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Nochebuena

Por Nano Barbieri

Esta historia me la contó el propio Turco, esa tarde que tomamos una coca en el patio de su casa, cuando pasé a dejarle la bordeadora que me había prestado. 

Fue hace nueve o diez años, empezó, y me miró como midiendo mi paciencia. Yo estaba ahí, con tiempo y ganas de escucharlo y entonces siguió. 

Definitivamente diez años, dijo, yo quería conocer Uruguay, pasearme ahí por las playas y vivir un verano entero a la deriva. Pero no me alcanzaba la guita. 

Primero lo rechacé y después no me quedó otra, arrancó. Laboulaye es una ciudad chica, pero tiene de todo. Ese año había un puesto de Papá Noel en la galería y, como mi cuñado tenía la gestión del evento, me llamó primero. Al principio me pareció absurdo. Le dije que no, corté, y lo llamé dos minutos después. Dale, me prendo, anotame, le pedí. Y ahí empezó todo.

Una semana antes de navidad me dieron el traje. Hubiera preferido una bata polar a ese plástico impermeable rojo. De domingo a domingo nunca hizo menos de 33 grados. Estaba flaco y me rellenaron la panza y parte de las piernas con rollos de tela. Llegaba media hora antes para vestirme, tomaba mucha agua y me sentaba sobre un carruaje verde rodeado de renos y atrapado entre un pino iluminado de navidad y tres duendes de cerámica. La galería era angosta y los dueños de los negocios se quejaban porque tapaba el ingreso. Yo no opinaba, pero era cierto. Movía los brazos y me reía como palea un excavador, con breves pausas, pero con un ritmo constante. Pasaban las horas, los chicos subían, me hablaban, pedían regalos y hasta me pegaban de tanto en tanto. Me tocaba interpretar a un tipo polémico. 

Fue el día antes de nochebuena, el 23. Ese año el 24 caía un domingo como hacía mucho no pasaba. Pero fue ese sábado a la tarde que entre las ramas del árbol me chistó. Eu, Santa, tchz. Me acuerdo que me dijo Santa y me dio gracia. ¿Quién le dice Santa a Papá Noel en Laboulaye? Era un tipo canoso, pero con mucho pelo, un guaso fornido, bravo. ¿Por qué no nos hacés un regalo a todos?, me preguntó con ironía. Explicame vos, le contesté, con toda la tarde por delante y un aburrimiento galopante.  

Tenemos que asustar a alguien, me dijo. 

Me pareció una frase horrible, pero lo escuché. 

A quién, pregunté, como si fuera alguien que se dedica todos los días a eso, con el temple de quien ofrece dos colores distintos de un mismo pantalón.  

-Apa, Pitín, estás hecho un loco. 

No me decían Pitín desde el secundario, hacía más de veinte años. Me entró la duda y corrí algunas ramas del pinito para ver quién era.  

-Julito, culiado, ¿qué hacés acá?

-Me vine para Navidad.

Julito estudiaba en Córdoba y no lo veía desde que habíamos terminado la escuela. Me alegró verlo y él parecía contento también. Se sentó detrás del pino iluminado y entre pendejo y pendejo que pasaba a saludarme y pedir regalos imposibles, Julito desarrolló el plan. No me acordaba que tuviera una prosa tan clara, era lindo escucharlo. Yo estaba asustado, fascinado y transpirado. Cuando se hicieron las diez, la galería cerró. Le dije a mi cuñado que me llevaba el traje puesto porque no daba más, que había que lavarlo o, por lo menos, colgarlo un rato al aire libre. Y así salimos, Julito y yo para la casa del gringo Paul. 

El gringo Paul había sido nuestro coordinador de viaje de estudios en Bariloche, año 1999. Una persona aborrecible de unos diez o doce años más que nosotros, lindo, flaco pero musculoso, cheto. Vivía a poco menos de veinte cuadras de la galería. Fuimos en la moto de Julito. Repasamos el plan una vez más y nos bajamos. Yo toqué el timbre y me paré con la bolsa colgando. 

Paul se asomó y le abrió la puerta a Santa, como si lo hubiera estado esperando. Hice la risa perfecta que a sábado a la noche ya me salía como al original. Paul sonrió hasta que detrás de mí apareció Julito gritando pasá, pasá, carajo, ¡entrá! 

Hacía veinte años que no veía a Julito y temí que se descontrolara todo. Parecía tenerlo todo calculado, pero veinte años son veinte años. Le juntó las muñecas adelante con un precinto de ferretería y lo llevó al sillón. Julito tenía puestos unos pasamontañas azules y empezó a cantar, como dándole una pista al gringo, la canción del viaje: a ver, a ver, quién dirige la batuta, Delfín Turismo, o las otras empresuchas, truchas, truchas

¿Qué quieren? Preguntaba Paul, con la voz confundida. Julito abrió una mochila y sacó la afeitadora eléctrica. Una Philips plateada. Lo llevamos al gringo más cerca del enchufe y le cortamos el pelo como a un pequinés: pelado a los costados, el techo calvo y un flequillo recto de rulos dorados. Lo miramos un rato, le pusimos pasta de dientes. Era satisfactorio, como limpiar la casa o cocinar muy rico. Se sentía bien, profundamente bien. Julito seguía cantando y aprovechó las bermudas del gringo para afeitarle también parte de las piernas, dejando intermitentes zonas claras y hundidas como una ruta provincial. Estás hermoso, man, lo imitaba. Yo busqué tres latas de cerveza, brindé con los dos y le dije, gringo, hoy pagás vos. Me permití ese chiste malo, quizás envalentonado en mi rol de gángster, pero ya estaba bien, había sido justo y le dije a Julito: Loco, listo, nos vamos. 

-Todavía no.

-Dale, viejo, ya está. 

-Falta la coreo. 

-¿Qué coreo? ¡Vamos!

-King África. 

Dijo King África y fue un rayo. Aquellos días se me aparecieron con la fuerza de una ola en el mar. De repente estábamos todos ahí, otra vez, inundados de aquel clima impostado, a merced de un joven Paul que ahora, dos décadas después, preguntaba, ¿quiénes son?, ¿qué quieren?, ¿qué les hice? Julito sacó el celular y lo puso a todo volumen. Bailá, le dijo, ¡bailá! Lo miré con miedo, pero me sumé: ¡Bailá, carajo! El gringo, con la remera llena de pelos, se paró y empezó a bailar, al principio lentamente y después compenetrado y casi disfrutando de la escena. Las muñecas ya juntas ayudaban a la coreo que veinte años más tarde le salía igual que en Bariloche, idéntica a aquellas noches de arriero juvenil. Me incomodó sentir un dejo de admiración pero, nobleza obliga, Paul bailaba bien. 

Cerramos la puerta sin escándalo y con una infantil sensación de justicia. Tomamos un porrón en un kiosco y me acosté temprano para mi último día en la galería. Dormí bien, recordando antes de cerrar los ojos algunas imágenes de la noche. El flequillo pequinés, las manos adelantes y Paul bajando bien abajo, como pide la canción. 

Laboulaye amaneció soleada el 24, que pintaba para una nochebuena al aire libre. La galería estaba atestada de gente desesperada por hacer sus compras a horas del cierre total. Yo laburé como nunca, había fila para sacarse la foto conmigo. Yo transpiraba, reía y les recordaba a los niños que debían portarse bien y cosas así. Hasta que, en eso, en el cuarto o quinto lugar de la fila, aparece un pelado, rapado. Lo miré por el rabillo del ojo. Paul se sentó al lado mío en la carrosa, pegado a un duende. Sin nadie que le sacara la foto miró hacia adelante y me citó otro hit de King: el camaleón, papá, el camaleón, cambia de colores según la ocasión. Dicho eso, se paró, me extendió la mano y me dijo feliz navidad. 

Feliz Navidad, contesté.

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Luna Llena en cáncer

Por Lu Gaitan

Hola, mis amores, ¿cómo les va? Hoy quiero que hablemos sobre la Luna Llena en general y sobre la Luna Llena en Cáncer, en particular, de este 30 de diciembre del 2020.

El ciclo comienza con la fase de Luna Nueva, cuando Sol y Luna están en el mismo signo. Ese es el momento en que hacemos las intenciones y formulamos nuestros deseos. En la fase de Luna Nueva no vemos la luna en el cielo. A las dos semanas de la fase de Luna Nueva, tenemos la fase de Luna Llena. Este es el momento en que Sol y Luna están en un ángulo de 180 grados, o sea que están en signos opuestos y complementarios. O sea, que si el sol está en Leo, la Luna está en Acuario. Si el sol está en Virgo, la luna está en Piscis. Y así. 

En general, les astrólogues simplificamos y decimos “Luna Llena en tal signo” y eso supone que el Sol está en el signo opuesto y complementario. La fase de la Luna Llena es el momento de pico energético máximo del ciclo lunar. Después de este momento donde la Luna brilla en su máximo esplendor en el cielo, el ciclo empieza a decrecer y la Luna empieza a perder luz. Dicho sea de paso, recordemos que la Luna no tiene luz propia, sino que la tiene en la medida que refleja la luz del Sol. Entonces, el ciclo de la Luna refleja el vínculo entre luz y oscuridad, podríamos decir, entre lo que está en conciencia y lo que no. Cuando llegamos al momento de la Luna Llena, es el pico energético de lo que comenzó con Luna Nueva dos semanas antes. Y acá viene el aporte de la astrología: cada Luna Llena se vincula con lo que comenzó seis meses antes en fase de Luna Nueva.

Entonces, hablando más en particular de la Luna Llena en Cáncer de este 30 diciembre, sería interesante que observares qué estaba pasando en tu vida para el mes de junio de este año y qué está pasando ahora. Esta es LA forma de trabajar con astrología: llevar un registro de tus vivencias y de tus momentos. Para algunas personas, es fundamental tener algún diario o bitácora y, para otras, con la memoria es suficiente. A veces las conexiones son muy obvias y fáciles de ver y, otras veces, la conexión es simbólica. La Luna Nueva en Cáncer sucedió el 21 de junio junto al solsticio, en el medio de un corredor de tres eclipses seguidos, súper intensos. ¿Te acordás de esos meses? Puede ser que hace seis meses estuvieras empezando un proyecto y ahora ese proyecto está naciendo. En este caso, la conexión entre Luna Nueva y Luna Llena es muy evidente, pero a veces es más difícil de rastrear. Por eso, creo que lleva tiempo madurar esta forma de percibir, que es, básicamente, aprender a pensar y sentir astrológicamente y, de este modo, podemos percibir formas pero también percibir contenidos, aunque las formas, o sea, las manifestaciones externas, sean diferentes.   

Para ayudarte a pensar en esta Luna Llena en Cáncer, voy a dejarte algunas preguntas para que vos mismx indagues en las revelaciones que vienen con esta Luna. Sí, creo que la Luna Llena, sin importar en qué signo esté, trae grandes revelaciones. Así como vemos a la Luna grande y luminosa en el cielo, así mismo podemos ver cosas de nosotres mismxs y también de la sociedad de la que formamos parte. Y esto que te voy a decir ahora forma parte de una suerte de advertencia lunar. Con las Lunas Llenas, solemos estar más emocionales y exaltades que en otros momentos. Así que atendé y registrá todo lo que sientas y todas las fichas que puedan caer durante el tiempo de vigilia y mientras dormís. Los sueños se ponen ATR y también tenemos dificultades para dormir, sí, todo junto y todo a la vez. También puede ser que estemos con retención de líquidos, así que te sugiero tomar mucha agua y comer sin sal en esos días. Ya sé, qué difícil porque fiestas de fin de año. Por otro lado, en Argentina tenemos la votación sobre la ley del aborto en el Senado el mismo día de la Luna Llena en Cáncer. Adiviná qué temáticas rige el signo de Cáncer: la maternidad, los movimientos de masas, lo popular, el cuidado. A veces, la astrología se manifiesta de manera muy literal. ¿Si el aborto va a ser legal este diciembre? Con total sinceridad, desde la técnica astrológica, a veces me resulta difícil decir sí o no a algunas cuestiones. Espero que sí, que sea ley. Este es mi deseo para estas fiestas. 

Entonces, volviendo a la Luna Llena en Cáncer, te dejo algunas preguntas que te pueden servir como guía para que puedas observar el proceso que se abrió hace seis meses:

¿Cuál es tu idea de familia hoy?

¿Quiénes son las personas con las que te sentís completamente a gusto y en casa?

Este año de pandemia y cuarentena, pasamos buena parte del año encerradxs y aisladxs de la gente que amamos, ¿podés sostenerte a vos mismx sin acorazarte ni rigidizarte?

¿Podés cuidar a otres, además de a vos mismx?

¿Podés sostener la conexión emocional más allá de la presencia física?

¿Pudiste resignificar tu historia personal y entenderla desde otro lugar?

¿Podés mimarte y felicitarte por haber llegado hasta acá, en vez de culparte por todo lo que faltó hacer?

¿Extrañás algo o alguien?

¿Podés darte tiempo para no hacer nada y correrte del lugar de la producción constante y permanente? Obvio, no estoy haciendo referencia a las personas que no tienen posibilidades de elegir, sino a lxs que elegimos llenar la agenda 24/7 como una forma de no lidiar con las emociones y las necesidades afectivas. 

¿Cambiaste tu alimentación en estos seis meses? ¿Cambió tu idea de nutrición?

¿Cambió tu idea de maternidad en estos meses? ¿Creés que la maternidad solo refiere a los hijos humanos y propios? ¿O tenés una visión ampliada sobre lo que significa maternar, que no solo incluye a las mujeres, sino también a varones, trans, animales y naturaleza en general?

¿Se despertó en vos la conciencia ambiental y antiespecista?

¿Estás pensando en irte a vivir a otro lugar?

Y, bueno, mis amores, llegamos al final, ha sido un año intensísimo y les agradezco infinitamente por la compañía en estos meses. Les quiero muchísimo y nos vemos el año que viene. ¡Feliz Luna Llena!

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Cinco películas destacadas en un año sin salas

Por Juli Fantini

Nunca pensamos en marzo que El hombre invisible -la remake protagonizada por Elizabeth Moss de Mad Men- sería la última que veríamos en una sala a oscuras y sin interrupciones en el año. 

La pandemia y las restricciones de aislamiento obligaron a que esta actividad -como tantas-, un ritual asentado en la vida de muchos y muchas, quedara trunca. 

Se sabe, la experiencia cinematográfica no es la misma en casa, de a fragmentos algunas veces, con interrupciones y, por supuesto, por más bien equipado que se esté, con una pantalla más pequeña y un sonido que no es el de una buena sala.

Ese ritual perdido y justificado en el riesgo sanitario, hizo que la experiencia sea doméstica, en la computadora o el televisor de casa. 

Se suma el dato que, a diferencia de las series, no hubo una oferta masiva de películas. Muchas se pasaron directamente al streaming y otras se reprogramaron para el año que viene o incluso el 2022. 

Por ejemplo, Tenet, mencionada en esta lista, llegó al público argentino de manera ilegal, primero en versión cam, luego un ripeo bastante digno, pero, reitero, la experiencia de visualización debería haber sido en una sala.

Con el mismo argumento de la semana pasada con las series, esta enumeración es de una subjetividad y parcialidad absoluta. La diferencia es que no incluimos las decepciones, porque fueron demasiadas.

Que sirva este listado como una guía para debatir, agregar y tachar de acuerdo a sus propios recorridos cinéfilos por las plataformas y el cable. Por cierto, no se adelanta contenido trascendente de las tramas. Es decir, no hay spoilers. 

  1. Tenet

Aún no está disponible en plataformas. Puede verse de manera alternativa.  Su estreno está anunciado para el 14 de enero en cines argentinos. Depende de una habilitación que sería inminente. 

La primera advertencia, al menos para los que manejan un nivel de dispersión de medio a alto, es que a Tenet hay que verla dos veces. Esta especie de James Bond sofisticado y complicado que guionó y dirigió Christopher Nolan (Inception) y que protagonizan los estupendos John David Washington (el hijo de Denzel) y Robert Pattinson, acompañados por Elizabeth Debicki, Kenneth Branagh, es un thriller de espías con elementos de ciencia ficción y, con sinceridad, en una primera mirada no se entiende lo que pasa, pero la fuerza de los recursos de producción y las escenas de acción son tan impactantes que te exigen una segunda visualización para prestar atención a la trama, o a la inversa. 

El héroe (Washington), acompañado por su ladero (Pattinson) está a cargo de una misión enorme en una temporalidad que se desdobla de una manera inusual que conviene no adelantar. 

Tenet es un genuino rompecabezas armado para el entretenimiento que, si pasaron mucho tiempo confinados, seguramente los hará viajar extrañamente por grandes superficies abiertas rodeadas de objetos y personas que conspiran desde el futuro para salvar a la humanidad, aunque su propósito sea destruirla, una de las tantas paradojas que plantea el film de Nolan.  

  1. The Nest

Aún no está disponible en plataformas. Puede verse de manera alternativa.

Esta película de Sean Durkin, quien irrumpió con la destacada Martha Marcy May Marlene hace nueve años, crea el revés de Wall Street, aquella película de los 80 sobre los embusteros de la bolsa de la era Reagan, con una peculiaridad: usa todos los recursos de cine de terror psicológico para contar un drama familiar atravesado por la moral del capitalismo financiero. Sin monstruos, sin ciencia ficción, sin casas embrujadas, solo con la ambición de un bróker (Jud Law) que arrastra a su familia a Inglaterra en la búsqueda de más negocios. Luego, por supuesto, nos enteramos de otras motivaciones. Carrie Coon (The Leftovers) interpreta a su esposa que experimenta junto a sus dos hijos, esa migración forzada como un viaje de descubrimiento de la genuina naturaleza que la une a su compañero. 

The Nest es una película desafiante que se mete con las dinámicas matrimoniales por momentos de manera obvia y en otros más logrados, con una sutileza que explica el arco narrativo de los personajes de manera precisa. La escena final puede confundir, pero se conduce con toda lógica en el marco de las conexiones emocionales y orígenes de los protagonistas.  

  1. Mank

Disponible en Netflix.

De Mank dijimos en la reseña que es imposible una experiencia completa sin tener fresca la trama de El Ciudadano. Sin embargo, más allá de las múltiples formas de visualización, esta película en blanco y negro “cremoso” de David Fincher se incluye en este listado no solo por sus valores técnicos e interpretativos, sino también porque advierte que la hipocresía en el mundo del espectáculo es el modo en el que se construyó, y construye, esa fábrica de sueños: Hollywood. 

El cine dentro del cine puede dejar fuera de juego a quienes no están familiarizados o fascinados con la historia de esa industria. Sin embargo, el cuento de la traición y la espectacularidad de Gary Oldman como Herman Mankiewicz, guionista de El Ciudadano, son motivo suficiente para sumergirse en este cuento que opta por un hecho en particular para dar cuenta de una vida, la mejor forma de evocar cómo se hacían las cosas atravesadas por los intereses políticos, más allá de lo estrictamente cinematográfico.

  1. The Forty-Year-Old Version

Disponible en Netflix.

Un poco más de dos horas filmadas en blanco y negro le sirven a Radha Blank para alejarse de ese título tan poco representativo que le puso Netflix en español -Rapera a los 40- para sumergirse con gracia y humor en una meditación sobre la crisis de mediana edad, y las búsquedas de las mujeres que no pertenecen a ninguno de los mandatos establecidos de belleza, éxito y modales. 

El otro mérito tiene que ver con la forma en la que se mete en la discusión sobre la vigente discriminación racial en EEUU: desde una perspectiva de clase media, en una Nueva York de fondo realista y con un personaje protagónico que no precisa de un tránsito sufriente para mostrar las injusticias del mundo. 

La lucha es por imponer su talento evidente, en un mundo de hombres blancos que definen el lugar que debe ocupar. 

El rap, o hip hop, solo es el telón de fondo del cambio de suerte buscada de nuestra heroína. La reinvención no es tal, sino que el mundo creado en la película nos muestra la reafirmación de una vocación, a pesar de los ruidos permanentes que conspiran en contra de la concreción de su carrera. 

  1. Emma

Llega a HBO el 2 de enero. También puede verse en Apple iTunes, Google Play Movies, y Movistar Play. 

De visualización obligatoria para los fanáticos de Gambito de Dama porque la protagonista es Anya Taylor-Joy. Vemos en Emma el rango interpretativo de esta joven a la que le toca ponerse en la piel de uno de los personajes más emblemáticos de la novelista Jane Austen y que ya tuvo varias adaptaciones. 

Como Greta Gerwig con Mujercitas, la directora Autumn de Wilde, fotógrafa del rock, debuta como directora con un doble juego de fidelidad al texto original y con perspicacia en el diálogo con el presente que establece en esta comedia de enredos ambientada en el siglo XIX, pero que resuena en el presente. 

Así y todo, no es una Emma feminista ni mucho menos, De Wilde respeta las cosmovisiones de la época, sobre todo la de Austen, pero relee las formas del romance a partir del guión de la joven Eleanor Catton, de manera sencilla y vital.  

Cinco más: Small Axe: Lovers Rock (Próximamente a Amazon Prime Video. Puede verse en plataformas alternativas). The Hunt (Se puede alquilar en Movistar Play o descargar o comprar en Google Play Movies). Horse Girl (Disponible en Netflix). The Trial of the Chicago 7 (Disponible en Netflix). The Assistant (Aún no está disponible en plataformas. Puede verse de manera alternativa).

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Temporada Capricornio

Por Lu Gaitán

¡Hola, beibis! ¿Cómo les va? Hoy quiero hablarles de la energía de Capricornio, un signo regido por Saturno. Esto que les voy a contar aplica si tenés Sol, Luna, Ascendente en Capricornio, Saturno en casas 1, 4, 7, 10 o 12 y Saturno en aspecto duro al regente del ascendente.

Capricornio viene después de Sagitario y esto, que parece una obviedad, tiene todo el sentido del mundo cuando nos metemos en astrología, donde cada signo está conectado con el anterior, con el siguiente, con su opuesto complementario y con los que son del mismo elemento. Podríamos pensar al zodiaco como un viaje y cada signo es una
parada en un recorrido mayor. La intuición, la pasión y el dogmatismo ciego de Sagitario se transforma ahora en pragmatismo, estrategia y realismo capricorniano. Los grandes ideales que aparecían en Sagitario ahora necesitan ser bajados a la tierra. No es suficiente con hacer declaraciones de principios ni militar todas las causas, ahora se trata de chequear empíricamente si esos ideales funcionan. Es cierto, algunas versiones de Capri son de un realismo salvaje y, a veces, se vuelve un tanto pesimista. Ahora, hay un detalle no menor en la energía de Capricornio y es que se trata de un signo cardinal. ¿Qué significa esto? Que está asociado a los comienzos. De hecho, el comienzo de la temporada Capri está dado por el solsticio y el inicio de una estación. Invierno en el hemisferio norte y verano en el hemisferio sur.

Cuando pienso en el invierno del hemisferio norte y la temporada Capri, me imagino el invierno de Game of Thrones. Crudo, crudísimo. Y cuando pienso en el verano capricorniano del hemisferio sur, me imagino las ciudades vacías porque están todes de vacaciones. Bueno, hasta existe el Sindicato de Capricornianos en internet, reclamando que reciben un solo regalo por navidad, reyes y cumpleaños. Y miles de festejos de cumpleaños que fueron en soledad o con muy poca gente, comiendo los restos de pan dulce o de pionono. Quiero decir que este 2020 fue un año muy capricorniano (Saturno, Júpiter y Plutón en Capri) donde la mayoría de nosotres pasamos nuestros cumpleaños solxs o con muy poca gente. Una pequeña dosis de la vida del capricorniano típico. Bueno, además que fue un año lleno de restricciones y normativas que nos decían lo que podíamos y lo que no podíamos hacer. Capri a fondo.

Pese a ser un signo de tierra, la personalidad típica de Capri no tiene la lentitud de Tauro o la procastinación de Virgo. Alguna vez me dijeron que Capricornio se parecía a Aries en lo ambicioso y en lo cabrón, pero más controlado y planificador. Estoy de acuerdo. Dicho sea de paso, Aries es el primer cardinal, el que marca el comienzo del año astrológico y el primer fuego. Aries ama los desafíos y conquistar territorios inexplorados. Capricornio tiene algo de esto, pero es menos kamikaze, es mucho más estratega y, además, se plantea objetivos en el largo plazo que cumple pacientemente, algo que es bastante difícil para la personalidad ariana. Capricornio es realista en el sentido de que puede separar su deseo de cómo le gustaría que fueran las cosas para registrar lo que efectivamente está sucediendo. Acepta lo que hay y, de ese modo, trabaja para cambiarlo. Es cierto, hay una versión pesimista y quejosa de Capri como el viejito de la película Up de Disney y Pixar, pero es un gran hacedor de realidades. Cueste lo que cueste.

A esta altura de la vida, con la difusión que tiene la astrología en las redes sociales, seguro que ya viste miles de memes que dicen cómo es la personalidad capri: exigente, responsable, determinado, dice que va a hacer algo y lo hace y busca perfeccionarse en lo que sea que esté haciendo. No importa si es con la astrología, si es jugando al fútbol, si toca la guitarra o está tomando clases de bordado. Va a querer hacerlo bien, aunque solo sea por diversión. Una de las mayores dificultades para Capri va a ser la diversión o la liviandad. Esto es algo que pueden incorporar con los años como producto de un trabajo de conciencia, de empezar a sacarse de encima las exigencias propias y las de la sociedad que dicen cómo deberían hacerse las cosas. La personalidad típica de Capri es obediente y busca seguir con las formas conocidas. A menos que tenga otras energías en su carta que lo lleven a jugar y explorar otras posibilidades contrahegemónicas. Sí, lo capricorniano típico es muy de “lo normal”, en el sentido de seguir la norma, al menos durante los primeros años de vida. He visto muchas personas con energía Capricornio que con el tiempo logran desarmar los mandatos y las leyes externas y luego siguen sus propias normativas. Entonces, ya no se rigen por lo que la sociedad espera, sino que hacen su propio camino. Para eso, hay que tener un grado de fortaleza interna muy alta, porque esto de romper con las leyes externas nos deja en lugares muy solitarios. La personalidad capricorniana tiene la capacidad para pasar esos momentos difíciles en soledad y lograr su objetivo. Se me viene a la mente una frase de Federico Peralta Ramos que dice “solo consiguen un oasis aquellos que se bancan el desierto”. Este podria ser un lema capricorniano.

Capricornio tiene como opuesto complementario al signo de Cáncer, así que uno de sus desafíos es registrar su lado tierno, vulnerable y mamífero. Querido Capri, está buenísimo poder atravesar los desiertos en soledad, pero la vida se vuelve muy dura de este modo y no hay nada como la calidez de un abrazo de alguien que amamos y con quien podemos bajar la guardia. Capricornio va hacia Acuario, un signo de aire, así que forma parte de su camino abrirse a otras perspectivas y no, no hay forma de tener garantías y certezas absolutas. Podemos armar estrategias y planes de acción, hacer lo mejor que podamos, pero también existe la variable incertidumbre.

Bienvenidxs a la temporada Capri. Les mando un abrazo grande y les quiero.

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Las series del año, tres favoritas y tres decepciones

Por Juli Fantini

Sepan disculpar las y los lectores de esta columna porque se repetirán conceptos que ya leyeron, pero así son los balances del año. En este caso, haremos una breve jerarquización que parte del universo de lo visto –por cierto, no fue todo lo que se emitió, es imposible– y evitaremos caer en los conceptos de mejores y peores. Optamos por la idea de favorito, es decir, léase esta lista en torno a las preferencias de quien escribe, con la posibilidad de que ustedes sumen las suyas y, así, estimulemos la conversación en un 2020 en el que vimos mucho más que antes. 

En ese contexto, LA serie del año es una producción de HBO que se metió con un tema difícil de contar: el abuso sexual y el después. Se trata de I May Destroy You. Escrita, dirigida y protagonizada por Michaela Coel –basada en su experiencia, fue abusada–, el relato y la interpretación son un verdadero tour de force de las emociones y trabas burocráticas tras una violación, que la protagonista en principio no recuerda y de la que, a través de los capítulos, va descubriendo detalles, exponiendo su subjetividad dañada, tratando de reconstruir lo ocurrido y reconstruirse, junto a su círculo de amigos, quienes también experimentan otras variantes del abuso sexual. Ni complaciente ni dispuesta a deificar a las y los sobrevivientes, el uso del humor como catarsis aparece en I May Destroy you como el componente que te distrae para luego volverte a atrapar, en una narración que, sin dudas, se suma a otras características innovadoras para contar este tipo de historias y consagrar a esta actriz como una de las voces más originales del año. 

FAVORITAS

  1. Normal People 

El drama romántico no es un terreno habitual de la TV de prestigio. En general, prima el abordaje en clave telenovelesco. En este caso, los doce capítulos de Normal People construyen, en varios actos, la complejidad de un romance, y evitan los clichés del género. Es una para llorar y para recordar el primer amor, pero también una profunda reflexión sobre la intimidad y los vínculos. De haber estado en Netflix, no se hubiera hablado de otra cosa. 

Así hablamos de Normal People:

Normal People (Starz Play) es la gran serie romántica de la pandemia. Con potencial de clásico, con seguridad será recordada porque es un retrato íntimo del amor adolescente y sus idas y vueltas posibles de universalizar. Pero también es una serie sobre lo que significa ese paso gigante entre el secundario y la universidad o el trabajo, y quiénes acompañan ese proceso. El vínculo entre Marianne y Connell llena la pantalla y sirve de excusa para mostrar cómo el mundo adulto recibe a estos jóvenes que experimentan el sexo de manera intensa. La ternura y la empatía también son parte de lo que se pone en primer plano en Normal People, y se disfruta de principio a fin, a pesar de las pequeñas y grandes tragedias que atraviesan a la pareja. 

  1. High Fidelity

Esta es otra serie que, de haber estado en una plataforma más popular, hubiera estimulado la conversación social por fuera de los seguidores de Nick Hornby y Zoe Kravitz. Y la pésima noticia es que no tendrá segunda temporada. Si no la vieron, la encuentran en Movistar Play y, por supuesto, en alguna plataforma alternativa. 

El desafío de la serie es contar la misma historia –del libro y la película homónima–, una oportunidad ganada de darle una nueva lectura al libro de los 90, que se cumple con creces. Además, que Rob sea una mujer negra, sin caer en el panfleto de lo políticamente correcto, hace de esta comedia romántica-melómana una experiencia de enorme disfrute.  

Así hablamos de High Fidelity:

High Fidelity (Hulu) hizo lo imposible: le cambió el género al histórico personaje de la novela homónima de Nick Hornby que ya había sido llevada al cine con eficacia con John Cusack como protagonista y, contra todo pronóstico, generó algo encantador. Sobre todo, porque para interpretar a Rob está la carismática Zoë Kravitz, también productora ejecutiva de la serie. En el camino de la comedia romántica, la melomanía atraviesa todos los aspectos de la vida de la dueña de una disquería quien, tras su última ruptura amorosa, repasa viejas relaciones también frustradas para encontrar una respuesta al porqué del fracaso. Esta adaptación es aún más fiel al libro original porque la serialidad permite lo que el cine no: contar la historia en muchos más minutos. La banda sonora es incomparable. Se recomienda la escucha.

  1. Raised By Wolves

El prestigioso Ridley Scott, productor y director del piloto de Criados por Lobos, que regresó a la televisión tras 50 años, le dijo al diario inglés The Guardian que a la serie hay que mirarla con tres botellas de vino encima. La recomendación tiene que ver con la trama, pero también con el momento que aún vive, o padece, la humanidad. 

La serie en sí es una exploración sobre los temas que Scott ha desarrollado en sus películas. No es novedosa: la ciencia ficción clásica es su anclaje, pero para quienes aman el género será una experiencia evocativa. Capítulo tras capítulo las referencias abundan. 

La historia sigue a una pareja de robots cuya misión es procrear y criar a unos niños y niñas en un planeta desconocido, tras un desastre ocurrido en el suyo. De fondo, un enfrentamiento religioso que trae a colación las guerras santas, no muy sutil pero sí efectivo. 

Anoten el nombre de Amanda Collin, quien interpreta a “Madre” una de las androides, porque su actuación merece ser celebrada. 

NO TAN FAVORITAS

  1. Dark (tercera temporada) 

La serie alemana que ganó el mundial que organizó Netflix en Latinoamérica tuvo un desenlace indigno para sus comienzos. Esa trama complejísima que te exigía, como Cien años de soledad –salvando las distancias narrativas–, mirarla con un mapa de las familias en las tres temporalidades, terminó traicionando su original camino de thriller doméstico de ciencia ficción. 

Al desenlace se lo devoró su propia ambición de contarlo todo, con, por ejemplo, la introducción de las realidades alternativas, priorizando la acción y los rulos narrativos por sobre el drama familiar. Las ramificaciones en tiempo, espacio y mundos no hicieron otra cosa que aturdir, también en su afán de dar cuenta de varios conceptos filosóficos que sobraron.

  1. Run

Esta comedia romántica de acción tenía todo para ser algo para recordar: los protagonistas Merritt Wever y Domhnall Gleeson son grandes actores, la creó Vicky Jones, socia creativa de Phoebe Waller-Bridge (Fleabag) –quien tiene un pequeño papel en Run– y cuenta con el sello de HBO. Sin embargo, se va a la banquina. 

La premisa de arranque es atractiva: dos exnovios que pactaron huir de sus vidas si las cosas se complicaban, finalmente hacen contacto 17 años después de finalizada la relación y se embarcan en un viaje en tren por EE. UU. 

El pacto de huida, lo que dejan atrás, y el reencuentro ya eran material suficiente para contar una buena historia hasta que un crimen transforma lo divertido y riesgoso de la trama inicial en una tragedia de proporciones, nada interesante. 

  1. Little Fires Everywhere

La serie protagonizada por Kerry Washington (Scandal) y Reese Witherspoon (Big Little Lies) que llegó este año a Amazon Prime Video tenía todas para ganar: ambientada en los 90, con dos grandes actrices protagónicas embarcadas en un duelo sobre dos formas de maternar y de vivir, se fue de eje rápidamente con sus trazos gruesos al plantear las diferencias de clase y género entre las dos. Son ocho capítulos en los que se presenta un flashback que da cuenta de quién pudo haber prendido los pequeños fuegos que terminan con la casa fabulosa del personaje de Witherspoon en llamas y que vemos en la primera escena.

El potencial que tenía revisar la última década del siglo pasado se reduce a referencias directas a consumos culturales y guiños cómicos, cuando tenían todo para profundizar en la moral de esos tiempos: la era Clinton en EE. UU. 

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La épica

Por Nano Barbieri

Son casi las once y mi casa es un planeador que corta el aire llano de la noche. No se escucha a nadie ni nada y es difícil imaginar el ruido, el frío y el calor de otros lados: las cosas tienen volumen. Es asombrosa y en parte esperanzadora la velocidad con la que puede verse todo de otro modo. El día que acaba ya parece de otra persona que no soy yo. Pero estuve ahí. Y entonces recuerdo.

Recuerdo que me enredé, como tantas otras veces, en discusiones sobre las formas (las formas: el detalle, el color, la postura). No importa cuáles, siempre son la periferia de los hechos. Y entonces me acordé de esta historia, que más que una historia es casi una escena, breve, contundente, como todas las grandes gestas. Pero es tan hermosa la síntesis, que vuelve, una y otra vez, como la repetición de un gol.   

Fue hace mucho tiempo. Murió mi abuela y yo no estuve. O murió la mamá de mi viejo. Dicho así, duele más. El lugar favorito de ella era uno donde nunca pudo estar. Otra vez, los hechos, las narraciones y lo que hay entre los dos. La música, los vinos, las copas, el piano, eso le bastaba para vivir en Francia, para navegar el río Sena. Mi abuela se llamaba Kicha y murió sin haber estado ahí. 

Entonces, a los pocos días de su muerte, surgió una idea familiar que me pareció absurda: había que llevar sus cenizas al río. Viajar a Europa y mezclarlas ahí, con el agua del lugar con el que construyó quién sabe cuántas fantasías y trincheras que la ayudaron a vivir. No me opuse solo por falta de ideas o convicción. Lo cierto es que, de un modo que desconozco, la idea germinó, creció y maduró. 

Pasaron semanas o meses, no sé. Me olvidé del tema. Y un día de la nada, así como hoy, de calendario, me llegó una foto en un e-mail. Lo abrí con la frialdad de un acto reflejo y ahí estaba mi hermana abrigada al lado de un río marrón, ancho, turbulento. Parada sobre una ribera que era de cemento, o cerámicos, no me acuerdo bien. Gris. Se veía sola en la imagen, ni amigos, ni desconocidos, nadie. Se puso las cenizas en las manos y las tiró al río como si fueran una ofrenda. Las dos manos juntas, arrodillada frente a la costa, las dejó caer al agua como se acuesta a un bebé, o como se abren las palmas para develar un truco de magia. Ninguno de nosotros lo hubiera hecho de esa manera, hay tantas sensibilidades a las que no tengo acceso, pensé. Es un gesto, solo un microgesto de algunos segundos y, probablemente, mucha espontaneidad. Y, sin embargo, en su insignificante duración en el tiempo, definen a una persona para siempre.

¿Cuál es el hecho? ¿Cuál es la acción? ¿Dónde reside la importancia de las cosas? Tirar las cenizas al agua era casi un lugar común. Fue, sin embargo, todo lo contrario. Tan solo un gesto, una sutileza de ella, justamente ella, que tan poca atención le presta, y mucho menos le interesa, la épica.

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Elogio de la incertidumbre, del fracaso y de la espera

Por Gonzalo Marull

Está terminando un año muy particular, un 2020 en donde la humanidad toda se enfrentó a una nueva crisis, profunda y compleja. 

Nos acosa el dolor, por los y las miles que han muerto. Nos acosa el temor, por el riesgo en el que todos y todas estamos. Nos acosa el estupor, por los destrozos que van desde nuestros sistemas económicos hasta nuestros sistemas de vida. 

Y así estamos frente a la pandemia. Sabemos que durará un tiempo, pero no sabemos hasta cuándo. Sabemos lo que se va a deteriorar, pero no sabemos cuánto. El aislamiento y el encierro nos ubicaron en un lugar de fragilidad, de sobreexposición al trabajo y con una necesidad imperiosa de sobrevivir. 

Por eso, se está terminando un año en el que, entre otras tantas cosas, sentimos que las palabras incertidumbre, fracaso y espera se transformaron en malas y peligrosas. 

Cuando, en una entrevista que di para el Centro Cultural España Córdoba en mayo, le pregunté al artista plástico Elian Chali cómo llevaba la cuarentena, me contestó: “Estoy entrenando el derecho a fracasar en este encierro”. Y fue realmente una respuesta reveladora. 

¿Por qué nos dan tanto miedo la incertidumbre, la espera o el fracaso?

Nuestra sociedad históricamente le ha rendido un culto muy fuerte a la certeza: el futuro siempre se ha visto como una confirmación de una expectativa; la duda nos compromete creándonos un extraño sentimiento de temor y culpa; el reconocimiento de nuestra ignorancia nos torna débiles y vulnerables; la capacidad de expresar “no lo sé y no tengo por qué saberlo” nos incrimina, limita nuestra libertad y desdibuja nuestra imagen. Desde la escuela y el Estado, pasando por la iglesia o la familia, se reverencia la certidumbre como algo meritorio y eficaz. 

Dice la cineasta Claire Atherthon: “A veces nos sentimos perdidos. Cuando nos sentimos perdidos, no podemos soportarlo. Así que tratamos de encontrar respuestas. Con rapidez. Demasiado rápido. Las respuestas nos hacen sentir seguros, pero borran las preguntas. Si tenemos solo respuestas y no más preguntas, creemos que sabemos y dejamos de buscar, de movernos, de madurar. Dejamos de reflexionar nosotros mismos, dejamos que otros piensen por nosotros. Nos volvemos ciegos. Ya no nos enfrentamos a la incertidumbre. Nos hace creer que estamos a salvo, pero en realidad nos aleja de nuestros propios sentimientos, de nuestro propio ser. Es rendirse ante la vida. Tenemos que dejar de controlarlo todo. No deberíamos tener tanto miedo a lo desconocido, porque el misterio es parte de nuestra existencia”. 

Y es ahí, en ese estado de extravío, donde el arte nos puede ayudar. Sí, el arte es un espacio en el que no hay nada que conocer y todo que sentir, que experimentar. Es un lugar para la sustancia misma. Si estamos dispuestos a enfrentar una película, una pieza musical, una obra de teatro, una pintura o una escultura con todo el cuerpo, para recibirla con humildad sin tratar de comprenderla enseguida, vivirá con nosotros por mucho tiempo, nos hablará, nos cuestionará, nos ayudará a relacionarnos con la realidad. El arte puede darnos una especie de equipaje espiritual que nos permita posicionarnos contra todo lo que es cruel, obtuso y primitivo. El arte puede mostrarnos la complejidad de una pregunta y la fragilidad de la respuesta. Como escribió Goethe alguna vez: “Uno nunca va tan lejos como cuando no sabe adónde va.”

Vivimos también en una sociedad que sobrevalora el éxito y lo asocia con el dinero y el poder. Una mirada algo sesgada, pero con exigencias altas que condicionan potencialmente mayores fracasos, ante la no satisfacción de la mirada de los otros y de nosotros mismos.

Hay una frase de Beckett que se hizo remera: “Ever tried. Ever failed. No matter. Try again. Fail again. Fail better”. (“Lo intentaste. Fracasaste. Da igual. Prueba otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor”). Una frase que fue totalmente sacada del contexto “becketteano” y puesta al servicio de los que piensan solo en el éxito. Beckett en realidad nos decía que tras los sucesivos fracasos no nos espera un éxito, solo hay más fracaso. Hay una resistencia dentro de ese vacío, de ese pesimismo existencial, una resistencia que lleva a “continuar a pesar de todo”. Por eso la frase final de su trilogía decía: “Debes seguir, no puedo seguir, seguiré”. Y en ese seguir aparecerá el error nuevamente. Y el error nos vuelve frágiles. Nos vuelve humanos. Nos da vida. Hacer, por ejemplo, un tipo de arte en el que el error es absolutamente inevitable saca del trabajo cualquier idea de perfección o pureza, que están en relación con la muerte, mientras que hoy más que nunca necesitamos estar ligados a la vida. 

“Lo que amo en el arte es el acaso, el accidente, el azar”, decía el genial documentalista Eduardo Couthino.

Y para dejarnos llevar por la incertidumbre y levantarnos de los fracasos necesitamos saber esperar. San Agustín decía: “No hay tres tiempos, no existe el presente, el pasado y el futuro. Hay solo un tiempo que es el presente, que se declina en tres tiempos, el presente del pasado, que es el recuerdo, el presente del presente, que es la mirada y el presente del futuro que es la espera”. El futuro es la espera. 

Hay infinitas formas de espera: la que llega con el amor, la visita al consultorio médico, la espera en la estación de ómnibus, el aeropuerto o en el embotellamiento. Esperamos: a la otra persona, la primavera, los resultados de la lotería, una oferta, la comida. Esperamos la llegada del cumpleaños, del día festivo, de la suerte, del resultado del partido y del diagnóstico. Una llamada, la llave en la cerradura, el próximo acto o la risa tras el chiste. Esperamos a que cese el dolor, a que nos encuentre el sueño o se aplaque el viento. Esperar es propio de toda evolución, ya sea la gestación o la pubertad, o el acopio y la vacilación durante el acto creativo. “El titubeo antes del nacimiento”, lo llamó Franz Kafka. 

El que espera imagina lo venidero, a menudo contando con la opción del vacío, por lo que la espera es nuestro primer acto cultural.

Warten, “esperar” en alemán, es, según la definición del Diccionario Grimm, un verbo que significaba “mirar a algún lugar, dirigir la atención hacia algo, atender, cuidar, guardar, perseverar”.

Esperar para poder encontrar lo inesperado. Tener paciencia, tranquilidad, confianza en la espera. Pero no de modo pasivo. En un estado de vigilia, de atención, pero que no pretenda la inmediatez. 

¡Hoy las cosas se están haciendo tan rápido! Necesitamos esperar, pero todos y todas nos dicen que nos apuremos. Nuestra vida hoy es la velocidad misma, los resultados, la “eficacia”. Por eso hoy es cada vez más difícil aceptar este vacío fértil. Decía Roland Barthes en Fragmentos de un discurso amoroso: “La identidad fatal del enamorado no es otra más que esta: yo soy el que espera”.

Termina el año 2020 y, desde este pequeño pero sentido pódcast de No Me Grites, quiero agradecerles por la escucha atenta y generosa, ya que creo será una de las actividades fundamentales para atravesar el 2021 de la mejor manera posible. Porque escuchar no es un acto pasivo. Primero tenemos que dar la bienvenida a la otra persona, tenemos que afirmarla en su alteridad. Luego tenemos que atender a lo que dice. Nos abrimos a la otra persona, nos exponemos a la conmoción, nos hace vulnerables. Escuchar es un prestar, un dar, un don. Ser permeables al misterio, a la incertidumbre, al peligro, a la voz del prójimo que nos hace ser finalmente lo que somos. Brindo con ustedes por un 2021 de espera, más preguntas que respuestas, escucha y una mirada que se curve y nos permita mirar y mirarnos a nosotrxs mismos. Muchas gracias. 

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Eclipse y Luna Nueva en Sagitario

Por Lu Gaitán

Hola, beibis de mi vida, ¿cómo les va? Hoy quiero hablarles sobre el eclipse del 14 de diciembre del 2020. Es un eclipse de sol, o sea, de luna nueva. Luna nueva es cuando sol y luna están en el mismo signo, en este caso, en el signo de Sagitario y, a su vez, esta fase de la luna se produce cerca de los nodos. Si querés profundizar en esto de los nodos, podés escuchar el capítulo que dejé hace un par de semanas sobre los eclipses.

¿Qué es lo que trae este eclipse en el grado 23 de Sagitario? Sagitario está regido por Júpiter y hay algunxs astrologxs tarotistas, como mi querida amiga Karen Diaz, que asocian el arcano 10, la rueda de la fortuna, con la energía de Júpiter. Así que paso a contarles cuál es la data que viene con este arcano. La rueda de la fortuna representa el movimiento fortuito de la vida. Ahora caemos en la cuenta de que somos cíclicos, que tenemos muchas posibilidades de hacer cambios trascendentales y esta es una de esas oportunidades. Sobre todo, si queremos salir de un esquema donde siempre obtenemos los mismos resultados. Esto que estoy diciendo se parece bastante a esa película que a les astrologues nos encanta citar que se llama El día de la marmota o El hechizo del tiempo, donde Bill Murray se despierta una y otra vez el mismo día y empieza a hacer distintas cosas para salir de esa sensación de estar corriendo en una rueda de hámster, donde hay movimiento pero es un movimiento que no lleva a ningún lugar nuevo. Perdón, pero un poco voy a spoilear. La forma en que Bill Murray sale de ese esquema de repeticiones constantes es cuando cambia su perspectiva. O sea, cuando cambia su forma de ver el mundo. Porque, lo que una vez funcionó, ahora ya no sirve más y esto es lo que abre la posibilidad de hacer esos famosos saltos cuánticos.

Esto es algo que viene con el eclipse del 14 de diciembre y con el resto de los eclipses que sucederán durante el 2021. Pero tranqui, porque no todo tiene que suceder el día del eclipse. De hecho, el eclipse abre un periodo de seis meses, lo mismo que sucede con cada luna nueva, y a sus resultados los veremos con la luna llena de fines de mayo. A diferencia de otras lunas nuevas, donde no hay eclipse, es probable que esta vez, sobre todo si venimos prestándole atención al timing que marcan las fases lunares, sintamos que los procesos sean bastante más acelerados. Por eso, podríamos decir que los eclipses son aceleradores kármicos. Y acá, me parece interesante que salgamos de una idea del karma como si fuera un dios patriarcal que nos castiga por lo que hicimos o dejamos de hacer, sino que lo veamos de un modo menos moralista, donde se ve el resultado de nuestras acciones, más parecido a una ley física que a una ley creada por los seres humanos.

Siguiendo con la información que viene con el arcano 10, la rueda de la fortuna, en vínculo con el eclipse, sumado al próximo ingreso de Saturno y Júpiter en Acuario (de esto también hablé hace un par de semanas y podés buscarlo entre los capítulos de Bruji Pop), podemos sentir que todo se sacude a nuestro alrededor y que quedamos arrastrados por la ola y nos quedamos semi en pelotas, como cuando nos metemos al mar en la costa atlántica. Entonces, uno de los grandes desafíos de este eclipse es dejarnos atravesar por los cambios que van a estar sucediendo a nuestro alrededor, pero, en la medida de lo posible, permaneciendo centradxs. Este eclipse va a verse en Argentina y Chile y, según lo que hemos observado lxs astrologxs a lo largo de los años, es necesario prestar atención a lo que sucede en los países donde se ve el eclipse. No sé realmente qué va a pasar pero sí puedo decir que se va a seguir moviendo el tablero donde estamos jugando. Y ojalá sea la legalización del aborto. 

Con este eclipse, se hace evidente que necesitamos cambiar nuestras creencias, nuestra forma de vivir la espiritualidad, la religión y nuestras ideologías. ¿Eso significa que tenemos que abandonarlas por completo? No sé, es difícil dar recetas universales que apliquen a todas las personas que están escuchando este pódcast, pero sí podemos decir que necesitamos corrernos de nuestros lugares más dogmáticos y justamente lo que tenemos que desarmar es esa pretensión de tener la verdad universal que aplique a todos los seres humanos y a todas las situaciones del mundo. Esa cosa “baja línea” que todes tenemos en mayor o menor medida. Júpiter y Sagitario nos hablan de las cosmovisiones, o sea, nuestras visiones sobre el mundo, que por supuesto necesitamos para tomar decisiones de manera más o menos automatizada en nuestra vida cotidiana. En el extremo opuesto, Géminis y Mercurio, se ubican la pregunta y la duda permanente. 

Voy a poner un ejemplo para que se vea. Si yo soy vegana, tengo una posición ideológica que va en contra de la explotación animal en cualquiera de sus formas: la industria alimenticia, los testeos en laboratorios, la ropa hecha de animales o los entretenimientos como zoológicos o circos. Entonces, esta ideología me facilita la toma de decisiones cuando voy a comprar comida. Todo lo que sea de origen vegetal, bienvenido. Todo lo que sea de origen animal será rechazado. El problema con este tipo de posiciones es cuando las universalizamos y las llevamos al extremo. Entonces, olvido que los pueblos originarios de América Latina tienen otro vínculo con los animales y olvido también que las vacas serán fundamentales a la hora de recomponer el suelo que fue destruido por el monocultivo y los agroquímicos.

Acá es donde aparece la energía geminiana, opuesta a Sagitario, que trae la posibilidad de disociar y aplicar el famoso “depende”, que nos lleva a hacer contacto con la singularidad y especificidad de cada caso. A esto me refiero con corrernos de dogmatismos sagitarianos/jupiterianos. ¿Es fácil? Claro que no. ¿Cómodo? Tampoco. Pero sí creo que es necesario abrir nuestras mentes a otras perspectivas, menos rígidas. Si cambian nuestras ideas, también cambiarán nuestras acciones y, de ese modo, también cambiará la materia. Hasta acá llegamos por hoy. Les mando un abrazo grande. 

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No hay Mank posible sin El Ciudadano

Por Juli Fantini

Mank es una película que llegó a Netflix el pasado viernes 4 de diciembre y propone varias claves de visualización: sin haber visto El Ciudadano es una de las posibilidades; si la viste hace demasiado tiempo y la película es un recuerdo lejano; y, por último, quienes son fanáticos no tendrán nada que revisar. La recomendación para el resto es verla de nuevo (está en Qubit, entre otras plataformas) porque no hay Mank sin El Ciudadano: completa la narración. Si quieren ir un poco más, un repaso por libros de historia del cine también vendría bien, dada la cantidad enorme de referencias al Hollywood de los 30 de los 40 con personajes reales e historias que efectivamente ocurrieron.  

Si no sos parte de la cinefilia fanática de esa época te quedas algo afuera. De todas maneras, la película se puede ver desde el desconocimiento, pero, reitero, no hay Mank sin la obra de Orson Welles. Pasaron 80 años desde su estreno y no envejeció.

De regreso a Mank, tiene varios puntos a favor: la película ES Gary Oldman en todo su esplendor interpretativo, y también se destacan los secundarios, así como la dirección de David Fincher, aunque esta –la número 11 del director de Pecados Capitales– parece la menos fincher de sus películas. En lo que tiene que ver con el cuento, la forma que toma la venganza de Mank hacia Hearst, justamente el guion, y la reflexión sobre el poder son otros de los atractivos de la película, una que no celebra a Hollywood y que, por suerte, no toma la forma de la clásica y repetida película biográfica. 

Por el contrario, Mank, como Red Social –la película de Fincher sobre Mark Zuckerberg y Facebook– se ocupa de un conflicto particular: el arco narrativo es la escritura del guion de Ciudadano Kane de la mano de un tipo bastante particular y talentoso que tiene un problema con el alcohol y, como en la película de Welles, se cuenta en dos tiempos; los flashbacks son, de alguna manera, un homenaje. 

¿Qué le falta a Mank? Algo de emocionalidad y más presencia de Welles, aunque parece una decisión acertada, porque ocuparse de Welles hubiera dado para una película de seis horas, o, tal vez, una serie. 

Un dato relevante es que el guion de Mank fue escrito por el padre de Fincher, quien falleció hace unos años. Este fue retocado y corregido por Eric Roth, el guionista de Forrest Gump, y tiene una velocidad y una forma de contar que la hacen muy atractiva. Siguiendo con la comparación con Red Social, Mank también es la historia de la creación de algo genial y de una traición, la del antihéroe de Oldman hacia William Randolf Hearst, el magnate de los medios. 

Oldman es el protagonista absoluto de la película: un paria que viene de la Costa Este con prestigio como periodista y escritor, y llega a Hollywood con cierta aversión por esa cultura para, básicamente, hacer plata. Mank es un alcohólico y un cínico, aunque una buena persona que, como tantos, desprecia el sistema de estudios, pero disfruta de sus fiestas.

Otro eje importante se refiere a la manipulación mediática que aparece como tema en una elección provincial mostrada en los flashbacks hacia la década del 30, y es algo torpe en su exposición sin sutilezas, tal vez porque sucedió de esa manera. Así y todo, Mank es un film sobre el acto de creación de un guion que es una traición hacia un amigo. Lo demás es anecdótico. 

En un rancho del Desierto de Mojave, con un estado psíquico y físico bastante deplorable, acompañado por una enfermera y por un asistente que toma notas y tipea, vemos a Mank hacer su magia. La asistente, que se convierte en una especie de compinche del guionista, es interpretada por Lily Collins, que se reivindica tras el papelón de Emily en París.

Allí transcurre gran parte de la película, que podría ser poco si no fuera por la agudeza y la precisión de las actuaciones y la tensión ante las presiones que recibe Mank para entregar el texto, lo que le da la tensión dramática necesaria para que no dejemos de ver.

Otro de los secundarios que vale la pena resaltar es el de Amanda Seyfried como Marion Davis –la pareja de Hearst– una actriz que tiene vida, tiene sexo, y cuenta algo más allá del estereotipo de la chica tonta y linda. 

“La narrativa es un gran círculo, como un rollo de canela –le dice Mank al productor de Ciudadano Kane, que le cuestiona las innovaciones del guion, el abandono del relato lineal–, no se puede capturar la vida entera de un hombre en dos horas, todo lo que podés esperar es dejar una impresión”, completa. Este precepto guía tanto a El Ciudadano como a Mank, que, a pesar de todas las referencias puestas en juego, muestra al guionista tan solo como una partecita menor del enorme engranaje de la producción de cine, llena de intereses políticos y, también, por supuesto, estéticos.

En lo que tiene que ver con el crédito del guion, Mank iba a ser el escritor fantasma de Welles y finalmente logró que el crédito fuera compartido. El asunto se toca de manera explícita, pero de forma breve. Si interesa esto, hay decenas de artículos y libros que se meten con ese asunto en particular. Fue un gran debate en los años 70.
Un último detalle, que es un signo de sexismo contemporáneo, es que Oldman tiene más de 60 años e interpreta un tipo entre sus 30 y 40, mientras que dos de las mujeres en la ficción –tanto el personaje de su esposa, la Pobre Sara, como el de Seyfried– tenían la misma edad que Mank y las actrices son aún más jóvenes que a quienes interpretan. Así y todo, Mank es una gran película, pero imposible de ver en soledad. El contexto importa y Oldman, sin dudas, volverá a arrasar en la temporada de premios por este genial retrato de un hasta ahora desconocido guionista. 

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Movimiento

Por Nano Barbieri

Era nueve de marzo del dos mil. Yo cumplía dieciocho años ese mismo día y estudiaba con la ventana abierta del departamento de calle Italia. Recién llegaba a Villa María y, como no nos habían conectado la luz, me sentaba pegado al pasillo para poder leer. No conocía a los vecinos, solo de vista a algunos: una chica que escuchaba los redondos, un policía que era su pareja y un tipo solo, de unos cuarenta años un poco fanfarrón que usaba remeras entalladas y algo de gel. Pongamos que se llamaba Luis.  

Fue Luis el que se acercó esa tarde cuando volvía del almacén. Me saludó, se presentó y no podía creer que en mi cumpleaños de dieciocho estuviera sobrio y solo. Me dio la impresión de que sintió una pena generacional. Me invitó a cenar esa misma noche. Vivía exactamente arriba de mi departamento y acepté. Compré una cerveza y llegué puntual, a las nueve. Había olor a desodorante Axe y se estaba poniendo una camisa mangas cortas. Pasá, pasá, me dijo. Escuchaba música como si fuera la última vez, una canción de Alejandro Sanz. Yo estaba muy agradecido con su gesto, pero no veía un solo punto de encuentro para sostener lo que quedaba de la noche que acababa de empezar. Se abría un espacio de tiempo indefinido que no tenía la menor idea de cómo ocupar. Luis había puesto una pizza al horno y le pregunté si le gustaba cocinar. Claro, dijo, y me miró con un gesto de soberbia nocturna. 

En eso, mientras ninguno de los dos se sentaba sonó el timbre, que partió la canción como un rayo. Él atendió el portero y dijo pasá. Era Irene. O él le decía Irene. Una mina que estoy viendo, me dijo. Rusa, se rio buscando mi complicidad. Irene subió y saludó a Luis con un beso triste, de frontón. Él le hablaba como si ella entendiera todo. Le contó de mí, de mis dieciocho años, se extendió por largos minutos recordando su propio cumpleaños de dieciocho que había sido, por supuesto, mucho más picante que el mío. Luis parecía tener una audiencia que nosotros desconocíamos, que no estaba ahí. Me presentó al final de la historia, nos saludamos y nos sentamos a la mesa. Irene no hablaba una sola palabra de español y estaba siempre a punto de llorar. 

Luis abrió una botella de sidra y nos convidó del pico. La música seguía muy alta y mientras él chequeaba la pizza en el horno y le agregaba rodajas de tomate, Irene empezó a conversar conmigo en un inglés elemental. Había hablado con sus hijas, que no eran rusas, sino ucranianas. El invierno estaba siendo filoso y habían llegado a quemar maderas de muebles, peldaños de escaleras. Tenía un cuerpo deshabitado. Había venido a encontrar trabajo porque era maestra quesera. Pero el relato de Irene se interrumpió con la dedicatoria de un verso. Luis tomó la botella como micrófono, se acercó y le cantó: ¿Quién me tapará esta noche si hace frío? ¿Quién me va a curar el corazón partido?

El volumen que al principio fue incómodo y torpe acabó alfombrando una noche que no hubiera podido soportar momentos de silencio. Comimos la pizza que estaba rica y salada. Brindamos por mi cumpleaños como si nos conociéramos hace tiempo y escuchando cómo Luis repetía cómo no tengo dieciocho, cómo no tener dieciocho hoy. Destapamos una cerveza más y una parte de Irene tomó el control, como si acabara de entrar en ella una persona distinta. La vi reírse por primera vez y levantarse de la silla como un gesto de supervivencia. Irene sabía bailar. Lo abrazó a Luis como si fuera, él también, una persona distinta. Agradecí la invitación, los saludé y bajé a mi departamento. 

A veces, cuando los suelos son arenas movedizas, me acuerdo de aquel día. De mis dieciocho años y del derrumbe hermoso de algunas certezas. La felicidad es, también, una bestia en movimiento.