,

Carteles

Por Nano Barbieri

No es la primera vez que recuerdo esta imagen, pero vuelve una y otra vez. 

En el año 2002 leí un cartel en pleno centro de La Paz, en Bolivia, que me pareció obsceno, casi pornográfico. Se veía de espaldas a un hombre en mameluco limpiando los vidrios de un edificio espejado, muy moderno. Al costado de la imagen, había una leyenda que preguntaba: “¿De qué lado quiere que trabaje su hijo?”. Lo firmaba la Universidad del Valle: una excelente formación significa más y mejores oportunidades

Me acuerdo también de que tuve la sensación de que los límites de la tolerancia a la violencia se habían estirado al infinito. El legado colonial estaba intacto, imperturbable, a la vista de todo el que levantara la mirada.  

Un cartel –explican los publicistas– necesita de dos certezas: atracción y síntesis conceptual. Y los carteles reflejan de alguna manera los puntos de sutura de las sociedades, las fronteras. Es muy raro que un cartel genere repudio, son muy pocos los casos en que producen un rechazo manifiesto: ese sería un fracaso imperdonable de la publicidad. Digo esto porque podría afirmar, sin correr demasiados riesgos, que todos los carteles de la vía pública comparten una idea de lo predecible, de todo aquello que está socialmente aceptado como una realidad compartida. Bien o mal, de acuerdo con ellos o no, los carteles evocan, demuestran, sugieren, pero siempre dentro del universo de lo socialmente compartido. Y, en este sentido, son un verdadero síntoma.

En aquel 2002, el presidente de Bolivia era Gonzalo Sánchez de Lozada. Goni. Probablemente uno de los personajes latinoamericanos que mejor encarnan la idea del cipayo: un empresario al servicio de los intereses de extranjeros para América Latina que no podía hablar el español sin acento norteamericano. Parecía una humorada, un chiste de mal gusto. Era la imagen del desprecio por lo latinoamericano y de la subordinación absoluta de los pueblos originarios. Basta con ver segundos de algún video en YouTube para entender la dimensión de esa extranjerización. Si lo viéramos en una serie de Netflix, diríamos que su personaje está sobreactuado. ¿Cómo no iba a ser posible colgar un cartel como aquel?

No quisiera extenderme demasiado en esto, pero este es el contexto en el que Evo Morales se transformó en el primer presidente indígena de la historia en un país con más del 60 % de población originaria. Sucedió casi 180 años después de la declaración de la independencia. 

El ejemplo boliviano desafía la mirada estática de la histórica, sin lugar a dudas, pero también pone énfasis en un tema muy contemporáneo de discusión que es la profesionalización de la política. ¿Qué características debe tener un presidente? El clásico sociólogo Max Weber reconocía en el siglo XIX a tres tipos de liderazgos puros, en un sentido analítico. A grandes rasgos: el legítimo, al que la ley le otorga el poder; el tradicional, aquel que hereda ese espacio de autoridad; y, por último, el líder carismático, cuya característica principal es la capacidad de generar simpatía, entusiasmo y credibilidad en su figura. En general, los referentes surgen de la combinación de estos tres tipos de liderazgos, pero en América Latina se banalizó especialmente la condición carismática de algunos líderes relegando la importancia de esa característica inseparable de la política. ¿Puede aprenderse el carisma? ¿Puede acaso ser impostado y efectivo a la vez? ¿Qué tipo comunicación es carismática?

La falsa dicotomía de lo racional frente a lo popular tiene una extensa historia de desprecio, tal vez llevada al extremo en el binomio civilización o barbarie. La política como un lugar de expertos occidentales había relegado por siglos a la voluntad popular boliviana a fuerza de violencia física y política, con una perspectiva insoportablemente racista. Hasta que un día no. Y otro día, tampoco. Y ya no pareciera haber retorno. 

Todo es presencia, todos los siglos son este presente, decía el mexicano Octavio Paz. Toda actualidad está densamente cargada por los acontecimientos anteriores. ¿Cuántas luchas, o cuántas batallas en apariencia marginales estarán hoy gestando una nueva realidad? ¿Cuántas naturalidades serán insoportablemente trágicas en el futuro? 

Aquel mismo 2002, el año del cartel, el del malo de Goni en la presidencia, escuchamos a Evo Morales en un aula de la Universidad Nacional de Buenos Aires. Había viajado a dar una charla. Tal vez éramos doscientos, trescientos, no más. Era un hombre bajo, tranquilo, claro. Carismático. Muy carismático. 

0 replies

Leave a Reply

Want to join the discussion?
Feel free to contribute!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *