,

Cartas. El temblor que la mano imprime a la letra

Por Gonzalo Marull

Mis sobrinos le regalaron a mi hermana, para el día de la madre, una caja con cincuenta biromes negras trazo grueso. Me contaron que les costó mucho conseguirlas en este contexto de pandemia. A mí me sorprendió el regalo, algo extraño para estos tiempos. Mi hermana, encantada con su regalo, me dice: “¿Por qué te sorprendés? ¿No te pasa de escribir mucho a mano? ¿No tenés esa pulsión irrefrenable? Yo escribo cuadernos enteros. Tengo pilas de cuadernos escritos a mano. Mis hijos me han hecho el mejor regalo del mundo”. Me dio un poco de vergüenza, ya que siendo dramaturgo no tengo el mismo impulso que ella que no es escritora. La pasión de mi hermana por la escritura a mano me recordó un pequeño pasaje del libro Ya nadie escribe cartas de amor de Clara Fontana donde dice: “Hay una comunicación intensa, personal e intransferible que la tecnología no sabe traducir. Es el temblor que la mano imprime a la letra”.  Qué precioso, ¿no? El temblor que la mano imprime a la letra.

Mis amigos Gabriel Calderón y Sergio Blanco estrenaron en estos días una obra teatral en Módena (Italia), a la que llamaron Manifiesto. La motivación dramatúrgica inicial era encontrar palabras que pudieran matar y palabras que pudieran resucitar; palabras que ataquen, palabras que defiendan, palabras que sanen, palabras que devoren. En la puesta en escena final, cada participante tomó un pincel y pinturas especiales y escribió sus frases más potentes en todas las paredes de la sala, que funcionaron como la escenografía de la obra. Trabajaron guiados por Gabriel, que es un experto en caligrafía. Algunas palabras fueron escritas con letra de imprenta y otras en cursiva, con sus tres movimientos: el bastón, el lazo y el túnel. Las imágenes de la obra tienen una potencia extraordinaria. Un manifiesto “graffiteado” en un muro. La escenografía son frases, palabras en cuya forma, por la propia escritura a mano, aparece el temblor, el sudor, el pulso, la vida y la muerte.

La escritura a mano me transporta inmediatamente a las cartas. Durante gran parte de mi vida escribí y recibí cartas. La única persona que me mandaba cartas escritas con máquina de escribir era mi abuelo Antonio. Pero en general todas eran a mano. Desde la aparición de la escritura hasta nuestros días existe la costumbre de envíos epistolares. Circulan cartas que leemos, respondemos, reenviamos, desviamos, encontramos, cartas que nos desagradan, nos seducen, nos acercan, nos rechazan. Que se publican, se guardan, se perfuman, se censuran, se queman. 

Escribir cartas es una práctica social. Es una de nuestras formas de interactuar en el mundo. Las hemos escrito a mano, con máquinas de escribir, y ahora con computadoras o celulares.

Cartearse es relacionarse a la distancia solicitando la participación de otras personas. Al enviar una carta, casi siempre invitamos al diálogo, ya que toda carta está sujeta a una respuesta. La epístola se presta y permite las más variadas formas y contenidos. La carta funciona desde siempre como portadora de noticias o como instrumento de seducción, amistad o malos entendidos.

¿Quién no escribe una carta?  

La carta es un escrito al que nos atrevemos todos y todas, ya sea como escritores o como lectores. Es una actividad heterogénea que supera diferencias. A través de ellas se denuncia, se expresan opiniones, se cuentan cosas personales y avatares cotidianos.  

La carta como objeto, como vínculo hacia el pasado; enviar una carta como un acto de nostalgia, de añoranza por la paciencia y la espera, de añoranza por la expectativa. 

A través de una carta escrita por mi madre a mi abuela, me enteré de las dificultades económicas que tuvo que atravesar mi familia en una época y lo difícil que se le hizo a mi madre criar a sus hijos e hijas, sin su mamá, ni su papá, ni su hermano cerca, y no lo descubrí sólo por el contenido, sino también por el trazo de la letra, los espacios, los borrones, y hasta me atrevo a decir las lágrimas que quedaron impregnadas en el papel. 

Tengo cartas guardadas en un baúl y cada cierto tiempo las desempolvo, las huelo y las releo. Las cartas de amor adolescente me conmueven. Son tan tiernas. 

Hay un precioso libro de Lewis Carrol titulado Alimentar la mente, en donde Carrol da consejos a la hora de escribir una carta y los denomina “Ocho o nueve palabras sabias sobre la escritura epistolar”. 

He aquí algunos puntos:

  • Escribe legible –algo no tan fácil ahora que tenemos nuestra caligrafía en desuso-.
  • Nunca rellenes más de página y media con tus excusas por haber tardado tanto en escribir.
  • La mejor manera de comenzar una carta es respondiendo a las cuestiones que planteaba tu interlocutor en la carta anterior. 
  • Escribe siempre con esa carta abierta delante tuyo. Una vez que hayas contestado a sus preguntas o comentado sus sugerencias, ya puedes escribir libremente sobre lo que quieras.
  • No te repitas.
  • Si tienes que escribir algo que sabes que puede molestar a la otra persona, no la envíes en caliente. Deja descansar la mente hasta el día siguiente y léela de nuevo, para ver si suena demasiado fuerte.
  • De la misma manera, si recibiste un comentario severo, haz tu respuesta menos severa. Si recibiste un comentario amable, responde con uno más amable todavía.
  • No intentes tener la última palabra.
  • Ten cuidado con las bromas, no siempre se entienden por escrito. Si haces una broma, exagérala lo suficiente para que no se pueda malinterpretar.
  • Si dices que adjuntas algo, asegúrate de hacerlo. Si pones que le devuelves dinero o le envías un documento, tómalo en ese momento y mételo dentro del sobre.
  • Si estás acabando una hoja y tienes más cosas que decir, toma una nueva. ¡Nunca jamás escribas en los márgenes en vertical!
  • La posdata es una invención muy útil, pero no es el lugar para revelar el quid de la cuestión.
  • Cuando quieras enviar una carta, llévala en la mano hasta el buzón. Si la metes en el bolsillo, te olvidarás de ella.

Mientras escribía esta columna me llegó un mensaje de mi amiga Elisa Gagliano que decía: “Cartas para escuchar”. El mensaje contenía un pódcast en donde actrices y actores leen cartas escritas por reconocidas personalidades de la historia mundial. Se llama Epistolar y es una belleza, un caramelo dulce para palear la amargura. Así como la mano puede producir un temblor en la letra, la voz la anuncia y la encarna al mismo tiempo. Como si la palabra escrita en una carta fuera lo más parecido a una palabra teatral, que es una palabra que busca la carne, para ser incorporada, para ser representada. Y esa encarnación es el momento en que el creador entra en la creatura, el artista en su obra, es el momento en que lo infigurable viene a la figura, lo indecible viene al discurso, lo inmenso llega a la medida.  

Voy a hacerle caso a mi hermana. Y quiero compartirlo con ustedes. Donde me estén escuchando o leyendo, en medio de este contexto tan adverso de pandemia, hagan una prueba: busquen una hoja en blanco, una birome, lapicera o pluma, pueden poner algo de música. Detengan el tiempo, respiren, encuentren un lugar cómodo. Relean los consejos de Lewis Carrol y elijan uno. Piensen en alguna persona amada y, como si estuvieran pintando, impriman ese temblor a la letra, den rienda suelta a esa palabra que busca indefectiblemente ser encarnada:

Córdoba, 25 de octubre de 2020. 

Querida Vikinga… 

0 replies

Leave a Reply

Want to join the discussion?
Feel free to contribute!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *