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The Future

Por Nano Barbieri

En los primeros años posteriores a la guerra fría, el profético Leonard Cohen publicó uno de sus discos más emblemáticos: The Future (1992). Entre las nueve canciones que lo completan, dos son épicas y contrapuestas: la que lleva el nombre del álbum y Democracy. Mientras que la primera avisa, “he visto el futuro, es una masacre”, en Democracy celebra la llegada de la democracia como una especie de fe amasada desde la masacre de plaza Tiananmén y el hombre del tanque hasta nuestros días. 

Esta especie de desconcierto, este juego de oposiciones tenía un fundamento: las posiciones extremas empezaban a parecer cada vez más atractivas. En una entrevista para la televisión canadiense, Cohen lo explicaba así: “Todo el mundo se siente más hospitalario con las posiciones extremas (…), su retórica tiene un cierto borde, una chispa, un atractivo”. Recursos que, a él también, le resultaban prolíficos para componer. La masacre o el esplendor. 

Hace pocas semanas, el Colectivo Editorial Crisis publicó una recopilación de reflexiones sobre la marcha, en caliente (mis respetos a ese coraje intelectual), sobre la situación de Argentina en su nueva anormalidad, pre-post o eternamente pandémica. La vida en suspenso reúne varios textos con una hipótesis: por primera vez la historia está en suspenso, atónita por un acontecimiento cuya protagonista es la naturaleza. No hay mecanismos históricamente institucionalizados, no hay antecedentes inmediatos que puedan acercarnos respuestas a lo que está sucediendo: solo quedan caminos creativos, y en cierto modo improvisados, que permitan encauzar la situación en alguna dirección. 

En relación con este escenario, el politólogo Marcelo Leiras explica la volatilidad de algunas de las respuestas que vimos en estos meses. “Lo que acostumbramos a describir como gobierno de leyes”, dice Leiras, “aparece nítidamente como gobierno de personas. El núcleo del poder público reside en los individuos a los que obedecemos aún en una situación extraordinaria”. Así, lo mismo que genera gran aceptación, al poco tiempo genera rechazo o viceversa. Las leyes por las personas. Hay una zona de espontaneidad, de riesgo y aprendizaje, que desnuda la trama de decisiones detrás de personas que están pensando en vivo. Puede sonar como algo evidente, pero es esencialmente novedoso. 

La institucionalidad necesita del antecedente. Siempre pensé a las sociedades como a una ilusión. La sociología resulta alucinante por su vocación de explicar lo que no tiene cuerpo, pero que nos define en casi todo lo que hacemos. Las instituciones, los órganos de vida de las sociedades, son como telas de un probador, de una carpa, de una sala de primeros auxilios. Hacen un esfuerzo extraordinario por organizar, por disciplinar, por llevar a la paz, tal vez. Por educar, por distribuir, en el mejor de los casos. Pero al final del día son solo telas, velos, fragilidades necesarias, pero fragilidades al fin. La condición de su existencia es que podamos crear en ellas, en la posibilidad que tienen esas telas de sacarnos de la intemperie. 

La pandemia puso en evidencia la importancia de los Estados nación en el sostenimiento de la vida, de eso no tenemos duda, pero también dejó expuesta la condición, digamos, humana, de las decisiones que le dan forma. En este sentido, puede verse una zona de riesgos y de oportunidades producto de la pandemia que abrieron ventanas de discusión que, en una situación de normalidad (por usar un término de moda), hubiera sido muy difícil poner sobre la mesa. Pienso puntualmente en el impuesto a las grandes fortunas, a los multimillonarios (¿en qué otro contexto lo hubiéramos discutido sobre agenda?), o el salario universal que, a pesar de los años de teorización, tan pocas veces pudo ser al menos el titular de algún diario. En síntesis, podría decirse que hay una histórica oportunidad de salirse del libreto de las condiciones de posibilidad de la política tal como la entendemos en Argentina.  

Pero, al igual que en el escenario que planteara Leonard Cohen en 1992, el resquebrajamiento de las normalidades, de las regularidades genera un clima hospitalario con las posiciones extremas, un clima ideal: nada pareciera estar fuera de las posibilidades de este momento histórico. Todo puede pasar, todo discurso tiene su audiencia. La popularidad de dirigentes o referentes de las alas más represivas del arco político (transversal a todos los partidos o coaliciones hegemónicas) refuerza, con un aire moderno en tanto estrategias comunicacionales, la tradición nacionalista y totalitaria. 

Los privilegios están en discusión, pero también están dadas las condiciones para que aflore un neoconservadurismo represivo que encuentra un sorpresivo eco con crecimiento sostenido. 

Volvamos a The Future. Hay un tercer tema en este disco de Leonard Cohen que pareciera contestarles a los dos que mencionamos al comienzo de esta conversación, como queriendo darle una salida a esta polarización. Se llama Anthem, o Himno, y comienza con un recitado que dice: 

“Que suenen las campanas que aún pueden sonar Olvida tu ofrenda perfecta/Hay una grieta en todo/Así es como la luz entra”.

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Tres para tres

Por Nano Barbieri

Quiero hacer un esfuerzo banal.

Una historia mal contada de la sociología contemporánea diría algo así. Hasta mediados del siglo pasado, había dos grandes interpretaciones –clásicas– de la configuración social, de cómo se hacen las sociedades. Una estructuralista y otra microsocial.

La primera entendía que las sociedades son tan rígidas que sencillamente determinan a los individuos y la segunda, la microsociológica, sostenía que la sociedad se conformaba como el resultado de la suma de las acciones individuales.

Sociedad versus individuo, maravillosa grieta.

Escribo y me soplan la nuca los sociólogos del mundo para marcarme errores, ausencias, malas interpretaciones: pocas cosas me provocan un placer semejante. Lo cierto es que este enfrentamiento entre individuo y sociedad partió las aguas de los cráneos de la época. No me quiero extender –y no podría–, pero a mediados de los sesenta aparecieron las que se denominaron teorías síntesis. Es decir, la tercera vía –esto es verdad–, Corea del Centro, o la post-grieta.

Muchos lo intentaron, pero tres se destacaron fuerte en teorizar sobre la síntesis entre estructura y acción, una puesta en valor de cada una de las corrientes clásicas. El inglés Anthony Giddens, uno de esos tres, describió la dualidad de la estructura y concluyó en que las personas producen y reproducen estructuras.

Suena como algo mecánico, pero básicamente llega a la idea de que hay una estructura –en forma de ciertas normas, digamos– que yo aprendo y reproduzco. Punto ahí, casi desde la cuna. Pero también, mientras la reproduzco, yo mismo estoy creando sociedad a través de mis acciones. Lindo empate. Así, todos nosotros hacemos sociedad a través de las consecuencias directas de nuestras acciones, pero también, y acá lo ma-ra-vi-llo-so, de las consecuencias no deseadas de esos actos. Es decir, del error, del olvido, de la falta de cálculo, de la sucesión de acciones irreflexivas.

Antes de que la belleza desaparezca por completo del mundo, escribía Milan Kundera, existirá aún durante un tiempo por error. El error nos sobrevive.

Pero ahora usemos estos años de inteligencia ajena para desarmar y contrastar con tres grandes relatos vigentes y tan ricos en simplificación como las pastas en carbohidratos, pero que dominan, a su modo, tres tercios bien consolidados del sentido común. Vamos.

Uno, el universo. Cuando nos enfrentamos a la muerte, o a la vida en contexto de muerte, como lo es la época pandémica, escuchamos hablar del destino, de la correlación de hechos que nos trajo inevitablemente hacia algún lugar: de supervivencia, de muerte, de lucha, de felicidad o de intrascendencia. Lo más cercano comprobable al destino es ese porcentaje de sociedad que la vida genera a través de las acciones fuera de cálculo. El error, lo impensado, lo que nadie entiende por qué pasó. Por lo demás, hay una sucesión de acciones y de inercia –estructura social– que tiene una vida propia bastante predecible y controlada. Entonces, el universo –y sus interpretaciones energéticas– es dueño, siendo optimistas, del primer tercio. Con luna en acuario.

Dos, la fatalidad. La historia de los pueblos: una mirada sobre la repetición anclada en identidades fijas. ¿Cuántas veces escuchamos esto? Los argentinos somos, los brasileros son, los suecos siempre. Es un discurso atractivo, en tanto que basta con aprender algunas máximas. Consiste en una especie de soldadura entre identidad y geografía que olvida por completo las posibilidades habilitantes de la estructura. ¿Acaso nadie vive ahí? Entiendo que la complejidad es aburrida –yo no me la banco–, pero esta mirada atenta contra la vida. ¿Qué hacemos entonces? Acá se va el segundo tercio. A mi gusto, el peor de los tres. Por muerto.

Tres, el yoyó, o la auto-referencia. Todo lo que existe vive dentro nuestro. Es la negación de toda colectividad, posmoderno, individualista, pajero. La exacerbación de la historia propia, de las capacidades individuales de realización más allá de toda estructura. Concentrate, esforzate, superate: es la filosofía del mérito. Es el tercio de mayor vigencia y convive con la incoherencia de ser egoísta y haber generado una gran comunidad de sentido. Es el pensamiento hegemónico y, de los tres tercios, sabelo: es al que menos le importás vos.

Así, las sociedades y los hechos sociales, podemos concluir en medio de una cerrada silbatina, se configuran en las complejas combinaciones de esos tres tercios. A falta de manual: hay algo de estructura, otro poco de acción y un cacho de azar.

Vivir sólo cuesta vida y vivir crea, siempre, sociedad.

Tres para tres, como dice la canción.

¿O no?