una verdad que hasta la separa de su marido, un Solá en un registro entre gélido y resignado.

Mientras avanza el relato, el melodrama clásico de vínculos entre padres e hijos y la clave judicial derivan en un comentario sociopolítico muy acorde a los tiempos, a través de la mencionada transformación del personaje de Alicia, quien pertenece a una clase media acomodada residente en Recoleta.

El trayecto de madre a abuela, de defender a su hijo sin cuartel a entregarlo al sistema y aceptar la culpabilidad, se precipita en los últimos veinte minutos, acompañado por un cambio rotundo en sus condiciones de vida, hacia una mucho más austera y profundamente subrayada, hasta en su aspecto. Los privilegios de clase caen y dan lugar a una especie de despertar de la conciencia. Es la potencia de la actuación de Cecilia Roth la que suaviza el desenlace.

Como espectadores, nos quedamos con ganas de que los personajes de Gala, Amadeo y Cremonesi tengan más tiempo de pantalla. Sí tiene un desarrollo impactante el debut de Yanina Ávila como la empleada doméstica acusada de matar a su hijo recién nacido, tras ser abusada por el hijo de sus empleadores. Los silencios, las miradas, el cuerpo de Ávila dan cuenta de manera permanente de una vida atravesada por las exclusiones e injusticias.

En ese contexto, aparece la psicóloga feminista que interpreta Paola Barrientos. Es el personaje que utilizan los guionistas para meter en el relato el cambio de época de la Argentina de los últimos años, de la mano de los feminismos: las argumentaciones de la defensa que hace la psicóloga recuerdan de manera directa al caso de Romina Tejerina, la joven que en 2003 mató a su beba, nacida producto de una violación en Jujuy.

La sororidad, así, es la última postal que muestra Crímenes de Familia, además de las distintas formas de maternar, más allá de los lazos de sangre. Queda como última imagen una comunidad de mujeres ayudándose y desprendiéndose, no sin lucha y dolor, de las masculinidades tóxicas y abusivas.

Pero, por sobre todo, la película impone la posibilidad de un cambio rotundo de posición, cuando la noción de justicia se impone por sobre la historia personal. Eso es mérito absoluto de los tonos exactos que le da Roth a su personaje, lejos de caer en lo aleccionador. En síntesis, se cuenta la historia de una transformación, de un cambio de vida, como en los mejores cuentos.

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