,

Descansa en paz, Dick Johnson, la muerte del padre

Por Juli Fantini

Esta reseña contiene spoilers, detalles de la trama del documental. 

Según la relación que se tenga con la muerte, este documental puede caer como un baldazo de agua fría o un momento excepcional, desde lo cinematográfico y también lo emotivo. Dick Johnson is dead llegó a Netflix el 2 de octubre y su título poco atractivo tal vez no llamó a demasiada gente a darle clic, pero vale la pena.

Dirigido y protagonizado por Kirsten Johnson y su padre, el documental está atravesado por el humor negro y sirve de catalizador de la narrativa que se ocupa, justamente, del deterioro y la, se supone, inminente muerte de Dick, quien padece de mal de Alzheimer.

La intención final es la de una hija queriendo eternizar a su padre a través de una película. La forma es lo radical. Un planteo que puede resultar algo revulsivo para espectadores con pruritos sobre la experimentación cinematográfica. Es que en Dick Johnson is dead se concretan distintas muertes violentas y posibles del papá de la realizadora a través de la magia del cine. Es decir, los efectos especiales. Todo con el consentimiento de Dick, por supuesto, un psiquiatra que tuvo que retirarse por el avance de su enfermedad, la misma que tuvo su mujer unos años atrás.

Fuera de didactismos de libros de autoayuda, la película no propone ninguna fórmula para afrontar la inminente muerte de un padre, sino un homenaje en vida a un tipo adorable, y un vínculo con su hija que es conmovedor. Sí hay algo de terapéutico, tal vez por la profesión de Dick, sobre todo para la realizadora, que puede concretar un acercamiento inusual e intenso a su padre, mientras introduce reflexiones a través de las conversaciones “privadas”, que son genuinamente universales. 

Así, asistimos a un tributo a un padre en vida, pero también a una muestra de lo que se denomina cine dentro del cine: las posibles muertes absurdas de Dick sirven para descomprimir desde el humor. Pero no aparecen aisladas, sino que se muestra la producción de las escenas que incluyen dobles de riesgo, sangre falsa, entre otros elementos propios de los efectos utilizados. Allí, técnicos, coordinadores, productores también se vinculan con este ser adorable que admira la tarea que hacen, con él en el centro de las cosas.

La exposición de la relación afectiva entre padre e hija, amorosa, aparece como una estrategia personal de la realizadora. Sin dudas que descomprime la pena de saber del final inexorable de Dick (aunque aún no ha muerto), mientras introduce el drama del avance de su deterioro cognitivo. Algo mucho más terrible que ver a Dick aplastado por un aire acondicionado que cae desde un edificio en plena calle. 

El código compartido hace posible que esas escenas no resulten disonantes, sino que los llevan a reírse, juntos, de la muerte. Sin embargo, las que priman y son las más sobresalientes los tienen a los dos conversando e intercambiando experiencias cotidianas, como el cumpleaños 86 de Dick. 

Dick Johnson is dead también introduce en un segundo plano, presente durante todo el relato, una problemática común entre quienes tienen padres mayores con alguna enfermedad que requiere de cuidados y atención permanente. Vemos cómo Dick se muda de Seattle a Nueva York para vivir en la casa de su hija, ya que no puede valerse por sí mismo. Incluso se expone una conversación en la que se plantea un posible futuro en un hogar de cuidados, como sucedió con la madre. Ahí aparece la resignación frente al avance de la enfermedad, lo más crudo del documental y, tal vez, lo más universal. 

La película es una carta de amor y también un obituario anticipado. Los 89 minutos que dura desafían a la muerte y animan a pensar en los vínculos que se tienen y no, aunque no sean tan buenos el de Dick y Kirsten. El experimento audiovisual deriva en un rescate de las posibilidades disruptivas que el cine tiene desde siempre: invertir la realidad y crear algo bello y conmovedor.

,

¿Acaso mi plata no vale?

Por Nano Barbieri

Hace algunos meses hubo una hermosa discusión, tal vez de las más ricas, políticamente hablando, de este año-siglo que nos toca vivir. Por profunda, por incorrecta. Pasó algo desapercibida, pero a mí me pareció notable, verdaderamente de fondo y me gustaría retomarla. Tiene que ver con el significado del dinero o, mejor, con el sentido del dinero según la pertenencia social. Veamos.

Un poco de contexto. Apenas asumió el gobierno actual, se lanzó en conjunto con algunas personalidades y famosos el Plan Nacional de Lucha Contra el Hambre. Una de las acciones fue la entrega masiva de la Tarjeta Alimentar, a través de la cual el gobierno intenta aún hoy recomponer los consumos elementales de millones de personas. Acceso a la comida, básicamente. Más de un millón de familias reciben mensualmente una suma que ronda entre 4000 y 6000 pesos para garantizar la compra de alimentos. A priori, a mi manera de ver el mundo, nada que reprochar. Un paliativo elemental.

La cuestión es que esta asignación prohíbe dos cosas: el uso o extracción del dinero en formato papel, por una parte, y la compra de bebidas alcohólicas, por otra. Además, es regulado por un programa de Seguridad Alimentaria y Nutricional. Es decir, las asistencias del Estado son condicionadas por una serie de decisiones sobre los consumos y un control sobre el desarrollo de los cuerpos que forman parte del plan. Entonces, la pregunta: ¿qué cosas pueden y qué cosas no pueden los pobres comprar con ese dinero? ¿Qué “clase” de dinero se les da a los pobres?

Con el plan en marcha, Juan Grabois, uno de los más críticos en relación al tema, lo puso en cuestión y dijo: no puede haber libre mercado para los de arriba y condicionantes paternalistas para los de abajo. Es cierto: de alguna manera, las condiciones e indicaciones del estado hacia los beneficiarios consideran al pobre como un consumidor incompetente, como una persona que, librada a su voluntad, no sabría priorizar las necesidades familiares. En relación con esto, la economista Corina Rodríguez Enríquez demuestra el modo en que las condicionalidades son, en gran medida, las que habilitan el apoyo de una parte importante de la población para tomar estas medidas. Las condicionalidades dividen las aguas entre pobres merecedores y pobres que no. Y esto es algo muy bienvenido en la opinión pública.

La socióloga estadounidense Viviana Zelizer escribió en 1994 un libro fuera de la caja. El texto se llama El significado social del dinero. Ahí la autora define el “marcado social de la moneda”. La hipótesis central de la autora es que, aun cuando un dólar siempre sea un dólar, las relaciones sociales le confieren un valor diferente a ese mismo dinero, según distintos contextos y circunstancias. Así, según cómo hayan percibido el dinero, o cómo pretendan gastarlo, el dinero tiene una marca social diferente: “mil dólares ganados en el mercado de valores no se consideran de la misma manera que 1000 dólares robados en un banco, o 1000 dólares que nos presta un amigo”, dice Zelizer.

Uno de los ejemplos con los que la autora grafica esta relación proviene de un estudio del mercado de la prostitución en Oslo. Viviana mostró la existencia de una “economía dividida” entre muchas de las mujeres que usaban el dinero de la prostitución para comprar alcohol o drogas y reservaban las sumas otorgadas por los servicios sociales para los cuidados que necesitaban los hijos.

El mismo dinero, los mismos billetes. A través de las prácticas sociales, a través del poder cultural del dinero, las personas rompen lo fungible del dinero: que un peso sea igual a otro. En cierto sentido, el dinero funciona como el lenguaje y, a pesar de su configuración dura, por llamarla de algún modo, sigue estando sujeta a interpretaciones. Las personas y los grupos sociales le otorgan significaciones desiguales. El dinero, dirá Zelizer, a diferencia de su concepción monetarista, nunca es neutral.

Pero volvamos al disparador de esta columna, a la excusa para problematizar el dinero. ¿Qué “clase” de dinero se les da a los pobres? Bien, en líneas generales, más allá de esta duda planteada por Grabois, la política de la tarjeta alimentaria no fue cuestionada masivamente en su condición paternalista. Más bien al contrario, fue sostenida en las cláusulas sobre su utilización. 

Ahora, en el otro extremo de la pirámide social. Olvidemos por un momento que los dólares son, como efectivamente son, una mercancía importada. Imaginemos que son, como muchos los intentan presentar, tan solo un mecanismo legítimo de preservación del valor de los ahorros. Cerremos esa grieta parcial. 

Pero preguntemos, ¿cómo es posible que una medida condicionante, como es la restricción al acceso de dólar ahorro sea masivamente percibida como una medida paternalista sobre el modo de encauzar los ahorros de los argentinos? ¿Por qué una intervención sobre las libertades del uso del dinero resulta legítima y prácticamente incuestionable y la otra se presenta como aberrante y limitante de las libertades? Es la marca social del dinero, pienso que diría Zelizer. La legitimidad social del billete que hace que algunos puedan tener ciertos usos y otros no. El contexto, la circunstancia y, fundamentalmente, la condición de clase. ¿Cómo puede ser que hayamos pasado tantos años creyendo que el dinero era algo neutro, impersonal? El uso del billete dice mucho sobre la organización social. 

O más que decir, como canta Bob Dylan, el dinero no habla: putea.

,

Nos bombardean con imágenes. ¿Cuáles seleccionamos?

Por Gonzalo Marull

Vivimos en un bombardeo constante de imágenes que, con la pandemia, se ha agravado notablemente. Contemplamos pantallas durante horas y somos mirados a través de ellas. El panóptico, los mecanismos de control, la sociedad de la transparencia, son conceptos que se revitalizan. En medio de todo este maremoto invasivo y desjerarquizado, ¿qué imágenes seleccionamos? ¿Cuáles mostramos? ¿Cuáles son las que verdaderamente nos llegan? ¿Con qué imágenes trabajamos? ¿Estamos ante el agotamiento de la imagen?

El extraordinario cineasta alemán Werner Herzog una vez dijo que, si fundara una escuela de cine, los aspirantes solo tendrían permitido llenar el formulario de inscripción después de haber recorrido solos a pie una distancia de unos 5000 kilómetros y, mientras caminan, tendrían que escribir. Escribir sobre sus experiencias y, luego, entregar sus cuadernos y libretas de anotaciones para saber quiénes caminaron realmente esa distancia y quiénes no. Como si durante ese viaje uno pudiera aprender cine, aprender sobre las imágenes, su profundidad, aprender sobre el futuro (la espera) y por qué no también sobre el pasado (el recuerdo). Finalmente, dice Herzog, una escuela de cine no debe producir técnicos, sino personas de mente agitada. Personas con espíritu, con una llama ardiendo en su interior. 

Con ese espíritu crítico, podríamos descubrir que las imágenes que hoy nos rodean están gastadas, como si hubiésemos abusado de ellas y hubiesen quedado inútiles, exhaustas. Diría Herzog: “Renguean y se arrastran detrás del resto de nuestra evolución cultural”, advirtiéndonos sobre la peligrosidad de este bombardeo de imágenes vacías que nació en la televisión y terminó desembocando en las redes sociales. La velocidad con la que las producimos y la velocidad con la que las olvidamos generan una especie de crimen a nuestra imaginación y a la memoria. 

En una entrevista para una revista chilena, Lucrecia Martel, la gran cineasta salteña, se pregunta: “¿Dónde se constituyen las ideas que luego serán imágenes? ¿Cuándo se constituyen? ¿Cómo llegamos a irnos a dormir cuando sabemos que la mitad de la humanidad está padeciendo? ¿Cuándo nos acostumbramos a eso? En un mundo lleno de comunicación, de circulación de imágenes, ¿en qué minuto lo hicimos? Entonces, si somos una civilización capaz de anular la empatía con el otro que está sufriendo, si tenemos esa habilidad cultural de dejar de ver el sufrimiento de las otras personas, estamos obligados a poner en cuestión las bases mismas de nuestra percepción”. Lucrecia se pregunta cómo mirar, cómo percibir ante todos los horrores que pasan en el mundo. Nos propone descifrar el mundo, un mundo casualmente demasiado preocupado por las cifras. 

En el siglo XX nació una obsesión en los seres humanos, una necesidad de ver, de mostrar, de que todo sea visto, la época de la transparencia. Todo esto nos parceló el ojo. Nos fragmentó la percepción. Peter Handke decía: “Vivo de aquello que los otros no saben de mí”, advirtiéndonos que el alma humana necesita esferas en las que pueda estar en sí misma sin la mirada del otro. Pero, bueno, estamos en plena pandemia mundial, encerrados, y establecimos un vínculo estrecho con las pantallas, casi como un acto de supervivencia. Entonces qué hacemos. ¿Qué miramos?

En diciembre del 2012, apareció en YouTube una pequeña joya audiovisual, un resumen de acontecimientos semanales uruguayos que utilizaba con inteligencia y humor todo el universo documental y ficcional que YouTube le regalaba: lo más cotidiano, lo más simple, lo más tierno. Con la computadora como sala de montaje, Agustín Ferrando, el gran artista creador, trabajaba con materiales ajenos. El programa se llamaba, se llama, Tiranos Temblad (nombre del himno uruguayo) y revolucionó, para mi gusto, las imágenes que nos brindaba Internet hasta ese momento. En un mundo saturado de imágenes, no era necesario producir contenidos originales para aunar relevancia temática y excelencia formal, sino que se podía encontrar, en ese mar de imágenes, algunas que tal vez ni siquiera habían nacido con una voluntad formal de composición pero que podían generarnos algo, podían hacernos sentir esa punzada de dolor que produce la belleza o el reflejo de lujo de la risa ante el acto creativo.

En ese primer capítulo, Agustín capturaba imágenes en plena navidad de su país. Ironizaba sobre la iluminación de los videos, mostraba personas en su cotidianeidad más pura, con mucha altura y humor, mientras poetizaba constantemente sobre su propio país, como si Ferrando hubiera decidido estar atento al maremoto de Internet, pero no para reproducir su ruido, sino su poesía. En uno de los grandes momentos de ese primer capítulo, un señor desde la ventana de su departamento filma a una mujer cortando flores de un cantero mientras dice: “Miren el espíritu navideño, una mujer robando flores del cantero central de Bv. Artigas, muy ufanamente con una tijera arrancó dieciséis flores del ornato público, y allá va, tranquila, como si nada hubiera hecho. Ojalá tenga Facebook porque ahora voy a colgar esto para que vean hasta qué punto de mezquindad llega la gente”.

Al mejor estilo de García Lorca, Agustín encontró algo que lo movilizaba y quiso compartirlo; para eso, debía generar un dispositivo que permitiera hacerlo con profundidad y simpleza, como decía el dramaturgo francés Jean-Marie Koltés: “Quisiera decir las cosas más complejas de la manera más simple”. Ante el avance en Internet, de los trolls, los memes, las noticias falsas o los influencers y youtubers miméticos, merece la pena valorar y reivindicar la creatividad inteligente de Tiranos Temblad que comentaba imaginativa y críticamente la actualidad o el pasado reciente, al tiempo que los iluminó con una luz inesperada.

Con el último documental que vi de Herzog, Nómada: tras los pasos de Bruce Chatwin, me pasó algo similar. Chatwin viajaba hasta donde hiciera falta para encontrar a esos seres alucinados que pueblan sus libros, personas de las que no hubiéramos tenido noticia de no haber sido por el caminante que recorrió trechos extensos de la Patagonia y Australia. En un momento, Herzog dice que Chatwin fue el Internet de la época, aunque aclara que Internet y el turismo masivo han enterrado en alguna medida la idea del viajero explorador y la del escritor nómada. Y selecciona un momento para nosotros: una tribu de Australia que se ubicaba geográficamente a través de melodías, de canciones. Como una especie de GPS de melodías que fueron pasando de generación en generación y a las que su tribu cuida con mucho recelo, no las exponen gratuitamente a la cámara de Herzog. Las distancias eran medidas así. Tanto tiempo cantando para llegar a tal lugar. Y con respeto y amor a su método, lo resguardan.

Toda la maravilla poética que se despliega en el documental de Herzog me recordó a mi maestro Sergio Blanco, que siempre me dijo: “¿Sabés qué imágenes selecciono? Las que pueden despertar el lenguaje”. Imágenes que puedan despertar la palabra, que puedan llegar a la lengua, que podamos saborearlas. Jugando un poco con que las palabras saber y sabor comparten raíz. Las palabras son fundamentales para activar la imaginación. Las palabras son capaces de crear mundos. Las palabras son, de algún modo, una extraordinaria Arca de Noé de la experiencia.

Más palabras es más vida y más capacidad de resistir. Al contrario, la dominación del ser humano, su empequeñecimiento y acoso, siempre comienzan por la reducción de la palabra.

Entonces tal vez una imagen fresca, una imagen nueva, una imagen que no esté gastada, sea aquella que proponga un misterio cuya belleza nos duela, que nos deje pasmados, que nos ubique frente a un espejo, que nos deje algo, que no podamos olvidarla fácilmente y a la cual finalmente queramos apasionadamente nombrar.

,

Temporada Libra

Por Lu Gaitán

Ya que estamos en temporada Libra, quiero hablarles sobre un tema que suele aparecer con bastante frecuencia: las relaciones, la compatibilidad astrológica y la proyección. 

Empecemos con la compatibilidad astrológica en vínculos sexoafectivos. Sincerémonos: cada vez que buscamos información sobre compatibilidad entre signos, rara vez lo hacemos pensando en nuestros amigues, hermanes o compañeres de laburo. No digo que nadie lo haga, digo lo que observo como tendencia en redes sociales y en las sesiones. De hecho, creo que muchas personas entramos al mundo de la astrología motivadas por dolores en materia sexoafectiva. Obvio que yo soy parte de ese grupo y confieso que he buscado mucha data sobre compatibilidad astrológica en libros, revistas e internet. La pregunta recurrente era “¿qué signo es compatible con el mío?”, seguida de “a ver si elijo mejor la próxima vez”. Y encontré todo tipo de respuestas que más o menos calmaban mi ansiedad, pero nunca totalmente. Me dije a mí misma: “Esto no te tranquiliza porque es información falopa, la posta es hacer la sinastría” –una carta que habla de la relación entre dos o más personas–. Entonces, me puse obsesiva con eso y cada vez que tenía una cita pedía los datos de nacimiento y luego calculaba la sinastría. Y, cuando estaba en una relación, volvía una y otra vez a esa data para ver si encontraba la forma de “salvar” el vínculo, porque obvio, me acordaba de la sinastría cuando había un problema o una crisis, no cuando estaba todo bien. Yo creía que ahí estaba la receta para que funcione. 

Sí, hacer la sinastría me dio información y explicaciones astrológicas sobre los problemas de la relación. Hacer una sinastría es bastante complejo y podríamos decir que hay elementos que tienen una mayor afinidad y otros una mayor disonancia: por ejemplo, fuego y aire necesitan la novedad, mientras que tierra y agua son más tranqui; fuego y agua son muy emocionales, mientras que tierra y aire son mentales; que la mayor tensión sucede cuando se encuentran fuego y tierra o aire y agua, pero esa diferencia es la que genera gran atracción y aprendizaje mutuo. ¿Entonces? No podemos sacar conclusiones categóricas y definitivas sobre dos o más cartas en vínculo, porque como individuos no nos identificamos con la totalidad de nuestra carta natal. Hay una parte que está consciente y otra que no. Entonces, la sinastría puede ser increíble y maravillosa en teoría, pero no cuando esas personas se encuentran, por la misma razón por la que no me identifico con la totalidad de mi carta natal. 

Últimamente, me gusta decir que la carta natal es el mapa de un ser humane, no el territorio. Entonces, la sinastría es la unión de dos mapas y dos territorios, con todas las complejidades que eso trae. Por eso, a riesgo de sonar como una boicotera de la astrología y de todo lo que este lenguaje tiene para aportarnos, quiero decir que la astrología aplicada al individuo y a los vínculos tiene mucho para decirnos, pero no del modo mecánico en que solemos pensarlo de “Aries y Libra son compatibles porque son opuestos complementarios” o “la relación entre Leo y Virgo no funciona porque fuego y tierra son incompatibles”. ¿Estamos haciendo la sinastría solo hablando de los signos solares? ¿Estamos viendo la totalidad de las cartas? O incluso más importante, ¿estamos viendo la singularidad de los seres humanos implicados y, sobre todo, la singularidad de lo que se genera en el encuentro en ese momento específico? 

Entramos a la #astrología buscando garantías y seguridades y creyendo que el amor es un formulario de requisitos por llenar, o una suerte de check list, solo para terminar confirmando que es mucho más complejo que eso. Creo que nos vinculamos con la(s) persona(s) que tocan nuestras fibras íntimas y eso no se puede controlar. Por supuesto, podemos indagar en cuáles son nuestros patrones inconscientes (personales, familiares, colectivos) que nos llevan una y otra vez a elegir a las mismas personas. Estamos abriendo la caja de Pandora cuando hacemos esa indagación. No nos enamoramos de cualquiera ni nos relacionamos con cualquiera, sino con las personas que tocan nuestras fibras íntimas. ¿Viste que cuando te enamorás (y esto aplica al enamoramiento que podemos sentir con amigues que acabamos de conocer) es como si conocieras a esa persona de toda la vida? Es la conexión inconsciente, porque ahí no hay tiempo ni espacio, como en los sueños. ¿Viste que a medida que avanza la relación empezás a ver que esa persona tiene puntos de contacto con las que estuvieron antes, o incluso que se parecen a tu papá o tu mamá? Eligió el inconsciente y a veces las coincidencias son tan fuertes que parecen hologramas. 

¿Cuál es el patrón que une a todos esos personajes de tu vida? Puede ser que siempre estás con gente que tiene energía de Sagitario, o se dedican al arte, o están en otros vínculos y no están disponibles para vos, o son celosxs o son del palo intelectual. Las opciones son infinitas y vos sabes mejor que nadie cuál es el hilo que une a todas esas personas de tu vida, pero a menos que elabores tu historia y te hagas cargo de tu parte, va a estar difícil generar algo nuevo. Eso que se repite y te duele o te molesta es parte de vos, no de manera lineal, sino que el otro te lo muestra con zoom aumentado. Este es el famoso mecanismo de proyección del que hablamos habitualmente. Con mucha frecuencia decimos “el otre es un espejo”, algo que por un lado nos genera mucho rechazo aceptar y, por otro lado, corremos el riesgo de banalizar al extremo y ponernos al mismo nivel de lo que hacen lxs demás.

Si queremos hacer una investigación seria sobre esto que llamamos “proyección”, tenemos que estar dispuestxs a asumir que algunas veces la conexión va a ser obvia y lineal y otras veces muchísimo más sutil. Por ejemplo, siempre me encuentro con personas que me fantasmean, o sea, que se borran de un momento a otro. Acá tenemos, al menos, dos posibilidades, por un lado, puede ser que yo haya hecho lo mismo otras veces. Pescar la dinámica proyectiva en este caso es muy sencillo. Pero también puede pasar que yo no tenga el registro de haberle fantasmeado a nadie. Busco y hago memoria en mi historia personal y no encuentro nada. Entonces, es necesario hacer una búsqueda más exhaustiva y ahí encuentro que me fantasmeé a mí misma cuando dejé a mitad de camino y en una nebulosa proyectos que me interesaban, que no me la jugué por lo que quería. O bien, en vínculo con amistades, cuando hubo algún problema o incomodidad, no supe cómo lidiar con eso y me borré. Entonces, ¿es igual mi borrada que la de la persona con la que venía viéndome que de repente me bloqueó de todas las redes sociales? La verdad que no, pero al psiquismo eso no le importa demasiado porque ahí no existe el tiempo ni el espacio y las personas que están vivas conviven con las que están muertas y la película que elegí ayer “de casualidad” está vinculada a algo que experimenté a los 8 años. En el psiquismo todo convive y todo coexiste. ¿Y qué pasa con los vínculos? Bueno, ahí está la famosa otredad. Ese otro me muestra algo de mí misma que no hubiese podido descubrir si no hubiese sido porque el otre aparece y me interpela profundamente. Volvemos a eso de que “el otre es un espejo”. 

Tampoco es para que te castigues: si mirás a tu alrededor, vas a ver que las anécdotas y los personajes de tu novela se replican a tu alrededor y, si no, fijate cuánta gente a tu alrededor está quejándose del fantasmeo, está haciéndose preguntas sobre la heterosexualidad o la monogamia. No son coincidencias azarosas, formamos parte de un entramado mayor. Y hasta acá llegamos por hoy. 

,

Estreno de Patria, el terrorismo desde lo doméstico

Por Juli Fantini

Esta reseña no contiene spoilers.

Lo visto en el debut de la esperada serie Patria fue un capítulo de presentación: quién es quién en las dos familias que encarnan el enfrentamiento que hace espejo, “el conflicto”, y la empatía inmediata hacia las dos madres que protagonizan esta historia, basada en la novela bestseller de Fernando Aramburu.

Patria (HBO, domingos a las 21) es una apuesta que se mete con el terrorismo de ETA en el país vasco desde lo doméstico. Su creador –showrunner– es Aitor Gabilondo, el guión corre por su cuenta y también del autor de la novela, Aramburu.

El desafío es doble: adaptar una novela de casi 650 páginas a ocho capítulos y, al mismo tiempo, dar cuenta de cómo dos familias experimentaron el accionar de la banda terrorista durante décadas. La novela lo logra, la serie –al menos en su primer capítulo–, pensada para un público internacional, aplica cierto didactismo en los hechos históricos en los que se basa. Es que el fenómeno literario, que vendió millones de copias en todo el mundo desde que fue publicado en 2016, fue traducido a 32 idiomas. 

Como con La Amiga Estupenda (la serie basada en las novelas de Elena Ferrante), esos son motivos más que válidos para que HBO decida su traslado al mundo de las series, sin adaptar la narrativa, sino con equipos, actores y locaciones que respetan rigurosamente la historia original. 

Patria es una historia, la del terrorismo en el País Vasco, pero también –con todos los peros posibles– la de otras divisiones y enfrentamientos entre familias y amigos por cuestiones políticas en épocas de hiperpolarización. 

El caso concreto de la organización terrorista ETA, que dejó el trágico saldo de más de 800 muertos, lleva dos años disuelta y casi una década de renuncia a la lucha armada por la independencia, pero las heridas –dados los debates que suscitó en España– persisten. Tal vez, no hay una cronología ni una lógica que determine cómo o cuándo la muerte deja de doler. 

Es, justamente, con el anuncio del adiós a las armas como comienza Patria, la serie. En los primeros minutos, se ve el anuncio televisivo del alto de fuego en 2011, y las inmediatas lecturas disímiles que hacen la viuda de un hombre asesinado por ETA y la madre de un terrorista aún encarcelado. Ellas son Bittori (Elena Irureta) y Miren (Ane Gabarain). Sus dolores serán el arco a través del cual Gabilondo contará la historia, la de cómo el terrorismo les cambia la vida. 

Tras el alto del fuego, Bittori vuelve al pueblo para saber quién mató a su marido, y los 30 años del conflicto se traducen en cada interacción entre las protagonistas de la historia y sus círculos familiares y de amigos. 

El arranque en seco, del asesinato de Txato, y la imagen de Bittori sola en el medio de la calle pidiendo por una ayuda que nunca llega exponen de manera contundente los códigos del miedo enraizados en la sociedad de esa época. 

La serie tiene varios aciertos en el planteo narrativo: los flashbacks están bien utilizados: el permanente ida y vuelta no confunde, por el contrario, posiciona al espectador frente al drama. La ruptura de los lazos sociales que supieron unir a las mujeres también sirve para profundizar sus características personales a través de lo que hacen o dejan de hacer. 

También dan perfectamente con el clima de época a través de una reconstrucción de los dos momentos históricos que no estiliza por demás. Hay una decisión clara de ir por el tono y los recursos del documental, que acentúan el hecho de que ETA fue una realidad en el País Vasco, a pesar de que la historia que se cuenta es de ficción. Suma a la verosimilitud el hecho de que casi todos los actores son oriundos de la región.

Así y todo, Patria no cae en el maniqueísmo de querer “contar los dos lados de la historia”. Tanto la novela como al menos el primer capítulo de la serie se proponen la descripción de un viaje que es político pero profundamente personal: las emociones indigeribles de los protagonistas y coprotagonistas de esta historia de violencia la hacen universal. Frente al horror y al terror, Patria puede pecar de ahondar en el registro del melodrama, pero se justifica en la dimensión doméstica que eligieron para contar el drama. Un último apunte al respecto. El 30 de octubre, Amazon Prime Video estrena los 8 capítulos de la serie El Desafío: ETA, un documental que reconstruye la historia del grupo terrorista vasco y que incluye hasta entrevistas con cuatro expresidentes españoles: Felipe González, José María Aznar, José Luis Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy.

,

Terrícolas

Por Nano Barbieri

En los años dos mil y poco teníamos un centro cultural en barrio Alberdi. Se llamaba Contramano y, con el tiempo, entre otras cosas, empezamos a armar una especie de biblioteca con algunos libros que nos donaban o regalaban vecinos, amigos, otras instituciones. Había uno en particular que siempre me llamaba la atención, estaba ahí. Se llamaba ¿Cómo viven los Terrícolas?. Era una especie de ensayo sobre la vida en la tierra, más o menos ambicioso. Nosotros teníamos las reuniones del grupo en esa sala y el lomo del libro que era ancho y con letras grandes sobresalía de los demás: ¿Cómo viven los Terrícolas?. Lo tiene que haber escrito un marciano, pensaba, no sé, Alf, Maradona. ¿Quién puede escribir un libro sobre los terrícolas sin sentirse uno de ellos? 

Y, como los ríos de la memoria son felizmente impredecibles, en estos días me acordé de ese libro. Del título, por supuesto, el libro no era una bomba, digamos. Me incomoda sobremanera el uso de la tercera persona para hablar sobre uno mismo, tanto como la referencia impersonal a las cuestiones colectivas que nos tienen como actores. Si yo digo, lo que pasa es que en este país… lo que fuera. Este país, ¿soy yo? No es una cuestión lingüística lo que huele mal, sino más bien el desapego, la distancia. La apatía. Pero no hay nada inocente en todo esto. Vamos un toque con los que saben.

En su tesis doctoral, el politólogo Juan Manuel Reynares habla de un “desplazamiento antipolítico” en el modo en que, a través de la utilización de nuevas categorías lingüísticas, se produce un corrimiento emocional, por llamarlo de algún modo, hacia conceptos de menor carga simbólica. En términos futboleros, podríamos decir que estamos ante mucha “Gente” y poco “Pueblo”. Mucho “Consumidor” y poco “Ciudadano”, retomando el clásico de García Canclini. ¿O acaso no hay una mirada de cliente o de consumidor en esa amenaza constante que dicta que, si este país no cambia, entonces me voy? En tiempos de indiscutible democracia y alternancia, ¿no es esa la misma actitud de un cliente –maleducado– en un restaurante? 

Reynares se refiere al neoliberalismo como un discurso político y acá radica, creo yo, la novedad. O lo interesante, para no darle temporalidad. Más allá de la gestión, más allá de la plataforma ideológica, más allá de sus visiones sobre el Estado: el neoliberalismo es un discurso político. Y, como tal, tiene un horizonte de sentido: diluir los sujetos colectivos. Dejar de aburrir con el nosotros, apelar a conceptos vacíos, limpios, puros. Conceptos que puedan, además, contraponerse a los otros, viciados de intereses antiguos, cuando no primitivos: la idea de modernización apunta mucho más a eso, que a renovar los teléfonos celulares o la instalación de antenas 5G.

Mario Wainfeld, uno de los pocos periodistas de hechos e interpretación, pone en foco también la referencia multimedial a La Gente. La derecha se apropia de la palabra “gente”, dice Wainfeld. “La Gente” protestó, “la Gente expresó el “hartazgo” (otro concepto particularmente consumidor: ¿quiénes se hartan?). “El resto de los argentinos, consabida visión elitista, no se deja englobar en el colectivo gente”, concluye. 

Paréntesis siempre apropiado: ¿quiénes son las élites? Son el diez por ciento de la Argentina, que de abril a esta parte pasó a ganar de 16 a 19 veces más que el 10 por ciento de la base. Las crisis elevan el coeficiente de Gini, ese índice de nombre simpático que mide la desigualdad. 

Hay un país de Gente y otro de terrícolas. Un país de consenso y otro de disonancias. Una unidad discursiva y una disrupción. Las élites, particularmente enojadas con el rol del Estado en tiempos de Covid, narran al país desde su perspectiva. ¿Cómo pudo ser noticia el deseo extraordinariamente minoritario e improbable de un grupo de descontentos de irse a vivir a Uruguay? Un país piola, pero que verdaderamente no produce la yerba que consume.  

En este contexto discursivo, siempre es interesante la definición de hegemonía, según Gramsci. En términos elementales, se trata de la posibilidad de trasladar al resto de la sociedad tus principios de relación con ella. Fundamental para construir poder. Es decir, es el mecanismo a través del cual convertís un interés particular, en un universal. 

Entonces / cuando estemos tentados / de hablar neutro / porque queda bien / moderno / desganado / sin cuerpo/ entonces hagamos / como hizo Carlos / García / y Cantemos / Tengo que confiar en mi amor / Tengo que confiar en mis sentimientos.