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Axl Rose

Por Nano Barbieri

Yo no lloro. 

Pablo me invitó a Chile, como invitan los que saben hacerlo: Tengo todo listo, dijo. Y nos fuimos a ver los Guns & Roses en octubre del año 2016 al Estadio Nacional de Santiago. Un viaje al fondo de la nostalgia, a los ojos de dos tipos de casi cuarenta. 

Me inquieta el poder de algunas metáforas, ese instinto fundamental del hombre, según Nietzsche: conocer es simplemente trabajar con la metáfora favorita de uno. ¿Dónde queda esa llama piloto, ese lugar de la memoria en el que se acumulan sensaciones, recuerdos, o incluso algo parecido a la esencia de cada uno de nosotros? Me fascina que no podamos evitarlo. El mundo de la tecnología, por ejemplo, crece a base de metáforas. La nube es la más conocida de todas: ¿quién de nosotros no imagina que sube sus archivos a un espacio inmaterial, aun cuando sabemos que se trata de ciudades de servers climatizados en algún remoto lugar del planeta? Esta nota quedará, indefectiblemente, guardada en la nube. En las dos. 

Pablo va adelante. Subimos al avión, con la expectativa de quien hace algún tipo de terapia alternativa. Nos sometemos a los controles y nos sentamos en una butaca mínima de esa botella con alas que nos va a cruzar al lado flaco de la cordillera. Me cuesta no pensar en lo absurdo de viajar de un país a otro para ver el recital de una banda que hace dos décadas que no toca. ¿Se reunieron para juntar guita?, ¿estaría mal eso?, ¿es un choreo para nostálgicos como yo? Cierto impulso, sin embargo, me da la sensación de que es necesario llegar, una especie de revancha con no sé qué de la vida. De la adolescencia, bah. 

Llegamos a Santiago y dejamos las mochilas en un hostel, ahí donde se despliega esa idea tan occidental de cultura universal edulcorada e ingenua, aunque sugestivamente cálida. Carteles con la distancia a Londres, a Tokio, Río de Janeiro y Nueva York. Hay alemanes, otros argentinos, alcanzamos a ver un grupo brasilero de jugadoras de vóley. ¿Vinieron todos al recital? Es improbable. 

Empezamos una caminata de cuarenta, cincuenta cuadras, tal vez cien. Tomamos cervezas entre advertencias de desconocidos: te agarra un paco y vas preso. Un temor adolescente incorpora esa adrenalina para el recital. El estadio es majestuoso y su recuerdo tenebroso: fue lugar de tortura y fusilamiento y hoy entramos todos ahí, a cantar. ¿Cómo se llama esa nube que guarda en el ambiente cada una de todas esas energías? Es hermoso que aquello sobreviva en la memoria y que pueda, también, convivir con esto. No me reconozco entre el público que es rockero, apenas más grande que yo y viste, casi en su totalidad, de negro. Yo quiero verlo a Axl Rose. Empieza a caer el día y las piernas me pasan factura, estoy más cerca de los cuarenta que de 1993, aquel año en el que lo único que quería en mi vida, era ver tocar a los Guns & Roses en Buenos Aires. Era muy chico.

Necesito confirmar que Axl existe, que Slash es de verdad y que puedo escuchar esa música tocada frente a mí. Podría subir y cantar todas las canciones, si fuera necesario. Pienso incluso en esa posibilidad. A medida que nos acercamos al inicio del show, soy pura abstracción. Nada de lo que pienso es realizable, nada de lo que siento es sostenible. ¿Dónde está Pablo? Me quedo solo y oscurece. 

Suena una distorsión, como de quien enchufa los equipos con volumen alto. Se apagan las luces del público y estallan fuegos artificiales al costado del escenario. No puedo ver a nadie, tal vez no haya nadie ahí. Pero, entre el humo y el alarido de la gente, aparece Axl Rose y pregunta: Do you know where you are? ¿Sabés dónde estás? Y fue químico, como mezclar pastillas Menthos con Coca Light, como un encendedor con un desodorante. Lloré como un cuerpo exorcizado, como un niño perdido que encuentra a sus padres después de horas de caminar por la playa. Lloré como no recuerdo haber llorado antes. Fue una descarga eléctrica sobre un cuerpo desatento. ¿De dónde salió todo eso? ¿En qué parte de la nube había quedado guardado? ¿Por qué no era consciente de todo esto? 

Yo no lloro. O no me acuerdo de que, a veces, también lloro. Salimos del recital y, entre las canciones que todavía sonaban en mi mente, pensaba en aquellos días, en mis amigos de la infancia, en las tardes en casa cuando tirábamos la pelota al techo, me acordé de cuando compraba zapatillas con papá y mamá y cortábamos el pasto escuchando la radio. Y más tarde pensaba, también, que tal vez por esto no podríamos vivir eternamente. 

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Esa estática

Por Nano Barbieri

Llega mi cumpleaños y J. me regala una biografía de quinientas páginas. Soy incapaz de enfrentarme a un libro de ese tamaño, no puedo entender que alguien necesite tantas palabras para contar algo, cualquier cosa: una vida, la historia de la humanidad, lo que sea. Normalmente los descarto de plano. Pero J. me insiste en leerlo. Somos amigos hace casi treinta años. Le hago caso, lo leo. Y no puedo dejarlo. 

Es la historia del extenista Andre Agassi. Como toda biografía, intercala historias de infancia, amistades, familia, grandes batallas, ilusiones y decepciones. Incluye, por supuesto, relatos de partidos épicos, casi punto por punto, game a game. Me encanta porque las competencias son como vidas en miniatura. Hay momentos de reconocimiento, de impulso, ratos de madurez, caídas, recuperaciones. Es como una mamushka de vidas. Pero, sobre todas las cosas, la biografía encuentra su eje en la historia de una gran contradicción, la madre tal vez de todas las contradicciones: lo que hacemos con nuestras vidas versus lo que queremos hacer. 

Agassi odia al tenis. Siempre lo odió. Desde sus días sin lenguaje, se dormía mirando un móvil hecho con pelotas de tenis que colgaban sobre él. Sus zapatillas rotas se reforzaban con el reverso de pelotas gastadas. Su padre lo entrenaba en el fondo de su casa con una máquina que él mismo había construido para que su hijo golpeara millones de pelotas al año. Primero el mandato, luego el talento y, por último, la inercia: tal vez una de las personas más exitosas del mundo en términos de reconocimiento, no pudo nunca tener el control sobre su propia vida. Cada hombre es lo que hace con lo que hicieron de él, es imposible no recordar esa cita, tan vapuleada que ya no tiene autor. Quien sea que la haya escrito, bueno, gracias. ¿Sartre? Gracias.

Open, la biografía que es la excusa de este texto, no es un libro con grandes frases y eso vuelve al relato en primera persona casi como una especie de confesión y eso es algo hermoso también: la liberación que parece sentir desmontar un mito, su propio mito. (Pregunta para los escritores: ¿es necesario mostrarse inteligente para escribir un gran libro?). Todo transcurre en la estática que separa al deseo de estar al mando de su vida y la sucesión de acontecimientos que van marcando su destino. Puede verse esa electricidad, es ahí donde habita todo lo que acontece. ¿Es acaso posible no sentirse representado por esta tensión? 

Es ese planeta, tan híper poblado, el que más me interesa, o el que el libro nos dispara. ¿Por qué nunca nadie nos habló de este lugar? ¿Qué cosas son la vocación y todas esas chorradas? (la biografía está tristemente traducida al español de España). ¿Por qué no hablamos de las cosas que nos pasan a todos, o a casi todos? Vivimos bajo una regla que la marca la excepción. 

Hay un cuento de príncipes y princesas de la edad madura que tiene dos protagonistas: la vocación y la independencia. El filósofo coreano Byung-Chul Han define a nuestra cultura occidental como a “la sociedad del rendimiento”. Y es interesante porque une estas dos deidades que mencionábamos recién. Suprime la violencia frontal de la coacción por una invisible, acaso ligada a la vocación y a la libertad: cada uno debe ser el señor de sí mismo. La historia de la violencia, dice el filósofo, culmina en esta unidad entre víctima y verdugo, amo y esclavo, libertad y violencia. La violencia se traslada hacia adentro. 

Agassi lleva más de veinte años de carrera y no suprime la pregunta: ¿qué hago acá? ¿Por qué no lo abandono? Rompe trofeos, consume drogas, pierde intencionalmente partidos importantes, se emborracha o pasa días durmiendo. Y en un momento frena todo y cree comprenderlo de una vez. Dice: ¿cuántas veces más tendrán que mostrármelo? Es por eso por lo que estamos aquí. Para luchar entre el dolor y, siempre que sea posible, para aliviar el dolor de los demás. Así de simple. Y tan difícil de ver. 

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La gran Sala de Espera

Por Nano Barbieri

Todos lo sabemos: hay una distancia entre lo que deseamos o necesitamos y el lapso que nos lleva conseguirlo. Lo que sucede en el medio es el tiempo perdido porque, como dice la canción, la vida es una gran sala de espera. 

Volver a tu casa después del trabajo, acceder a la justicia, subirte a un avión o pagar una cuenta en el banco: todo lleva tiempo, todo conduce a una espera y la espera, como todo, o casi todo en este planeta, es desigual. Esperar el colectivo o volver manejando tu auto, llamar a un abogado amigo o hacer la fila en un juzgado, ser propietario de un pase prioritario en aeropuertos, en bares; los accesos a los medicamentos según las obras sociales, la atención médica, los peajes, la velocidad de internet, de tu celular; el ingreso a un estadio o un espectáculo, la obtención de un documento de identidad o un pasaporte, las cajas del supermercado, el pago por tu trabajo, la actualización del salario; conseguir un banco en una escuela; un turno en un dentista. Todo conduce a la espera, todas las actividades están mediadas por un tiempo improductivo pero que sin embargo podemos calcular o estimar según el estrato social y simbólico en el que nos ubiquemos. Si enfrentamos dos orígenes opuestos y preguntamos por las mismas esperas, las expectativas serán diametralmente disímiles. Y este conocimiento, sedimentado y preciso, se aprende con la experiencia de la vida dentro del mundo social: no todos tenemos derecho a una misma celeridad. 

La espera es un padecimiento y el hacer esperar, como demuestra el sociólogo Javier Auyero, es un mecanismo de dominación. Las esperas generan subjetividades y disciplinan entre quienes deben esperar y quienes no están señalados como sujetos de espera. En su libro llamado Pacientes del Estado, Auyero analiza al Estado, la espera y la dominación política en los sectores populares. “Es una estrategia sin un estratega”, dice el autor, “no es que hay alguien que, a propósito, intencionalmente, hace esperar a los subordinados o desposeídos: así funciona la dominación política”. 

Sin embargo, el uso de la espera como mecanismo disciplinador, no es patrimonio exclusivo de las prácticas políticas, sino que forma parte del más amplio sentido común. Nadie imagina siquiera encontrarse con algún personaje poderoso o reconocido en la cola de un hospital, en un bar, en la entrada de espectáculo o en la parada del colectivo. Hay sencillamente ciertos estratos sociales que no esperan. Para todos los demás, el tiempo muerto. 

Hace pocos días se desenmascaró una serie de vacunaciones de privilegio de dirigentes políticos, empresarios y personalidades de los medios de comunicación, que derivó en el justo despido del ministro de salud de la nación. Las denuncias se replicaron en distintas provincias y localidades, con lógicas más o menos similares. Funcionarios habían decidido de modo más o menos espontáneo que había ciertas personas que debían razonablemente ser vacunadas sin mediar espera. Algunos parecieron incluso sorprendidos por las denuncias de anomalías. Una de las principales dirigentes de la oposición, en un gesto de sorprendente honestidad, dijo: “Nosotros hubiéramos hecho lo mismo”. 

Dice Auyero que lo más complicado para un sociólogo es mirar relaciones: “Lo difícil es no mirar tanto a los actores, sino a las relaciones que los unen y los separan”. La naturalización de las relaciones de poder desenmascara acaso la condición elitista de la dirigencia política y la cercanía química con los estratos económicos y simbólicos más altos de las sociedades. Ahí arriba, la cosa fluye. La gran Sala de Espera, en cambio, deberá tener bien apretado su boleto y esperar que se lea, por fin, su nombre en la pantalla. 

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Grietazo

Por Nano Barbieri

No existe un freno a la voluntad del mercado distinto al del Estado. No porque sea una maravilla, sino porque es el único. Y porque, también, de tanto en tanto, corrige en favor de las mayorías. Por eso es también el foco de ataque liberal, permanente. Hasta que deciden que el mejor ataque posible es ocupar ese espacio. Carlos Saúl Menem lo hizo como ningún otro. Mauricio Macri fue su hijo predilecto.

Con el voto popular y una figura carismática que hacía uso descarado de la simpatía con las mayorías, el riojano expresidente consiguió el apoyo necesario para desarmar gran parte del sistema de protección y reparo contra el abuso mercantil que significa el Estado en todo el mundo. Fue dinamitando, con respaldo mediático y popular, al enorme dique que representaba la propiedad pública de los bienes y servicios esenciales.

En muy pocos años fueron quedando atrás la empresa pública de aviación Aerolíneas Argentinas, la telefónica ENTEL y la petrolera pública YPF, una de las más importantes empresas del país y la región. El mismo destino tuvieron los ferrocarriles, algunos bancos, empresas de energía, agua, correo y muchos otros servicios públicos. Conocemos esta historia, aunque a veces sea necesario repetirla. 

La transformación cultural fue mayúscula y habilitó, a mi criterio, los dos cambios más profundos que se dieron a partir de aquel comienzo de década y continuaron de manera ininterrumpida hasta la actualidad. Acaso dos de las privatizaciones menos renombradas: la educación inicial y secundaria (principalmente) y el espacio público. 

La ley federal de educación sancionada en 1993 trasladó a las provincias las responsabilidades y los presupuestos que derivaron en el fomento y la multiplicación de las ofertas privadas de instituciones educativas. Las escuelas públicas de gestión privada son el eufemismo más reproducido, al punto en que son, en muchas regiones del país, la única opción posible o cercana porque cumplen las funciones abandonadas por el Estado, pero sin ninguna mirada inclusiva, lógicamente. Son empresas y los criterios de ingreso se corresponden con el nivel de ingreso familiar. 

En sintonía con la expansión de las voluntades privadas y el abandono estatal de la regulación de los espacios públicos, la privatización de las ciudades fue un fenómeno sin precedentes. La liberación del uso del suelo fomentó un archipiélago de barrios-ciudad que no formaban parte ni siquiera del más explícito sueño sexual del liberalismo. Comenzaron a aparecer, uno tras otro, fragmentos de ciudades privadas con acceso restringido. Countries, barrios privados, housing, barrios en altura: pónganle el nombre que quieran. Estas opciones habitacionales forman parte hoy del más elemental sentido común, al punto de que hay en Argentina una superficie mayor a dos ciudades de Buenos Aires de ciudad privatizada. Córdoba y sus satélites son pioneros en el país. El 80 % del espacio público son las calles. En estas ciudades-barrios, ese espacio ya fue arrebatado.

Así, como frase póstuma, pienso que la principal herencia del menemismo es la destrucción de las condiciones de posibilidad de solidaridad colectiva. El menemismo como expresión cultural rompió la idea de ciudadanía que nunca más pudo recuperarse desde entonces. Los términos integradores de la política fueron reemplazados por las respuestas focalizadas, y la cotidianidad de las personas fue forzosamente fragmentada según las posibilidades adquisitivas. El encuentro de clases es una idea romántica.  

El hombre que llegó a la presidencia anunciando el salariazo acabó anticipando con maestría la idea de grieta que décadas después sería central en la política argentina. Carlos Menem es el ideólogo del Grietazo, porque clavó sobre suelo firme divisiones sociales que están sedimentadas en el sentido común y en la experiencia de vida de personas que hoy tienen ya casi treinta años, pero con una diferencia esencial: esa grieta no se salva con ninguna reunión entre las partes afectadas, ni con un gobierno de coalición, ni cantando “Color esperanza”. Esa grieta forma parte inseparable de cada uno de los argentinos y argentinas como ADN cultural, acaso como experiencia primaria de nuestra vida social.

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Nochebuena

Por Nano Barbieri

Esta historia me la contó el propio Turco, esa tarde que tomamos una coca en el patio de su casa, cuando pasé a dejarle la bordeadora que me había prestado. 

Fue hace nueve o diez años, empezó, y me miró como midiendo mi paciencia. Yo estaba ahí, con tiempo y ganas de escucharlo y entonces siguió. 

Definitivamente diez años, dijo, yo quería conocer Uruguay, pasearme ahí por las playas y vivir un verano entero a la deriva. Pero no me alcanzaba la guita. 

Primero lo rechacé y después no me quedó otra, arrancó. Laboulaye es una ciudad chica, pero tiene de todo. Ese año había un puesto de Papá Noel en la galería y, como mi cuñado tenía la gestión del evento, me llamó primero. Al principio me pareció absurdo. Le dije que no, corté, y lo llamé dos minutos después. Dale, me prendo, anotame, le pedí. Y ahí empezó todo.

Una semana antes de navidad me dieron el traje. Hubiera preferido una bata polar a ese plástico impermeable rojo. De domingo a domingo nunca hizo menos de 33 grados. Estaba flaco y me rellenaron la panza y parte de las piernas con rollos de tela. Llegaba media hora antes para vestirme, tomaba mucha agua y me sentaba sobre un carruaje verde rodeado de renos y atrapado entre un pino iluminado de navidad y tres duendes de cerámica. La galería era angosta y los dueños de los negocios se quejaban porque tapaba el ingreso. Yo no opinaba, pero era cierto. Movía los brazos y me reía como palea un excavador, con breves pausas, pero con un ritmo constante. Pasaban las horas, los chicos subían, me hablaban, pedían regalos y hasta me pegaban de tanto en tanto. Me tocaba interpretar a un tipo polémico. 

Fue el día antes de nochebuena, el 23. Ese año el 24 caía un domingo como hacía mucho no pasaba. Pero fue ese sábado a la tarde que entre las ramas del árbol me chistó. Eu, Santa, tchz. Me acuerdo que me dijo Santa y me dio gracia. ¿Quién le dice Santa a Papá Noel en Laboulaye? Era un tipo canoso, pero con mucho pelo, un guaso fornido, bravo. ¿Por qué no nos hacés un regalo a todos?, me preguntó con ironía. Explicame vos, le contesté, con toda la tarde por delante y un aburrimiento galopante.  

Tenemos que asustar a alguien, me dijo. 

Me pareció una frase horrible, pero lo escuché. 

A quién, pregunté, como si fuera alguien que se dedica todos los días a eso, con el temple de quien ofrece dos colores distintos de un mismo pantalón.  

-Apa, Pitín, estás hecho un loco. 

No me decían Pitín desde el secundario, hacía más de veinte años. Me entró la duda y corrí algunas ramas del pinito para ver quién era.  

-Julito, culiado, ¿qué hacés acá?

-Me vine para Navidad.

Julito estudiaba en Córdoba y no lo veía desde que habíamos terminado la escuela. Me alegró verlo y él parecía contento también. Se sentó detrás del pino iluminado y entre pendejo y pendejo que pasaba a saludarme y pedir regalos imposibles, Julito desarrolló el plan. No me acordaba que tuviera una prosa tan clara, era lindo escucharlo. Yo estaba asustado, fascinado y transpirado. Cuando se hicieron las diez, la galería cerró. Le dije a mi cuñado que me llevaba el traje puesto porque no daba más, que había que lavarlo o, por lo menos, colgarlo un rato al aire libre. Y así salimos, Julito y yo para la casa del gringo Paul. 

El gringo Paul había sido nuestro coordinador de viaje de estudios en Bariloche, año 1999. Una persona aborrecible de unos diez o doce años más que nosotros, lindo, flaco pero musculoso, cheto. Vivía a poco menos de veinte cuadras de la galería. Fuimos en la moto de Julito. Repasamos el plan una vez más y nos bajamos. Yo toqué el timbre y me paré con la bolsa colgando. 

Paul se asomó y le abrió la puerta a Santa, como si lo hubiera estado esperando. Hice la risa perfecta que a sábado a la noche ya me salía como al original. Paul sonrió hasta que detrás de mí apareció Julito gritando pasá, pasá, carajo, ¡entrá! 

Hacía veinte años que no veía a Julito y temí que se descontrolara todo. Parecía tenerlo todo calculado, pero veinte años son veinte años. Le juntó las muñecas adelante con un precinto de ferretería y lo llevó al sillón. Julito tenía puestos unos pasamontañas azules y empezó a cantar, como dándole una pista al gringo, la canción del viaje: a ver, a ver, quién dirige la batuta, Delfín Turismo, o las otras empresuchas, truchas, truchas

¿Qué quieren? Preguntaba Paul, con la voz confundida. Julito abrió una mochila y sacó la afeitadora eléctrica. Una Philips plateada. Lo llevamos al gringo más cerca del enchufe y le cortamos el pelo como a un pequinés: pelado a los costados, el techo calvo y un flequillo recto de rulos dorados. Lo miramos un rato, le pusimos pasta de dientes. Era satisfactorio, como limpiar la casa o cocinar muy rico. Se sentía bien, profundamente bien. Julito seguía cantando y aprovechó las bermudas del gringo para afeitarle también parte de las piernas, dejando intermitentes zonas claras y hundidas como una ruta provincial. Estás hermoso, man, lo imitaba. Yo busqué tres latas de cerveza, brindé con los dos y le dije, gringo, hoy pagás vos. Me permití ese chiste malo, quizás envalentonado en mi rol de gángster, pero ya estaba bien, había sido justo y le dije a Julito: Loco, listo, nos vamos. 

-Todavía no.

-Dale, viejo, ya está. 

-Falta la coreo. 

-¿Qué coreo? ¡Vamos!

-King África. 

Dijo King África y fue un rayo. Aquellos días se me aparecieron con la fuerza de una ola en el mar. De repente estábamos todos ahí, otra vez, inundados de aquel clima impostado, a merced de un joven Paul que ahora, dos décadas después, preguntaba, ¿quiénes son?, ¿qué quieren?, ¿qué les hice? Julito sacó el celular y lo puso a todo volumen. Bailá, le dijo, ¡bailá! Lo miré con miedo, pero me sumé: ¡Bailá, carajo! El gringo, con la remera llena de pelos, se paró y empezó a bailar, al principio lentamente y después compenetrado y casi disfrutando de la escena. Las muñecas ya juntas ayudaban a la coreo que veinte años más tarde le salía igual que en Bariloche, idéntica a aquellas noches de arriero juvenil. Me incomodó sentir un dejo de admiración pero, nobleza obliga, Paul bailaba bien. 

Cerramos la puerta sin escándalo y con una infantil sensación de justicia. Tomamos un porrón en un kiosco y me acosté temprano para mi último día en la galería. Dormí bien, recordando antes de cerrar los ojos algunas imágenes de la noche. El flequillo pequinés, las manos adelantes y Paul bajando bien abajo, como pide la canción. 

Laboulaye amaneció soleada el 24, que pintaba para una nochebuena al aire libre. La galería estaba atestada de gente desesperada por hacer sus compras a horas del cierre total. Yo laburé como nunca, había fila para sacarse la foto conmigo. Yo transpiraba, reía y les recordaba a los niños que debían portarse bien y cosas así. Hasta que, en eso, en el cuarto o quinto lugar de la fila, aparece un pelado, rapado. Lo miré por el rabillo del ojo. Paul se sentó al lado mío en la carrosa, pegado a un duende. Sin nadie que le sacara la foto miró hacia adelante y me citó otro hit de King: el camaleón, papá, el camaleón, cambia de colores según la ocasión. Dicho eso, se paró, me extendió la mano y me dijo feliz navidad. 

Feliz Navidad, contesté.

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La épica

Por Nano Barbieri

Son casi las once y mi casa es un planeador que corta el aire llano de la noche. No se escucha a nadie ni nada y es difícil imaginar el ruido, el frío y el calor de otros lados: las cosas tienen volumen. Es asombrosa y en parte esperanzadora la velocidad con la que puede verse todo de otro modo. El día que acaba ya parece de otra persona que no soy yo. Pero estuve ahí. Y entonces recuerdo.

Recuerdo que me enredé, como tantas otras veces, en discusiones sobre las formas (las formas: el detalle, el color, la postura). No importa cuáles, siempre son la periferia de los hechos. Y entonces me acordé de esta historia, que más que una historia es casi una escena, breve, contundente, como todas las grandes gestas. Pero es tan hermosa la síntesis, que vuelve, una y otra vez, como la repetición de un gol.   

Fue hace mucho tiempo. Murió mi abuela y yo no estuve. O murió la mamá de mi viejo. Dicho así, duele más. El lugar favorito de ella era uno donde nunca pudo estar. Otra vez, los hechos, las narraciones y lo que hay entre los dos. La música, los vinos, las copas, el piano, eso le bastaba para vivir en Francia, para navegar el río Sena. Mi abuela se llamaba Kicha y murió sin haber estado ahí. 

Entonces, a los pocos días de su muerte, surgió una idea familiar que me pareció absurda: había que llevar sus cenizas al río. Viajar a Europa y mezclarlas ahí, con el agua del lugar con el que construyó quién sabe cuántas fantasías y trincheras que la ayudaron a vivir. No me opuse solo por falta de ideas o convicción. Lo cierto es que, de un modo que desconozco, la idea germinó, creció y maduró. 

Pasaron semanas o meses, no sé. Me olvidé del tema. Y un día de la nada, así como hoy, de calendario, me llegó una foto en un e-mail. Lo abrí con la frialdad de un acto reflejo y ahí estaba mi hermana abrigada al lado de un río marrón, ancho, turbulento. Parada sobre una ribera que era de cemento, o cerámicos, no me acuerdo bien. Gris. Se veía sola en la imagen, ni amigos, ni desconocidos, nadie. Se puso las cenizas en las manos y las tiró al río como si fueran una ofrenda. Las dos manos juntas, arrodillada frente a la costa, las dejó caer al agua como se acuesta a un bebé, o como se abren las palmas para develar un truco de magia. Ninguno de nosotros lo hubiera hecho de esa manera, hay tantas sensibilidades a las que no tengo acceso, pensé. Es un gesto, solo un microgesto de algunos segundos y, probablemente, mucha espontaneidad. Y, sin embargo, en su insignificante duración en el tiempo, definen a una persona para siempre.

¿Cuál es el hecho? ¿Cuál es la acción? ¿Dónde reside la importancia de las cosas? Tirar las cenizas al agua era casi un lugar común. Fue, sin embargo, todo lo contrario. Tan solo un gesto, una sutileza de ella, justamente ella, que tan poca atención le presta, y mucho menos le interesa, la épica.

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Movimiento

Por Nano Barbieri

Era nueve de marzo del dos mil. Yo cumplía dieciocho años ese mismo día y estudiaba con la ventana abierta del departamento de calle Italia. Recién llegaba a Villa María y, como no nos habían conectado la luz, me sentaba pegado al pasillo para poder leer. No conocía a los vecinos, solo de vista a algunos: una chica que escuchaba los redondos, un policía que era su pareja y un tipo solo, de unos cuarenta años un poco fanfarrón que usaba remeras entalladas y algo de gel. Pongamos que se llamaba Luis.  

Fue Luis el que se acercó esa tarde cuando volvía del almacén. Me saludó, se presentó y no podía creer que en mi cumpleaños de dieciocho estuviera sobrio y solo. Me dio la impresión de que sintió una pena generacional. Me invitó a cenar esa misma noche. Vivía exactamente arriba de mi departamento y acepté. Compré una cerveza y llegué puntual, a las nueve. Había olor a desodorante Axe y se estaba poniendo una camisa mangas cortas. Pasá, pasá, me dijo. Escuchaba música como si fuera la última vez, una canción de Alejandro Sanz. Yo estaba muy agradecido con su gesto, pero no veía un solo punto de encuentro para sostener lo que quedaba de la noche que acababa de empezar. Se abría un espacio de tiempo indefinido que no tenía la menor idea de cómo ocupar. Luis había puesto una pizza al horno y le pregunté si le gustaba cocinar. Claro, dijo, y me miró con un gesto de soberbia nocturna. 

En eso, mientras ninguno de los dos se sentaba sonó el timbre, que partió la canción como un rayo. Él atendió el portero y dijo pasá. Era Irene. O él le decía Irene. Una mina que estoy viendo, me dijo. Rusa, se rio buscando mi complicidad. Irene subió y saludó a Luis con un beso triste, de frontón. Él le hablaba como si ella entendiera todo. Le contó de mí, de mis dieciocho años, se extendió por largos minutos recordando su propio cumpleaños de dieciocho que había sido, por supuesto, mucho más picante que el mío. Luis parecía tener una audiencia que nosotros desconocíamos, que no estaba ahí. Me presentó al final de la historia, nos saludamos y nos sentamos a la mesa. Irene no hablaba una sola palabra de español y estaba siempre a punto de llorar. 

Luis abrió una botella de sidra y nos convidó del pico. La música seguía muy alta y mientras él chequeaba la pizza en el horno y le agregaba rodajas de tomate, Irene empezó a conversar conmigo en un inglés elemental. Había hablado con sus hijas, que no eran rusas, sino ucranianas. El invierno estaba siendo filoso y habían llegado a quemar maderas de muebles, peldaños de escaleras. Tenía un cuerpo deshabitado. Había venido a encontrar trabajo porque era maestra quesera. Pero el relato de Irene se interrumpió con la dedicatoria de un verso. Luis tomó la botella como micrófono, se acercó y le cantó: ¿Quién me tapará esta noche si hace frío? ¿Quién me va a curar el corazón partido?

El volumen que al principio fue incómodo y torpe acabó alfombrando una noche que no hubiera podido soportar momentos de silencio. Comimos la pizza que estaba rica y salada. Brindamos por mi cumpleaños como si nos conociéramos hace tiempo y escuchando cómo Luis repetía cómo no tengo dieciocho, cómo no tener dieciocho hoy. Destapamos una cerveza más y una parte de Irene tomó el control, como si acabara de entrar en ella una persona distinta. La vi reírse por primera vez y levantarse de la silla como un gesto de supervivencia. Irene sabía bailar. Lo abrazó a Luis como si fuera, él también, una persona distinta. Agradecí la invitación, los saludé y bajé a mi departamento. 

A veces, cuando los suelos son arenas movedizas, me acuerdo de aquel día. De mis dieciocho años y del derrumbe hermoso de algunas certezas. La felicidad es, también, una bestia en movimiento.

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Epidermis

Por Nano Barbieri

Quisiera dar un punto de vista sobre la corrección política, principalmente porque pienso que hay un sentido de la ofensa demasiado desarrollado y, por sobre todas las cosas, fingido y sobreactuado. ¿Por el uso de las redes sociales? No necesariamente, no siempre es culpa de la disponibilidad del medio. 

Dice el sociólogo Randall Collins: Si podemos pensar en las palabras que vamos a decir es porque al hablar adoptamos el punto de vista de otras personas y evaluamos su reacción a lo que hemos dicho hasta ese momento. Decimos con relación al otro. Esto no es nuevo, ni tampoco reprochable: es el resultado de la convivencia y de la necesidad de sostener una audiencia para no hablar como los locos. Pero lo cierto es que al hablar se desata, diría Goffman, un mecanismo de ajustes en el que la persona actúa en función de la expectativa del otro, buscando siempre armonizar con los demás evitando una abierta contradicción.

Esa armonización no es gratuita y varía según las posibilidades que nos demos de discutir los temas por fuera de sus empaquetamientos. Por ejemplo. En una nota publicada poco tiempo antes de las elecciones de Brasil que consagraron a Bolsonaro como presidente, el antropólogo Nicolás Viotti se preguntaba: ¿Cómo llegamos a esto? ¿Siempre fuimos conservadores y no lo sabíamos? Miren la precariedad y sin embargo la profundidad de esa pregunta: ¿siempre fuimos conservadores y no lo sabíamos? ¿Dónde estaba guardado todo eso? ¿Acaso detrás de una corrección política que, epidérmicamente suspendida, tuvo un desarrollo subterráneo? Por supuesto, esto es una hipótesis. Yo creo que sí es así.

Incluso las ideas más descabelladas instaladas, supongamos, por los medios o por referentes del deporte, la cultura o la política, necesitan de una base de sentido para poder ser eficaces. Digamos, no necesariamente lo que digan mañana Messi, Ginobili o Daniel Baremboim tendrá repercusión. La eficacia, dice Viotti, depende de condiciones cotidianas, de un magma mucho más amplio de fondo que está encarnado en objetos, afectos y deseos colectivos, incluso los más terribles. ¿Existe suelo fértil para todo tipo de afirmaciones? Claro que no. Pero la pregunta subsiguiente también es incómoda: ¿estamos generando, innecesariamente, condiciones para que emerjan este tipo de reacciones? Pienso que degrada las afirmaciones la necesidad de combinarlas siempre con una denuncia. Acaso incluso ponga en duda, también, la certeza misma de aquella afirmación. ¿Era verdaderamente importante, por ejemplo, condenar a quienes no homenajearon a Maradona?

¿Cuál es la eficacia de la sanción? ¿Cuántos de ustedes recuerdan haber sido escrachados, avergonzados o repudiados y tomaron aquello como un antecedente para volverse mejores? No conviene generar los escenarios para que estas discusiones afloren. ¿Cuáles son las condiciones que permiten que broten, en todo caso, con tanta intensidad nuevos modos de manifestaciones anti populares, o contrarias a las ampliaciones de derechos? 

Estamos ante una colección de verdades a medias, diría el griego Castoriadis, que probablemente defendamos con un énfasis que no merecen. Pienso, para decirlo con mayor claridad, que es mayor el riesgo de quedar presos de nuestras propias imposiciones que de ser un ejemplo multiplicador. 

Creo que equivocamos el rumbo haciendo hincapié en un mundo moral. Sobre todas las cosas cuando la preocupación no consiste en el problema moral de cumplir con esas normas, sino en el problema amoral de construir la impresión convincente de que satisfacen dichas normas. Como actuantes, diría Ervin Goffman, no somos otra cosa que mercaderes de la moralidad.

Yo estoy al derecho, dado vuelta estás vos. Dice una canción. 

Lo que te da terror te define mejor. Dice otra. 

Hoy me quedo cantando la segunda. 

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Indiferencia, jamás

Por Nano Barbieri

¿Cuántas cosas lloramos cuando lloramos? Hoy fue un día sin tiempo para gran parte del planeta que sintió por primera vez la ausencia de esa nave de sentido que es Diego Maradona. La tierra es un lugar descompensado, desvanecido, devaluado. Falto de aire. Ya no brilla aquel faro que miramos cada vez que pisamos sin dejar huella. 

No puedo, aunque quisiera ahorrar adjetivos. Esto no es un homenaje, ¿quién soy yo para rendirle un homenaje? Todo lo que digamos de él será un lugar común, en el mejor sentido de la expresión. La masividad del amor por él es desconcertante. Maradona no nos dio tiempo a la nostalgia porque nadie extraña lo que perdura. Nos contactó con absolutamente todas las emociones y estados de ánimo con excepción de uno solo: la indiferencia. Maradona es vida. 

Es cierto, pensamos que no moriría nunca. Se había encargado tantas veces de burlar a la muerte que parecía absurdo creer que llegaría el día. Pero un campeón, a veces, cae. ¿Cómo amar a un desconocido? ¿Cómo reconocer a un extraño hasta sentirlo propio, cercano, familiar? ¿Cuántas veces nos peleamos por él? ¿Cuántas veces nos sentimos redimidos por él? Redención, esa es la palabra. Sus victorias eran actos de justicia. Todas, Passman, todas. 

Para mí, Maradona representa la soberanía, esa innegociable independencia en relación a los deseos de los demás. Acaso su gran batalla haya sido también la lucha por la propiedad individual de su persona. A pesar de ser el producto más rentable de la humanidad, Maradona nunca fue de nadie. Espantó buitres y helicópteros hasta el último día de su vida y trasladó esa lucha, también, con sabida experiencia y épica, a una idea de soberanía de los pueblos. Su participación en el No al Alca, por ejemplo. O aquella vez que viajó a La Paz para defender el derecho del pueblo boliviano de jugar a la pelota en el lugar donde viven. Parece obvio, pero no. A nadie, absolutamente a nadie le importaba eso. 

Maradona defendió el juego. Pero no el fútbol: el juego. Lo impredecible, lo espontáneo, la frescura. La conexión con la vida. Diego le agradecía a la pelota, ni siquiera al deporte, que lo criticaba bastante por la estructura reglada y burocratizada. A la pelota le agradecía y le devolvía devoción. ¿Por qué el fútbol es algo tan serio siendo absolutamente irrelevante? Porque pone en valor lo único que nos conecta con lo que más felices nos hizo. Nadie jugó como él. Por eso también lo amamos. Porque nos defendió, hasta el último día de su vida, del agobio de vivir alejados de la alegría improductiva.  

“La pelota que tiré cuando jugaba en el parque aún no ha tocado el suelo”, escribía Dylan Thomas. La vida de Maradona cabe tal vez en ese verso. Aquel niño tímido y resuelto que miraba la cámara y ladeaba la cabeza para decir que su sueño era jugar el mundial estuvo vivo en Diego, latiendo como un corazón asustado. Por eso, también, lo amamos.  

¿De qué planeta viniste, hermano? El mundo está huérfano y llora, pero el amor por los padres, como dice Bernard Schlink, es el único del que no somos responsables. En honor a Diego seamos entonces lo que sea que podamos ser. Pero indiferentes, jamás. 

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Comunidades imaginadas

Por Nano Barbieri

La discusión del aporte extraordinario de las grandes fortunas fue un laboratorio de discursos, como cada vez que el parlamento trata temas medulares. Cada uno de ustedes tendrá una mirada sobre el tema, pero el espectáculo que brinda la representación política de los argentinos pone de manifiesto una paleta de colores bastante acotada y sobre todas las cosas desprovista de grandes sorpresas. La discusión vuela bajo, pero no por falta de formación o esas cosas que solo les interesan a los portadores de papeles. Vuela bajo porque falta imaginación. Vuela bajo porque viaja sobre las aguas estancadas de la repetición. 

Una estrategia recurrente de quienes se oponían a la retención era la de describir a los que hacen o hicieron la patria, o aquellos que, como dijo uno de los referentes de la oposición, “están trabajando hace 200 años”. Es interesante la referencia a los dos siglos porque subraya el componente aristocrático de las grandes fortunas y destruye, seguramente sin proponérselo, cualquier idea meritócrata de la acumulación de capital. 

Por otra parte, la referencia a los grandes millonarios (es importante recordar que son personas y no empresas) como motores de la economía, o como “aquellas personas que generan empleo”, presenta la discusión en términos patronales, ¿no? Presenta la pregunta del siguiente modo: ¿cómo vamos a ser tan desagradecidos de pedirles un esfuerzo extraordinario a quienes nos dan trabajo? Dar trabajo, qué expresión horrible. Lleva una tintura de filantropía que pocas veces o nunca se pone en cuestión. Olvida, en el mejor de los casos, que se trata de una relación.

Pero me voy a quedar con el concepto de patria, esa idea difusa que genera consensos masivos. Los contextos de emergencia, tumultuosos, las grandes crisis, inevitablemente recurren a la épica de la patria, esa especie de fin último que justifica los medios. Pero ¿qué es la patria? Comunidades Imaginadas, había dicho el historiador Benedict Anderson: una nación es una comunidad construida socialmente, imaginada por grupos de personas que se perciben a sí mismas como parte de otro gran grupo, una nación.

¡Qué insana envidia me provoca esa síntesis conceptual! La patria, una nación cualquiera, un país, son esencialmente propuestas de homogeneidad como vínculo político y cultural. La idea de patria resuelve la tensión entre lo universal y lo particular. Pero lo hace en un acto de imaginación y con un interés particular, de más está decirlo. ¿Qué patrias, cuántas patrias estaban en juego en ese parlamento? ¿Es acaso la hegemonía sobre la idea de patria el resultado último de las disputas políticas? Hay gente –mucha gente– que murió creyendo que lo hacía por la patria. 

La patria es también una identidad geográfica. Pero, para que esto suceda, fue necesario que quienes habitan dentro de un determinado territorio consideren que tienen más cosas en común entre ellos que con aquellos que no viven dentro de los límites de la nación. De acá para allá, hermanos. De acá para allá, amenaza. ¿Habrá en las reiteradas menciones a la patria, nuestras patrias, una idea cabal de federalismo?

Por último y retomando la cita de los 200 años, la patria tiene esa enorme capacidad, como la religión, de transformar la tragedia de una vida miserable en hermosa continuidad. Nuestra Comunidad Imaginada cuenta con un pasado inmemorial y un futuro ilimitado que permite la conexión de los muertos con aquellos que no han ni siquiera nacido aún y con los hijos de ellos también. Del esperma a las cenizas, todos llevamos la misma bandera. El revisionismo histórico se sostiene bajo esta premisa. La importancia política de delimitar aquel origen impacta en el presente como un trasplante genético. Ojo, no somos aquello que creíamos que éramos, sino esto otro que traigo acá. 

En medio del hastío que significaron muchos de los discursos que escuchamos, pienso que las reiteraciones tienen ese fundamento: consolidar una idea de patria narrada como un cuento de nunca acabar. Hay una discusión más larga y transversal a todos estos debates y es la resultante de poder desarmar los laberintos que nos llevan siempre hacia la misma puerta cerrada. En ciencias sociales eso tuvo un nombre y se llamó poscolonialismo. Como aprender a hablar otro idioma.

Luego, claro, será necesario hacer algo con ese asombro.